





















(Grafiti) Gracias a la inteligencia artificial, que desnuda los cuerpos, he podido conocer el programa iconográfico de Pete Hegseth, secretario de la Guerra de los Estados Unidos. Por desgracia la gazmoñería vigente me ha impedido llegar a su prepucio y comprobar si arremangándolo aparecen cruz, lema o enseña secretas, o si está netamente circuncidado y va a su aire. Aun así, tengo bastante información. El pecho de Hegseth muestra cinco cruces en campo de oro que forman una Cruz de Jerusalén de gran tamaño, el símbolo heráldico del Reino Cruzado fundado en 1099. El bíceps derecho clama Deus Vult, «Dios lo quiere», la llamada a la guerra de la Primera Cruzada que se oyó en el concilio de Clermont (1095). En el antebrazo, un Chi-Rho, el crismón de Constantino, símbolo del primer emperador que luchó bajo el signo de la fe. En el codo, Yeshua, el nombre hebreo de Jesús. Y una cruz atravesada por una espada, referencia al versículo de Mateo en que Jesús advierte: «No vine a traer la paz, sino la espada». A este conjunto, se añade un tatuaje en árabe: la palabra kafir, que en teología islámica designa al infiel. Está situado justo debajo de Deus Vult, en el mismo brazo derecho. Parece que la disposición está muy estudiada: en un solo brazo, superpuestos, figuran el grito de guerra cruzado y la palabra árabe que nombra al enemigo. En su ambición grafómana, Hegseth no solo escribe sobre su piel. Hace seis años publicó American Crusade. Incluye esta frase: «Nuestro momento presente se parece mucho al siglo XI. No queremos luchar, pero, como nuestros hermanos cristianos de hace mil años, debemos hacerlo. Ármate: metafóricamente, intelectualmente, físicamente. Nuestra lucha no es con armas. Todavía».
El not yet debe entenderse cabalmente: Hegseth era entonces un presentador de Fox News. Hoy es secretario de la Guerra y la opinión socialdemócrata ha hecho un salto todavía más yet: la guerra contra Irán es una guerra de religión. Puramente extraordinario, como suele ser su afán prestidigitador. Miles de musulmanes combatiendo en el ejército de los Estados Unidos, sin que haya noticias de deserciones o motines, ni objeciones de conciencia siquiera, específicamente musulmanas. Y esta cruel evidencia: Qatar, Bahréin, Egipto, Jordania, Kuwait, Arabia Saudí, Turquía y los Emiratos Árabes Unidos son aliados de Estados Unidos en esta guerra; por el contrario, todas las objeciones provienen del Cristianismo. Empezando por el Papa, siguiendo por Alemania y Francia, y acabando en la nación más católica del Ebro y del Orbe, la España de Pedro Sánchez Pérez.
Nunca vi semejante desparpajo socialdemócrata ante las matanzas del terrorismo islamista, todas ellas imputadas por sus autores a Alá y a la necesidad de perseguir al infiel. Siempre se abstuvieron de responsabilizar a la religión de aquellos crímenes. «El terrorismo tiene causas» fue siempre su sintagma favorito. Y ya se sabe hasta qué punto innoble causas almacenaba justas. La religión no era causa ni mucho menos justa. Solo se trataba de la lucha secular —algo desenfocada admitían en su ponderación exquisita— de los desposeídos. Pero comprendo su escorzo. Si entre Estados Unidos e Irán hay una guerra de religión, ya pueden adoptar con todo confort el punto de vista agnóstico, corderitos. Transitorio, desde luego: solo es el punto que ahora les permite guardar su ontológica equidistancia entre malvados. Sabiendo, por supuesto, que malvados es una condición relativa, que se decide por la mayor o menor cercanía a la conveniencia socialdemócrata.
Hegseth es una desgracia ética y estética y, como el que lo eligió, resume muchos de los amargos reproches que deben hacerse a las democracias y a la propia política. Un hombre hijo de sus padres, pero también de Princeton y Harvard y que prueba la aseveración de Jason Brennan, dicha en su vocabulario: la educación no convierte a un hooligan (el ciudadano políticamente activo que solo consume lo que ideológicamente le engorda) en un vulcano (el tipo imprevisto que piensa de manera científica y racional). Princeton y Harvard hacen de un hooligan alguien mucho más sofisticado en la defensa de sus sesgos, capaz de construir un sistema de creencias blindado a la discrepancia. Pero, además, y para lo que aquí interesa, Hegseth es un tatuado: un grafitero sobre piel. Trump y sus acólitos —y el presidente Sánchez en primera línea— han desarrollado durante estos años una obstinada destrucción del sentido de las palabras en la política, cuya labor pionera en España remite, por cierto, a aquel Zapatero seminal: «Las palabras están al servicio de la política y no la política al servicio de las palabras». Pero la destrucción es también su destrucción. Todo lo que dicen es puro grafiti, performativo, carente de sentido, cruz de Jerusalén. Y conferírselo es una blasfema operación política a la altura de la destrucción que han practicado.
(Guionistas) Un periodista económico llamado Jordan Weissmann, que escribió en Slate y últimamente en el Times, se despide del periódico con este tuit: «Ahora que he dejado el periodismo siento que puedo decir la cruda verdad que nadie quiere que escuches: El NYT saca un producto realmente bueno y entenderás mejor el mundo que la mayoría de las personas si lo lees todos los días». Hay un cierto énfasis en «la dura verdad que nadie quiere que escuches». Pero comprendo las razones. Una de ellas está en el tuit de Joe Weisenthal, el editor de Bloomberg, que dio origen al comentario de Weissmann: «Hay mucho autoengaño en decir que el NYT solo prospera gracias a las recetas y los juegos».
No se trata de las recetas. La otra parte de la verdad que nadie quiere que escuches afecta al mantra de que las redes sociales bastan para informarse. También puede uno alimentarse cada día en Mercadona. Comer es otra cosa e informarse es otra. Para saber hasta qué punto el Times sirve para entender mejor el mundo y para desmentir que el Cooking y los Games sean su única forma de prosperidad basta leer en su web noticiosa los comentarios a los artículos. La mayoría cumplen exactamente la función que se espera de ellos: prolongar la vida del artículo base y abrirlo, corroborando o discrepando, a enfoques nuevos. En el Times, además, rige un competente sistema de moderación que deja de lado la prosa toxicómana.
No quiero mirar a nadie. Tampoco tendría sentido. Las comparaciones entre el Times y cualquier periódico son inútiles. El Times es una institución americana y el único medio de comunicación realmente universal. Se pueden imitar algunos de sus hallazgos técnicos o de sus métodos narrativos, y tratar de traerlos a la provincia. Pero todo lo demás está fuera del alcance de cualquier periódico, incluidos los americanos. Su sesgo socialdemócrata y las innumerables correctas bobadas que publica, casi todas ellas relacionadas con el Modern Love —dicho en un sentido que va mucho más allá de la sección homónima—, generan con frecuencia aquella célebre irritación chomskiana que acaba en bruxismo. Pero la diferencia es que no se ha convertido en un diario cómico.
Puede que los periódicos desaparezcan. Y la cruda verdad que nadie quiere que escuches es que no los habrá sustituido un artefacto más eficaz. Esto merese una reflesión. Cooking y games se encuentran en cualquier parte. Pero el trabajo diario de esos guionistas del mundo que son los periodistas —la función que los define: escritor de periódicos puede serlo cualquiera— no ha sido superado por ningún mejunje webnoticioso. Uno de los más decentes, la newsletter, me inspira siempre una gran ternura. Progresando adecuadamente tal vez algún día se conviertan en un periódico. Es evidente que la web noticiosa parece mejor adaptada al entorno económico. Pero la desaparición del periódico no demuestra su ineficacia, sino el triunfo de una presión selectiva donde la comprensión del mundo ha dejado de ser el rasgo que determina la supervivencia.
(Ganado el 11 de abril, a las 13:34, sabiendo que la vida es sueño y que eso solo puede saberse por Loc, allí donde se cuenta que el hermano de aquel presunto asesino Antonio Anglés, Rolex, zapatillas Cavalli, bandolera de Vuitton y perfume Dior Savage, le puso pelo al ministro Ábalos y al llamado Koldo; y que leyéndolo uno ya no despierta ni duerme, porque la vida ya se ha hecho franca continuidad)
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