


























¿Cómo se le dice a alguien que va a morir? ¿Quién está preparado para dar esa noticia? ¿Cómo le comunica una doctora a una gestante de su misma edad que su bebé viene con una malformación severa? ¿Cómo se le explica al anciano que te da recuerdos de parte de su mujer que olvidará hasta su nombre? ¿Se mira a los ojos o se mira al ordenador? ¿Se cogen las manos del paciente o se desamarran? ¿Llega uno a casa después de desahuciar a un niño enfermo y con qué cuento le va al suyo? ¿Le cuenta lo que ha visto o le dice colorín colorado con un nudo en la garganta? ¿Cómo es ese momento en que un profesional sanitario -que está formado para mejorar la vida, para conservar la vida, para aliviar el sufrimiento de la vida- tiene que anunciarle al otro la derrota que es la muerte?
Unos cinco millones de españoles fueron hospitalizados en 2024, según los recientes datos de la Encuesta de Morbilidad Hospitalaria elaborada por el Instituto Nacional de Estadística. Seis de cada diez lo hicieron por vía de urgencia. La estancia media de ingreso fue de ocho días... Pero muchos no tuvieron la suerte de volver a casa: en España, fallecen unas 440.000 personas cada año. Más de la mitad de los decesos son a causa de tumores o enfermedades del sistema circulatorio.
Y justo allí -en mitad de esa colmena de habitaciones, quirófanos, vías intravenosas, palos de suero, máquinas de soporte vital y fármacos-, el medio millón de profesionales sanitarios que a veces tiene que libar también con las palabras más explosivas, con las noticias más difíciles de dar.
Lo tiene que decir a veces Gemma Claret, pediatra del Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona: "Lo normal es ver el desánimo en los padres cuando les das la mala noticia, la tristeza, incluso la culpa... Piensan: 'Tenía que haber venido antes con mi hija'".
Lo tiene que decir a veces Cristina Rodríguez de la Pinta, médica de familia en el medio rural y ejerciente en Santibáñez de Vidriales (Zamora): "No me pongo a escribir cuando está el enfermo delante, sino que lo hago después, porque quiero que vea que le miro a los ojos, que estoy con él".
Lo tiene que decir a veces Juan de Dios Molina, psiquiatra del Hospital 12 de Octubre de Madrid: "Cuando reciben la noticia, la respuesta no suele ser el llanto, sino un silencio lleno de pensamientos. Con pequeñas preguntas que contienen un todo: '¿Mañana podré seguir trabajando?'. '¿Se lo digo hoy a mis hijos?'".
Lo tiene que decir a veces María José Navarro, geriatra en el Hospital Comarcal del Noroeste, en Caravaca de la Cruz (Murcia): "Doy malas noticias a diario; no solo es dar un mal pronóstico o uno de corta duración, sino, por ejemplo, decirle a alguien que tiene alzhéimer".
EL MUNDO ha testado con cuatro profesionales sanitarios su modo de comunicar una mala noticia. Porque alguien tiene que decírselo al paciente, alguien tiene que dar la cara frente al familiar que empalidece al lado de la cama, frente a los que desesperan en la sala de espera tras el accidente, frente al padre que traga saliva y abre mucho los ojos.

Araba Press
"Cuando hay niños u adolescentes de por medio, siempre es más difícil dar malas noticias médicas. Y ello por dos motivos: 1) porque los hijos son lo que más quieren los padres y 2) porque también hay que darle al menor una explicación de lo que está ocurriendo... Es un momento clave, ven que están pasando cosas a su alrededor, ven a sus padres más serios, ven que mucha gente viene a visitarlos... No podemos ocultarles lo que está pasando", sostiene la pediatra de urgencias. Y avanza una norma general: "El paciente y los familiares siempre recuerdan cómo se lo dijiste, qué palabras usaste".
En su hospital, el Sant Joan de Déu de Barcelona, han desarrollado un programa llamado Primera Mala Noticia (del que la doctora forma parte) en el que se forma un equipo de simulación para que los profesionales puedan desarrollar este tipo de habilidades comunicativas en un ambiente seguro y, así, practicar una conversación difícil: el anuncio de un diagnóstico infausto, de un patología incurable, de un grave error médico...
"Las cosas nos afectan, a veces estamos tristes durante días. Trabajamos con niños que sufren y no somos impermeables"
Gemma Claret, pediatra
"Vienen actores profesionales y los sanitarios trabajamos simulando frente a ellos en grupos de diez. Con distintos escenarios: cómo comunicar una malformación en un embarazo o que alguien va a morir, por ejemplo. Participa todo el que quiere: médicos, psicólogos, celadores, voluntarios, personal de administración... Y funciona. Todos nos enfrentamos a esto de diferentes maneras".
El hospital pediátrico en que trabaja tiene estas cosas: que a veces la doctora tiene delante a niñas muy graves con la misma edad que sus hijas (13 y 10 años). Y entonces acaba la jornada, abre la puerta de casa y qué. "Las cosas nos afectan, claro, en ocasiones estamos tristes durante unos días, trabajamos con niños que sufren y no somos impermeables. Pero siempre hay que buscar la manera de recuperar las ganas para entrar en Urgencias al día siguiente".
"Toda respuesta es normal en el paciente cuando escucha aquello...", concluye. "A veces muestran enfado, hay una explosión, cada uno reacciona como puede... Es responsabilidad nuestra gestionar cualquier tipo de respuesta".

Sergio González Valero
"Nosotros, los profesionales sanitarios que trabajamos en los pueblos pequeños, también tenemos que manejar la comunicación de las malas noticias. Sobre todo, en el acompañamiento del paciente oncológico al que en el hospital le dicen que ya no hay nada que hacer... Existe equipos de paliativos domiciliarios, claro, pero en zonas muy rurales no llegan a todas partes. Y, cuando lo hacen, en ocasiones solo es una vez cada 15 días. Algo insuficiente... Sin embargo, nosotros damos soporte diario".
Lo dice una médica de familia de tan solo 33 años que lleva cinco ejerciendo, que se ocupa de la mitad de los pacientes de Santibáñez de Vidriales (mil habitantes) y de la totalidad de los de Brime de Sog (200) y Bercianos (100), todos ellos municipios de Zamora. "En la carrera de Medicina solo teníamos un epígrafe que hablaba de cómo comunicar las malas noticias, dentro de la materia de Medicina Familiar y Comunitaria. Así que tienes que aprender a manejar estas cosas sobre la marcha".
"Yo siempre pienso qué haría si fuese mi abuelo"
Cristina Rodríguez, médica rural
"Por fortuna, aquí, en los pueblos, tenemos un contacto muy directo con los pacientes y sus familias. Sabes ante quién estás, si es comunicativo o no, si tiene red afectiva o no, si está solo o no, si quiere saber lo que hay o prefiere ignorarlo", detalla.
"Algo que nos toca hacer mucho es hablar con los familiares de los abuelicos que están en la última fase de su vida. Comunicarles la situación y hacerles ver que hay que saber parar, frenar con el encarnizamiento terapéutico, buscar medidas de confort en domicilio con el apoyo pertinente, decirles que ahora toca irse de forma tranquila... Pero algunos familiares nos exigen que les mandemos de nuevo al hospital, cuando ya no hay nada que hacer. Y tenemos una especie de batalla con ellos... A veces nos obsesionamos con poner, poner y poner, y no sabemos parar. Llega un momento en que hay que ofrecer calidad de vida y no cantidad".
¿Su norma de oro? "Yo siempre pienso qué haría si fuese mi abuelo".

ÁNGEL NAVARRETE
"Una mala noticia médica no es necesariamente la comunicación de una situación terminal, sino algo que altere la biología de esa persona, su autonomía, su forma de imaginar el futuro", nos cuenta el jefe de Servicio de Psiquiatría del Hospital 12 de Octubre de Madrid y profesor de Comunicación clínica en el grado de Medicina de la Universidad Complutense. "Una mala noticia bien dada -reitera- necesita tres cosas: tiempo, escucha y una dirección clínica... Si hay prisa al comunicar, o exceso de tecnicismos, o una forma involuntaria de nihilismo terapéutico... entonces el daño puede ser mayor que el contenido mismo de la noticia".
El doctor Molina cita los estudios del profesor Robert Buckam: "Antes de informar, hay que saber que sabe el paciente y cuánto quiere saber".
Cita a la escritora Maya Angelou: "La gente olvidará lo que dijiste, pero no cómo la hiciste sentir".
"La sensibilidad no es un obstáculo clínico, sino una herramienta muy valiosa"
Juan de Dios Molina, psiquiatra
Cita al psiquiatra Viktor Frankl, superviviente del Holocausto y fundador de la logoterapia: "Lo que nos decía Frankl es que, incluso en situaciones extremas, el ser humano necesita encontrar un sentido para poder sostener lo que vive... Pues bien, en consulta he percibido constantemente ese momento: cuando alguien deja de escuchar la palabra del médico y tú percibes que está pensando en cómo reorganizar su futuro...".
Entonces, el paciente entra en otra dimensión.
"La pregunta más frecuente no es "¿cuánto tiempo me queda?", sino "¿qué va a pasar conmigo ahora?". "¿Hay algo que se pueda hacer?". "¿Voy a sufrir?"... Se muestran preocupados por aspectos de su dignidad futura".
Y luego están ellos, los que están al otro lado de la mesa, los médicos, los psicólogos, los heraldos de bata blanca, los que dan las malas noticias... Cómo se protege uno de eso, doctor.
"Uno no se entrena para no sentir, sentir es parte del trabajo de ser médico. La sensibilidad no es un obstáculo clínico, sino una herramienta muy valiosa. El problema es cuando esa sensibilidad bloquea o te dificulta el acompañamiento".

Araba Press
La suya es la voz autorizada de quien lleva 24 años ejerciendo y de quien trabaja con materia prima fragilísima como copas de cristal: es geriatra en el Hospital Comarcal del Noroeste en Caravaca de la Cruz (Murcia).
"Me toca decirles que tienen deterioro cognitivo, o que los tratamientos no están funcionando, o que hay un hallazgo no esperado de un tumor", enumera. "Ese es mi trabajo cotidiano".
"Por eso, tenemos una obligación profesional de hacer un trabajo personal ajustado a cada paciente... Creo que la noticia no tiene que darse completa en el mismo acto clínico, porque, si no se hace así, una persona puede sentirse aplastada por exceso de información", sostiene la geriatra Navarro. "Hay que dejar espacio para que se digiera lo escuchado, para pensar, para compartir con los familiares... Y luego, cada uno, se lo toma de un modo distinto. Hay personas que entran en situación de negación, se niegan a recibir más información, es muy respetable; otros cogen las riendas, te dicen: no me mienta, cuénteme todo, no hable de espaldas con mi familia...".
A este respecto, la doctora cita lo que ella llama la conspiración del silencio: ese tupido velo que, en ocasiones, despliega el entorno del paciente para que este no sepa, para que este no vea, para que este no escuche.
"El enfermo está delante de mí y, por detrás, ves a alguien haciéndome gestos para que no diga la palabra alzhéimer"
María José Navarro, geriatra
"Vivo la conspiración del silencio a diario. El enfermo está delante de mí y, por detrás, ves a alguien haciéndome gestos para hacerme callar, para que no diga la palabra alzhéimer. Hay familiares que me han llegado a tirar de la bata tratando de que me calle".
¿Cuándo está informado un paciente? ¿Hasta qué punto conviene hablar claro? La médica cierra con una anécdota ilustrativa al respecto.
"Ocurrió en una guardia, el compañero me dijo: 'Ha ingresado un hombre de más de 50 años con dolor abdominal y pérdida de peso. En la ecografía hemos visto un cáncer de páncreas avanzado'. Y añadió: 'No te preocupes porque le he explicado lo que hay; él lo sabe y está tranquilo'. Pues bien, me tocó ir a visitar a su compañero de habitación por algo. Al salir, el enfermo de 50 años me preguntó: 'Doctora, ¿es normal que esto me duela tanto?'. Y yo le contesté: 'Claro, el cáncer de páncreas duele mucho'. Entonces él se desencajó: '¡Hostias, estoy perdido, esto es la muerte!'. Se llevó las manos a la cabeza. Entró en pánico. No se había enterado de nada... Mi compañero pensaba que había sido claro y que el otro había comprendido, pero no había sido así... Para remate, la acompañante del otro enfermo soltó: 'Ay, señor, si es cáncer de páncreas sí que es verdad que se muere usted. Mi hija murió de eso hace un año'... Todo eso tuvo que escuchar aquel paciente oncológico por hacer las cosas mal".
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