Nunca en doma
Mi coche estaba atrapado en las entra�as de El Corte Ingl�s de Ja�n. Era domingo por la ma�ana y "hasta el lunes a las diez no abren"

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Cuando llegamos con nuestras maletas al aparcamiento, comprobamos que estaba cerrado como las murallas de Troya. Mi coche estaba atrapado en las entra�as de El Corte Ingl�s de Ja�n. Era domingo por la ma�ana y "hasta el lunes a las diez no abren", nos dijo un polic�a municipal al que no se le ocurr�a ninguna soluci�n a nuestro problema. Dimos la vuelta al edificio en busca de una garita de seguridad, bailamos por rumbas y tangos delante de la c�mara de seguridad, gritamos "�ah de la casa!". Nada.
Finalmente desistimos y nos fuimos a una placita donde yo hab�a visto un par de tabernas a punto de abrir que parec�an bastante dignas. Mi acompa�ante, Manuel Jabois, con el que hab�a viajado para dar una charla el viernes en Alcal� la Real, sugiri� que nos hici�ramos a la idea de que nos �bamos a quedar el domingo en Ja�n. Yo me resist�a porque sab�a que el absentismo dom�stico en el d�a del Se�or se paga caro. Hab�a llamado a casa diciendo: "Te vas a re�r con lo que me ha pasado", pero no hubo risa alguna al otro lado del tel�fono.
Entonces record� que mi hija peque�a me hab�a comentado alguna vez que el padre de una amiga del colegio ten�a algo que ver con El Corte Ingl�s. Busco su nombre en internet: es consejero. Tengo su tel�fono de alguna vez que mi hija se ha quedado a dormir en su casa. Jabois me dice que el camino que va de un consejero en Madrid hasta el guarda que vigila El Corte Ingl�s de Ja�n es muy alambicado, que no funcionar�. Yo le digo que insistir� en que mi acompa�ante es un escritor importante con compromisos ineludibles. Jabois, que es pudoroso, me suplica que no llame y que, si lo hago, ni le mencione. Llamo a mi hija para tantear la situaci�n: ella tambi�n me disuade. Por lo visto tienen una celebraci�n familiar y seguramente voy a arruinarle todo el domingo si le meto en la incierta misi�n de sacarme el coche de Ja�n. Jabois pidi� una botella de Godello y unas quisquillas de Motril y me sugiri� que sucumbiera a la molicie.
Como un n�ufrago que arroja una carta dentro de una botella, escribo un story en Instagram informando de mi situaci�n y preguntando a desconocidos qu� debo hacer. Me contestan que rece, que fluya, que disfrute de la gastronom�a local. Muchos me cuentan que les pas� lo mismo y que hasta el lunes no lo sacaron. Entre todas las respuestas derrotistas, una acreditada gourmand me dice que, para cualquier problema que uno tenga, da igual d�nde, la soluci�n es activar la red foodie.
Para nuestra sorpresa, en quince minutos nuestra hada madrina consigui� que nos abrieran El Corte Ingl�s. Bastaron un par de mensajes a chefs locales y otras gentes del sector. Uno de ellos conoc�a al jefe de seguridad.
Las lecciones son claras: los chefs tienen acceso a todo el mundo, del Rey al pescadero. Pueden pedir favores imposibles porque nadie se los niega a quien le ha dado algo tan ins�lito como un arroz en su punto o una ensaladilla con mayonesa casera. Hay pocas redes de poder m�s eficaces que la que genera la gratitud por una buena mesa.






















