"En dos o tres ocasiones pidió que nos descalzásemos 'como Mowgli en 'El libro de la selva'", recuerda el poeta y periodista Antonio Lucas, hijo del autor del conjunto artístico de la estación de Chamartín

El pintor José Lucas, ejecutando una de sus piezas a finales de los años 80.
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Entre 1987 y 1988 viajamos con cierta frecuencia a un pueblo de la comarca de la Plana Baja de Castellón próximo al Mediterráneo: Villarreal, a 13 kilómetros de donde nació Manuel Vicent. Aprovechábamos los fines de semana para la excursión. Salíamos de Madrid en tren, con la excitación infantil que avivan las estaciones, y llegábamos horas después a un espacio formidable, una fábrica familiar de cerámica donde todo parecía preparado para una fiesta desconcertante. El paisaje era este: una pista de azulejos blanquísimos resueltos en el suelo en formación precisa, los botes de pintura, las brochas gordas, el zumbido de las máquinas, las alarmas de los hornos de cocción, las torres de palés, el agua, el barro, no sé qué rumor de alegría alrededor. Eso recuerdo.
Mi padre trabajaba en los murales previstos para la Estación de Chamartín. Él tenía 44 años; María, siete; yo, nueve. Mi madre 40. Pintaba de pie, concentradísimo, ajeno a la zumba constante, a nuestras risas y carreras, a la radio desaforada que también sonaba a todas horas. Pintaba deteniéndose en lo hecho. Tomaba distancia. De nuevo se acercaba. Subía a un andamio situado cerca de cada mural para estudiar la pieza desde arriba. Pintaba rodeado de gente sin atender a nada que no fuese el Moby Dick tumbado de la cerámica. Los domingos había paella en el jolgorio del patio de la fábrica de Villarreal.
En dos o tres ocasiones pidió que nos descalzásemos, «como Mowgli en El libro de la selva», así lo decía, «como Mowgli». «Hundid las manos en ese bote de pintura y después las ponéis aquí, donde está mi zapato. Tú en éste y tú en ese otro». Los destartalados zapatos de trabajar eran la marca. Dejábamos caer despacio las manos untadas en el sitio elegido y hacíamos el «Mowgli» sin movernos, abalanzados. La diversión era tremenda. Mancharnos las manos. El pelo. La ropa. La cara. La pintura duraba en la piel... Qué más podía alegrarnos.
Al año, los viajes acabaron. Ultimados los murales y dispuestos en su primera ubicación en Chamartín -los huecos de escalera de subida y bajada a los andenes- no regresamos a Villarreal. Sólo una vez fuimos juntos a la estación a verlos y buscamos lo que en verdad queríamos ver: después de un rato de observación alguien señaló las manos niñas entre el color, como un ignoto mensaje, nuestra altamira pequeña, nuestro juego rupestre. Un regalo suspendido para cuando escaseen los regalos, por ejemplo ahora. En los últimos 30 años pasé bajo estas piezas muchas veces antes de subir a algún tren. Y buscaba lo que busco hoy: las manos diminutas. La seña de mi infancia.
Los murales desaparecieron tres años por la obra de ampliación de Chamartín. Ese tiempo coincidió con la muerte de mi padre tras una caída en la misma estación, un golpe malo y seco mientras trabajaba en el desmontaje de las piezas cerámicas. Nos correspondió a nosotros acercar la barca al puerto. Ahora vuelven a desplegarse y de los 22 originales se instalarán 14. Los miro con un entusiasmo parecido al de aquel párvulo, aunque algo más solo y gastado, y voy al encuentro de esas manos niñas donde aún resiste un eco de risas piratas en medio del caudal tumultoso de viajeros, como cuando entonces.























