Prevost ha señalado el muro que separa a los españoles y les obliga a renunciar a la centralidad y el interés general

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León XIV escogió España para estrenar su vocación de influencia civilizatoria en el momento crítico de descomposición del orden moral que sostenía la convivencia occidental. Robert Prevost no vino sólo a hablarle a un país, ni siquiera sólo a los católicos, sino a intervenir desde un escenario español en una crisis que considera universal: la erosión de la cultura política basada en el reconocimiento de la dignidad humana, la fatiga de las democracias, la degradación del bien común y las consecuencias antropológicas de la revolución tecnológica.
El mensaje del Papa es que está en juego la idea de Occidente nacida del encuentro entre el humanismo cristiano y la Ilustración y, con ella, los principios liberales en los que se reconocen los ciudadanos que aspiran a la libertad y la justicia. La extraordinaria dimensión de la visita revela hasta qué punto la Iglesia conserva un ascendiente espiritual singular en este tiempo de vacío del liderazgo democrático, incluso en una sociedad crecientemente secularizada. Madrid y Barcelona proyectaron al mundo lo mejor de sí mismas.
La clave conceptual estuvo en el Congreso. «Los asuntos sobre los que se pronunció León XIV son genuinamente controvertidos, mucho más de lo que a veces se admite», escribía el viernes Félix Ovejero. Y así es, por supuesto. Pero el Papa trazó un diagnóstico certero al dirigirse sin ambigüedades a nuestra comunidad política fracturada. Cuando habló de «renovación moral» y de los «límites morales del poder», cuando subrayó que «el bien común» no puede quedar sustituido por «intereses parciales», estaba apuntando también a realidades muy visibles en la España de hoy: el desprecio por la verdad y por la responsabilidad política, la polarización extrema y la degradación del debate, la colonización partidista de las instituciones y la alarmante incapacidad para construir políticas de Estado.
Prevost estaba señalando al muro que separa a los españoles y les obliga a renunciar a la centralidad y el interés general. La política que descansa sobre los extremos y los identitarismos excluyentes. El largo aplauso que recibió delató que casi ninguno lo había entendido o que casi todos necesitaban un descanso. El discurso tuvo luego una traducción catalana: en Montserrat y la Sagrada Familia, ante los símbolos espirituales y culturales de la «región» en la que el nacionalismo cultiva esa fractura emocional y política de España, el Papa reclamó «unidad y concordia». La elección del término región, nada inocente tras escuchar a Illa decir «nación», corrige de raíz la gramática sentimental del independentismo.
España ofrecía al Papa una posición geográfica e histórica central como puerta abierta entre varios mundos y una memoria católica e intelectual formidable. Y a la vez una miniatura muy expresiva del desorden contemporáneo. Por eso el viaje culminó en Canarias. Allí la visita dejó definitivamente de ser sólo española para convertirse de lleno en europea y global. León XIV observa la inmigración como el fenómeno estructural que pone a prueba la cohesión moral de las sociedades occidentales. Lejos de limitarse a reivindicar un vacuo sentimentalismo migratorio, Prevost censuró las políticas identitarias -y las «prioridades nacionales», por tanto-, pero también al Estado irresponsable que actúa como «mero gestor de flujos», descuida actuar en origen y olvida dotar los servicios que garanticen una «acogida respetuosa» y una «integración adecuada».
Sánchez no se dio por aludido. Trató de instrumentalizar la visita para adherir su pacifismo retórico a la profundidad del Papa, pero no se lo permitieron. Su emoción impostada acunando bebés en Arguineguín contrastó con la autenticidad de Prevost. «Naturalmente que volverán las oscuras golondrinas a colgar de los balcones de los periódicos sus nidos de mierda, corrupción y enfrentamiento», arrancaba Jorge Bustos. Será así: esta comunidad política fracturada regresará a su triste realidad desde mañana mismo bajo una fuerte lluvia de azufre.
La semana será frenética. La esposa del presidente desfilará por el juzgado y después lo hará Zapatero, el símbolo de la izquierda que acomodó la posición de España en el mundo a su enriquecimiento personal. Y tendremos, quizá, la primera sentencia firme contra la corrupción del Gobierno. El muro también degrada la vida pública porque representa una garantía de impunidad. Pero León XIV no vino sólo a certificar una fractura, sino a recordar dónde puede España reencontrarse: en la noción del bien común, la unidad y la concordia. La responsabilidad es de todos: de nada sirve creer que es siempre de los otros. Aquí, como en pocos lugares de Occidente, la crisis de la convivencia y la necesidad de una renovación moral se han convertido en verdades inseparables.

























