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El Mundo
Luis Alemany · 2026-04-29 · via Premium

La madera clara en el suelo, el rodapié en un blanco roto, diferente del blanco de la pared, el sofá profundísimo, de un punto gordito que da gusto tocarlo, alguna antigüedad que puede ser un escritorio-pupitre, el televisor inmenso, las flores secas en un jarrón bueno, la estantería de madera pintada de celeste, el tocadiscos que aparenta ser viejo pero no lo es, las infinitas almohadas en la cama y los cojines por todas partes con sus fundas un poco folk, las lámparas pequeñas y las luces indirectas, los visillos hasta el suelo, las fotos antiguas enmarcadas con un paspartú enorme, los carteles de exposiciones del Victoria & Albert, las alfombras de yute, las sartenes colgadas de un gancho en la cocina, los baños con baldosas que imitan a las casas de pueblo, las toallas maravillosas y las sábanas blancas. Y ya está, más o menos eso es lo que la clase media educada es en su intimidad. O, mejor dicho, eso es que le gustaría ser en 2026, en un país como España. Lo que le gustaría ser, en resumen, es Dinamarca o Suecia, es esa imagen idealizada del norte de Europa que anunció Ikea hace casi 30 años, que hace una década recibió el nombre comercial de hygge y que hoy es casi una religión

Y que no parezca que hay una gota de ironía. A todo el mundo le gustan los suelos de madera y los sofás profundos, a todo el mundo le gustan las ideas de confort y calidez que transmiten. El problema es la frecuencia: ¿no es un poco extraño que, en un mundo en el que la oferta parece infinita, la imagen de lo que es un hogar sea tan homogénea?

«Eso es porque Pinterest es una aplanadora de gustos», dice Pedro Feduchi, arquitecto y profesor en la Universidad Politécnica de Madrid y comisario de exposiciones. «En todas partes está esa referencia que podríamos llamar 'lo vi en Zara Home' y que te traen muchísimos clientes», añade su colega Ancor Suárez, del despacho XStudio de Las Palmas de Gran Canaria. «Piense que yo, a los 30 años, había vivido en 11 casas. Me llegué a obsesionar porque no lograba arraigar», explica la escritora Marta Jiménez Serrano. «Y claro: elegía muebles efímeros porque vivía en una provisionalidad permanente. Renunciaba a expresarme a través de mis casas. Elegía una estética neutra. Si no tienes un sitio, reproduces lo primero que ves: muebles blancos y baratos, estanterías modulares, objetos sustituibles... Ahora tengo una casa en la que estoy para quedarme y mis cosas están cambiando».

¿De dónde viene ese código de lo doméstico, amable, bonito, luminoso y conformista? «Cuando empezamos a hacer viviendas en 2014, las referencias que traían los clientes eran diferentes», recuerda Suárez. Tomemos el periodo que va de 2014 a 2016, desde el lanzamiento de Muebles Lufe al boom de Zara Home, que fue la marca que más creció del grupo Inditex en 2016. Ese año, hace una década, fue también el del gran éxito mundial de Hygge. La felicidad en las pequeñas cosas, de Meik Wiking, el libro que hizo que la palabra danesa hygge se convirtiera en una inspiración vital y estética para todos los pisos que habrían de ser estrenados y reformados en los siguientes 10 años.

El traductor de Google dice que hygge significa disfrutar pero la literalidad se queda corta. Hygge es un concepto tan amplio que significa todo de lo bueno de la vida y nada de lo malo. «El fenómeno del hygge es un fenómeno arraigado en la vida cotidiana en Escandinavia: el igualitarismo, el sentido del hogar, la vida de clase media, los ideales románticos y religiosos y la preocupación por los espacios interiores», escribió el antropólogo Jeppe Trolle Linnet en el ensayo Money cant buy me Hygge. En su aproximación, Linnett escribió que el concepto tenía un significado social porque el hygge era una actitud con la que relacionarse con los amigos, e, incluso, un valor político, una especie de igualitarismo de clase media. Pero «el centro del concepto es doméstico, es una manera de estar en casa». Unas palabras más: «En el concepto de hygge hay ideas de belleza, calidez, cercanía emocional, solidaridad y descanso. Si nos centramos en la decoración, un hogar hygge cuenta con una gran variedad de textiles, plantas en macetas, recuerdos, cuadros y fotografías», escribió otra antropóloga, Marianne Gullestad, en 1993.

La paradoja, es que esa manera de estar en el mundo basada en la amabilidad hacia el otro fue deglutida a partir de 2016 por el lenguaje corporativo, que creó así una imagen aspiracional y accesible para la clase media empobrecida. Un paisaje irresistible y omnipresente.

¿Por qué omnipresente? «Porque los clientes vienen con un montón de imágenes en la cabeza sacadas de las redes sociales. ¿Pero qué son las redes sociales? Herramientas que codifican. La red social nos devuelve la imagen que ya conocemos, la que ya nos gusta. Nos confirma en lo que ya nos gusta pero no nos confronta a nada nuevo», dice Pedro Feduchi.

Un detalle de la Casa Naked (Las Palmas de Gran Canaria) de XStudio.

Un detalle de la Casa Naked (Las Palmas de Gran Canaria) de XStudio.

¿Qué resquicios hay para salir de la rutina? Su colega Ancor Suárez contesta a través de la experiencia en su despacho. «Hace 12 años, nuestros clientes tenían presupuestos cortos y esa era el resquicio por el podíamos cuestionarles. La gente llegaba con una idea de lo que quería, más o menos convencional. Las imágenes les llegaban por bombardeo: en las tiendas, en las revistas, en las redes sociales.... Entonces, descubrían que esa idea les iba a costar más dinero del que tenían y se abría la oportunidad para buscar otras formas. Les decíamos: 'Si cambiamos el pavimento cerámico por microcemento, tenemos un ahorro del 50%. Y si renunciamos a tal acabado, estamos en presupuesto... Era una tarea tediosa, una sucesión de reuniones a base de Excel, pero, en el fondo, había un argumento: el dinero».

«Ahora -continúa Suárez- los clientes ya nos buscan por lo que nos han visto hacer. Si nos lo piden, les aconsejamos al elegir muebles. Cada vez nos lo piden más y es una parte del trabajo de la que disfrutamos porque la casa ya está hecha, todas las crisis están superadas y, en realidad, ya no tenemos que tomar decisiones, sólo aconsejamos. El otro día le propusimos a un cliente algunas cosas de Ikea y él se compró unas piezas maravillosas con las que no nos habíamos atrevido ni a soñar».

«Al lado de esa línea 'lo que vi en Zara Home', hay una nueva demanda de un estilo más o menos industrial. Supongo que la inspiración viene de la hostelería, de todos esos restaurantes que parecen fábricas. Lo que pasa es que algunos clientes están un poco confundidos. En vez de intentar darle un valor estético a lo que se encuentran en sus casas, quieren construir escenarios, poner paredes de ladrillos visto donde no lo había, crear decorados para películas... Es un poco raro, crear el artificio de la desnudez», continúa Suárez.

Un detalle de la Casa Naked (Las Palmas de Gran Canaria) de XStudio.

Un detalle de la Casa Naked (Las Palmas de Gran Canaria) de XStudio.

La otra grieta está entre los restos de la sociedad de consumo. «Hubo un momento, hace 15 años, en el que hubo dinero y mucha gente renovó sus casas. En ese momento, todavía había poca conciencia de que las antigüedades del siglo XX eran valiosas, así que era fácil encontrar muebles buenos», continúa Feduchi. «Con lo doméstico pasa como con la ropa, que hay mucha gente que va bien pero las oportunidades de salirse de lo normal son cada vez menores y están vinculadas a la pertenencia a grupos concretos. Tengo alumnos inteligentes y perseverantes en su propósito de salirse de lo rutinario. Pero están en nichos muy concretos».

Antes, en la generación de los padres de Feduchi, no había sentido de expresión a través de los muebles sino sentido de la adecuación. Un matrimonio de clase media se casaba e iba a la tienda de su barrio a que le pusieran el salón y su dormitorio, y lo importante de la frase es la combinación de prefijo y verbo: «le pusieran». Cuando venían los niños, les ponían sus habitaciones. Los clientes no elegían muebles: elegían conjuntos completos entre un número limitado de opciones muy poco diversas. Había maderas un poco más claras, un poco más oscuras, precios un poco más altos o un poco más bajos... No había posibilidad de expresar algo íntimo pero era importante que los muebles hablaran de que sus dueños estaban correctamente integrados en la sociedad. Los muebles estaban hechos para durar. Y duraban, esa era la buena noticia. Eran rígidos y un poco tristones, y esa era la mala.

«Mi abuela vivió toda su vida en la misma casa. Tuvo siempre el mismo azucarero. En los años en los que yo estuve cambiando de piso todo el tiempo, yo no tuve azucarero. Metía la cuchara en la bolsita de azúcar. ¿Para qué iba a hacerme con un azucarero?», cuenta Marta Jiménez Serrano. Oxígeno, su nueva novela (Alfaguara), habla mucho de ese tipo de cosas, «de lo que es un hogar, de los objetos que nos acompañan y del desarraigo».

Incapaz de crear un hogar en sus primeros años como adulta, Jiménez Serrano encontró en los códigos hygge, baratos y efímeros, un consuelo para su precariedad doméstica. No tenía azucarero pero las estanterías Billy costaban poco, quedaban apañadas y eran desechables si, al cabo de 15 meses, había que buscar otro lugar. «Ahora tengo un piso en el que estoy para quedarme. Era un sueño que tuve durante mucho tiempo. Tengo una estantería grande y que me va a durar. Tengo mis fotos y mis cuadros. Hay cosas con las que he roto un poco... Como hago yoga en casa, no tengo mesita baja ante el sofá. Intento que las cosas que me rodean en casa respondan a mis necesidades, pero también espero que me expresen un poco. Es algo parecido a lo que espero de la ropa que me pongo».

La comparación con la ropa aparece por segunda vez y quizá sea la que lo explica todo. En casa y ante el espejo, el mundo ha conseguido acuñar una imagen de amistosa corrección que funciona y en la que, en el fondo, estamos todos. La extravagancia, el expresionismo y el desenfado ante el error, en cambio, se han vuelto un lujo extraño.