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El Mundo
Andr�s Seoane · 2026-06-19 · via Premium

La historiadora británica, que lleva décadas desmontando tópicos sobre Grecia y Roma, publica 'Clásicos sin filtros', un ensayo que en tiempos de algoritmos, simplificaciones y certezas instantáneas reivindica el valor de la duda, la complejidad y el asombro

La historiadora británica Mary Beard ayer a su paso por Madrid.

La historiadora británica Mary Beard ayer a su paso por Madrid.

Actualizado

En 1960, cuando tenía solamente cinco años, Mary Beard ya supo que dedicaría su vida a investigar y conocer el pasado. Su flechazo no se produjo aprendiendo latín de niña, fascinándose con las vidas de héroes y emperadores o a través del arte grecolatino, sino mediante algo tan sencillo como un pequeño trozo de pan. Un pan, eso sí, con más de 4.000 años de antigüedad que sigue recordando con asombro más de seis décadas después. "Era mi primera visita al Museo Británico y ver aquel pedazo de pan, que además un trabajador sacó de la vitrina para mí porque era muy pequeña para observarlo bien, me hizo pensar en cómo sería vivir en el pasado, acortó esa brecha entre ellos y nosotros. Ni siquiera era del mundo clásico, era egipcio, pero todavía puedo rememorar hoy esa sensación de asombro", asegura.

Pocas personas han hecho más que Beard (Much Wenlock, 1955) para demostrar que el mundo clásico sigue siendo un territorio vivo. Profesora emérita de Cambridge, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales y autora de libros fundamentales como Mujeres y poder, SPQR o Emperador de Roma, la historiadora británica lleva décadas desmontando tópicos sobre Grecia y Roma, pero también sobre nosotros mismos, pues su trabajo nunca ha consistido únicamente en explicar el pasado, sino en interrogar los usos que hacemos de él. Los clásicos, insiste desde hace años, "no son un museo de respuestas sino una fábrica de preguntas".

Esa idea atraviesa su sabio y divertido Clásicos sin filtros (Crítica), un libro singular, el más personal y autobiográfico, que recorre los encuentros, hallazgos y obsesiones que han marcado una vida dedicada al estudio de la Antigüedad. Es también una defensa apasionada de la curiosidad, de la capacidad de detenerse ante aquello que parece insignificante y preguntarse qué historia contiene. En tiempos de algoritmos, simplificaciones y certezas instantáneas, Beard, a sus 71 años, y tras más de cinco décadas estudiando Grecia y Roma, reivindica el valor de la duda, la complejidad y el asombro; y la convicción, no por evidente descartable, de que el pasado sigue siendo una de las mejores herramientas para pensar el presente.

Defiende la curiosidad como motor intelectual. ¿Le preocupa que estemos construyendo una sociedad cada vez menos capaz de detenerse ante algo aparentemente insignificante y preguntarse por su historia?
Es algo que se dice muy a menudo, como también se repite constantemente que la gente ya no es capaz de leer libros largos o complejos y que nadie tiene tiempo para detenerse y maravillarse ante ciertas cosas. Entiendo de dónde viene esa preocupación, pero, como sabes, trabajo en el Museo Británico y cuando paseo por las galerías veo muchísimos niños que todavía se detienen ante objetos especiales, que sienten asombro y curiosidad. Estoy completamente de acuerdo en que tenemos que luchar para preservar eso, pero no creo que haya desaparecido. De hecho, cuanto más vivimos rodeados de réplicas digitales, realidad virtual y experiencias mediadas por pantallas, más nos gusta estar delante de cosas reales. Así que, aunque entiendo perfectamente la preocupación, en el fondo soy optimista.
En el libro habla de los distintos filtros culturales con los que observamos la Antigüedad. ¿Qué distingue la mirada española, o mediterránea, sobre este mundo grecolatino de la mirada anglosajona?
Yo haría una distinción entre una visión europea, en la que yo sigo incluyendo al Reino Unido aunque técnicamente, por nuestros errores, quizá ya no lo sea, y una mirada estadounidense. Lo que une a la mayoría de los europeos es la sensación de que seguimos viviendo, de alguna manera, dentro del antiguo territorio romano. Una de las cosas que comparto con muchos españoles es que crecimos rodeados de huellas romanas. Había un asentamiento romano cerca de donde me crié y no hacía falta viajar muy lejos para encontrarse con ese pasado. Eso es muy distinto de estudiar Grecia y Roma en lugares donde nunca estuvieron, como ocurre en Estados Unidos o incluso en algunos países del norte de Europa. Y digo más. Recuerdo la impresión que me produjo visitar Argelia y Marruecos, esas provincias romanas del norte de África. Entré en un museo argelino y vi objetos que me resultaban familiares porque se parecían enormemente a los que había estudiado junto al muro de Adriano. Hay una especie de globalización romana que conecta el norte de Europa con el norte de África y el Mediterráneo. Por supuesto existen diferencias culturales y nacionales, pero el Imperio romano dejó un espacio compartido que todavía hoy podemos reconocer.

"Todos los políticos, de izquierdas y derechas, se han apropiado del mundo clásico. Pero lo importante es que siga vivo aunque se utilice mal"

Ahora qué me dice esto, el miércoles veíamos a los dirigentes de la extrema derecha celebrar en el Parlamento Europeo en Bruselas el endurecimiento de las políticas migratorias. Siempre ha insistido en que Grecia y Roma no pertenecen ni a la izquierda ni a la derecha, pero pocas tradiciones culturales han sido tan utilizadas como arsenal ideológico. ¿Cuál es el uso político del mundo clásico que más le preocupa hoy?
Quizá lo que más me preocupa no es quien utiliza los clásicos, sino quien piensa que ya no importan. Si hay un enemigo real es la idea de que el mundo clásico ha dejado de ser relevante y que los niños ya no deberían tener acceso a él. No te sorprenderá saber que no simpatizo precisamente con la extrema derecha, así que, por supuesto, me genera ansiedad ver cómo determinados movimientos utilizan Grecia y Roma de manera tan flagrante. Pero también creo que debemos recordar que los clásicos han sido utilizados durante siglos tanto por la derecha como por la izquierda. La Revolución estadounidense recurrió constantemente a modelos republicanos romanos y, como dijo Marx, en la Revolución francesa se luchó con imágenes romanas. Es demasiado fácil afirmar que la extrema derecha se ha apropiado de los clásicos, porque también han servido para causas emancipadoras y progresistas. La cuestión es que siguen proporcionándonos un lenguaje para pensar la política y para pensarnos a nosotros mismos, por eso aparecen una y otra vez en los debates contemporáneos. Yo, a pesar del odio en redes, discutiré siempre con los supremacistas blancos cuando utilizan las estatuas griegas para defender sus ideas, porque además se equivocan históricamente: las esculturas griegas no eran blancas, eran extraordinariamente coloridas. Pero más importante que controlar las interpretaciones es que los clásicos sigan formando parte viva de nuestra conversación cultural.
En el libro escribe que desde hace 2.000 años siempre ha habido alguien en algún lugar leyendo una página de la 'Eneida' de Virgilio. Hablando del declive de las Humanidades, ¿puede imaginar un mundo en el que Virgilio deje de existir no porque desaparezcan sus libros sino porque desaparezcan sus lectores?
Cielos, sinceramente espero que no. Una de las cosas más extraordinarias de Virgilio es, precisamente, que ha atravesado el tiempo sin desaparecer nunca. Ha permanecido generación tras generación en la vida de los lectores y cada época lo ha reinterpretado, hecho suyo, modificado y releído desde perspectivas distintas. Soy optimista y creo que eso va a continuar, aunque también intento hacer todo lo que está en mi mano para que así sea. A veces hablo con algunos políticos, y les planteo una pregunta muy sencilla: ¿realmente quieren vivir en un mundo donde nadie pueda leer a Virgilio o a Homero? La respuesta casi siempre es no, pero... Lo curioso es que incluso quienes dicen que los clásicos no les importan suelen reaccionar cuando se les plantea esa posibilidad. En el fondo nadie quiere un mundo sin Virgilio ni sin Homero. Y creo que eso seguirá ocurriendo. Lo vemos incluso ahora. Este verano llegará la nueva adaptación cinematográfica de la Odisea, la de Christopher Nolan. No sé si me gustará o no, probablemente no será la Odisea que existe en mi imaginación, pero precisamente ésa es la grandeza de Homero, que cada generación pueda volver a contarlo de una manera distinta.
Hace unos meses la historiadora Eve MacDonald nos contaba cómo los descubrimientos recientes han transformado nuestra visión de Cartago. Después de más de medio siglo estudiando la Antigüedad, ¿cree que todavía es posible un hallazgo capaz de cambiar radicalmente nuestra imagen de Grecia o Roma?
Es posible, ¿quién sabe? Durante más de 50 años he visto cómo nuestra comprensión del mundo antiguo cambiaba constantemente, pero esos cambios no proceden únicamente de los descubrimientos arqueológicos. Hoy podemos analizar restos biológicos encontrados en letrinas romanas y obtener información sobre la salud o la alimentación de las personas que las utilizaron, eso era impensable hace décadas, pero tan importante como la tecnología es la pregunta que decidimos formular. Cuando yo era estudiante, a principios de los años 70, prácticamente no estudiábamos a las mujeres. El mundo antiguo que aprendíamos era un mundo masculino y, si acaso, al final del curso nos permitían escribir un ensayo opcional sobre las mujeres, pero como era opcional, todos sabíamos que no era importante. Nos decían, además, que apenas existían fuentes para estudiarlas. Resultó que aquello era completamente falso. En cuanto empezamos a plantear nuevas preguntas, aparecieron nuevas respuestas. Durante mi vida académica hemos recuperado incluso poemas de Safo que antes desconocíamos. Así que los grandes cambios nacen siempre de una combinación entre descubrimientos, técnicas y preguntas, y el mundo griego y romano que estudian hoy los jóvenes se parece muy poco al que estudié yo cuando tenía su edad.
Su libro 'Mujeres y poder' está a punto de cumplir una década y hoy muchos de los temas que planteaba entonces forman parte del debate público global. Si tuviera que reescribir aquel libro en 2026, ¿sería más optimista o más pesimista?
Escribí ese libro justo antes de la explosión del movimiento #MeToo y lo que me sorprende es que, cuando intento evaluar lo que ha ocurrido durante estos años, tengo la sensación de que las cosas no han cambiado tanto como parecía. El #MeToo fue extraordinariamente estimulante y generó una enorme sensación de transformación, pero después también hemos visto flagrantes retrocesos. Pienso, por ejemplo, en Estados Unidos, donde algunos derechos y aspiraciones de las mujeres se encuentran hoy en una situación más precaria que hace unos años. Si me preguntas si soy optimista, diría que no especialmente. Hay más mujeres en los parlamentos, sí, y existen cambios visibles, pero si busco una gran revolución que haya transformado de raíz la situación de las mujeres en Occidente, me cuesta encontrarla.
Beard publica 'Clasicos sin filtros', una reivindicación del asombro que produce el pasado.

Beard publica 'Clasicos sin filtros', una reivindicación del asombro que produce el pasado.ÁNGEL NAVARRETE

"Sé que no es una opinión popular, pero un historiador no debe ser neutral, la historia exige comprender y juzgar al mismo tiempo"

Otra de sus grandes aportaciones ha sido desmontar la visión romántica de la democracia ateniense y de la República romana. En un momento en que nuestras democracias parecen fatigadas y vulnerables, ¿tendemos a buscar en la Antigüedad ejemplos edificantes cuando quizá sería más útil estudiar sus fracasos?
Sin duda, a menudo extraemos del pasado exactamente las conclusiones equivocadas. Hemos convertido la democracia ateniense en una especie de objeto de admiración casi reverencial, nos gusta pensar que somos sus herederos y contemplarla como el origen noble de nuestras instituciones, pero esa visión resulta peligrosa. Si observamos Atenas con cierta distancia veremos a un grupo de hombres, únicamente hombres, participando en instituciones muy distintas de las nuestras. Y veremos también una democracia profundamente conflictiva, cuyos sistemas de elección estaban condicionados por el prestigio y la influencia social, y atravesada por golpes de Estado, desafíos oligárquicos, luchas de poder y episodios de enorme inestabilidad. La lección importante no es sentirnos herederos, sino que la democracia exige trabajo constante, vigilancia y compromiso. No es algo que recibimos en herencia y que después funciona automáticamente. Durante demasiado tiempo hemos pensado que bastaba con tener elecciones, urnas y sufragio universal, pero la democracia exige una lucha permanente para conseguir que siga funcionando.
En 'Emperador de Roma' mostraba hasta qué punto el poder personalista es mucho más resistente de lo que solemos creer. Viendo el panorama político actual, ¿estamos asistiendo al regreso de una cultura que admira más al emperador que a las instituciones?
Me temo que sí, y lo digo con cierta tristeza. Si realmente quisiéramos una dictadura al estilo romano, podríamos tenerla. Una de las preguntas que me planteé al escribir Emperador de Roma era precisamente cómo podía sobrevivir durante tanto tiempo un sistema basado en el poder de una sola persona. Evidentemente existían mecanismos de violencia, represión y estructuras destinadas a proteger al emperador como una especie de policía política. Pero la respuesta fundamental es que la autocracia sobrevivía porque la gente permitía que sobreviviera. La mayoría de las personas podían quejarse de un emperador concreto, criticarlo o burlarse de él, pero rara vez se organizaban para desafiar el sistema en sí mismo. Y eso me parece una lección importante para el presente porque la política exige que todos desempeñemos nuestro papel. La ciudadanía no consiste únicamente en acudir a votar cada cierto número de años, las instituciones sólo sobreviven si existe una voluntad colectiva de sostenerlas.
Durante años ha sido muy criticada por opinar sobre ciertos aspectos de la historia. ¿Le preocupa que el análisis histórico haya sido sustituido por una especie de juicio moral permanente sobre el pasado?
Aquí probablemente voy a resultar un poco combativa. Conozco perfectamente el argumento según el cual no deberíamos juzgar el pasado con criterios actuales, pero yo nunca he compartido del todo esa idea. Por supuesto que el pasado debe ser comprendido, ésa es una de las tareas fundamentales del historiador, pero también debe ser juzgado. No creo que podamos ni debamos desprendernos por completo de nuestros principios morales en nombre de una supuesta objetividad. Por ejemplo, sería absurdo afirmar que no debemos tener ningún juicio moral sobre la esclavitud o sobre la muerte de los gladiadores, porque claro que lo tenemos. Debemos intentar comprender cómo funcionaban esas sociedades y, al mismo tiempo, reconocer nuestra reacción moral ante ellas. El trabajo del historiador consiste precisamente en mantener ese equilibrio, es decir, la historia exige comprensión, pero también juicio.

"No me preocupa la inteligencia artificial porque sólo los humanos podemos otorgarle significado al pasado"

Durante siglos los clásicos sobrevivieron gracias a copistas, bibliotecas y lectores. Ahora estamos entrando en una época en la que parte de esa memoria cultural empieza a almacenarse en sistemas de inteligencia artificial. ¿Le parece esa tecnología actual una continuidad de esa tradición de transmisión o es una ruptura radical que modifica lo que legaremos al futuro?
Tengo una opinión bastante ambivalente sobre la inteligencia artificial. Hay colegas míos que la consideran poco menos que el diablo, pero yo no comparto esa visión. Creo que será enormemente útil para muchas cosas. Si necesito traducir el manual de instrucciones de una lavadora, por ejemplo, probablemente la inteligencia artificial hará un trabajo magnífico, y eso es fantástico, pero cuando hablamos de historia o de cultura la cuestión es distinta. Entender el pasado es algo que ocurre dentro de nuestra propia cabeza, no podemos externalizarlo a un centro de procesamiento de datos. Somos nosotros quienes tenemos que otorgarle significado y debatir, interpretar, discutir y encontrar sentido a las cosas. La inteligencia artificial puede ayudarnos en ese proceso, desde luego, pero no puede sustituirlo. Lo que realmente importa sigue siendo cómo pensamos nosotros y cómo hablamos entre nosotros. Si la tecnología contribuye a eso, bienvenida sea. Pero no puede hacerlo por nosotros
Este libro tiene una dimensión autobiográfica muy visible. Después de más de 50 años dedicada al estudio del mundo clásico, ¿es un libro de balance, una despedida, o más bien una insistencia en que la curiosidad sigue intacta?
No sé si viviré lo suficiente para escribir otro libro, tengo 71 años y nunca se sabe, pero sí, en parte este libro nace de una reflexión sobre la niña que fui. Creo que todos llevamos dentro al niño o a la niña que fuimos alguna vez y que, llegado un momento, merece la pena volver la vista atrás y preguntarse cómo empezó todo. También me di cuenta de que muchas veces damos por sentado aquello que nos interesa sin detenernos a explicar por qué nos interesa. ¿Qué hay realmente detrás de esa fascinación? ¿Por qué hemos dedicado una vida entera a una determinada cuestión? Por eso era inevitable que este libro tuviera una dimensión autobiográfica. Además, la pregunta sobre por qué importan los clásicos es necesariamente una pregunta personal, yo no puedo decirle a nadie por qué deberían interesarle Grecia o Roma, lo único que puedo hacer es explicar qué me interesó a mí, cómo entré en ese mundo y por qué ha seguido acompañándome durante toda la vida. No soy experta en todo, no soy especialista en Aristóteles, por ejemplo, lo único que puedo ofrecer es mi propio camino y decir: esto fue lo que funcionó para mí. Ésta es la forma en que los clásicos cambiaron mi manera de ver el mundo.
Volviendo a aquella niña, si hoy pudiera visitar nuestra época y ver cómo hablamos del pasado, la identidad, la cultura o la política, ¿qué cree que le sorprendería más lo mucho que hemos cambiado o lo poco que lo hemos hecho?
Desde luego le sorprendería estar participando en esta conversación, eso lo primero. Pero, más allá de esto, creo que descubriría algo bastante sencillo, que las mismas cosas siguen emocionándonos. Hace poco di una charla en el Museo Británico y sacaron precisamente aquel trozo de pan. Había mucha gente observándolo y me impresionó comprobar hasta qué punto seguía despertando fascinación ese objeto tan pequeño y tan antiguo. Las circunstancias cambian, las sociedades cambian y también cambian nuestras preguntas, pero hay ciertas formas de curiosidad y de asombro que permanecen. Quizá la emoción que sentimos hoy no sea exactamente la misma que sintió aquella niña, pero estoy convencida de una cosa, nunca existirá un mundo en el que a nadie le conmueva un trozo de pan de 4.000 años de antigüedad.