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El Mundo
Arcadi Espada · 2026-06-28 · via Premium

(Expelerle) Un columnista del Times, Bret Stephens, escribió esta semana un artículo enumerando las razones por las que da vergüenza ser americano. Estas líneas introductorias: «Ser un lúcido estadounidense en la era de Trump es vivir moral, estética, intelectual y políticamente en la vergüenza ajena». Aludí al artículo en el Yira, yira de esta semana, instando a que se le aplicara la maniobra Gombrowicz, o sea cambiar Trump por Sánchez, que es apenas cambiar nada. Pero ahora pienso que hay matizaciones que hacer. Stephens comienza así su enumeración: «¿El rostro furioso de Trump colgando entre las columnas exteriores del Departamento de Justicia? Somos nosotros». A los ejemplos restantes —Putin, Irán, el Centro Kennedy, entre otros— va añadiendo, letanía: «Somos nosotros».

Algo hay de Sánchez también en el nosotros ibérico. Millones de españoles lo votarán en 2027. Pero sus acciones más devastadoras —y la más humillada y humillante, la que rompe cualquier aspiración a la dignidad en forma y fondo: la de haber ordenado al abogado de su mujer que suplicara al juez Peinado la devolución del pasaporte en razón de «la temporada de verano»— las ha urdido y llevado a cabo sin un asentimiento electoral explícito. Empezando, lógicamente, por la amnistía a los delincuentes nacionalistas que le permitió alcanzar el poder y mantenerse, como se mantiene una gallina en el sucio y roído palo del gallinero. Así que Sánchez no es, como Trump, ese nosotros. En todo caso, unos cuantos de ellos.

La regeneración de la vida pública española después de Sánchez no será un asunto fácil ni rápido. Para que se produzca necesita, además, de una condición innegociable. Un nosotros vigoroso y masivo. Hay indicios de que la impávida faz del presidente del Gobierno parece decidida a encarar las elecciones como un plebiscito. Si es así, hay que tomarle la palabra. Las próximas elecciones deben ser, antes que cualquier otra cosa, un repudio. O sea, un rechazo por motivos éticos. Ya habrá momento de volver a la política.

(Un cabreo) Luego iré a un acto que organiza Ciudadanos para conmemorar los 20 años del partido. Dada mi filiación neandertal, quieren que comente la prehistoria, los dos años previos en los que Ciudadanos fue gestándose. Para no hablar completamente sin sustancia he pasado un rato leyendo viejos correos. Es fascinante comprobar que las cosas, a diferencia de lo que sostenía el mágico Márquez, no son exactamente como las recordábamos. El núcleo germinal de Ciudadanos fue una cena en el hotel de la estación de Sants. El hotel lo llevaba entonces el magnífico Jaume Serra, que nos organizó un espléndido bufet conspiratorio. Teresa Giménez, Félix de Azúa, Xavier Pericay, Ferran Toutain, Francesc de Carreras, Félix Ovejero, Albert Boadella, Basilio Baltasar, Iván Tubau y yo mismo nos reunimos para responder a la legendaria pregunta leninista: «¿Qué hacer?». Qué hacer después de que el nuevo presidente de la Generalidad, Pasqual Maragall —al que creo que todos habíamos votado—, hubiera puesto en marcha una idiótica reforma del Estatuto de Cataluña y se mostrara en sus iniciativas, en sus pactos, en sus gestos y en sus declaraciones como un sorprendente continuador del pujolismo. A la cena estaban convocadas dos personas más: el abogado Xavier Melero, que creyó que era al día siguiente, y la agente literaria Mercedes Casanovas, que se disculpó por un viaje imprevisto.

La conversación fue pésima. La mayoría de aquellos diez seguían en modo Foro Babel, aquel manifiesto de 1997 que yo no firmé debido al esencialista tic lingüístico que ya había marcado su precedente, el célebre Manifiesto de los 2.300, en 1981. Un nuevo manifiesto, una asociación, una firma colectiva para los periódicos... estas eran las propuestas que fueron desgranándose anodinas. Solo Teresa, Xavier, Albert y yo defendimos, cada uno con sus razones, que todas esas estrategias ya eran inútiles y que había que plantear algo nuevo. «Un partido político, exactamente», es lo que dije. El punto de vista babélico lo defendió Carreras con especial convicción. Si estaba en la cena, no era por mí. Carreras era entonces un señalado miembro de esa logia transversal a la que en Contra Catalunya yo había llamado el suc [jugo]. La mayoría de sus integrantes pertenecían al Psuc, el partido comunista catalán, pero esa militancia no era obligatoria. «El suc es el líquido amniótico de Cataluña», decía en mi libro, «mece lo políticamente correcto y lo desborda hasta lo nacionalmente correcto». No hay movimiento político o social catalán sin su poquito de suc. ¡Ni siquiera uno antinacionalista! Y Carreras era la gota. Teresa fue la que lo invitó a la cena. Una idea que nos hizo perder mucho tiempo. En aquella cena y también en las sucesivas, porque Carreras fue el que más obstinadamente se opuso a que Ciudadanos existiera como partido. Siempre secundado por Ovejero. Aunque hay que reconocer que Félix II, como lo llamábamos, llegó a plantear con seriedad una variante muy graciosa: el Partido Provisional. Ciudadanos debía existir solo hasta que el Psc recuperara la razón. (La vida es tan pejiguera que Ciudadanos apenas existe y el Psc sigue en el frenopático). En fin, la participación de Carreras fue una lata, pero tuvo también utilidad. Al fin y al cabo Cataluña chorrea suc, y fueron muchas las personas que apoyaron el proyecto porque Carreras les parecía un catalán consultivo, digno de confianza.

Pero en la noche del Sants no hubo más que bruma y desaliento. Salí con un cabreo de mil demonios. Tengo a mano este par de correos. Uno es una respuesta al editor Basilio Baltasar, que tenía unas ideas pintorescas, puramente literatas, aunque animosas, sobre un partido posible: «Por desgracia no comparto tu optimismo, amigo Basilio. La cena me pareció inútil y decepcionante, y sólo escuché algo de interés de tu boca y de pocas más. Pero así están las cosas. Ni el franquismo ni el pujolismo han sido en vano. Un paisaje intelectual apelmazado y decadente. Porque lo peor de todo es que fuera de esa mesa, en Cataluña, no hay nadie». El otro correo fue una respuesta a Azúa: «En efecto, me pareció un desastre. Pensaba en ello mientras volvíamos. No muy contento, como es natural. Pero, en fin, ocurrió lo que era más probable. Al fin y al cabo, han pasado veintitrés años de pujolismo. No viene de tres horas. Desde luego, y como ya dije, yo no estoy para clubes, ligas y demás estancias de la vida social. El esfuerzo de levantar algo distinto y dañino es sobrehumano. Hace falta mucho entusiasmo y convicción. No lo vi por ningún lado. Solo una obstinada prevención ante la posibilidad de que se nos pudiera confundir con el PP (¡qué modo de interiorizar la caza de brujas nacionalista!) y la acostumbrada sarta de tópicos inmovilizadores sobre las dificultades de hacer política. Un aire tumefacto y envejecido. Había gente allí que no sabía ni para qué sirve internet ni lo que se puede hace con él. ¡Y la convoqué yo, a esa gente! Nada, fuera, fuera. Patinazo. Ahora bien, tú y yo sigamos con nuestros cafetitos matinales, tan agradables».

En aquella época Azúa vivía al lado de casa, y alguna mañana tomábamos café y hablábamos de Cataluña, que siempre fue nuestro asunto cómico favorito. Mi correo era la respuesta a este otro suyo, en el que decía: «Me pareció que no salías muy contento de la cena de anoche. Tu silencio durante el regreso me hizo pensar que no estabas demasiado satisfecho de la primera reunión. Por si acaso, sigamos adelante». No sabes bien a veces —¡si es que alguna vez lo sabes!— en qué lugar anidan las decisiones. Pero aquel «por si acaso» fue decisivo para que yo siguiera en el asunto.

No hubo más cenas en el Sants. Me divertía aquel lugar, abigarrado y estrafalario, decorado con un inefable estilo Las Vegas, donde se comía con intención y gracia. Pero no acabó de gustarles y Tubau reservó para la reunión siguiente un lugar llamado El Taxidermista, en la Plaza Real. El restaurante cogía el nombre por un antiguo negocio de taxidermia que, casualmente, llevaba un vecino de mis padres. De pequeño había estado alguna vez en aquella tienda, puramente escalofriante, y entre los pongos de casa destacaba un enorme y hórrido aguilucho, regalo de aquel vecino Palaus. El lugar tuvo éxito, entre otras cosas porque nos reuníamos en el altillo, lo que le añadía un oportuno aire conspirativo. Allí hubo muchas cenas, y casi todas interesantes, maliciosas, petulantes y divertidas, hasta que el 7 de junio presentamos su laborioso resultado. Aquel manifiestoPor un nuevo partido político en Cataluña, sintáctica, política y moralmente ejemplar, que firmaron 15 ciudadanos, todos ellos gente de letras y, sin embargo, movidos por la intención del método científico: comprobar si su hipótesis —la necesidad de un nuevo partido— tenía algún anclaje en la realidad.

El 21 de diciembre de 2017 Ciudadanos —liderado por Inés Arrimadas— obtuvo 1.109.732 votos (25,35%) y se convirtió en el primer partido de Cataluña.

(Ganado el 27 de junio a las 13:24, comprobando cómo el presidente ha llegado al extremo patológico de confundir un interrogante con una exclamación asertiva: «La pregunta no es si debemos continuar o no. La pregunta es cómo no vamos a continuar», un caso claro de aprosodia, producido por una lesión en el hemisferio derecho, en que el sujeto deja de distinguir entre la afirmación y la pregunta y que también puede ser llamado «sordera prosódica» o «agnosia de la pregunta», cuyo equivalente en los trastornos del desarrollo sería el patrón del espectro autista que dificulta leer la intención entonativa, y advirtiendo, y esta es la preocupación, cómo su mentor Zapatero, gravemente enfermo de quiasmos, ha ido degenerando hasta los actuales pasmos, líbrenos)