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El Mundo
Joaqu�n Manso · 2026-06-28 · via Premium

El presidente del Gobierno se aplica una convicción providencial que le permite eludir la rendición de cuentas. Tuvo algo de cómico que repitiera ante el Comité Federal, casi calcado, su discurso exculpatorio del miércoles

Las carcajadas de Sánchez

Actualizado

Las carcajadas de Sánchez son el resumen de la legislatura: el símbolo de la arbitrariedad del poder. El mismo Congreso que lo hizo presidente le insta ahora a dimitir pero él no se da por aludido. Le da la risa. La votación del jueves tiene el altísimo valor político de retratar una mayoría parlamentaria contraria al jefe del Ejecutivo y deja aún más en evidencia la maniobra propagandística de presentar, este año sí, los Presupuestos. Sobre todo afianza que Sánchez ya no gobierna sin el Poder Legislativo, sino contra la Cámara y al margen de sus controles.

Cuando Sánchez repite "¡cómo no vamos a seguir!", está confundiendo deliberadamente la épica de la resistencia con la legitimidad democrática, según la brillante observación que hizo aquí Iñaki Ellakuría. Para él, sus rivales son siempre ontológicamente ilegítimos. El presidente se aplica una convicción providencial que le permite eludir la rendición de cuentas y elevar a emergencia pública el bloqueo de la alternancia, en el país y en su partido.

El alborozo impostado de Sánchez y sus diputados ofrece la imagen del refugio desafiante del poder cuando ya no puede ofrecer autoridad. Hay un hilo que conecta esta risotada defensiva con la que proyectó la luz oscura de la legislatura en el momento fundacional de la investidura: aquella arrancada histriónica para ridiculizar a Feijóo con la que escenificó su estrategia de polarización y situó la amnistía en esa misma lógica intolerante y contraria al pluralismo. "Hacer de la necesidad, virtud" significaba exactamente eso: estar dispuesto a hacer cualquier cosa, incluso doblegar la ley, con tal de evitar que gobierne la derecha.

Tuvo algo de cómico que Sánchez repitiera ayer ante el Comité Federal, casi calcado, su discurso exculpatorio del miércoles en el Congreso. Es su forma de negarle autonomía política al antaño órgano deliberativo, hoy convertido en plataforma de aclamación. Hasta aquí ha llevado su cesarismo: hasta el punto de regodearse en la postración de su propio partido. Page se quejaba de que no hubiese dicho ni una palabra de la sucesión de catástrofes electorales en las comunidades autónomas, pero es que no se trataba de debatir nada, sino de fijar doctrina ante la tribu.

No hay ninguna explicación nueva, sino un relato único de supervivencia que transforma la corrupción del PSOE en la prueba de su virtud. El escándalo moviliza. El que mejor lo resumió todo fue Patxi López: "¡Yo con Begoña, yo con Begoña!". A Javier Lambán le gustaba decir que el modelo de organización política que propone un líder casi siempre se corresponde con el que ofrece a la sociedad. Y en esas estamos. En la construcción de realidades alternativas y en la fanatización de las bases. Sánchez habla como un presidente cercado que impone que todas las instancias -Congreso, Gobierno, PSOE, militancia- acepten una misma premisa: lo que ocurre sólo significa lo que él decide que significa.

Necesita que sea así porque la sentencia del Supremo que condenó a Ábalos a 24 años de cárcel es un misil cuyas consecuencias todavía no alcanzamos a imaginar. Un contundente mensaje al conjunto del Estado para que reaccione de forma implacable frente a la "colonización de las instituciones" y la corrupción que "socava la arquitectura institucional de la democracia". En definitiva, un artefacto explosivo frente a quien pretende que la identificación partidista sustituya al interés general de los ciudadanos como guía moral de las autoridades y funcionarios públicos porque esa es la forma de desactivar los controles y contrapesos.

La unanimidad de la Sala constata la superación definitiva de la prueba de resistencia que representó el proceso contra el fiscal general del Estado. Ahora sí, Sánchez queda en posición de extrema debilidad, en manos del incentivo que el tribunal ha entregado a los subalternos que estén dispuestos a colaborar con la Justicia para extirpar el auténtico mal que destruye la confianza ciudadana, que es la corrupción instalada en el corazón del poder.

Habrá efecto llamada y lo habrá pronto. Leire Díez ya le ha dicho a Ana Rosa Quintana que la sala de máquinas de las cloacas la supervisaba Antonio Hernando. Julio Martínez comparece el 21 de julio después de que las agendas de Zapatero revelen que utilizaba la influencia que le daba su condición de ministro tácito como fuente de riqueza como comisionista nacional e internacional. Pero es sobre todo en la causa que afecta a su esposa donde ha aparecido el material más inquietante para el presidente: nadie se va a creer que la recomendación de Begoña Gómez y el apoyo público que le daba Sánchez no tienen nada que ver con el escandaloso amaño de los concursos por 12 millones que se adjudicaron a su empresario amigo Barrabés. Aquí empieza el peligro real.