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El Mundo
Chema Rodr�guez · 2026-06-24 · via Premium

Actualizado

Villa Amparo se anunciaba como un scape room «hardcore». Una experiencia extrema, casi casi real, una aventura que tenía como escenario un casa solariega y desvencijada a las afueras de Cájar (Granada). El reto consistía en salir de allí sorteando trampas y peligros (teóricamente simulados e inofensivos). El único riesgo que advertían los organizadores era el de echar a perder la ropa que los participantes llevasen y, de hecho, aconsejaban vestir prendas viejas de las que pudieran desprenderse sin problema.

Cuatro años después de pasar por Villa Amparo, Ana (es un nombre ficticio para preservar su anonimato) no puede salir a la calle sin un paraguas que la proteja del sol, su piel es delicadísima y se ha tenido que someter a un sinfín de operaciones que la han dejado, definitivamente, marcada por dentro y por fuera. El 40% de su cuerpo ardió en una de las aventuras de aquel scape room al que acudió el 27 de junio de 2022 junto a cinco amigos pensando en echar unas risas y soltar adrenalina. Pero a Ana la rociaron con un líquido que debía ser agua con una gota de gasolina pero que era gasolina sin gota de agua y luego le acercaron un mechero encendido que ella sopló y apagó dos veces, pero a la tercera... ardió. Y el desafío (inofensivo) que prometía la publicidad de Villa Amparo se convirtió en una pesadilla en la que lleva atrapada cuatro años.

Esta semana, Ana revivió el momento en el que la quemaron a lo bonzo ante el magistrado del Juzgado de lo Penal 5 de Granada que ha juzgado al dueño de la empresa y a uno de sus empleados por lesiones graves por imprudencia y ha rememorado cómo advirtió, una y dos y tres veces, de que aquel líquido que le vertieron encima «olía muchísimo» a gasolina y cómo no le hicieron el menor caso. No solo eso, sino que, el empleado que se ha sentado en el banquillo y que, antes, la había amordazado en una silla (eso era parte de la aventura), encendió el mechero y se lo acercó y ella se convirtió en una bola de fuego humana.

La Fiscalía y la acusación particular han pedido para los dos acusados penas de dos y tres años de cárcel, respectivamente, y les reprochan faltaron a «los más elementales deberes de cuidado de su puesto de trabajo» al no cerciorarse de la composición de la mezcla con la que rociaban a los participantes antes de prenderles fuego. No solo eso, sino que, además, eran conscientes de que los participantes en el juego «no firmaban ningún tipo de documento o consentimiento con información sobre el desarrollo del juego y sus riesgos». A lo que hay que sumar la falta de seguridad en el local: no había ninguna indicación de salidas de emergencia, las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto y los extintores con los que contaban no servían para incendios con combustible. De algo parecido a un botón del pánico que pudieran activar los jugadores para detener el juego ante un peligro inminente, ni rastro.

Villa Amparo «tenía menos papeles que una liebre», señalan fuentes cercanas al caso que esta semana se ha juzgado en Granada y, aun así, se anunciaba en internet y tenía perfiles en Facebook e Intagram en los que subían las fotos de los participantes, que generalmente salían satisfechos de la experiencia vivida.

Andrea Gutiérrez dejó su opinión tras acudir a Villa Amparo en agosto de 2019 en un foro de scapers: «Inmersión desde el minuto cero».

Un grupo de jugadores en una foto subida a las redes sociales de Villa Amparo.

Un grupo de jugadores en una foto subida a las redes sociales de Villa Amparo.CRÓNICA

Ofrecían los organizadores dos aventuras distintas que, en realidad, eran como dos capítulos de la misma historia. El primero era 'La Nonna', que estrenaron en 2017 y seguían ofertando, y el segundo era 'La venganza de Miquelle', una novedad que introdujeron en 2020. Ana había ido años atrás al primero de ellos y repitió en junio de 2022 para probar el segundo.

Cuenta el escrito de calificación del fiscal que la aventura empezó a las 22.40 horas del 27 de junio 2022, casi hace justo cuatro años. A esa hora llegaron Ana y sus amigos al número 22 de la calle Flor de Cájar, la dirección de Villa Amparo. Lo habían contratado a través de la página web (hoy desactivada) a razón de 25 euros por persona para una hora de experiencia «extrema».

Primero les encerraron en la cocina de la casa, de la que salieron, tras descifrar los enigmas propuestos, a un cuarto de baño, del que también pudieron salir. De ahí pasaron a un salón con mesa de póquer, armario y piano y donde aparecieron dos actores, dos empleados, con máscaras y linternas. A uno de los participantes le colocaron unos grilletes y le metieron en una especie de ataúd mientras a Ana la ataron a una silla, le colocaron una soga en el cuello y la bañaron en gasolina. El desenlace ya está contado.

Ana tuvo que ser ingresada en la Unidad de Grandes Quemados del hospital Virgen del Rocío de Sevilla, con quemaduras de segundo grado en cara y cuello, en los brazos, el tórax y abdomen, además de en las piernas, que la han dejado incapacitada para trabajar, con graves secuelas estéticas y psicológicas. Una vida, dicen las fuentes consultadas, convertida en «un infierno» y los acusados alegaron que aquella mezcla la habían usado «500 veces» y que «alguien debió equivocarse».