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Lucía Solla Sobral, la escritora de los 200.000 libros: "Huyo de quienes quieren utilizar mi novela como un símbolo del feminismo"
Andrés SeoaneTexto Alberto Di LolliFotografías. MadridTextoFotog · 2026-05-14 · via Premium

Hay novelas que triunfan y novelas que acompañan. Libros que venden mucho durante unos meses y libros que terminan infiltrándose en conversaciones privadas, en amistades rotas, en parejas que se desmoronan lentamente, en madres que se lo regalan a sus hijas con la intuición de que ahí dentro haya algo importante que conviene aprender. Desde su publicación el pasado septiembre, Comerás flores (Libros del Asteroide), elegido como uno de los tres mejores libros de 2025 por La Lectura, el suplemento cultural de ELMUNDO, ha vendido más de 200.000 ejemplares en España; además, calienta motores para llegar a otros 18 países como Estados Unidos, Francia, Alemania o Italia. También ha convertido a su autora, Lucía Solla Sobral (Marín, 1989), en uno de los fenómenos literarios más masivos y perturbadores del último año.

Perturbadores porque el éxito de la novela no se explica sólo desde la literatura ni desde el mercado editorial, sino desde algo más incómodo. Miles de lectoras -y lectores- han encontrado en la historia de Marina y Jaime, esa exploración sutil de una relación de maltrato psicológico, una forma de nombrar algo que hasta ahora apenas sabían explicar. «Es terapéutico», dice despacio Solla Sobral, con quien conversamos ayer en Madrid antes recoger el Premio El Ojo Crítico, todavía sorprendida por la dimensión que ha adquirido su libro. «Siempre leí que escribir es terapéutico, aunque en mi caso no tenía nada concreto que sanar. Sí que sienta bien escribir, pero cuando lo que haces llega a tanta gente y puedes conocer la reacción colectiva, ahí sí hay algo sanador», asegura. «Que tantas mujeres entiendan a Marina, se sientan identificadas, les ayude a salir de sus relaciones o a sanar relaciones pasadas... Eso sí es terapéutico».

La escritora recuerda que, mientras escribía hace unos años las primeras páginas de la novela, su mayor miedo era precisamente el contrario, que nadie entendiese a Marina y que el lector juzgase sus decisiones, su dependencia emocional y su dificultad para reconocer el daño. «De repente se la entiende muchísimo. Y eso tiene una parte terrorífica, porque significa que hay muchísima gente que ha pasado por ahí, pero también tiene otra parte bastante esperanzadora», confiesa.

"Miles de mujeres entendieron rápidamente a Marina y eso tiene algo terrorífico, porque significa que muchísima gente que ha pasado por ahí"

Quizá una de las claves del espectacular éxito de Comerás flores sea que la novela no explica tanto el maltrato en sí como la confusión que genera en quien la sufre. No construye un gran villano reconocible ni una víctima perfecta. Jaime no responde al estereotipo del monstruo brutal y evidente con el que tantas veces se representa la violencia machista en el imaginario colectivo. Es culto, atento, seductor, socialmente admirado. Y podría ser cualquiera. «Puede ser nuestro librero, un editor, un compañero de trabajo, nuestro primo», dice Solla. «No hay un perfil único, y esa es una de las trampas. Nos enseñaron a imaginar al maltratador como un hombre muy concreto, muy bruto, muy canalla. Pero muchas veces, como nos ha demostrado la actualidad reciente, el que parece tu aliado o tu compañero termina siendo quien te destruye».

Como explica la gallega con cierta incredulidad, el fenómeno alrededor del libro ha terminado generando incluso un lenguaje propio. En institutos, clubes de lectura y redes sociales, lectoras que jamás se han visto entre sí utilizan ya los nombres de los personajes como categorías compartidas, como arquetipos. «El otro día en un instituto escuché a unas chicas decir: 'Ese es un Jaime' o 'yo fui una Marina'. Ahí es cuando realmente piensas: 'Esto ya no es mío. Esto pertenece a la gente'».

En estos meses, la escritora lleva más de 100 entrevistas, más de 60 presentaciones y decenas de visitas a clubes de lectura. Ha cruzado España de punta a punta en trenes, autobuses y BlaBlaCars. Ha viajado a Argentina, Uruguay o México, donde su primera novela se ha situado en pocas semanas entre las más vendidas. Y aun así sigue hablando del éxito con una mezcla extraña de incredulidad y pudor. «En agosto de 2025 yo escribía en mi diario que no iba a pasar nada. Pensaba: voy a cumplir el sueño de mi vida, publicar una novela, pero tendré que seguir con mi vida normal porque en España un libro no da de comer ni te cambia la vida. Me equivoqué totalmente», dice entre risas.

"Una lectora me escribió, mientras hacía la maleta para abandonar a su pareja, que mi libro le había mostrado que estaba siendo maltratada"

Solla Sobral habla de vértigo, aunque todavía parece vivirlo desde una especie de distancia protectora. «Voy fluyendo, viajando sin apenas pausa de una ciudad a otra y de un país a otro. Luego llego al hotel, llamo a mi madre o a mis amigas, ceno patatas fritas y sigo con mi vida. Quizá porque sé que el día que pare con la promoción el vértigo del éxito se me vendrá encima. Pero sí hay momentos en los que algo te obliga a darte cuenta de lo que está pasando». Ella recuerda especialmente dos. Uno en Montevideo, sentada frente a la rambla con vistas al Río de la Plata, viendo a alguien leer su novela a pocos metros sin saber que la autora estaba allí.

El otro, mucho más extraño, tuvo lugar en una cárcel. «Fui a A Lama [la prisión provincial de Pontevedra] y pasé el día entero con presos. Fue un club de lectura increíble, pero sí llegó un momento en que pensé: ¿cómo he acabado aquí? Yo escribí un libro en mi casa y ahora estoy en una prisión hablando con hombres sobre violencia psicológica». Lo cuenta riéndose suavemente, aunque debajo de la anécdota late la sensación de que Comerás flores ha escapado completamente del circuito literario convencional para instalarse en lugares donde la ficción rara vez consigue entrar.

Lucía Solla Sobral

Lucía Solla Sobral posando a su paso por Madrid para recoger el Premio El Ojo Crítico.

Porque lo que más impresiona a Solla Sobral no son las cifras, los premios o las traducciones, sino las historias que recibe casi a diario. Mensajes de lectoras que le escriben mientras hacen la maleta para abandonar una relación. Otras que encuentran el libro después de salir de comisaría. Hombres que aseguran haberse reconocido en Jaime y piden ayuda porque no quieren seguir reproduciendo ciertos comportamientos.

«Hubo una chica que me escribió hace unos meses mientras hacía la maleta para huir de su novio. Me decía que hasta leer la novela no se había dado cuenta de que estaba siendo maltratada», comparte aún incrédula. «Otra mujer me contó que salió de comisaría sin atreverse todavía a denunciar, vio el libro en un escaparate, lo compró y luego me escribió. Un mes después me volvió a contactar desde una casa de acogida para víctimas de violencia de género».

"Un libro puede iniciar un debate, pero nunca puede convertirse en la respuesta final a un problema social tan complejo"

Al principio, confiesa, esos mensajes la desbordaban. «No sabía qué decir. Sentía una responsabilidad enorme con cada respuesta». Con el tiempo, matiza, ha aprendido a asumir otra posición. «Entendí que yo no tengo la solución a la vida de nadie, pero que quizá escribirle a una desconocida que sabes que te va a entender es el primer paso para sentirte menos sola o para caer en la cuenta de ciertas cosas».

Ese lugar ambiguo entre escritora y portavoz es precisamente el que más incomodidad le genera. No por hablar del tema del maltrato, aclara, sino por la manera en que algunas instituciones han empezado a utilizar el éxito del libro como una especie de atajo. «Me llaman muchos ayuntamientos y también empresas privadas para invitarme en fechas como el 8-M o el 25-N. Y yo siempre rechazo estas charlas, porque huyo de quienes intentan hacer de mi novela un símbolo feminista o político», denuncia. «No se puede sustituir a técnicas, psicólogas u organizaciones especializadas por una escritora. Un libro puede abrir una conversación, iniciar un debate o ayudar a identificar un problema colectivo, pero nunca puede convertirse en la respuesta final a un problema social tan complejo». Por eso desconfía profundamente de la tentación de convertir la literatura en una solución simplista. «Me preocupa que el libro se utilice como un eufemismo. Como si bastase con organizar una charla con una autora para sentir que ya se ha hecho algo. No quiero ocupar espacios que pertenecen a personas expertas».

Lucía Solla Sobral

La escritora en medio de la Gran Vía de Madrid.

Por eso, reivindica, en Comerás flores hay violencia, pero también reconstrucción. Hay miedo y aislamiento, pero también amistad, cuidado y una lenta recuperación de la identidad. El personaje de Diana, la amiga que permanece al otro lado esperando a Marina, se ha convertido inesperadamente en otro de los grandes espejos emocionales de la novela. «Se me acercan muchas Dianas, amigas que lloran porque no saben cómo recuperar a alguien a quien sienten desaparecer dentro de una relación», explica, como le ocurrió hace unos días en la Feria del Libro de Valencia.

Todo esto ha ocurrido mientras su vida cotidiana ha saltado literalmente por los aires. «Llevaba 11 años trabajando desde casa en pijama y ahora ya ni sé lo que es el pijama», bromea. Desde septiembre apenas pasa dos días seguidos en Oviedo, donde vive, pero insiste en que lo importante sigue intacto. «Mi casa aún es mi casa, mis amigas son las mismas, mi familia sigue ahí... Eso me ayuda mucho a no perder el norte».

"Asumo que siempre voy a ser 'la de Comerás flores', y la verdad es que como apellido no está mal, pero quiero hablar de otros temas y personajes"

El problema, admite, llegará probablemente cuando tenga que enfrentarse al segundo libro. «El pasado agosto lloraba pensando que no iba a pasar nada y el día antes, del estrés de presentar la novela, ya no quería ser escritora». Ahora el escenario es distinto. Hay lectores esperando, expectativas, ruido... «Habrá gente que espere el próximo libro con cariño, pero también gente deseando que me estrelle. Y eso sí me da miedo».

Solla Sobral habla de esa presión con una honestidad poco habitual en un ecosistema literario donde muchas veces se impone el relato triunfalista del éxito. «Trabajo asegurado para mi psicólogo», dice riéndose. Luego se pone seria. «Yo sé la teoría. Sé que las expectativas ajenas son ajenas y que no puedo escribir para satisfacer a personas que ni siquiera conozco. Pero una cosa es saberlo y otra llevarlo a la práctica». Además, dice, quiere escapar de la posibilidad de convertirse exclusivamente en «la escritora del maltrato psicológico». «Hay mucha gente esperando que escriba otra vez sobre lo mismo o incluso una segunda parte, pero no quiero eso. Asumo que siempre voy a ser la de Comerás flores, y la verdad es que como apellido no está mal, pero quiero hablar de otros temas y personajes».

Quizá por eso insiste tanto en reivindicar la dimensión puramente literaria de la novela: la construcción de la voz, la atmósfera, el ritmo emocional... «Pensando en el futuro, me gustaría que el libro quedase también como una buena obra literaria. Lo social tiene mucho peso y me encanta que lo tenga, pero a veces siento que eso deja en segundo plano todo el trabajo literario». Luego hace una pausa breve. Y por primera vez durante la conversación parece hablar no del fenómeno, ni del éxito, ni de las lectoras, sino de sí misma. «Ahora mismo todavía no puedo releerlo, pero ojalá dentro de unos años vuelva a él y piense que hice algo de lo que puedo sentirme orgullosa. No solo por lo que provocó en los demás, también por cómo está escrito».