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"Soy dentista colegiada y era azafata de imagen", dijo Jésica Rodríguez al abogado de su ex pareja, José Luis Ábalos, para negar que fuese prostituta durante el juicio del caso Koldo. Fue la etiqueta elegida para autodefinirse y justificar su presencia en las comitivas del exministro, que también la colocó en empresas públicas. Con esa elección terminológica, Jésica puso nombre a un universo de acompañamientos de lujo que, lejos de los sumarios judiciales, sustenta a todo un ejército de mujeres.
Son ellas, las "chicas de imagen", el lubricante social de los reservados más exclusivos del país. "Te arreglas, vas unas horas a un local y te sacas un sueldo que mucha gente querría simplemente por estar allí", confiesa Paula, una joven que habita en la frontera de dos mundos opuestos.
Paula representa la cara más profesionalizada y también más sorprendente del sector. De día viste pijama sanitario y atiende pacientes en un hospital público; de noche forma parte de un grupo de chicas de imagen. Madre soltera y propietaria de su casa, asegura que este trabajo le permite obtener un "extra" con el que paga, entre otras cosas, el colegio privado de su hija. "Por el día trabajo en un hospital, por la noche facturo mi belleza", resume sobre su doble vida.
"Siendo imagen nadie se imaginaría que soy enfermera, y siendo enfermera nadie sospecharía que trabajo en la noche. Es como ser Hannah Montana", bromea. Ella misma se encarga del "casting" de las chicas que quieren incorporarse al sector. El criterio, admite, es tan directo como cruel: "Seleccionamos a las que más buenas están y más clientes atraigan". Y cuando alguien no encaja, el mensaje también es claro: "Te dicen que tu imagen no está cuidada".
Pero el negocio no vive únicamente de las discotecas. El verdadero dinero, cuentan, está en las fiestas privadas vinculadas a la élite deportiva, un entorno donde, aseguran, «hay muchísima infidelidad». Las chicas describen un submundo de celebridades en el que los nombres de futbolistas de primera línea y deportistas mundialmente conocidos son habituales. En esos eventos el dinero circula con la misma facilidad que el alcohol y las chicas son contratadas para aportar esa mezcla de exclusividad, belleza y estatus que el dinero, por sí solo, no compra.
Es en ese entorno de excesos donde la facturación se dispara. Un perfil bien posicionado y capaz de manejarse en esas aguas puede llegar a ganar hasta 7.000 euros en un solo verano. Pero el peaje también es elevado. No basta con sonreír. El trabajo consiste, en gran parte, en convertirse en el reclamo para que se descorchen botellas de miles de euros. "Si un cliente quiere compartir más tiempo con nosotras, tiene que comprar una botella. Como la vendo yo, la comisión es para mí", explica Paula. Es la economía del deseo: cuanto más cerca quieran estar, más debe facturar el local.
Pero más allá del lujo y la fiesta se esconde una cara menos amable. Paula reconoce que la falta de respeto es constante. "Casi todas las noches que salgo a trabajar me humillan. Me han llegado a llamar "puta" a la cara o a ofrecerme dinero directamente por sexo", relata. Los tocamientos no consentidos son parte de la rutina: "Te tocan el culo, te ofenden... y te ofrecen irte al baño con ellos a cambio de billetes". Aunque asegura que la sala siempre las defiende, la deshumanización es total cuando dejan de ser personas para convertirse en un elemento decorativo que el cliente cree haber comprado.
La frontera con la prostitución es el tema más espinoso. Paula admite que muchas chicas, especialmente las más jóvenes, acaban cruzando la línea atraídas por el dinero fácil de los clientes VIP, pasando de ser imagen a ejercer como escorts. Nieves, que coordina a 300 chicas de imagen por un grupo de WhatsApp, asegura que su agencia prohíbe tajantemente estos comportamientos para no perder la categoría de "perfil serio".
Si detectan que una chica cruza el límite, queda fuera de los eventos oficiales. Sin embargo, la agencia mantiene un radar paralelo. Cuando llega una petición de un cliente de alto poder adquisitivo que busca un "acompañamiento especial" o sexo, la organización sabe a qué chicas contactar de forma externa. Es un sistema de castas. Las chicas de imagen mantienen la fachada de exclusividad en la discoteca, mientras que otras, bajo el mismo paraguas pero fuera del foco, cubren las demandas más oscuras del mercado.
Nieves profundiza en esa sexualización constante. "Nos sentimos sexualizadas, muchísimo. Me molesta bastante, pero se puede llegar a sobreentender", admite. En este sentido, el conflicto es permanente. Las agencias promocionan los eventos con vídeos y fotografías insinuantes, pero después deben lidiar con clientes que confunden "servicio agradable" con "disponibilidad sexual". "La gente se confunde, sobre todo con el alcohol", añade.
La factura emocional no termina al salir de la discoteca. Nieves reconoce las dificultades para mantener relaciones sentimentales estables. Los prejuicios y la desconfianza que genera trabajar rodeada de futbolistas, empresarios y millonarios han terminado dinamitando varias de sus relaciones: "Es difícil encontrar a alguien que entienda que mi imagen es solo un negocio".
El caso Jésica ha caído como un estigma sobre estas trabajadoras, que insisten en marcar distancias. Para ellas, la diferencia está en el consentimiento y en entender su labor como una prestación estética y social. "Lo otro tiene otro nombre", zanjan.
A esa presión se suma la competitividad estética extrema que domina el sector. Nieves explica que convivir constantemente con mujeres "perfectas" acaba pasando factura a la autoestima. "Se crean muchísimos complejos al compararte todo el rato con las demás", reconoce. Esa inseguridad empuja a muchas jóvenes hacia un bucle de retoques estéticos y tratamientos constantes. Porque, en este negocio, la inversión en el físico nunca se detiene. Las agencias, de hecho, mantienen acuerdos con clínicas dentales y cirujanos plásticos para ayudar a las chicas a "mantenerse competitivas" en un mercado que, dicen, las jubila a los 42 años. Una carrera silenciosa contra el tiempo, contra el espejo y contra el juicio ajeno.
Este sistema, que se apoya en la agilidad de los grupos de chat y en acuerdos a menudo informales, sitúa a estas jóvenes en un escenario legal todavía por definir. Al no contar con una regulación específica, la gestión de posibles impagos o de la seguridad en eventos privados recae muchas veces en la confianza mutua. Lo que desde fuera se percibe como puro glamour es, en realidad, una estructura de dependencia donde la autonomía económica que Paula valora convive con la estricta supervisión de las agencias sobre la imagen de sus mujeres.
Cuando se apagan los focos de la discoteca, Paula vuelve a su otra vida, la de los cuidados y el pijama sanitario. Poco importa qué uniforme vista o bajo qué luz se encuentre. Ya sea bajo el blanco aséptico de los fluorescentes del hospital o bajo los neones de un reservado de madrugada, cambia la imagen, pero permanece la misma mujer.
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