






















En el primer d�a del curso escolar, siempre ocurre lo mismo. Muchos de los alumnos que aparecen de la mano de sus padres llegan preparados para el madrug�n de septiembre, para atender a la pizarra, para volver a estar con ese compa�ero de pupitre que acaso les quite el bocadillo.
Pero no est�n preparados para lo que viene a continuaci�n: que su maestro sea tan bajito como ellos.
Cuenta el docente con una media sonrisa: "Me ven por primera vez y se agarran a la madre".
Un ni�o con barba, piensan.
O un pap� del tama�o de un hijo, especulan.
O un grande encerrado en un peque�o.
O un maestro chiquito.
Y entonces, poco a poco, cuando se quedan con �l a solas y acaba ganando su confianza, los cr�os de cuatro, cinco o seis a�os le van lanzando las preguntas con esa incansable cadencia infantil. Sin miedo ya. Sin filtro. Sin necesidad de mirar arriba. Con los ojos a la misma altura. Lo nunca visto en el colegio.
Para saber m�s

"�Y t� por qu� no creces?".
"�No creces porque no te dan de comer?".
"�Eres pap� o eres ni�o?".
De tal modo que la mayor�a olvida el asunto y deja de ver algo extra�o con el paso de los d�as, y otros (los menos) le van con un remedio fabricado por la imaginaci�n al cabo de las semanas.
-Tengo una soluci�n para ti, profe. Te voy a construir unas piernas gigantescas para que seas como la profe Carmen.
-Cari�o, pero si yo soy feliz as�...
-Ah. Entonces nada.
Se llama Carlos Mart�nez de la Torre, tiene 27 a�os, form� parte de la primera promoci�n del doble grado de Maestro de Educaci�n Infantil y Primaria en la Aut�noma de Madrid en 2021, fue Premio Fin de Carrera a la mejor nota (9,36), se sac� la oposici�n a la primera en 2022, empez� dando clases en el centro donde estudi� y ahora lo hace en el CEIP Per�, da charlas a madres y padres cuyos hijos tienen acondroplasia, ha escrito un libro para ni�os, ufff, todo eso hace y m�s...
Porque se puede medir nada m�s que 1,30 y que todos en el colegio (alumnos, padres, compa�eros) te vean como un tipo inalcanzable.
Uno que tambi�n ha practicado f�tbol y nataci�n, ciclismo y tenis, p�del y b�dminton, uno que ha empezado con la escalada y que, cuando hoy en d�a juega con sus amigos al ping-pong, siente que no hay piedad.
-Me hacen dejaditas en la red para que no llegue...
-�Y no les dices que eso no te lo pueden hacer?
-�C�mo que no me lo pueden hacer? �D�nde pone que no me lo puedan hacer? Es la vida, amigo... Te aguantas y sigues.
(...)
La suya empieza en una familia de afectos hondos y cultura robusta. Hijo de un economista y de una doctora en Farmacia, el peque�o de cuatro hermanos tuvo a mano todos los libros y todos los viajes.
"Me sent�a superarropado y querido. Sin ser malcriados, a los ni�os de esa casa nunca nos falt� de nada. Mis padres ten�an una pedagog�a del sentido com�n, sin magnificar las victorias ni las derrotas. As� crec�. Mi madre hac�a todo lo posible para que no tuviera privilegios, pero s� me posibilitaba ciertas adaptaciones: me refiero a ponerme un escal�n para el ba�o y cosas de esas. Nada m�s".
De tal manera que para saber que ten�a acondroplasia (para ser consciente de que ten�a un trastorno gen�tico que hace que las extremidades sean m�s cortas; el tronco, del tama�o normativo; y la cabeza, algo m�s grande de lo com�n), Carlos poco menos que ten�a que acudir al diccionario. Porque nadie all� le hac�a recordar su diferencia.
"Tengo trabajo, casa, una familia que es la ca�a, no tengo nada de pobrecito"
Carlos Mart�nez, maestro de Infantil
Hasta que lleg� el instituto, claro. Y lo irremediable sucedi�: ese manglar darwinista de miradas, codazos, zancadillas, espejos, comparaciones.
Carlos no blande un discurso victimista, sino justo lo contrario: todo lo malo que ocurriera entonces lo despacha con el mismo adem�n que hace quien espanta a una insignificante mosca.
As�: "La adolescencia fue m�s complicada porque los chavales son m�s cabrones a esa edad. Era bajito, s�, pero porque el entorno me lo recordaba todos los d�as. No era bullying, pero s� sufr�a bromas de mal gusto. El mote de alg�n est�pido de turno. Sin m�s".
Quien piense que aquella forma de ser observado tiene que ver solo con el instituto y los 15 a�os se equivoca. Porque le sucede hoy tambi�n a sus 27.
"Lo de la calle es un espect�culo. La gente me hace fotos a escondidas: paso a su lado y algunos sacan el m�vil para simular que se hacen una foto, girar el tel�fono y sacarme a m�. Eso me ha pasado hoy mismo... Otros se r�en. Otros meten la pata si se toman una copa. Me encanta salir de fiesta, pero a veces me da pereza porque siempre hay alguien que me vacila y mis amigos acaban saliendo en mi defensa y hay bronca. Por ejemplo, una se�ora me vacil� diciendo: '�T� estabas en la fiesta de Lamine Yamal?'... Otros me hacen preguntas inc�modas. Como aquel hombre en el bus. 'Yo trabaj� con uno de tus compa�eros', me dijo . Y yo: '�Perd�n?'. Y �l: 'S�. �T� no eres bombero torero?".
Y de bombero torero, nada.
Y de juguete de futbolistas, tampoco.
Y de mascota, cero.
Hay muchas maneras de comprobar cu�nto lo quieren a uno. Por ejemplo: el maestro ha pedido colaboraci�n a los padres y a las madres para que sus hijos posen en la foto y se han desbordado todas las previsiones.
-Es que Carlos es mucho Carlos -nos dice una mujer.
-Los ni�os lo adoran -dice otra.
"Hace dos a�os aprend� el significado de la palabra condescendencia", seguimos con Carlos. "C�mo te miran algunos en la calle, con esa cara de pena, enarcando las cejas, como diciendo pobrecito. Pues bien, tengo un sueldo muy guay como funcionario, una familia que es la ca�a, unos amigos que tambi�n... No tengo nada de pobrecito. Me tengo que gastar cierta pasta en adaptar mi coche, la cocina, cosas as�, pero pobrecito, no... Cuando alguien me mira como diciendo pobrecito, me digo: pobrecito �l".
(...)

Carlos, posando con sus alumnos.
Por eso, entrar al fin a clase (desembocar en aquel estuario) fue constatar que los ni�os son una variante mejorada de los adultos, una versi�n sin estropear: un ni�o que te pregunta que si es que no comes o una ni�a que te dice que te va a fabricar unas piernas y arreando.
"Al principio te miran con curiosidad y miedo. Es importante decirles la verdad sobre ti, porque, si no, sus vac�os los rellenan con fantas�as: cosas como 'en casa no te alimentan y por eso no te haces grande'... Yo no me invento nada, les digo lo que hay".
Lo dice el maestro que ve el mundo desde su altura.
El que sabe lo que es mirar a la gente desde abajo.
El �nico que les mira de t� a t�.
"Nunca he querido ir a congresos ni convenciones sobre personas con acondroplasia. Yo s� que soy eso, pero no soy solo eso... Y el hecho de ir a un sitio donde solo hay eso...", argumenta. "Nos estamos cargando la riqueza de lo diverso, es como si todos tuvi�ramos que ser altos y morenos. Y no".
O s�.
Basta con la prueba de la amniocentesis para saber si una madre alberga un feto con acondroplasia. Es por ello que, en Espa�a (donde hay unas 4.500 personas con la particularidad de Carlos), no es habitual ver beb�s como nuestro protagonista, algo que s� es m�s com�n en pa�ses de Am�rica Latina (donde la legislaci�n del aborto es mucho m�s restrictiva).
"Ojal� verme a m�, vacune a mis alumnos contra la intolerancia"
Carlos Mart�nez, maestro de Infantil
Por eso escribi� aquel libro titulado Qu� grande eres, peque�o Carlos, junto a su madrina, la pedagoga Pilar Lacadena. "Para explicarles a los ni�os esta realidad. Ojal� les sirva. Que la pedagog�a de la inclusi�n sea verme a m�. Que verme sea ponerles la vacuna contra la intolerancia".
Por eso no para de abrir los brazos para ofrecerse, aunque tenga una envergadura bien limitada.
"El otro d�a tuve un encuentro online con un colegio de Zaragoza. Me contactaron porque a una ni�a con acondroplasia alguien la cog�a en brazos igual que a una mu�eca... Yo recuerdo lo que odiaba cuando me hac�an a m� aquello... No somos peluches para que nos cojan de esa manera, �sabes? Una vez me cogi� uno de los mayores y me puso boca abajo, empec� a patalear y le di, entonces �l me dej� caer de golpe desde arriba. Yo tendr�a ocho a�os y �l,12. Me hizo bastante da�o".
Lo peor de la escalada que ahora ha comenzado a practicar (tan arriba) es que hay veces que los pies y las manos no les llegan a las presas a las que hay que agarrarse, cuenta Carlos entre risas. Lo peor de Tinder (tan adulto) es que hay que poner una foto: "No soy alguien que entre por la vista", sonr�e.
Ocurri� no hace mucho. Carlos ten�a que ausentarse de clase en breve y all� los ni�os empezaron a especular con el motivo de su inminente partida. "Tengo que ir al m�dico", aclar� �l. Una ni�a no le crey�: "Seguro que se tiene que ir a trabajar...".
Otro ni�o, el pasado mes de abril, un d�a cualquiera: "Carlos, no me acordaba de que eras bajito".
Otro m�s, aquel d�a en que iban de excursi�n y un cr�o de otro colegio no paraba de mirar a Carlos: "��Eh, t�, qu� haces mirando a mi profe!!".
Se podr�a tirar un d�a entero hablando de lo que ha aprendido �l.
"A esas madres que tanto se preocupan, yo les digo: 'M�rame, tengo el mejor trabajo del mundo, tengo una casa propia a los 27 a�os, conduzco, soy profe de ni�os, hago deporte, qu� quieres que te diga... Esto va a ser tu hijo, �tan mal te parece? As� que no te preocupes'".
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