























Puede sonar arrogante, pero la historia da la razón a la Unión Europea. Cada vez que uno vuelve al tablero de dibujo e intenta resolver el problema de la convivencia entre los estados europeos, no encuentra otra solución que un proceso de integración como el que alumbró la Declaración Schuman en 1950 y que ha llegado a nuestros días.
La llegada de Trump no ha hecho sino confirmar el valor y necesidad del proyecto europeo: dentro y fuera. Internacionalmente, lo que supone y defiende la UE -un sistema de gobernanza global basado en reglas, en el comercio y en el derecho internacional- es también visible, hoy más que nunca, como la única alternativa deseable.
A la paz liberal que representa Europa solo se le puede oponer una paz basada en el equilibrio del terror de las armas nucleares como la que vivimos durante la Guerra Fría, o en la paz que viven los vasallos en las áreas de influencia que protegen los imperios, que es quizá a donde nos encaminamos. Como escuché decir a Lula en Madrid en 2010 cuando la UE atravesaba su peor crisis: "Este proyecto no es solo suyo: cuídenlo, que exista nos beneficia a todos".
El problema es que la UE no está hecha para el mundo en que vivimos. Fue diseñada para una época distinta, no para un mundo sin normas donde los fuertes explotan, someten y chantajean a los débiles. El mayor reto de la UE es adaptarse a ese mundo sin traicionarse a sí misma.
Europa vive atrapada entre un Washington predatorio, una Rusia agresiva que ve en la unidad europea su principal enemigo y una China que la desindustrializa a marchas forzadas con una inundación de exportaciones de alto contenido tecnológico y que no sabemos cómo ni si conviene parar.
El reto de la seguridad es el más urgente y el más delicado. Europa subcontrató su defensa a Estados Unidos para poder concentrarse en su proceso de integración. Pero hoy Washington ya no es el protector benevolente que provee bienes comunes a sus aliados, sino, como advirtió De Gaulle, un protector abusivo del que hay que protegerse. El problema es que nuestras vulnerabilidades en seguridad y tecnología nos dejan poco margen para hacerlo. Con Trump, EEUU ya no cobra a sus aliados por la seguridad que les presta sino que, en el mejor comportamiento mafioso, les cobra por la inseguridad que él mismo genera, como vimos cuando amenazó a los europeos con represalias por no secundar su política con Irán.
Lo que Europa enfrenta no es la guerra sino la no-paz: una amplísima zona gris repleta de sabotajes, interferencias y desinformación. Lograr que Ucrania no pierda la guerra y disuadir a Rusia, sin el concurso de EEUU, de emprender nuevas acciones militares es un salto al vacío tan grande como la propia unión política europea. La remilitarización del continente exige, además, una ingeniería inversa del proyecto europeo: generaciones enteras crecieron convencidas de que sus padres y abuelos ya fueron a la guerra por ellas. Convencerlas de lo contrario es el desafío político más difícil.
Ucrania añade una dimensión existencial al problema. Conseguir que Rusia no gane la guerra y absorber simultáneamente a Ucrania, Moldavia y los Balcanes Occidentales son los dos retos más difíciles que ha afrontado la UE en su historia. Una Europa a 35 miembros con una frontera con una Rusia hostil desde el Ártico hasta el Mar Negro es sin duda otro animal político, pero no sabemos cuál.
"Defender la Unión Europea hoy no es un ejercicio de nostalgia ni de complacencia. Es reconocer que no hay alternativa, o que sí la hay pero siempre acaba mal"
En el frente interno, los riesgos son igualmente serios, aunque distintos. Pese a la excitación que genera su capacidad de capturar y manipular la conversación pública con sus narrativas, no hay nada nuevo en las nuevas derechas. Sus "ingenieros del caos", como los denomina Da Empoli, son innovadores en comunicación, como lo fueron siempre los populismos. Pero detrás de esa comunicación están los viejos valores de siempre: proteccionismo, nacionalismo, xenofobia, restricciones a derechos y libertades.
Si consiguen llegar al poder se pueden llevar una sorpresa: como le pasó a Mitterrand en 1981 cuando intentó nacionalizar la banca francesa, a Tsipras en 2015 cuando puso a Grecia a jugar con la ruleta rusa de la expulsión de la eurozona, o a Liz Truss en 2022 cuando quiso sustentar su presupuesto en el vacío, los mercados desnudarán sus absurdos programas económicos y los pondrán en su sitio. A partir de ahí, en lugar de destruirse intentando destruir a la UE se volverán más listos e intentarán capturar sus instituciones para -como están haciendo ya con las políticas comerciales y migratorias- ponerlas al servicio de su agenda nacionalista, proteccionista y xenófoba.
Por tanto, el paciente europeo sobrevivirá al shock, pero su personalidad, eficacia y legitimidad pueden quedar seriamente mermadas, máxime si se acompaña del deterioro democrático que vimos en Hungría con Orbán o Polonia con los hermanos Kaczyski.
La Unión Europea se hizo para asegurar la paz, la libertad y la prosperidad del continente. Defenderla hoy no es un ejercicio de nostalgia ni de complacencia. Es reconocer que no hay alternativa, o que sí la hay pero siempre acaba mal.
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