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El Mundo
Pedro Sim�n · 2026-06-26 · via Premium

Los hermanos crecieron a la vez dentro del mismo vientre materno. Cuando la madre tuvo al fin los mellizos en brazos, comprobó que estaban sanos y completos: los dedos de las manos, sí; los de los pies, sí; los ojos; las orejas; su intacta genitalidad, también.

Niña.

Niño.

O eso parecía a simple vista, vaya.

Solo que fue como si la naturaleza hubiese decidido mezclar las dos buenas noticias.

De tal manera que crecieron, comenzaron a dar sus primeros pasos y sus primeras palabras y llegó el momento de los juegos infantiles: el chico solo quería jugar con muñecas y cocinas; la chica lo hacía con pistolas de plástico y balones.

Él hoy es un ella.

Ella hoy es un él.

Esta es la historia de dos niños que crecieron pensando que los Reyes Magos eran un completo desastre porque siempre se confundían con los regalos que les pedían en las cartas.

Para saber más

El actor Thimbo Samb.

Esta es la historia de los hermanos guineanos Cachina Esapá, un hermano y una hermana mellizos de 30 años que hicieron su conversión transexual a la inversa.

El bebé que nació niña y jugaba a pegar tiros acabó siendo un hombre.

El bebé que nació niño y solo quería una Barbie hoy es una mujer.

Esta es una historia de amor, pero sobre todo de amor propio.

(...)

Hoy Rusly es una mujer que vive en Madrid desde 2022 con tarjeta de residencia.

Hoy Jota es un hombre que sigue en Malabo (Guinea).

Rusly y Jota.

Jota y Rusly.

Entre el hermano y la hermana, hay 4.200 kilómetros de distancia, pero alguna atávica ligazón deben de generar los nueve meses en el seno de una madre porque el uno te habla de la otra -y la otra te habla del uno- como si todavía compartiesen habitación, juguetes equivocados, el salón del hogar, la memoria.

Habla Rusly: "Mamá era ama de casa y papá era carpintero. Recuerdo el olor a viruta y el del barniz, me acuerdo de cuando papá nos ponía a lijar... Eran superbuenos y superprotectores con nosotros... En la tele, crecimos viendo Los Lunnies, el Corazón, corazón de Anne Igartiburu, Cantinflas, cosas así... Recuerdo también que, como yo era el niño, en Navidades siempre me traían pistolitas. Hasta que un día, a los seis años, me puse a llorar y entonces creo que mi padre comprendió: le dio a mi madre dinero para que me fuera a comprar dos muñecas. Eran rubias. Con dos coletas. No las olvido".

Rusly, en la actualidad, fotografiada en Madrid.

Rusly, en la actualidad, fotografiada en Madrid.ÁNGEL NAVARRETE

Habla Jota: "Cuando a mi madre le dijeron que veníamos dos en el mismo embarazo, ella se puso muy contenta, pero lo que más deseaba en el mundo era un niño y quien primero salí fui yo... Ella quería un niño y en cambio me vio a mí primero, que nací niña. Esa decepción. Entonces no sabía que, en realidad, se tenía que haber puesto muy contenta porque yo acabaría siendo su niño. ¿Que pasó dentro de ese útero para que saliéramos cambiados, eh? Porque yo tenía que ser Rusly y Rusly tenía que ser Jota. Así que siempre fuimos una piña. En todo. Nos comprendíamos. Pensamos que los Reyes siempre se confundían de regalos. Yo le daba a Rusly las cocinitas y los vestidos y ella me daba a mí los camiones, las armas de juguete y los Airgam Boys".

"Las terapias de 'curación' de la transexualidad en nuestro país incluyen comer hierbas alucinógenas y bañarte en sangre de gallinas"

Un buen lugar aquella casa, como una madriguera segura y caliente.

De puertas adentro, la hija con cuerpo de niño confeccionaba la ropa para sus muñecas, se ponía pelucas de la madre, turbantes. De puertas adentro, el hijo con cuerpo de niña rompía jarrones a balonazos.

Hasta que hubo que salir ahí fuera.

En el colegio, a Rusly la obligaban a lucir el pelo corto y a vestir pantalón y corbata. En aquellas aulas, Jota tenía que llevar trenzas y un vestidito que le impedía chutar la pelota como solía.

De tal manera que allí asomaba otra paradoja: salir al exterior era como entrar en una jaula y estarse quieto en casa era vivir en gozosa libertad.

-¿Quién es el chico y quién es la chica? -le preguntaban a su padre en la calle sobre los mellizos.

Y él sonreía y dejaba que contestaran ellos dos.

(...)

Y qué responderles a esos que preguntaban.

En el colegio a Rusly la llamaban "la chica chico".

Una maestra le pegaba porque decía que no lloraba como los niños.

Otra profesora le reprochaba que tenía letra de niña.

Unos compañeros la encerraron en el baño media hora.

Y Jota -que tenía algo de mejor suerte- se encendía como una antorcha lleno de ira para defender a su hermana.

Habla Rusly: "Debido al acoso escolar, al final mis padres me tuvieron que sacar de aquel colegio adventista y llevarme con las monjas al María Auxiliadora. En la adolescencia, la cosa se empezó a complicar. A mi padre le preguntaban: '¿Por qué tu niño no es normal o por qué esa hija tuya juega tanto al fútbol?'. Y mi padre se encogía de hombros: 'Pues es que deben de haberse intercambiado en el vientre'... También me preguntaban a mí, me preguntaban qué quieres ser de mayor. Yo les contestaba una cosa: mujer".

Habla Jota: "A los nueve años tenía un sueño: salía yo en mi casa con mi mujer. Con hijos. En familia. Viajamos. Soñaba eso. Aunque la realidad era otra cosa... Rusly era la que me daba fuerzas... Me centraba en estudiar mucho, era un empollón, y en cuidarla en el colegio. Pero la homofobia estaba allí: por llevar zapatillas, por la forma de comportarme. Me llamaban bollera o marimacho, pero a mí me daba igual... Mi objetivo era ser un héroe protegiéndola".

Y de alguna manera lo fue.

Si Rusly comenzó a trabajar desde muy joven en la hostelería, como peluquera, pintando uñas, haciendo trenzas o en una floristería ("en todas partes me hacían sentir que tenía que dar las gracias por tener trabajo siendo trans"); Jota terminaría cursando estudios de Electricidad.

Los hermanos quedaban como si estuviesen unidos por una suerte de cordón umbilical, se protegían mutuamente. En aquel mundo tan tenebroso, se daban a luz.

Unos enfermos, eso eran a ojos de la gente.

Para su padre y su madre serían los mejores hijos del mundo, pero para la sociedad eran unos malditos enfermos.

Habla Rusly: "Muchos padres echan a la calle a sus hijos trans o los llevan a terapias de conversión en iglesias o en las llamadas casas de sanación. La curación es con ayunos, oraciones constantes para quitarte el demonio... Muchas de estar terapias acaban con abusos sexuales de los religiosos. Te llevan a un pueblo con un médico tradicional para que comas hierbas alucinógenas o te bañes con la sangre de gallinas sacrificadas. Es así como expulsan el espíritu de la transexualidad de tu cuerpo".

Habla Jota: "Un día se lo dije a mi madre: 'Mamá, a mí me gustan las mujeres, entiendo que no es fácil para ti... Porque quizás tenías la esperanza de tener nietos. O, a lo mejor, esperabas que Rusly fuese un hombre y yo una mujer... Pero es lo que quiero: ser varón. Y así me siento'. Lo vi en sus ojos. Me dijo: 'Vale, si es lo que quieres, hijo, a mí me parece bien. No será fácil. Pero soy vuestra madre y quiero vuestra felicidad'. Ese día me sentí muy aliviado".

(...)

Los ojos de Rusty han visto cosas que nadie debería ver.

Los oídos de Rusty han escuchado historias que ningún ser humano debería protagonizar.

Lo hizo desde 2016, mientras estuvo al timón de una ONG llamada Somos Parte del Mundo, el primer colectivo guineano que trabajaba por la comunidad arcoiris.

"[En Guinea] hay hombres que penetran analmente a mujeres 'trans' y gays porque tienen la creencia de que, así, se quedan con su masculinidad"

Rusly, hermana de Jota y técnica de la asociación Migrantia

Lo que no debería de ver ni de escuchar: "Gente transexual muerta bajo unas escaleras". "Familias obligadas a que su hijo trans deje embarazada a una mujer como modo de compensar el deshonor". Niños como ella que dejan de ir a clase porque sus padres prefieren no llevarlos. Niñas de 12 años que ofrecen su cuerpo solo para comer. "Hombres poderosos que penetran analmente a mujeres 'trans' y gays porque tienen la creencia de que, así, se quedan con su [mermada] masculinidad". Cadáveres de personas queer que nadie quiere y que su asociación se encargaba de dar sepultura. "Un sistema -dice- ideado para exterminarnos".

Jota, en la actualidad, en Malabo (Guinea).

Jota, en la actualidad, en Malabo (Guinea).FOTO CEDIDA

Aquel día, Rusly tomó la decisión de que abandonaría Guinea Ecuatorial para no regresar en mucho tiempo. Pero, antes, quiso ir a visitar a su padre -ya viudo- para despedirse de él.

Entonces, el país estaba sumido en la crisis mundial de la pandemia del coronavirus y había controles por todas partes. También en el barco en que viajaba Rusly.

-Hagan una fila de varones acá y una de mujeres allá -ordenó el agente a los viajeros.

"Yo empecé a angustiarme. Me preguntaba: '¿Dónde me pongo ahora?'. No sabía qué hacer. Me puse en las filas de las mujeres... Pero un vecino que me conocía me delató. 'Ella es un hombre', dijo. Y el agente vino hacia mí...".

De tal manera que tuvo lugar la siguiente conversación.

-Deme la documentación.

-No es necesario. Dime qué ves.

-No me vaciles. La documentación.

-¿Ves un hombre o ves una mujer?

-Documentación.

-Dime qué ves.

-Si no me respondes ahora mismo, te desnudamos para ver lo que eres...

(...)

Desde aquella escena definitiva, han pasado cinco años. Rusly vive en Madrid, es autora del cuento familiar Adivina quién soy yo y trabaja como técnica de igualdad en Migrantia, asociación sin ánimo de lucro que ayuda a los migrantes homosexuales y transexuales, y Jota lo hace también como técnico, solo que técnico electricista.

Cuando hablan -y lo hacen a diario-, recuerdan el olor a las virutas de la carpintería, el aroma infantil del barniz, el también esa sonrisa radiante de mamá en su primer Día del Orgullo.

"Aquel día, Rusly iba al frente con un vestido blanco y unos tacones. Yo iba con chaqueta y pantalón. Mamá nos acompañó y nos apoyó", nos cuenta el hijo desde África. "La gente decía: 'Mira, al menos hay una madre que viene aquí. Una que quiere a sus hijos'".

Hoy, cuando cierran los ojos, los hermanos se imaginan un final de película para ambos, algo parecido a la sensación de libertad de Cadena Perpetua cuando Morgan Freeman sale por fin de la cárcel eterna, sigue las indicaciones, va a un lugar acordado en mitad del campo, recoge una carta y algo de dinero que le han dejado en una caja de hojalata y, finalmente, viaja hasta un pueblo paradisíaco llamado Zihuatanejo para reunirse con su amigo y, así, volver a empezar.

Dice Jota: "Mi hermana es mi vida. La admiro por su valentía. Estaría dispuesto a morir por ella. Sé que acabaremos viviendo juntos".

Dice Rusly: "Lo que quiero es envejecer al lado de mi hermano".

Dice Jota: "Hay momentos de depresión y desánimo, pero salgo adelante. Uno se debe querer para querer a otros. La lucha es conmigo mismo. Yo soy mi propia competencia".

Dice Rusly: "Mi lucha ha sido por Jota, para que sepa que hay un mundo donde él puede existir. Mi hermano me ha dado fuerza. Lucho en una guerra, pero lo hago con dos armas, y eso me da el doble de capacidad para matar al enemigo".