Además de lavar con agua sucia la ropa sucia del poder, ha terminado escribiendo la novela negra del sanchismo

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en Arguineguín.AP
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Ni siquiera el más brillante de nuestros novelistas habría podido concebir semejante giro narrativo: además de lavar con agua sucia la ropa sucia del poder, Leire Díez ha terminado escribiendo la novela negra del sanchismo. Tal como ha señalado David Jiménez Torres, sus cuadernos demuestran que el sanchismo -un estilo político que combina la defensa retórica de la democracia con el vaciamiento de sus reglas y la captura partidista de sus instituciones- ha tenido lugar. Y no es que fuera un secreto: estaba a la vista. Sin embargo, el periodismo oficialista venía diciendo -parece que alguno colaboraba con la trama- que todo era una inventada. Ese debate ha terminado gracias a Leire Díez, señala Daniel Gascón: el perímetro del mundo común ha quedado fijado y quien siga negando la realidad de los hechos se verá retratado -hay quien lo lleva a gala- como un siervo del poder.
Pero eso no es lo único que ha cambiado estas semanas: en cuanto hemos pasado de la sospecha indemostrable al sumario judicial, la realidad política de los últimos años ha cobrado un sentido distinto. ¡Todo encaja! El uso de las tecnologías digitales deja tras de sí un largo rastro delator y la luz pública es letal para los implicados en la trama montada a la sombra del Gobierno. De ahí que los mensajes que se enviaron entre sí quienes interfirieron en la labor de policías y jueces sean ahora las piezas de un puzle que los investigadores intentan -con ayuda de otros elementos probatorios- completar. Ya lo decían en Magnolia, película sobre destinos entrelazados: crees que has terminado con tu pasado, pero tu pasado no ha terminado contigo.
Que las andanzas de las cloacas se hayan convertido en materia de instrucción judicial es asimismo una novedad significativa para Pedro Sánchez. El socialista ha tirado de repertorio y asegurado que no conoce de nada a Leire Díez; al fin y al cabo, se ha acostumbrado a mentir sin que eso tenga reflejo en las encuestas. Ahora bien: aquí no hablamos de posiciones políticas mudables, como el pacto con Bildu o la amnistía, sino de hechos susceptibles de verificación; si se probara que Sánchez ha faltado a la verdad y estaba al tanto de todo, esta vez no podría alegar que ha «cambiado de opinión». Si llega ese momento, claro, ese será el menor de sus problemas. Y lo mismo vale, por desgracia, para la democracia española: una hipotética imputación de Sánchez desencadenaría un apocalipsis populista que pondría en riego nuestra democracia. ¡Es lo que hay!























