"Se aprecia un colapso en la capacidad de respuesta gubernamental: la fábrica de relatos ya no produce como antes, y hasta parece que una parte de su plantilla hace huelga de brazos caídos"

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
Actualizado
No resulta original decirlo, pero es cierto: vivimos una época de hiperactividad informativa. Un tiempo en el que incluso las noticias más escandalosas duran poco, la competencia por el interés de los ciudadanos es feroz, y la industria de la actualidad -en redes, TVs, radios y prensa- devora contenidos con una rapidez asombrosa.
Esto ocurre en todo el mundo occidental. Lo que cambia según el país es lo bien -o mal- que se adaptan los gobiernos a esa aceleración informativa. En Reino Unido, por ejemplo, el ejecutivo de Starmer parece constantemente sobrepasado por los titulares del día, incluso cuando estos no dan fe de escándalos muy graves o de polémicas que se le puedan imputar directamente. Y en España ocurre lo contrario: los gobiernos de Pedro Sánchez llevan ocho años cabalgando y hasta manejando el debate público con notable habilidad. No es que haya realizado una labor sobrehumana: hablamos de un presidente que nunca ha obtenido más de 123 escaños en unas elecciones, y que ya quedó segundo en las últimas generales. Pero, justamente por tener una popularidad real tan limitada, se puede considerar que sus dotes para introducir temas favorables en la agenda o para mantener engrasada la maquinaria del spin son uno de los motivos de su supervivencia.
Hasta ahora. Porque no se recuerda otro momento en el que el sanchismo haya parecido tan sobrepasado por los titulares como este. El aire crepuscular que se aprecia no se debe solamente a la gravedad de los escándalos que se están conociendo, desde las 'cloacas' de Leire Díez hasta los negocios de Zapatero, pasando por la yincana de corruptelas a la que se habrían entregado algunos de los hombres fuertes del presidente. También se aprecia un colapso en la capacidad de respuesta gubernamental: la fábrica de relatos ya no produce como antes, y hasta parece que una parte de su plantilla hace huelga de brazos caídos. Quienes aún se prestan a apuntalar al Gobierno lo hacen con materiales defectuosos. Se oscila desde la denuncia de una presunta conspiración global para tumbar a Sánchez hasta la repetición de todo tipo de argumentos falaces y falsas dicotomías. Zapatero ha sido imputado, pero seguro que Aznar también ha hecho cosas malas; hay indicios de que Ferraz montó una operación criminal para beneficiar al presidente, pero es escandaloso que la Justicia esté actuando rápido para destaparla; etc.
Lo novedoso de este momento no es que el discurso sea pobre o alucinado. Las justificaciones de la amnistía a Puigdemont fueron tan endebles e indecentes como muchas de las consignas que se están poniendo en circulación ahora. El oficialismo ha demostrado, en fin, que no tiene problema en defender lo indefendible con argumentos disparatados. Pero da la impresión de que esto era posible cuando podía centrar su atención en una única polémica. Ahora, la multiplicación de escándalos dificulta la tarea; hay demasiados frentes abiertos. Y esa hiperactividad informativa que el sanchismo supo manejar durante años amenaza con arrollarlo.
























