

























Quizás sus nombres no le suenen mucho todavía, pero es probable que en los próximos días se conviertan en cuatro de las personas más famosas del mundo. Se llaman Reid Wiseman (50 años), Christina Koch (47), Victor Glover (49) y Jeremy Hansen (50), son astronautas y millones de ciudadanos van a estar pendientes de sus andanzas durante su aventura lunar a bordo de la nave espacial Orión. Un viaje de 10 días que, si no hay más retrasos, comenzará en la tarde del miércoles 1 de abril en EEUU (en España será en la medianoche del jueves, pues la ventana de lanzamiento se abre exactamente a las 0.24 horas del 2 de abril, horario peninsular).
Esa es la última fecha marcada para el esperadísimo despegue de Artemisa 2, la primera misión lunar tripulada desde que en 1972 regresaron los últimos astronautas del programa Apolo. Si entonces se utilizó el cohete Saturno V, el programa lunar del siglo XXI usa el Space Launch System (SLS), el cohete más potente del mundo, que ya se encuentra en la plataforma 39B del Centro Espacial Kennedy de la NASA, en Florida.
Artemisa 2 no pudo comenzar en febrero, como estaba previsto, debido a las fugas de combustible que se produjeron durante el primer ensayo general del lanzamiento, denominado wet dress rehearsal. El segundo test se produjo sin incidentes, así que el despegue se fijó para el 6 de marzo, pero los técnicos de la NASA detectaron una obstrucción en el flujo de helio del cohete que abortó las posibilidades de lanzar ese mes. Y así hemos llegado a abril, con una ventana que se extenderá desde el día 1 al 6 (del 2 al 7 en España), siempre en un horario que será muy favorable para los espectadores estadounidenses pero que a los españoles que deseen ser testigos de este lanzamiento histórico les obligará a trasnochar en plena Semana Santa.
Si no se logra lanzar en el primer intento, habrá otras oportunidades (en horario peninsular español) el viernes 3 de abril a las 01.22, el sábado 4 a las 02.00, el domingo 5 a las 02.53, el lunes 6 a las 03.40 y el martes 7 a las 04.36 horas.
EEUU pretende volver a entusiasmar al mundo con esta misión que, pese a la gran expectación, no llegarán a alunizar. De hecho, se trata de un vuelo de prueba cuyo objetivo principal es testar todos los sistemas de la nave Orión, y preparar un futuro aterrizaje en la superficie, que con la última reestructuración del programa no se llevará a cabo hasta Artemisa 4, prevista como pronto para 2028. Los cuatro astronautas de Artemisa 2 darán una vuelta a nuestro satélite situándose a una distancia de la superficie lunar de entre 6.400 y 9.600 kilómetros, según las estimaciones de la agencia espacial de EEUU.

Una vez se produzca el despegue desde Florida y la nave Orión (bautizada como Integrity) se libere del cohete SLS, los tripulantes no viajarán directamente a la Luna. Pasarán un día entero en una órbita terrestre muy elíptica comprobando que todos los sistemas de la nave funcionan adecuadamente y ensayando maniobras de acoplamiento con otras naves que serán necesarias para las futuras misiones que aterricen.
Si los ingenieros de la NASA dan luz verde, en la segunda jornada se dirigirán a la Luna en una travesía que durará cuatro días. La aproximación a nuestro satélite se espera para el sexto día de misión, y durará unas pocas horas. Después, pondrán rumbo de nuevo a la Tierra, a la que tardarán en llegar otros cuatro días. El viaje acabará con un amerizaje de la cápsula Orión en el Pacífico.
"Para mí Artemisa 2 es una misión muy interesante porque supone un cambio de paradigma. El propósito de EEUU durante el programa Apolo era ser los primeros, colocar la bandera en la Luna y hacer una demostración de sus capacidades. Aunque sigue habiendo un trasfondo de competitividad entre países, principalmente con China, ahora se pretende hacer misiones sostenidas y sostenibles, crear bases permanentes en el polo sur de la Luna y usar los recursos de su superficie. Vamos a aprender y a desarrollar la tecnología necesaria para poder viajar más lejos", cuenta en entrevista telefónica Sara García, astronauta reservista de la Agencia Espacial Europea (ESA).
Para la biotecnología del CNIO, ese cambio de paradigma tiene también otra vertiente vinculada a los perfiles de los astronautas elegidos para esta misión. Por primera vez viajarán a la Luna una mujer (Christina Koch), un astronauta negro (Victor Glover) y un ciudadano no estadounidense (el canadiense Jeremy Hansen). "Me parece que hay un planteamiento más inclusivo y los tripulantes elegidos son una declaración de intenciones. La exploración del espacio ya no es algo sólo para hombres pilotos blancos con perfiles muy homogéneos porque se pretende que los astronautas representen a más sectores de la sociedad", reflexiona García, que considera "muy acertada la elección del nombre del programa, la diosa Artemisa, que es la hermana gemela de Apolo".
"Deseo que llegue un momento en el que no haya que mencionar si uno de los astronautas es mujer u hombre, de color, o hablar de su orientación sexual porque implicará que realmente somos una sociedad inclusiva. Pero creo que a día de hoy, lamentablemente sigue siendo necesario dar ese tipo de oportunidades, porque si todas las personas que toman las decisiones responden a un perfil homogéneo, van a pensar en gente similar de cara a atribuir esas misiones. A veces hay que forzar un poco para que abran los ojos y la mente y vean que hay más perfiles", reflexiona García. La astronauta subraya que "no se trata de que haya que elegir a alguien menos cualificado. Esa persona está igual o más cualificada que sus compañeros y, a lo mejor, resulta que es una mujer pero no te habías parado a pensar en ella", señala.

Los cuatro elegidos para Artemisa 2 tienen una formación y experiencia variada. La que más tiempo ha pasado fuera de la Tierra es Christina Koch, pues ha acumulado 328 días consecutivos en el espacio. Nacida en Grand Rapids (Michigan), estudió ingeniería y física, y tiene el perfil más científico de la tripulación, pues antes de ser astronauta desarrolló instrumentos de ciencia espacial en la Antártida y en el Ártico. Durante su estancia en el espacio, hizo seis caminatas espaciales, incluyendo las tres primeras en las que sólo participaron mujeres.
El comandante Reid Wiseman nació en Baltimore, estudió ingeniería informática, ha pasado 165 días en la Estación Espacial Internacional (ISS) y durante dos años fue el jefe de la Oficina de Astronautas de la NASA.
El piloto californiano Victor Glover también es ingeniero de formación, fue piloto de pruebas y ha volado a la ISS en la nave Crew Dragon, pasando un total de 168 días en el espacio y realizando cuatro caminatas espaciales.
El que todavía no ha viajado al espacio es Jeremy Hansen. Nacido en Ontario, se graduó en Ciencias del Espacio y antes de convertirse en astronauta, en 2009, fue piloto de combate. Ha trabajado en el Centro de Control de la NASA y ha formado parte de misiones de preparación espaciales, como la misión submarina NEEMO de la NASA o el programa CAVES de la ESA.
Todos rondan los 50 años, unos 10 años más de media que los astronautas del programa Apolo, que rondaban los 40 cuando fueron a la Luna.
No se ha elegido para esta misión a ningún astronauta europeo aunque la ESA es socia de la NASA en el programa Artemisa. Además de participar en el proyecto de la estación orbital lunar Gateway, que fue cancelado la semana pasada, la ESA proporciona uno de los dos módulos que conforman la nave Orión, el Módulo de Servicio Europeo. "Esta parte de la nave lleva todo lo que necesitarán los astronautas durante la misión: agua, oxígeno y nitrógeno", explica Guillermo González, Jefe de Producción de Módulos de Servicio Europeo en la ESA. Además, esta parte de la nave alberga el sistema para controlar la temperatura del módulo de tripulación (que ha sido diseñado y fabricado por la empresa española Airbus Crisa), los motores que hacen falta para propulsar y controlar la nave en el espacio y los paneles solares que proporcionan energía.
Al final de la misión, cuando la nave esté a punto de entrar en la Tierra, el Módulo de Servicio Europeo se desacoplará de la cápsula donde viaja la tripulación y reentrará en la atmósfera terrestre para destruirse. Por eso, no es reutilizable y hay que fabricar uno nuevo para cada misión. "Hemos entregado ya a la NASA los módulos para las misiones Artemisa 3 y 4, que están siendo integrados en EEUU, y tenemos que entregarles los que irán en las misiones Artemisa 5 y 6", detalla González.
La nave Orión es pequeña pero más grande que el vehículo usado en los años 60 y 70. Orión tiene un volumen de unos nueve metros cúbicos, frente a los cinco metros cúbicos de la nave Apolo, que alojaba a tres astronautas en cada viaje. Ahora irán cuatro personas, pero en general, podrán disfrutar de una estancia bastante más confortable que la de sus predecesores. Una mejora sustancial es que Orión cuenta con un WC -los primeros astronautas que fueron a la Luna tenían que apañarse con un rudimentario sistema de bolsas para recoger la orina y las heces-.
El minúsculo baño de Orión se parece bastante al sistema que hay en el módulo estadounidense de la ISS, denominado. Sistema Universal de Gestión de Residuos (UWMS). Una de las diferencias es que mientras en la ISS la orina se recicla para convertirla en agua que usan los tripulantes, en el caso de Orión se sacará de la nave varias veces al día. Las heces son succionadas hacia la parte inferior del inodoro, dentro de una bolsa, que se cierra y queda comprimida dentro del contenedor, pues estos residuos se desecharán en la Tierra. "Tenemos suerte de tener un baño con puerta en esta nave diminuta, es el único lugar al que vamos a poder ir para estar solos un momento durante la misión", comentó el astronauta Jeremy Hansen durante un vídeo en el que mostró el funcionamiento del WC espacial.

Un WC como el que lleva la nave 'Orión'NASA
Sigue sin haber algo parecido a una ducha y su higiene personal se hace con toallitas húmedas y jabón sin aclarado.
También ha mejorado la calidad y variedad de la comida a bordo que, debido a que no hay sistemas de refrigeración y debe ser consumida en gravedad cero, requiere grandes dosis de innovación. Todo está optimizado, aunque las opciones son limitadas debido a las restricciones de carga, que obligan a controlar con precisión la cantidad de comida y bebida que se puede llevar a bordo.
Cada astronauta prueba previamente todos los menús, que combinan sus preferencias personales con los requisitos nutricionales que la NASA establece y lo que la nave puede llevar. Algunos alimentos -como las comidas liofilizadas- requieren hidratación así que la tripulación utilizará el dispensador de agua potable para rehidratar alimentos y bebidas, y un calentador compacto, similar a un maletín, para calentar las comidas que lo requieran.
Tal y como ha detallado la NASA, en un día típico de misión -excluyendo el lanzamiento y la reentrada- los astronautas tienen tiempo programado para el desayuno, el almuerzo y la cena. A cada tripulante se le asignan dos bebidas con sabor al día -pueden elegir entre café, té verde, chocolate, bebida de vainilla, un batido de mango y melocotón, limonada, sidra de manzana o zumos de fresa y piña-. No llevan alimentos frescos porque no hay neveras pero también porque debido a razones de seguridad, se opta por llevar alimentos no perecederos que reduzcan el riesgo de que queden flotando migas o partículas de comida que puedan obstruir algún sistema. Algunos de los platos que degustarán son macarrones con queso, quiche vegetal, ensalada de mango, granola con arándanos, y verduras como brócoli gratinada o judías verdes, además de productos como frutos secos y tortillas mexicanas.
"Se nos entrena para estar cómodos en lo incómodo. Sabes que vas a pasar hambre, a tener estrés, pero vas preparado para ello y no vas a quejarte. Tu objetivo siempre es cumplir la misión, y pones ese objetivo por encima de tu ego y de tus necesidades", cuenta Sara García. Según la astronauta, también es crucial el componente psicológico: "Durante el entrenamiento se trabaja mucho la comunicación y la empatía. Todos se conocen bien, y saben cómo es la mejor forma de interaccionar entre ellos", señala.
Cada jornada en el espacio es extremadamente valiosa para las agencias espaciales, así que durante los 10 días que estarán en el espacio, los astronautas realizarán varios experimentos y controlarán su salud con distintos dispositivos para seguir investigando los efectos del entorno espacial y la radiación en el cuerpo humano. Los cuatro llevarán permanentemente en sus muñecas un reloj llamado ARCHeR que recogerá todos sus movimientos, sus patrones de sueño y la exposición a la luz.
Otro experimento, denominado AVATAR (siglas en inglés de 'Respuesta análoga del tejido de un astronauta virtual') estudiará los efectos de la radiación y la microgravedad en su salud. También se tomarán muestras de sangre, orina y saliva antes del despegue y cuando regresen a la Tierra, y durante el viaje, ellos mismos recogerán también su saliva, con el objetivo de analizar cómo este vuelo espacial va a afectar a su sistema inmune. Tal y como explica la NASA en su web, las hormonas del estrés, los virus y las células pueden verse afectados por las condiciones de vuelo. Por trabajos anteriores, saben que los virus, incluido el que causa el herpes zóster, pueden activarse durante las condiciones extremas del vuelo espacial, y quieren comprobar si les ocurre también a estos tripulantes.
La geología ocupará también buena parte de su tiempo. A medida que Orión pase por la cara oculta de la Luna, que es el lado que siempre está orientado en dirección opuesta a la Tierra, la tripulación fotografiará y analizará las características de la superficie, como cráteres de impacto y antiguos flujos de lava.
Los cuatro astronautas serán los humanos que más se alejen de la Tierra, al situarse a más de 400.000 kilómetros de nuestro planeta y batir el récord del Apolo 13. También podrían ser los primeros que vean con sus propios ojos algunas partes de la cara oculta de la Luna -esto dependerá de la trayectoria final de la nave-. Durante las misiones Apolo que abandonaron la órbita terrestre, los astronautas vieron partes de la cara oculta de la Luna, pero no toda, ya que estaban limitados por las secciones iluminadas durante sus órbitas.
Artemisa 2 va a suponer la consolidación de la Luna como objetivo de exploración de los próximos años, tanto por parte de los gobiernos de EEUU y China -que aspira a mandar una misión tripulada a su superficie hacia 2030- como por parte de las empresas privadas. Y es que aunque tanto la NASA como Elon Musk, propietario de SpaceX, tienen como objetivo enviar humanos a Marte, las dificultades técnicas que están surgiendo para volver a nuestro satélite ponen de manifiesto la enorme complejidad que supondría enviar a humanos al planeta rojo.
De hecho, queda mucho trabajo por hacer antes de volver a ver a astronautas caminando por la Luna, por lo que EEUU tiene que acelerar el programa si no quiere ser adelantado por China, que ya le pisa los talones. Por encargo de la NASA, SpaceX está desarrollando una versión lunar de la nave Starship para la misión Artemisa 4 -el módulo lunar que llevará a los astronautas a la superficie, y cuyo desarrollo lleva varios años de retraso -, mientras Jeff Bezos ha ganado el contrato de la agencia de EEUU para desarrollar el aterrizador lunar de Artemisa 5. Sin embargo, la decisión que a finales de enero tomó el fundador de Amazon refleja que la Luna es ahora la prioridad absoluta de EEUU.
Elon Musk aseguró hace unas semanas que posponía sus objetivos marcianos para centrarse en el desarrollo de la tecnología lunar. Por su parte, Jeff Bezos ha decidido interrumpir temporalmente su programa de turismo espacial a bordo del cohete New Shepard -el que convirtió en astronauta al propio Bezos, a su hermano Mark, su mujer, Lauren Sánchez, y a famosos como Jesús Calleja o Katy Perry- para "acelerar aún más el desarrollo de las capacidades lunares tripuladas de la compañía". Una decisión, que según señalaba el comunicado de la compañía, "refleja el compromiso de Blue Origin con el objetivo nacional de regresar a la Luna y establecer una presencia lunar permanente y sostenida".
Y es que el último capítulo ha sido el anuncio, la pasada semana, de la inminente construcción por parte de la NASA de una base lunar. Un objetivo que también anhela China, que desde hace tiempo planea construir su asentamiento en colaboración con Rusia. ¿Quién vivirá antes en la Luna?
Todas las misiones espaciales entrañan riesgos por lo que se realizan numerosos controles y test para intentar minimizar la posibilidad de que algo falle. En el caso de Artemisa 2, hay un elemento adicional que ha desatado controversia. A finales de 2022, en la última fase de la misión no tripulada Artemisa 1, el escudo térmico de la nave Orión sufrió grietas durante la reentrada en la atmósfera. Como explica el ingeniero Víctor Rodrigo, ex director de Airbus Crisa y consultor de la ESA, "el origen de este problema reside en las altísimas temperaturas, cercanas a los 2.800 °C, que se generan por la fricción con la atmósfera al retornar de la Luna a velocidades de unos 40.000 km/h".
Tras largas discusiones y pruebas, la NASA ha decidido no diseñar un escudo térmico diferente para Artemisa 2, sino reforzar el de Artemisa 1 y hacer un cambio en la trayectoria de la nave. Así, durante la reentrada en la atmósfera van a realizar una maniobra con rebote (skip entry), que facilita la disipación de energía. Una decisión que ha sido criticada por expertos como el ingeniero y exastronauta Charles Camarda, que cree que se está poniendo en peligro a los tripulantes.
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