
























Estados Unidos lleva dos meses encallado en la guerra en Irán, el precio de la gasolina está disparado, las encuestas muestran la caída de popularidad de Donald Trump y, a poco más de seis meses para unas elecciones legislativas que pueden dar la vuelta al control del Congreso, los nervios se multiplican en la administración.
Tras el cese de Kristi Noem, la responsable de las agencias migratorias como el ICE, y el todavía más elocuente despido de la fiscal general, Pam Bondi, al menos media docena de altos cargos están muy señalados, y las quinielas en Washington dan por hecho que alguno podría caer en las próximas semanas.
El primero de la lista es Kash Patel, el siempre polémico director del FBI. Las razones son muchas. Su número 2, el podcaster Dan Bongino, ya ha dimitido y se ha vuelto al streaming tras los constantes enfrentamientos por el 'caso Epstein' y la furia del movimiento MAGA. Patel, responsable del despido de decenas de agentes, quedó en evidencia durante la investigación del asesinato de Charlie Kirk y otros casos importantes en los que se precipitó y dio información incorrecta para tener protagonismo.
Además, había sido expuesto por poner protección oficial a su novia cantante y por sus constantes viajes en el avión privado de la organización a Las Vegas. O por su asistencia a los Juegos Olímpicos en Milán para ver la final de hockey sobre hielo, su gran obsesión, y celebrar con cerveza en el vestuario con los jugadores. Pero un largo reportaje de The Atlantic publicado estos días ha sido la puntilla.
En él, la revista asegura que Patel, con serios problemas de consumo de alcohol, se emborracha entre semana hasta perder el sentido, a veces en público, y que los equipos de seguridad han tenido que forzar la entrada de un edificio en al menos una ocasión al no responder a llamadas. Además de obligar a cancelar o posponer numerosas reuniones y mantener un comportamiento muy errático, más centrado en las redes sociales que en las investigaciones oficiales.
Si Pam Bondi era la responsable del 'caso Epstein' en el Departamento de Justicia, Patel es la principal autoridad del FBI. El presidente, con suficientes frentes abiertos, no había prestado mucha atención a las quejas sobre él hasta ahora, pues es un fiel completamente entregado y dispuesto a seguir sus órdenes, tanto para purgar a los agentes que, cumpliendo su trabajo, investigaron a Trump en el pasado como para perseguir enemigos políticos.
Patel, que ha demandado a The Atlantic por difamación pidiendo 250 millones de dólares, ha anunciado también que esta semana puede haber arrestos por las supuestas irregularidades en las elecciones de 2020 que Trump siempre ha defendido. La mejor, y quizás única, forma de proteger su empleo.
El segundo señalado es el secretario de Defensa, Pete Hegseth. En las últimas semanas, con la guerra de Irán, ha tenido un papel destacado, pero mucho menor que el vicepresidente J.D. Vance o el secretario de Estado, Marco Rubio. Es el responsable de una purga sin precedentes en la cúpula militar, incluyendo generales durante la guerra, y de una deriva hacia un nacionalismo cristiano muy agresivo.
En Washington prolifera una pseudociencia similar a la kremlinología del siglo pasado, en la que se trata de anticipar los pensamientos y movimientos de Trump en función de sus tuits, sus menciones y su humor. Los que prestan atención a esos detalles han destacado que, en importantes mensajes de agradecimiento, Hegseth estaba ausente.
The Wall Street Journal, uno de los diarios que lleva tiempo señalando los conflictos internos en su Departamento de Defensa (incluyendo el cese del equipo cercano del ministro hace unos meses o la expulsión de la prensa independiente del Pentágono) explicaba este domingo que la guerra entre Hegseth y el secretario del Ejército, Dan Driscoll, ha ido a más. Han chocado sobre Irán, sobre los nombramientos y sobre casi todo.
Tanto Hegseth como Patel, cuentan los medios locales, están paranoicos ante la posibilidad de ser cesados en cualquier momento. Driscoll, amigo de la universidad de J.D. Vance, es uno de los posibles reemplazos. Los análisis más críticos dicen que uno de los dos, en todo caso, se irá pronto.
Un tercer nombre muy mencionado es el de Tulsi Gabbard, la responsable de Inteligencia Nacional. Trump valora su labor precisamente en la causa sobre las elecciones de 2020, ya que ella se sumó recientemente a una operación del FBI en Georgia que se incautó de cientos de cajas de documentos.
Pero Gabbard era la jefa de Joe Kent, el responsable de antiterrorismo que dimitió el mes pasado de forma muy sonada, acusando a Trump de ir a la guerra con Irán sin que fuera una amenaza y sólo a instancias de Israel. Trump ha arremetido contra Kent en numerosas ocasiones, hablando en particular de cómo se "casó demasiado rápido" después de que su primera mujer muriera en un atentado en Siria. Y, según las informaciones publicadas, responsabiliza en parte a Gabbard de lo ocurrido.
Otra que llevaba semanas muy señalada y ha sido despedida esta misma madrugada es la secretaria de Empleo, Lori Chavez-Deremer. No solo por los malos datos de paro , sino por una serie de escándalos que habían obligado a dimitir a parte de su equipo e implicaban peticiones irregulares, tanto de ella, como de su familia más directa (su marido y su propio padre), a jóvenes empleadas del departamento. Actitudes que crearon un ambiente tóxico y de acoso por el que iba a ser examinada en el Congreso.
La prensa publicó los mensajes que la familia entera enviaba pidiendo que el equipo les hiciera recados, comprara alcohol o con insinuaciones inaceptables en un entorno profesional. El marido de Chávez-Deremer intercambió mensajes de texto con jóvenes empleadas, al igual que su padre, y tanto ella como su exjefe adjunto de gabinete les indicaron a algunas de ellas que debían "prestar atención" a los hombres. Al menos tres empleados del departamento han presentado quejas formales por discriminación laboral y denunciado "represalias contra las mujeres que denunciaron a su marido por conducta sexual inapropiada en su oficina".
The New York Times señalaba el domingo a otra figura de peso: Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud, que el sábado por la mañana estuvo en el Despacho Oval para hablar de investigaciones médicas y del uso de drogas psicodélicas. Kennedy, una figura llena de escándalos, se ha mostrado completamente fiel al presidente, pero su posición crítica, escéptica y, en algunos casos, negacionista sobre las vacunas es un problema para la Administración.
Las encuestas son claras y muestra respaldo a las vacunas, incluso entre los republicanos. Kennedy ha moderado o cambiado su discurso estos días sobre el sarampión, por ejemplo, por las presiones de la Casa Blanca, pero con poco entusiasmo y probablemente sólo por la cercanía de las elecciones.
Hay más. El lunes, el presidente se enfadó durante una entrevista con el secretario de Energía, Chris Wright, que ha admitido que los precios de la gasolina podrían no bajar hasta el próximo año. "No, creo que se equivoca en eso. Totalmente equivocado", dijo Trump, muy molesto porque los precios que pagan los votantes no dejan de subir, y eso casa con su tesis de que lo que pasa en el Estrecho de Ormuz es indiferente porque EEUU es productor de petróleo y de que la guerra será muy rápida y no tendrá efectos sobre la economía. Al revés, ha llegado a decir que será muy beneficiosa precisamente por el papel exportador del país.
Poco antes, mostró también su incredulidad cuando varios periodistas le preguntaron por Greg Phillips, el director de la Oficina de Respuesta y Recuperación de la FEMA, la agencia que responde a todo tipo de emergencias, con más de 1.000 empleados y un presupuesto de casi 300 millones de dólares.
Phillips es conocido por promover teorías sobre fraude electoral, sumarse a otras conspirativas en general y por una retórica guerracivilista. Pero lo que ha acaparado titulares son sus historias sobre cómo, en dos ocasiones al menos, fuerzas ajenas a su voluntad lo habían teletransportado a decenas de kilómetros de dos puntos de partida diferentes en Georgia, especialmente a un Waffle House, un restaurante de comida rápida. "¿Pero lo decía en serio o bromeando?", preguntó Trump en una de las entrevistas.
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