

























Carmen Valero Berl�n
Actualizado
P�ter Magyar, ganador de las elecciones parlamentarias celebradas en Hungr�a, ha decidido ejercer el poder antes incluso de asumir formalmente el cargo de primer ministro. Apenas 10 d�as despu�s de su victoria frente a Viktor Orban, el l�der de Tisza ha lanzado un ultim�tum al coraz�n del Estado: la dimisi�n del presidente de la Rep�blica, Tam�s Sulyok, y del fiscal general antes del 31 de mayo, fecha en la que est� previsto que se constituya el nuevo Parlamento en el que contar� con una mayor�a de dos tercios.
El gesto supone un enfrentamiento directo con el n�cleo institucional construido durante m�s de una d�cada. Ya no se trata de una cr�tica pol�tica: es un desaf�o frontal a las principales piezas del sistema. Pero introduce adem�s una tensi�n de fondo: es ese mismo presidente al que exige la dimisi�n quien debe proponer formalmente al candidato a primer ministro ante el Parlamento una vez constituido, previsiblemente a finales de mayo. Magyar, en la pr�ctica, cuestiona la legitimidad de la figura que tiene que activar su propia investidura.
El tono de ese desaf�o ha quedado explicitado en un mensaje publicado en X, donde Magyar ampl�a el alcance de su exigencia mucho m�s all� de lo anunciado inicialmente: "Hasta el 31 de mayo, los t�teres de Orban deben dimitir de sus cargos. Esto se aplica al presidente de la Curia (Tribunal Supremo), al responsable de la Oficina Nacional del Poder Judicial, que gestiona el funcionamiento de los tribunales; al presidente del Consejo Judicial Nacional, al presidente del Tribunal Constitucional y al fiscal general". La formulaci�n no solo eleva la presi�n, sino que redefine el conflicto como una impugnaci�n global del aparato institucional construido durante la era Orban.
Pero no es una exigencia nueva. Ya hab�a planteado estas dimisiones durante la campa�a electoral, desde una impugnaci�n de fondo: la idea de que la jefatura del Estado ha actuado alineada con el poder pol�tico sin ejercer un verdadero contrapeso, y de que la Fiscal�a ha mirado hacia otro lado ante la corrupci�n. El ultim�tum no abre un frente distinto, sino que traslada al poder una batalla previa con un objetivo m�s amplio: empezar a desmontar el sistema heredado.
Y, sin embargo, ese pulso tiene l�mites claros. Ni el presidente de la Rep�blica ni el fiscal general -ni buena parte de las figuras ahora se�aladas- pueden ser destituidos de forma inmediata por una nueva mayor�a parlamentaria, incluso aunque esta sea de dos tercios.
Muchos de estos cargos han sido designados por mayor�as parlamentarias en los �ltimos a�os, pero no pueden ser removidos de forma inmediata: sus mandatos est�n blindados y su destituci�n exigir�a la apertura de complejos procedimientos institucionales si no optan por dimitir. Lo que convierte ese ultim�tum en algo m�s que presi�n pol�tica: en la antesala de un eventual choque institucionalsi esas dimisiones no se producen.
La propia secuencia institucional introduce otro elemento de fricci�n. La ley h�ngara establece que el Parlamento debe constituirse en un plazo m�ximo de 30 d�as tras las elecciones —en este caso, en torno al 31 de mayo—, y es en esa sesi�n donde el jefe del Estado propone candidato a primer ministro para su investidura por mayor�a absoluta. Hasta entonces, Orban contin�a en funciones con plena capacidad ejecutiva. Es en ese intervalo -entre la victoria electoral y la formalizaci�n del poder- donde Magyar est� intentando redefinir las reglas del juego.
Ah� reside la clave: no es una palanca jur�dica inmediata, sino un pulso pol�tico en toda regla. La estrategia pasa por trasladar la presi�n al terreno p�blico, cuestionar la legitimidad de esas instituciones y forzar una reacci�n que abra grietas en un entramado que hasta ahora ha mostrado una notable resistencia.
Con esa mayor�a, el margen es amplio. Permite reformar leyes, alterar equilibrios institucionales y preparar el terreno para una reconfiguraci�n m�s profunda. El ultim�tum es, en ese sentido, el primer movimiento de una estrategia m�s ambiciosa: intentar poner en jaque el sistema incluso antes de ejercer formalmente el poder.
En paralelo, quien sigue gobernando y tomando decisiones es Orban. El todav�a primer ministro ha decidido levantar el veto a la ayuda europea a Ucrania una vez encauzado el contencioso energ�tico con Kiev. Con ello cierra un frente con Bruselas, pero tambi�n vac�a de contenido los posibles primeros �xitos pol�ticos del nuevo Gobierno, le priva de un golpe de efecto inmediato en pol�tica exterior y delimita el terreno sobre el que podr� construir su agenda.
Ese movimiento se produce, adem�s, en un momento en el que empiezan a aparecer grietas visibles en Fidesz. Por primera vez en mucho tiempo, el liderazgo de Orban deja de ser incuestionable. El alcalde de Sz�kesfeh�rv�r, Andr�s Cser-Palkovics, ha pedido p�blicamente "caras nuevas" e incluso una renovaci�n completa de la direcci�n tras la estrepitosa derrota sufrida y que no solo es electoral.
La p�rdida del poder implica tambi�n la salida de miles de personas del entramado pol�tico-administrativo y, sobre todo, el acceso a los resortes del Estado que durante a�os garantizaron cohesi�n, recursos e influencia.
No hay una rebeli�n organizada ni una ruptura abierta, pero el debate interno que hasta hace poco era impensable empieza a gestarse. El calendario refleja esa tensi�n. Fidesz celebrar� un congreso a finales de abril para analizar la derrota y, posteriormente, afrontar� un proceso de liderazgo en mayo o junio en el que se pondr� a prueba la continuidad del actual jefe del partido.
As�, la transici�n h�ngara se juega en dos planos simult�neos: un poder entrante que intenta forzar cambios estructurales incluso antes de gobernar —y que presiona incluso a quien debe investirle— y un poder saliente que, hasta el �ltimo momento, utiliza sus resortes para condicionar el margen del siguiente y reorganizar su posici�n de cara al nuevo ciclo.
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