






















"Ya viene". Jeff Sharlet (Nueva York, 1971) sab�a que la mujer que aguardaba a su lado en un hangar de Youngstown, Ohio, hablaba de Donald Trump. Corr�a marzo de 2016 y el entonces candidato presidencial llevaba cinco horas de retraso para un mitin ante unos 3.000 fieles en una ciudad que durante d�cadas hab�a sido un basti�n dem�crata. Por entonces se escrib�a mucho sobre la ira que atravesaba aquellos actos, pero este autor estadounidense -que se ha dedicado su carrera a diseccionar el fundamentalismo cristiano en libros como La Familia, ahora una c�lebre serie de Netflix- crey� ver algo distinto: j�bilo, desinhibici�n, una excitaci�n casi pornogr�fica ante la violencia y un fervor en el que pol�tica y religi�n resultaban indistinguibles. Lo que presenci� aquel d�a le llevar�a a definir la ultraderecha estadounidense como un movimiento "fascista".
"Fui reticente a llamarlo as� hasta que asist� a ese mitin", reconoce Sharlet en conversaci�n con EL MUNDO desde Nueva Hampshire, donde imparte clases de Escritura Creativa en la prestigiosa Dartmouth College. Hab�a viajado a Youngstown por encargo de The New York Times Magazine, que quer�a un reportaje sobre los actos de Trump como un fen�meno religioso. "Ahora resulta evidente", sostiene. "Pero entonces casi nadie de la prensa pol�tica quiso verlo".
Sharlet no era ajeno a las iglesias ultraconservadoras ni al discurso del nacionalismo cristiano; lleva m�s de dos d�cadas investigando y escribiendo sobre la religi�n. Aun as�, admite que "nunca hab�a escuchado a un predicador" como el fundamentalista que abri� aquel mitin, ni hab�a presenciado semejante deleite ante la violencia imaginada entre el p�blico. Cerca de �l, recuerda, una pareja de ancianos con aspecto entra�able parec�a sentir -dice- "una excitaci�n sexual" ante la posibilidad de que un manifestante fuese golpeado por la multitud. "Era el placer de pegar, real o imaginado". El marido se volvi� entonces hacia Sharlet, que no se hab�a identificado como prensa, y le dijo: "[Trump] dice lo que todos pensamos. Todos queremos darle un pu�etazo a alguien en la cara, y �l lo dice por nosotros". "Era un di�logo �ntimo cargado de sadismo", resume hoy el periodista y escritor. "Trump hab�a logrado erotizar la violencia contra sus adversarios y convertirla, al mismo tiempo, en una forma de purificaci�n. Para m�, eso era fascismo".
Aquel episodio reaparece en La resaca: Escenas de una guerra civil parsimoniosa (ed. Capit�n Swing), el libro en el que Sharlet examina la ret�rica de fe que rodea al movimiento MAGA y sus v�nculos con el evangelismo conservador para retratar un pa�s que, a su juicio, lleva a�os desliz�ndose hacia lo que denomina "una guerra civil lenta". Para entender c�mo se lleg� hasta ese punto, el periodista recorre Estados Unidos en una suerte de cr�nica de viajes con la que trata de rastrear el legado espiritual y pol�tico de Ashli Babbitt, la insurgente -o m�rtir, seg�n las simpat�as pol�ticas de cada cual- abatida durante el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021.
Sharlet asegura que lleg� despacio a la expresi�n que da t�tulo al libro. "Despu�s del 6 de enero empec� a escucharla en boca de acad�micos que siempre hab�an desconfiado del alarmismo", explica. "Dec�an que nunca hab�amos estado tan fragmentados como pa�s". A partir de ah�, comenz� a pensar en las condiciones que har�an posible una guerra civil y a fijarse en quienes ya estaban siendo blanco de esa fractura: personas LGTB, j�venes negros o mujeres que buscaban abortar tras la sentencia Dobbs v. Jackson Women's Health Organization, que anul� el derecho constitucional al aborto. "Entonces entend� que la pregunta no era cu�ndo iba a empezar, sino si en realidad ya hab�a empezado, porque ya hab�a cobrado sus primeras v�ctimas".
Babbitt fue una de ellas. La veterana de la Fuerza A�rea de Estados Unidos muri� casi en directo el 6 de enero, con el mundo entero como espectador. "Al principio no se sab�a qui�n la hab�a matado, pero se ve�an las manos de un hombre negro, una imagen que remit�a a mitos fundacionales como El nacimiento de una naci�n", recuerda Sharlet.
"Su muerte era un punto de inflexi�n. Para dar el paso definitivo hacia el fascismo se necesitan m�rtires", apunta. "Primero Trump intent� elevar a otros ciudadanos asesinados por indocumentados, utilizando una ret�rica de pureza racial. Pero el p�blico no sab�a qui�nes eran esas personas".
Babbitt, en cambio, reun�a todos los atributos del s�mbolo: rubia, veterana, una mujer convencida de que hab�a irrumpido en el Capitolio "por Cristo y por Trump". La paradoja, apunta Sharlet, es que "era una mujer queer, que no acud�a a la iglesia y que hab�a apoyado en el pasado a Barack Obama". "En el mundo republicano, implicarse en pol�tica es implicarse en religi�n, incluso sin pr�ctica de fe alguna".
La religiosidad de Trump no debe subestimarse. En su salto a la pol�tica, "entendi� que no le interesaba fortalecer otra instituci�n religiosa; s�lo necesitaba incorporar esa ret�rica a su base de poder", explica el estadounidense. Su origen en el llamado Evangelio de la Prosperidad le permit�a -y le sigue permitiendo- presentar la riqueza como prueba de virtud, el �xito como se�al de gracia y la victoria sobre el adversario como una forma de redenci�n p�blica.
"Trump viene de una vieja tradici�n capitalista que ense�a que cuanto m�s rico eres, m�s te ama Dios", se�ala Sharlet. "Eso fue lo que vendi� a sus bases: mi riqueza demuestra la bendici�n; votadme y vosotros tambi�n participar�is de ella". Seg�n el autor, esa promesa articul� la campa�a de 2016 y contin�a en el coraz�n del movimiento MAGA.
"MAGA es su propio proyecto ut�pico", resume. "Cuando dicen 'Make America Great Again', como ocurri� con el fascismo italiano, imaginan una restauraci�n de un pasado idealizado fundida con el sue�o tecnol�gico de un Estado futuro. Y justo en el meollo de todo eso est� la cuesti�n de la supremac�a blanca".
Trump y sus fieles, a�ade, se retroalimentan. "Si uno observa sus m�tines, ve que �l sigue a la multitud tanto como la multitud le sigue a �l". Sharlet recuerda c�mo en un acto Trump estaba hablando de inmigraci�n irregular cuando solt� una frase hiperb�lica contra las personas trans. "El p�blico rugi�. �l respondi�: '�Os gusta eso?'. Y desde ese momento pas� a formar parte de su manifiesto. Es una relaci�n profundamente simbi�tica".
Es, para Sharlet, el "teatro" del fascismo. "Los movimientos autoritarios no formulan propuestas de pol�tica p�blica. Montan producciones teatrales. Golpean con im�genes sensibles". Como ejemplo cita la visita de Kristi Noem, entonces secretaria de Seguridad Nacional, al CECOT de El Salvador, donde pos� con ropa deportiva ajustada y un Rolex ante una hilera de presos semidesnudos y enjaulados, supuestamente deportados desde Estados Unidos. "Es puro teatro. Muy poderoso. Y funciona".
Preguntado por si la reciente escalada del presidente con Ir�n y las cr�ticas surgidas dentro de su propia coalici�n -sobre todo de Marjorie Taylor Greene y Tucker Carlson- han hecho tambalear al trumpismo, Sharlet resta dramatismo. "La historia de los movimientos fascistas demuestra que siempre se est�n reinventando, y que muchos terminan regresando al redil. Mira a Carlson: no es la primera vez -ni ser� la �ltima- que choca con Trump". No comparte, sin embargo, "el optimismo proclamado casi cada semana" seg�n el cual la coalici�n trumpista se resquebraja. "Llevamos 11 a�os escuch�ndolo. Ha estado al borde del naufragio incontables veces, y aqu� seguimos".
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。