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Gastro // elmundo

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Un menú degustación en el restaurante chino más mugriento...
QUICO ALSEDO @QuicoAlsedo Madrid FOTOGRAFÍAS: ANTONIO HEREDIA · 2023-08-08 · via Gastro // elmundo

Actualizado

El momento de la verdad llega cuando Fa, que así dice llamarse, deja en la mesa el primer plato. Son unas cosas rojas, del tamaño de un dedo y apariencia viscosa. Tienen como unas antenas que terminan en ominosas venitas, y un lejano y poco tranquilizador parentesco estético con la mismísima lengua de Alien. Sólo que ahora no apuntan a Sigourney Weaver, sino al fotógrafo, Antonio Heredia, y a servidor de ustedes.

Cuando ve subir la marea, Heredia, como es habitual en él, abre mucho los ojos y pone su mejor cara de lechuza. Primero muy serio, luego se le escapa una tímida sonrisa de búfalo. «A mí no me mires, el reportaje es tuyo», dice mientras aprieta contra su pecho la mochila, como si le fuera a defender de la gastro-enteritis. Ahí pone punto y final a su colaboración en semejante trance. Que remata con un descorazonador: «Yo para mí voy a pedir un arroz tres delicias y fuera».

El muy cobarde levanta un dedo para llamar a la amistosa Fa y, como una rata, desmarcarse del pacto que acabamos de suscribir a la puerta. Como me maliciaba, me deja a solas con Alien.

Para saber más

Si esto fuera una película de Christopher Nolan ahora vendría un primerísimo plano de mis pupilas, creciendo de golpe hasta ennegrecer todo el ojo, y a continuación el local quedaría completamente a oscuras y un único foco iluminaría el platito, el horror culinario que me dispongo a degustar, enfocado con el tembleque de la cámara al hombro.

Emergiendo de las sombras, como en una pesadilla distópica, veríamos en pantalla esa especie de autopsia de varios ratones coloraos que debo introducir dentro de mi cuerpo con el único objetivo de divertirles a ustedes.

Afortunadamente no estamos dentro de ninguna película de Nolan -esos artificiosos tráilers de 180 minutos-, sino en el restaurante chino Guo Rong, en el corazón de Usera, el Chinatown madrileño.

El garito que, me van a perdonar, recibe de algunos vecinos el apodo de Guarrón desde que este su periódico de ustedes publicó el siguiente titular: «El restaurante chino más mugriento jamás visto: grasa infinita, marisco ilegal y salidas de emergencia tapiadas».

¿Puede haber mejor apuesta para un reportaje de gastronomía gonza? La noticia, firmada por el egregio reportero Luis Fernando Durán, no tenía desperdicio: en una «inspección rutinaria», policías municipales de Madrid descubrieron en mayo pasado «uno de los restaurantes chinos más mugrientos jamás visto», con «grasa que se escurría sobre la cocina, la zona de alimentos, ollas y sartenes», «gran falta de higiene», «alimentos sin control sanitario, marisco de contrabando, puertas de emergencia selladas y empleados que trabajaban en pésimas condiciones».

El perfecto menú degustación para la tortura gástrica.

Conste que no pertenezco al amplio grupo social que, cada vez que se sienta en un chino, cae en la cuenta de que, aparentemente, nunca se entierra a un nacional de ese país en suelo patrio -spoiler: se les entierra a todos en su país-. A mí me gustan los chinos. Mi mujer dice que me vuelvo loco en los hot-pots, y no lo descarto: entro normal y salgo como una boa constrictor.

Claro que, en lo extragástrico, el cartel de la puerta no es precisamente tranquilizador: «Prohibido entrar [a] delincuentes, drogadictos, portadores de armas homicidas, menores de edad etc. Una vez encontrados, llamaremos inmediatamente a la Policía».

Es el friendly reminder de que, además de fechorías nutricionales, el lugar -o más bien la planta de arriba, el inevitable karaoke- también formó parte en diciembre de 2021 de aquella jarana policial llamada Operación Intruso, en la que la Policía Nacional desarticuló alguna que otra rama de las mafias chinas de Madrid, detuvo a 237 personas y se incautó de gran cantidad de drogas, armas blancas y pistolas.

Vamos, todo bien en Guo Rong.

Que, por otro lado, luce estéticamente un corte absolutamente versallesco, con enormes espejos Luis XV y un artesonado en el techo que ya quisiera el Hermitage: «En los años 70 estos eran los Salones París, y se celebraban bodas de centenares de comensales», me contaron los polis. Tempus fugit.

Encontramos cáscaras de huevos y grasa de meses en la cocina. Había estalactitas de grasa

Las cosas rojas son lenguas de pato. He leído que son un manjar, que los adoradores de la cocina china los veneran como si fuera caviar iraní, pero en el cuerpo a cuerpo pierdo -sé que el lector más gourmet dejará de leer aquí-. Para empezar, hay que separar la carne de cartílago como si le practicaras una laparoscopia de emergencia a tu gato, y yo no soy de roer ni los huesos del pollo. Luego, el mini-solomillo, del tamaño de medio meñique, se me hace insípido como el té verde, con esa dureza proverbial de la carne de pato.

Pero he superado esta primera prueba de Humor Amarillo.

La siguiente estación se llama patas de pato. Lo elijo porque, de todo lo que hay en la carta, parece lo más asqueroso. Y lo es. Imaginen cortarle la pata a una gallina y por deferencia al comensal extirparle la garra para que quede más mono en el emplatado. Le hinco el diente y es como morderle la pata a un perro mojado.

Fa, que está en todas, me ve desde lejos hacer el ridículo. Es una tía simpática. Acude solícita e intenta explicarme: «Hay que quitarle piel». Niego con la cabeza e incluso ahuyento mentalmente la imagen. Al poco viene con varias patas deshuesadas: «Rico, rico, con wasabi». En atención a su simpatía masco un poco de ese horror, y sonrío tristemente. «Acostumbrarse, acostumbrarse, próximo día», dice, como si fuera una figurante de Apocalypse Now. No habrá próximo día, Fa.

Entonces me acuerdo de lo que me había contado la Policía sobre el garito.

-Encontramos cáscaras de huevos y grasa de meses en la cocina, todo lleno de churretones. Tenían berberechos a los que no habían quitado el cieno, pepinos de mar fuera de la ley y por tanto peligrosos, la cocina completamente sucia, útiles de madera por todas partes, que están prohibidos por porosos... Había estalactitas de grasa en la cocina.

-¿Y cómo sigue abierto?

-Pagaron la multa ese día y no llegaron a cerrar más que unas horas... Bueno, y ahí todavía, pero en el restaurante de al lado encontramos una paloma muerta en la cocina.

Miro a la izquierda. Heredia se está comiendo una fuente de lo que parece ser un seguro arroz tres delicias supervisado por la OTAN. Le miro y pongo cara de perro abandonado.

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