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Contra el sudor tropical, un Singapore Sling en el bar del Raffles Hotel. El remedio sigue funcionando. La modernidad de fuera se ha erigido en destino puntero del mundo del cóctel, mientras el único hotel asiático de nuestra serie dejó la vanguardia atrás hace más de un siglo. El Raffles, monumento nacional de la ciudad estado, pertenece a esa estirpe de hoteles burbuja, ajenos a las tendencias urbanas y al caos de la metrópoli. Su valor es resistir y seguir dando de beber lo mismo de siempre. Aunque tenga truco.
Fundado por los hermanos armenios Sarkies en 1887, ostenta el nombre del padre fundador del Singapur colonial, Sir Stamford Raffles. Si abrió modestamente con solo 10 habitaciones, en seguida fue tomado como un símbolo de prosperidad siendo el primer hotel de Singapur con electricidad y aire acondicionado. Hoy, dentro del grupo Accor, hay 22 propiedades Raffles.
Rodeada de rascacielos, la Gran Dama permanece anclada en su rotonda como si nada pasara a su alrededor. «Es absolutamente icónico por la importancia histórica que ha tenido», cuenta François Monti, dispuesto en cada una de estas entregas a arrojar luz sobre los secretos de la coctelería. «Hoy conocemos Singapur como esa ciudad ultramoderna, una especie de Suiza de Asia y punta de lanza de la coctelería en los últimos 10 años. El Raffles podría parecer desfasado y es verdad que sigue con el mismo encanto de antaño». Llegar a palacio, impoluto pastel de nata de arquitectura colonial victoriana, es un viaje en el tiempo con el recibimiento de los porteros sij de uniforme. «Te devuelve a la Singapur de la II Guerra Mundial, cuando era un sitio crucial de tráfico marítimo y punto de control de esa parte de Asia por el Imperio Británico».
Su atmósfera y la mezcla de estilos propia del Raj, con jardines tropicales, mármol blanco, verandas de teca y techos interminables, sedujeron a los de siempre: Ava Gardner, Liz Taylor o el sempiterno Hemingway empinando el codo en el Long Bar. El Writers Bar es otro de sus muchos espacios. Y es que Rudyard Kipling hizo suyo el hotel, como Somerset Maugham, «la fábula del exótico Oriente», o Joseph Conrad, quien escribió aquí su novela Tifón y empezó a dar forma a Lord Jim. Las historietas típicas de los hoteles de lujo atemporal.
Dicho ajetreo ha necesitado de sus necesarias puestas a punto. La última la llevó a cabo en 2019 la diseñadora Alexandra Champalimaud junto al estudio Aedas. De ella da cuenta la escritora Alia Akkam en su libro Cócteles del Mundo: «Ha renovado su antiguo esplendor, con suelos pulidos de mármol y madera de eucalipto, y una lámpara de araña de inspiración floral que es el centro de atención de un vestíbulo de tres pisos». El Long Bar, ahora en la primera planta y mucho más amplio, conserva su magia más o menos intacta. Como, en palabras de Monti, «ese lugar donde iba la gente comerciante o de la administración inglesa a pasar del calor y la humedad de Singapur tomando un sling».
Para saber más

Una barra larga bajo los paipáis del techo. La escalera de caracol y detalles de la vida malaya en los años 20. El folklore entrelazado con la mitología que forja el presente del Raffles. Las cáscaras de cacahuete que se incita a tirar al suelo, en plan tasca con sus cabezas de gamba, como desahogo frente al rincón más coercitivamente limpio del mundo: la tradición es de cuando se reunían a beber en el Cad's Alley, terraza ya desaparecida, los dueños de plantaciones de caucho de Malasia. O aquello del último tigre de Singapur, huido de un circo y acribillado bajo la mesa de billar del hotel para servir su historia de rentable suvenir. Todo esto confluye en el Long Bar, sin reconocimiento en los rankings de The World's 50 Best Bars, la lista que mide la gloria de los bares de cócteles. No es Jigger & Pony, Offrack o Native. «La primera vez que estuve fue un poco catastrófica», nos revela François Monti, considerado una de las 100 personas más influyentes de la industria mundial del bar. «Desde entonces lo han reformado con la colaboración de Proof & Company, que son los que lanzaron la moda del cóctel en Singapur a través del bar 28 Hong Kong Street».
Por último, una revelación que no arraiga. «Al contrario de lo que cuentan, el Singapore Sling no se inventó allí», suelta Monti. El consenso dice que el barman Ngiam Tong Boon creó este cóctel por primera vez en 1915, con su particular toque rosa para satisfacer a las damas. «El sling era una bebida muy popular en Singapur a finales del siglo XIX, y la versión que se hace actualmente con zumo de piña es bastante moderna. Al menos en el hotel la realizan con más calidad que hace 20 años». Sostiene que el sling o el gin sling era más noble, más cercana a la coctelería clásica: ginebra, limón, brandy de cereza, Bénédictine y agua con gas. A esa fórmula hoy le añaden, además de zumo de piña, granadina y curaçao, una copa más tropical. Lo ratifica David Wondrich en su imprescindible obra Imbibe!: "El sling es una bebida sencilla, incluso elemental: licor, azúcar, agua. (...) Para los ingleses, esto no era suficiente. Les gustaba la idea de un trago largo con licor, pero querían... más». Un ponche en vaso largo, vamos. «Y así apareció en Singapur a finales del siglo XIX. (...) El Hotel Raffles se ha salido con la suya durante años promulgando un montón de tonterías». Admite que a principios del XX se podía conseguir uno en el Raffles. «Pero ni siquiera era el lugar más famoso para hacerlo. Ese honor le correspondía a John Little, unos grandes almacenes con un bar bastante serio».
Con historiadores como Wondrich, pocas leyendas quedarían vivas. Las del Raffles, que ha contado con un cronista residente durante más de 50 años, sospechamos que seguirán ahí algún tiempo más.
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