




















Las redes sociales son cornucopias que rebosan contenidos culinarios. En el último año el hashtag #foodie aparece en más de 250 millones de posts. Cientos de miles de personas publican cada día una foto de su desayuno, de la última smash burger premiada chorreando queso derretido o de su visita a un restaurante estrellado donde se dejaron la mitad de sus ahorros. Muchas de ellas aspiran a convertirse en influencers gastronómicos, pero son muy pocos los que de verdad consiguen movilizar a una base fiel de seguidores para que se aventuren a recorrer cientos de kilómetros en busca de un plato de lentejas a un pueblo deshabitado de Tierra de Campos o para tomarse una pizza en un barrio marginal. Son los auténticos foodies, aunque muchos repudian esa palabra y son capaces de hacer peregrinar a las masas o de hacer la lamprea deseable.
Takefumi Hamada (Takarazuka, 1974) no se asusta cuando descubre en la taberna Verdejo qué son los callos. Es difícil sorprender a este japonés que jamás come en casa. De hecho, no tiene una: vive en hoteles. No le interesan las cosas materiales, explica, solo la música y la gastronomía. Tampoco tiene pareja ni hijos: no podrían soportar su irrenunciable estilo de vida. Pasa tres meses al año en Tokio y el resto lo dedica a descubrir o revisitar restaurantes. Ha viajado ya a 130 regiones y puntualiza que en términos gastronómicos no tiene sentido hablar de países, sino de regiones con cocinas locales, y pone a España de ejemplo. Hamada lleva siete años en el número uno del ranking de reseñadores de OAD (Opinionated About Dining), guía que muchos entendidos consideran más rigurosa y transparente que la célebre lista 50 Best -donde los chefs son juez y parte- o las estrellas Michelin, asignadas por críticos anónimos en un proceso opaco.
A pesar de su afición, es delgado y no bebe. "Sencillamente porque pertenezco al 30% de los orientales que carecen de la enzima que metaboliza el alcohol", explica. También sabe contenerse. "Solo salgo a comer si algo específico me interesa desde un punto de vista creativo. Si no, ayuno". Para él la comida es arte y trata de transmitirlo. Parece más un monje que un disfrutón, y es una prueba viviente de que el término foodie desafía cualquier estereotipo. Su entrega religiosa a la gastronomía le ha generado un trabajo como consultor de hostelería, presume de tener la suerte de que le paguen por comer. No se considera un influencer: "La diferencia es que para el foodie, la comida es un fin en sí mismo, y para el influencer la comida es un medio de promoción personal".
Luis Moreno Maldonado (Madrid, 1977) también vive la comida como fin y no como medio, pero al contrario que Hamada, él transmite pasión en cada gesto. Abomina del término foodie: "A mí jamás me llames foodie, soy gastrónomo y me tomo la comida muy en serio". Tan en serio que cuando en el restaurante La Buena Vida le traen unas colmenillas al Pedro Ximénez, acerca el plato litúrgicamente a su nariz, retiene el olor con los ojos cerrados y lo posa en la mesa con una emoción profunda en su rostro. Después saca un foco LED de su bolsillo y toma varias fotos. Aún habrá que esperar semanas para que esas colmenillas hagan salivar a sus seguidores en Instagram (@lmorenomaldonado).
A este gastrónomo madrileño se le acumulan grouses, liebres y jereces por reseñar. Cuando le preguntamos cuántos restaurantes visita al año asegura que uno al día. "Aunque hay días que he llegado a hacer cuatro reservas", matiza. "En París recuerdo hacer dos comidas y dos cenas distintas el mismo día. Volvía enfermo de esos viajes".
Con cierto aire desaliñado y corpulento a lo Bud Spencer, sabe transferir su contagiosa voracidad a sus reseñas, pero asegura que la edad le ha tranquilizado. Confiesa que su pasión lo convierte en un acordeón humano capaz de engordar 40 kilos al año que luego pierde mediante severos ayunos más parecidos a huelgas de hambre que a dietas. "No creo que deje nunca de ser así. Con la madurez, quisiera que la oscilación anual sea de 10 o 15 kilos".

Luis Moreno Maldonado.
Cuando le preguntan a Luis quién le acompaña en sus bacanales, proclama que en el mundo solo hay una persona capaz de seguirle hasta el último bocado: Borja Beneyto (Madrid, 1977), su compañero de pupitre, más conocido en redes como Matoses. A él no le parece mal el término foodie. "Es una palabra que surge con la democratización de la gastronomía, ya no es una cosa exclusiva ni elitista".
Está claro que la sofisticación de la gula ha perdido el acento francés que le dieron hace dos siglos Brillat-Savarin y Grimod de la Reynière, quienes fundaron esta religión hedonista que confería a sus fieles el título de gourmand. Hoy, el conocimiento gastronómico se adquiere por vídeos y fotos en redes sociales, un espacio dominado por el inglés, donde foodie ha reemplazado -e incluso vuelto pretencioso- el término gourmand.
Matoses fotografía todo lo que come con un foco LED más voluminoso que el de Luis. Necesita mochila para transportarlo. Nos cita en la azotea del Four Seasons de Madrid, en la Dani Brasserie, para probar la que asegura es una de las mejores hamburguesas de la capital. Matoses solo muestra en sus redes lo que de verdad le emociona. Cada post mezcla celebración con análisis, y dedica tiempo a describir elaboraciones y técnicas, contar la historia de los sitios que visita y el origen de los productos con erudición. Lo que empezó como notas sueltas y privadas ha acabado en una rigurosa labor divulgadora que se ha plasmado en un libro coescrito con el también gastrónomo Carlos Mateos (@misterespeto), titulado Templos del producto (Planeta Gastro, 2018).
"¿Por qué puedes criticar una película o el fútbol y no un restaurante? Porque hay familias detrás, dicen. ¿Y en una película, no?"
Alberto de Luna
En esto se diferencia de Alberto de Luna (Xinzo de Limia, 1982), que ni evita las malas críticas ni se prodiga escribiendo. Luna tiene un estilo directo, con jerga propia: "Si un plato es bueno es Dios; si es muy bueno, máximo Dios y si es sorprendente, le digo chipé, que lo saqué de La Hora Chanante. No le meto más rollo porque la gente no conecta si haces eso".
Luna ha creado su propio ranking de restaurantes, las lunas (de cero a 10), y da pegatinas que algunos locales colocan junto a las estrellas Michelin o los soles de Repsol. Lleva un par de meses sin hacer una mala crítica, dice, y sus seguidores a veces se lo piden por privado. "El pueblo pide sangre. Si ves el alcance de una crítica negativa alucinas. En cuanto la posteo la gente pide palomitas, espera que se meta a comentar el chef y se líe... ¿Por qué puedes criticar una película o el fútbol y no un restaurante? Porque hay familias detrás, dicen. ¿Y en una película, no?".
Luna se sienta a la mesa con una lata de caviar y un borgoña, en Bakko, un restaurante japonés informal -"no como esos que parece que estás en misa"- que acaba de abrir junto a sus socios. Como tantos otros foodies cuya afición a reseñar les ha procurado una base de seguidores, él ha terminado encontrando oportunidades de negocio en el mundo de la gastronomía.

María Paula Rodríguez.
Lo de María Paula Rodríguez (Yopal, Colombia, 1996) con las reseñas no empezó como afición, sino como trastorno. Esta joven colombiana padecía bulimia. "No podía dormir pensando en lo que iba a desayunar al día siguiente, y si no conseguía comer tal cosa me echaba a llorar, y cuando lo comía luego vomitaba para no engordar", cuenta mientras toma un cóctel en Oda, un interesantísimo restaurante de Bogotá que se nutre de huertas urbanas.
María Paula cuenta sus inicios sin autocompasión. "Lo que quería cuando empecé en esto era saciar mi adicción de manera gratuita", dice entre risas. Cuando llegó a 5.000 usuarios perdió completamente el control: hacía hasta seis pedidos de comida al día y lo vomitaba todo para no engordar. Tuvo que decidir entre cerrar su perfil o seguir reseñando platos sin vomitarlos después. Eligió lo segundo. "Parte de mi proceso fue entender que me van a llegar comentarios diciéndome que había engordado. Me paraba todos los días frente al espejo, para verme engordando y decir: no pasa nada. Esa fue mi terapia". Como temía, pronto empezaron a llegar comentarios sobre su físico -algo que a los hombres no les pasa- pero esa exposición también le dio confianza y le sirvió para desarrollar un estilo desacomplejado que cautiva. Hoy @foodinbogota tiene medio millón de seguidores y se centra en establecimientos de la capital colombiana.
Otro foodie con foco exclusivo en su ciudad es Lisandro Schamberger (Olavarría, Argentina, 1997). Llamarlo foodie puede que sea inexacto, pero precisamente por estar en el límite de la definición, es quien terminó de dar la amplitud del término. Al contrario que los demás entrevistados, Schamberger no muestra conductas excéntricas, es poco dado a excesos y no tiene pretensiones de sofisticación culinaria. Nos cita en la pizzería El Cuartito de Buenos Aires, "la favorita de Maradona", un lugar cuyas paredes están cubiertas de fotos de futbolistas y cantantes de tango. Este joven banquero que en su día a día se dedica a combatir el lavado de dinero, solo aspira a retratar rincones idiosincráticos de la ciudad. Su cuenta, @Comentino, despegó definitivamente cuando se propuso recorrer los 48 barrios de Buenos Aires para mostrar la identidad de cada uno a través de un restaurante representativo. No busca grandes platos, ni novedades, solo aquello que le parece auténtico, que es quizás lo más difícil de definir y retratar, pero atrapar eso en la era digital acaso sea nuestro mayor anhelo.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。