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Marisco a paladas y carne hasta reventar por sólo 50 euros en el paraíso de la ordinariez sin complejos
EMILIA LANDALUCE Lorca (Murcia) FOTOGRAFÍAS Y VÍDEO: SERGIO ENRÍ · 2023-08-12 · via Gastro // elmundo

Actualizado

En Lorca hay un paraíso perdido en el que puedes comer todas las gambas y almejas que quieras, toda la carne de la que seas capaz, todo el vino posible... La gente baila la conga, canta y engulle. Se llama La Peña, pero todos lo conocen como 'Mariscos a lo bestia'

Comidas extremas: Mariscada sin fin por 50 euros con Emilia LandaluceSERGIO ENRÍQUEZ-NISTAL / SARA ÁLVAREZ G. (Vídeo)

No sé si lo saben ustedes, pero desde hace unos meses los trenes para Murcia salen desde la estación de Chamartín. Pues el día que volví de comer en La Peña, más conocido como Mariscos a lo bestia (Lorca), me desperté misteriosamente en Atocha. ¿Había recapacitado el Gobierno de su absurdo? ¡Claro que no! Me había quedado frita y abrí los ojos cuando ya habían mandado al tren a dormir en Atocha y estaba completamente vacío. Y sí, también yo me hago la pregunta -¿por qué nadie me despertó?- y una reflexión: no debo volver a tomar chupitos.

La Peña se hizo viral este invierno por algunos tiktokers que comentaron el restaurante. La premisa del establecimiento es infalible para el éxito. Un all you can eat de marisco con eso tan refinado que es la ordinariez sin complejos, a lo bestia, natural. Y nunca hay nada hortera ni paleto en el disfrute sin pretensiones. Es como el Picasso en el cuarto de baño o la tele de ciento y pico pulgadas. Eso en gastronomía es ir a pasárselo bien y a meterse alegría a paladas en el cuerpo. Y por 50 euros.

Así que me fui a Lorca para ver cómo era aquello. Y es lo que ustedes pueden imaginar. Un derroche de tipismo e ingesta de marisco sin pudor. Lo que nos gusta a los españoles y lo que une a patronal y sindicatos sin el concurso de Yolanda Díaz.

La excursión a comer sin límites me hacía especial ilusión. Mi tema favorito de The Daily Mail era cómo derrotar al bufé libre de ensaladas de Pizza Hut. Había que construir una muralla de pepinos y rellenarlo con todo lo que había disponible como entrante. Y pagar solo las 7,99 libras del menú de 2010. Eran otros tiempos. Entonces el Brexit ni se pensaba ni se esperaba.

Para salir vivo de Mariscos a lo bestia había que tener una actitud similar -o sea, ser inconsciente- e ir con un pantalón de goma para evitar opresiones poco patriarcales: las que produce un tejido adiposo excesivamente bien nutrido.

El comensal tiene que estar en Lorca a las dos de la tarde y se debe ser puntual porque la comida entera es una suerte de performance y la actitud del que acude a comer a Mariscos Peña debe ajustarse a esa premisa. Hay que estar dispuesto a integrarse en el espectáculo y no andarse con exigencias ridículas. Estimar es evidentemente otra cosa.

En la mesa espera una ensalada gigantesca con toda la huerta, una bola de helado de crema de chato murciano y pan untado de alioli. Y enseguida te traen una cubitera para meter las jarras de cerveza que es como la vasija de aceite de oliva de la viuda de Sarepta, que parecía que se rellenaba sola por gracia divina aunque en realidad fuese cosa de un equipo de camareros perfectamente sincronizado que es parte fundamental del número que se monta cada tarde en el restaurante. Lo mismo te hacen una suerte de amago de striptease ridículo como están pendientes de que en el plato y la copa del comensal nunca nunca falte contenido.

Pero no era cuestión de entretenerse con fruslerías alimenticias pues restaban espacio en el estómago para lo importante: el marisco en carretilla. El espectáculo empezaba al poco. Sonaba el Que viva España de Manolo Escobar y el dueño del restaurante, Pedro Lucas, salía con una carretilla repleta de mariscos (gambas, necoritas, langostinos, almejas...) para echarlos (que no servirlos) con una pala en una paella, que es como se llama lo que se denomina paellera. Lo cierto es que el marisco estaba tan bueno como el de cualquier boda que se celebre en el salón deluxe de Lady Carmichael. Estaba fresco y bien cocido. ¿Qué más se puede pedir? Lucas, el dueño, está en todo, y para vencer la resistencia empecinada de las pinzas de bogavante había dispuesto al lado de cada plato una tabla con una maza para sacar la carne tersa del crustáceo.

Al mismo tiempo nos ponían un vino blanco muy fresco de una sulfatadora. Para los que no sepan de campo, es la mochila que se utiliza para tratar a los árboles. Nos sirvieron dos veces marisco de la carretilla. Al final, en mi plato se alzó una trinchera de cabezas de langostino y cigalas como de la batalla de Dien Bien Phu. Tanto, que Sergio Enríquez, el fotógrafo que firma el reportaje, tenía que estirar el cuello para mirarme a los ojos. A la vez, nos sulfataban con más blanco que manaba con la frescura de un torrentillo de Sierra Nevada. Y mientras en el restaurant (mejor que restaurante) pasaban muchas cosas. Bailamos la conga con no me acuerdo qué música (me habían sulfatado en exceso de vino blanco), y sacaron un torito hinchable para que los niños jugaran a los encierros con la servilleta de capotito. (A mí me dieron un periódico enrollado para que corriera delante como una moza de Azorín).

En eso, sin que nos diéramos cuenta, cambiaron de tercio y nos empezaron a servir vino tinto. Y ya no salía de la sulfatadora, sino que nos habían puesto una botella de Rioja en la mesa. Trajeron entonces las piedras calientes con carnes diferentes. Y unos huevos revueltos con patatas de esas que se hacen con mucho aceite y están cada vez más buenas. Nos tomamos dos botellas de vino y la goma del pantalón comenzó a dar de sí. (Somos espíritus laxos).

Hacía al menos una hora y media que no podíamos comer más. Al final, el cuerpo tiene sus límites y, pese que lo intentamos, pudimos comer poca carne. De postre nos sirvieron un helado. Y cuando ya parecía que empezaba el tiempo de la sobremesa, sacaron una maqueta de la Puerta del Sol y sonó Mecano. Comimos las 12 uvas de fin de año (nos preguntábamos si habíamos perdido la noción del tiempo en aquella isla de Circe) y, después, hubo que bailar de nuevo. A esas alturas, el sulfatado de blanco ya había quedado atrás y el vino tinto entraba con excesiva facilidad. Como remate, no pude evitar tomarme un chupito de algo que no me acuerdo lo que era pero que me quemaba la garganta.

Pedimos un café y la cuenta. Entonces la sacaron en procesión con las camareras vestidas con mantilla con la música de La saeta de Serrat. Era el homenaje a la Semana Santa de la que Lorca es tan devota. El café no evitó que volviéramos cantando todo el camino de retorno a Murcia. Y al llegar al tren perdí el conocimiento. Debía haberme bajado en Chamartín, pero me desperté en Atocha. Nadie me había despertado. Me pregunto si sería por lo que ronqué en el viaje. Hubiera sido la primera vez, pero siempre hay una primera vez para todo en Marisco a lo bestia, aunque ya hayamos hecho ese todo antes. (Aunque no a la vez). Y por solo 50 euros.

En Mariscos La Peña me habían reservado a nombre de Emilia Landa. No se habían equivocado.