Su marido la drogó, abusó de ella y la ofreció a sus vecinos por internet durante 10 años, y ella decidió que el juicio a sus violadores fuera público. Que la vergüenza cambiara de bando. Ahora cuenta cómo llegó hasta ahí y qué vino después en un libro de título luminoso, Un himno a la vida. "Ya no me siento una víctima, soy dueña de mi propia vida", dice

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La noche antes de que su vida saltara por los aires, Gisèle Pelicot preparó meticulosamente la ropa que su marido vestiría al día siguiente: un pantalón de pana verde botella y un polo Lacoste rosa, regalo de sus hijos. También dejó preparada la mesa del desayuno, como hacía día tras día desde hacía décadas. Sería la última vez que lo hiciera. Sería la última vez de demasiadas cosas.
El día que la vida de Gisèle Pelicot saltó por los aires, Dominique salió de casa con una cazadora que no combinaba en absoluto con el outfit que había elegido para él. Lo vio entrar en la comisaría, a apenas un cuarto de hora en coche de su casita amarilla con persianas azules, esa que habían alquilado al jubilarse para ver corretear a sus nietos en el jardín y chapotear con ellos en la piscina, y aquella cazadora le rechinó. Se lo dijo y él se encogió de hombros. Más tarde, aquella discordancia de color le parecería una señal de lo que estaba por venir.
No volvería a ver a su marido hasta cuatro años después, sentado en el banquillo del tribunal de Aviñón, acusado de drogarla, violarla y ofrecerla, inconsciente, a quien quisiera abusar de ella a través de una página de contactos. Alrededor de 70 hombres respondieron al anuncio. 50 de ellos han sido sentenciados a penas de entre 3 y 15 años de prisión. Dominique cumple 20 años.
"Mucha gente lamenta que las condenas no estén a la altura de los actos que cometieron. Para mí, lo importante es que todos están presos. Mi victoria es que a mí se me ha reconocido como víctima y a ellos, como culpables. Lo contrario hubiera sido muy complicado para mí, pero también para todas las mujeres", afirma, tajante, Gisèle Pelicot, sentada en una lujosa butaca forrada de terciopelo rojo en la planta baja de la no menos señorial residencia del embajador de Francia, en la milla de oro de Madrid.
La mujer de 73 años que posa con elegancia tranquila frente a la ventana forma ya parte de la historia del feminismo desde que decidió que el juicio contra sus violadores sería público, que el mundo entero debía saber lo que le hicieron, que todos veríamos las caras de los monstruos que la violaron mientras dormía. Que la vergüenza, al fin, debía cambiar de bando, como reza el lema en inglés que hoy adorna la solapa de su traje de chaqueta oscuro.
Antes de sentarse, se asoma un momento por la puerta entreabierta y llama, pizpireta, a su nuevo compañero, que le devuelve el saludo desde lo alto de una espectacular escalera de caracol: "¡Jean-Loup, Jean-Loup!". Su sonrisa de enamorada lo dice todo. Gisèle Pelicot, pese a todo, contra todo, ha vuelto a encontrar la felicidad, y lo relata en unas memorias de título incuestionable: Un himno a la vida (Lumen).
- "Me repugnaban sus caras de tipos corrientes", escribe usted sobre su primera sensación al ver a sus violadores en el juicio. ¿Ha cambiado su forma de ver a los hombres después de lo que ha vivido?
- Es cierto que me encontré frente a unos individuos bastante peculiares. Se atrevieron a entrar en mi casa sin mi consentimiento, a cometer actos monstruosos y verdaderamente atroces. Mi mirada ha cambiado porque no he querido dividir a los hombres y las mujeres. Creo que estamos destinados a vivir con respeto, en armonía y a intentar comprendernos. Que me haya pasado esto no significa que debamos meter a todos los hombres en el mismo saco. Intenté distanciarme de estos individuos, reconocer que hay cierto tipo de hombres capaces de entrar en internet y violar a una mujer dormida sin su consentimiento. Pero tengo a muchos hombres maravillosos a mi alrededor, hombres con los que he tenido largas conversaciones sobre este juicio, que también han hecho profundas reflexiones sobre su propio comportamiento y sobre cómo podría afectar a la percepción de las mujeres. Y los he tranquilizado porque no se parecen en nada a esos individuos. Es cierto que uno puede hacerse preguntas porque yo nunca pensé que el señor Pelicot fuera así, jamás imaginé que pudiera cometer los actos que cometió. Nunca me dirigió una mirada inapropiada ni dijo una sola palabra que me hiciera cuestionar su comportamiento. Por eso fue especialmente horroroso para nosotros descubrir lo que nos había hecho, a su esposa, a sus hijos, a sus amigos.
- Sus memorias muestran lo complicado que fue para usted reconocerse como víctima. ¿Cómo convive hoy con esa calificación?
- Cargué con esa condición de víctima durante casi cinco años de procedimientos legales hasta que llegó el juicio. Es así, fui víctima de todo lo que me pasó, con toda la vergüenza que eso conlleva. Por eso, para mí era muy importante que esa vergüenza se trasladara a los perpetradores. Hoy ya no me siento una víctima, he resuelto ese problema. He pasado por todo el proceso judicial y a ellos los han declarado culpables y a mí me han reconocido como víctima. Pero ahora soy dueña de mi propia vida y ya no quiero cargar con esa condición de víctima. Porque es una carga pesada; muy, muy pesada.
- ¿Es feliz?
- Sí, soy una mujer feliz, tranquila y serena. Y la prueba es que he podido volver a confiar en un hombre. He conocido a alguien con los mismos valores que yo, los mismos principios, que también tuvo un pasado difícil. Y eso me ha reconciliado con la humanidad. Es importante darse permiso para ser feliz. Es importante, sobre todo en el mundo en el que vivimos. Eso es lo que quiero transmitir con mi libro. He pasado por algunas tragedias en mi juventud. Perdí a mi madre muy joven, sufrí a una madrastra complicada. Esa es la historia de mi vida. Pero también tuve momentos muy felices. Fui feliz con el señor Pelicot, eso también forma parte de su ambigüedad. Tuve tres hijos con él, tuve nietos, y me aferro a esa parte de mi vida en la que fui feliz. Pero nunca podré abstraerme de lo que me hizo. No tengo recuerdos, y eso también es una bendición para mí. Yo no cargo con el recuerdo pero he tenido pruebas, cosa que no tienen la mayoría de las víctimas de violación. A menudo, solo tienen su palabra contra la de su agresor y es mucho más difícil que un juicio llegue a buen puerto. Viven una soledad tan extrema que se aíslan y no se atreven a hablar de ello. Yo viví eso mismo durante casi cuatro años, antes de decidir que el juicio fuera público. No os aisléis, hablad con una amiga, con un médico, con un psicólogo. Hay también organizaciones creadas para ayudar a las víctimas. Hay que atreverse a hablar y a denunciar, porque es el primer paso hacia la recuperación.
"Nunca me rindo ante el dolor y el sufrimiento. Esa es la mujer que soy"

- Precisamente, la falta de reconocimiento como víctima es lo que la alejó de su hija Caroline, convencida de que su padre la violó, como a usted, pero que no ha conseguido una confesión. Lo cuenta todo en un libro muy duro hacia usted, como madre. ¿Ha conseguido comprender su ira?
- Mi relación con mi hija se ha calmado ahora. Ella ha leído mi libro, todos mis hijos y mis nietos mayores lo han leído y han comprendido la mujer que soy. Han comprendido que yo nunca me rindo ante el dolor, ante el sufrimiento. No ha sido así en su caso porque su situación es diferente. Yo elegí vivir con el señor Pelicot, elegí tener a mis tres hijos con él. Ellos no nos eligieron, y Caroline, efectivamente, sucumbió al odio y la ira cuando descubrió lo que su padre había hecho. Entendí su sufrimiento, pero me distancié de él. También fue una forma de protegerla. No quería que cargara con mi dolor, no quería que viera mis lágrimas. Y ella ahora lo ha entendido muy bien. Nos vimos el sábado y hemos hablado mucho después de leer cada una el libro de la otra. Vamos a celebrar juntas el Día Internacional de la Mujer. Estoy muy orgullosa de ella porque ha creado su asociación, M'endors pas (no me duermas), gracias también a mi historia. Las dos fotos suyas que aparecieron entre los archivos de su padre siguen ahí, sin respuestas, y eso la condena a un infierno perpetuo. El señor Pelicot provocó un cataclismo en esta familia, pero hoy estamos más unidos que nunca. Todo ha vuelto a ser como antes. Es maravilloso.
- La falta de recuerdos añade un elemento aún más inquietante a su trauma. ¿Cómo es hoy su relación con su cuerpo?
- Es cierto que mi relación con mi cuerpo hoy es diferente. Soy una mujer de 73 años, lo acepto, sé cómo soy. Los forenses me diagnosticaron cuatro enfermedades de transmisión sexual y tuve que tomar antibióticos muy fuertes para atajarlas. Fue muy complicado. Logré curarme de todas menos del virus del papiloma humano, que sigue conmigo. Me operaron a finales de noviembre y me hicieron una biopsia. Tengo una revisión dentro de seis meses y espero que todo vuelva a la normalidad. Voy por buen camino hacia la recuperación, tanto psicológica como física.
- Dice usted en su libro: "No sé hasta dónde habría llegado si no lo hubieran detenido". ¿De verdad cree que su destino era morir a manos de su marido?
- Creo que si no lo hubieran arrestado, dadas las dosis que me administraba, seguramente, sí. Sobre todo, porque después de que le pillaran repitió tres veces en menos de un mes hasta que lo detuvieron. No sé cómo mi cuerpo ha podido soportar todas esas sustancias químicas, debo de tener un ángel guardián cuidándome. Sin la intervención del guardia de seguridad del supermercado en el que le pillaron grabando bajo las faldas de las clientas, que dio la voz de alarma, y del policía que decidió ir más allá y revisar su ordenador, creo que hoy no estaría aquí. Me salvaron la vida.
"No soy un icono, soy una mujer normal y corriente que ha tenido la fuerza de llegar hasta el final"
- Cuando decidió que el juicio fuera público, su abogado le dijo que no era sólo un procedimiento contra su marido, sino contra la cultura de la violación. Así lo hemos vivido mujeres del mundo entero. ¿Cómo lleva ser un incono feminista global?
- Nunca me he sentido un icono. Soy una mujer normal y corriente, una mujer sencilla, soy Madame cualquiera, en realidad. No me gusta esa palabra, icono. Una historiadora dijo de mí en un programa de televisión que soy una veilleuse [una vigía, una cuidadora, pero también la lucecita que permanece encendida por la noche para que los niños no tengan miedo]. Me gusta más esa palabra, va más con mi personalidad. Sé quién soy y de donde vengo, tengo los pies en el suelo.
- Me va a disculpar, pero es usted lo opuesto a alguien normal y corriente, señora Pelicot.
- Soy una mujer común, pero tuve la fuerza de oponerme al juicio a puerta cerrada para llevarlo hasta el final, y eso fue posible porque conté con un gran apoyo. Las imágenes que vi en aquellos vídeos quedarán para siempre grabadas en mi memoria. Pero he intentado que sirvieran de algo, que todo este calvario sirviera para algo, en mi nombre y en el de todas las mujeres que sufren y no se atreven a denunciar.
- ¿Considera que se ha hecho justicia?
- Es cierto que mucha gente lamenta que las penas no estén a la altura de los actos que cometieron esos hombres, pero lo importante, para mí, es que los han declarado culpables. Que se me ha reconocido a mí como víctima y a ellos como victimarios. Esa es mi victoria, porque durante los tres meses y medio de juicio parecía que pensaban que no habían hecho nada malo. Y eso era insoportable. Si no hubiera ganado, hubiera sido muy difícil para mí, pero también para todas las mujeres.
"Necesito respuestas, necesito que me diga por qué lo hizo, por qué no se detuvo, por qué nunca tuvo piedad de nosotros. ¿Cómo pudo hacerle eso al amor de su vida?"

- Termina su libro con un deseo: volver a ver al señor Pelicot. ¿Hay algo que él pudiera decirle que le devolviera la paz?
- Yo estoy en paz conmigo misma. Quiero verlo porque no pude hablar con él durante todo el juicio, ni siquiera lo miré. Quiero sentarme frente a él. Hoy soy una mujer fuerte. Él, en cambio, está en una posición vulnerable después de seis años en prisión. Necesito respuestas. Necesito que me diga por qué. ¿Por qué nos hiciste eso? ¿Por qué nos traicionaste? ¿Por qué no paraste? No fue cosa de un día ni de un mes, sucedió durante casi diez años. ¿Por qué, durante todo ese tiempo, te atreviste a infligirme todo este sufrimiento para satisfacer tus impulsos sexuales, tus fantasías, y nunca, ni por un momento, te apiadaste de tu familia? Me mirabas cada mañana en el desayuno como si nada hubiera sucedido. Necesito saber por qué. ¿Por qué usó esa violencia contra mí? Quizá él llevaba dentro esa violencia y la volvió contra mí, no lo sé. Necesito respuestas. Su abogada dijo, en un momento dado, una cosa preciosa: que yo lo había reconciliado consigo mismo pero que no lo había curado. Y creo que, en parte, tiene razón. Sé cómo fue su infancia, cometieron contra él actos aterradores y nunca tuvo apoyo psicológico. En los años 50 y 60 la gente no iba al psicólogo como ahora. Pero aun así, que hayas pasado por todo eso no significa que tengas que usar esa violencia contra la persona que amas. Se atrevió a decir que yo era el amor de su vida. ¿Cómo pudiste hacerle eso al amor de tu vida? Su psicólogo dice que tiene dos caras: la que conocíamos y la del monstruo que conocimos después.
- ¿Qué siente ahora cuando piensa en él?
- Es complicado. Siento tristeza, claro, pero fue él quien decidió. Podría haber elegido la luz, yo siempre intenté guiarlo hacia ella, pero escogió las profundidades del alma humana. Cada uno elige su propio camino. Yo, por mi parte, elijo hacer el bien a los demás.
Ya de pie, entre foto y foto, es Gisèle Pelicot quien tiene una última pregunta: "¿Qué es lo que más te impresionó del libro?". Hay un momento en el que relata que tuvo una aventura, y que esa relación extramatrimonial sucedió al tiempo que moría la madre de Dominique, única alma noble en una familia corrompida por la violencia. "Las dos mujeres de su vida lo dejaban solo. Quizá todo empezó a desmoronarse en ese instante", escribe.
- Pensé: no, por favor, Gisèle, no se eche eso encima.
- Recuerdo muy bien ese momento. Yo había mirado a otro hombre no tanto porque no le quisiera sino porque, quizá, no quería llevar dentro de mí toda su oscuridad, pero él se lo tomó fatal, se sintió muy abandonado. Y yo, después, sentí que en todo esto quizá había una parte de culpa mía por haberle fallado, es común en las víctimas esa sensación de culpabilidad. Durante el juicio le preguntaron, incluso, si había algún poso de venganza en todo lo que me hizo después, y dijo que no. Y me atrevo a pensar que, efectivamente, no fue eso lo que guio sus actos.
- No siente ninguna culpa hoy, espero.
- No, no, no, de ninguna manera. Yo no soy culpable de nada.



























