Un estudio en la Antártida descubre que el problema de los viajes espaciales no será únicamente sobrevivir al vacío o a la radiación, sino soportar durante meses las mismas voces, las mismas rutinas y las mismas manías

Estación Concordia de la Antártida, uno de los lugares más remotos del mundo.
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Uno podría imaginar que el mayor peligro de una misión a Marte serían las tormentas solares, la falta de oxígeno o un fallo técnico a millones de kilómetros de la Tierra. Pero hay algo mucho más terrestre que preocupa cada vez más a los científicos: los otros seres humanos. El espacio tiene un enemigo silencioso que no aparece en las películas de ciencia ficción ni en los discursos épicos de la NASA, y que se llama convivencia.
Un estudio internacional liderado por los investigadores Jan Schmutz, de la Universidad de Zúrich, y Andrea Cantisani, de la Universidad de Berna, acaba de poner cifras a algo que cualquiera habría sospechado después de demasiados días encerrado con la misma gente, que convivir demasiado también desgasta. Y mucho. La investigación siguió durante diez meses a los doce miembros de la Estación Concordia, una base científica perdida en la Antártida donde las temperaturas caen hasta los -80 grados y de la que es imposible salir durante el invierno. Un lugar tan aislado que la Agencia Espacial Europea la considera uno de los mejores simuladores reales de una futura misión a Marte.
Durante meses, los científicos no solo rellenaron cuestionarios sobre su estado emocional, su nivel de confianza o sus conflictos personales. También llevaron sensores capaces de registrar cuánto tiempo pasaban cerca unos de otros. El resultado desmonta una idea muy humana, la de que más contacto siempre significa más apoyo. Al contrario. Quienes mantenían una convivencia más intensa eran también quienes reportaban más tensiones, más desconfianza y peor percepción del rendimiento del grupo. Como si el exceso de proximidad acabara convirtiendo cada pequeño gesto cotidiano en una amenaza.
Hay algo casi literario en ese hallazgo. La soledad duele, sí, pero la imposibilidad de escapar de los demás puede ser igual de agotadora. El problema se acentúa en espacios pequeños, sin intimidad y sin posibilidad de desconectar. La ciencia empieza a descubrir que el problema de los viajes espaciales no será únicamente sobrevivir al vacío o a la radiación, sino soportar durante meses las mismas voces, las mismas rutinas y las mismas manías.
El estudio también detectó otro fenómeno profundamente humano, incluso primitivo, como es la formación de clanes. A medida que avanzaba el aislamiento, los miembros de la tripulación tendían a agruparse por idioma o nacionalidad. Como ocurre en cualquier oficina, cualquier colegio o cualquier grupo de turistas en un crucero. Incluso en mitad del hielo antártico, el cerebro busca refugio en quienes se parecen a uno mismo. El problema es que esos vínculos pueden reforzar la sensación de apoyo al tiempo que erosionan la cohesión del grupo completo.
Todo esto interesa enormemente a quienes diseñan futuras misiones espaciales. Porque un viaje a Marte podría durar años, con tripulaciones reducidas atrapadas en un espacio mínimo y con un retraso en las comunicaciones con la Tierra que impediría incluso una conversación fluida.
Sin embargo las conclusiones del estudio lo mismo sirven para submarinos, que para plataformas petrolíferas, que para entender mejor algunas dinámicas cotidianas mucho más próximas a nuestro día a día, como las oficinas saturadas o los pisos compartidos.




























