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Ricardo F. Colmenero

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El Mundo
Ricardo F. Colmenero · 2026-04-22 · via Ricardo F. Colmenero

Durante décadas, la ciencia se contó a sí misma como un relato elegante: leyes universales, fórmulas limpias y un mundo que encaja como un reloj. Nancy Cartwright se dedicó a pinchar ese globo. Y por hacerlo —y por proponer algo mejor— acaba de ganar el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en Humanidades.

El jurado premia una idea tan incómoda como influyente: la ciencia real no funciona como en los libros de texto. No es solo teoría más experimento ni un edificio perfecto levantado sobre leyes universales. Es, más bien, un taller lleno de herramientas distintas, parches, aproximaciones y soluciones prácticas para problemas concretos.

Cartwright lleva más de medio siglo defendiendo que el mundo no responde a una única lógica total, sino a muchas pequeñas reglas locales. En su célebre How the Laws of Physics Lie, ya avisó —con cierto gusto por la provocación— de que las leyes de la física, tal y como se formulan, "mienten": funcionan en condiciones ideales, pero el mundo real es mucho más sucio, complejo y difícil de domesticar.

Esa mirada, lejos de debilitar la ciencia, la hace más robusta. Porque obliga a preguntarse qué funciona, cuándo y por qué. Y ahí entra uno de los puntos fuertes de su trabajo: cómo usar ese conocimiento para tomar decisiones mejores.

No es casual que su influencia haya crecido en las ciencias sociales. Cartwright ha sido pionera en aplicar su enfoque a políticas públicas: desde educación hasta empleo, pasando por programas sociales. Su mensaje es claro: los modelos ayudan, pero no bastan; hay que combinarlos con evidencia concreta, contexto y experiencia real.

"La filosofía tiene que ser útil para cambiar el mundo", ha defendido en más de una ocasión. Y su trayectoria parece tomárselo al pie de la letra. Desde sus años en la London School of Economics hasta sus proyectos en Mánchester, ha trabajado codo a codo con investigadores y profesionales para entender qué políticas funcionan de verdad y cuáles solo lo parecen sobre el papel.

El jurado ha destacado precisamente esa capacidad para conectar ideas abstractas con decisiones concretas. En un momento en que la evidencia científica se discute —o se ignora— en el debate público, su trabajo suena casi a advertencia: sin buenos métodos para saber qué es verdad, también fallan las decisiones.

El profesor Luis Valdés, catedrático de Filosofía de la Universidad de Oviedo y nominador de la premiada, explica que la profesora Cartwright "ha realizado aportaciones fundamentales para descubrir cómo la ciencia realmente logra los éxitos que alcanza. En oposición a las teorías filosóficas abstractas sobre la ciencia, ha contribuido de manera decisiva a definir cuestiones clave del hacer científico como la causalidad, la objetividad y la evidencia".

"Este premio reconoce a una figura intelectual que desde la filosofía ha realizado una gran contribución a fortalecer la comprensión de las metodologías de la ciencia, tanto en el campo de las ciencias básicas, como en las ciencias sociales", destaca Atocha Aliseda, catedrática de Lógica y Filosofía de la Ciencia en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México y presidenta del jurado. "El conjunto de su obra ha aportado muchas claves fundamentales para determinar cómo podemos saber que un resultado experimental es confiable, que una estrategia metodológica es la adecuada para el objetivo de cada investigación concreta, y por tanto cómo podemos adoptar las mejores decisiones basadas en la evidencia".

Cuando era niña, Cartwright se educó en una comunidad presbiteriana en Pensilvania, en la que se vio obligada a aprender desde muy temprano a exponer argumentos racionales sobre cuestiones metafísicas y éticas. "Tuve una educación calvinista, en un entorno muy intelectual, y en nuestra iglesia había muchos debates. Crecí recitando argumentos a favor y en contra de la existencia de Dios, las posibles justificaciones de la existencia del mal, o cuestiones relacionadas con el libre albedrío", recuerda en una entrevista realizada poco después de conocer la concesión del galardón. Aunque al entrar en la universidad se inscribió en la carrera de matemáticas, la experiencia de aquellos debates metafísicos le llevó a interesarse por las clases de filosofía y acabó decantándose por esta disciplina.

"En parte como consecuencia de mi formación cristiana, tenía inculcados ciertos valores sociales y opinaba que la filosofía no debía ser una actividad ociosa, sino que tenía que ser útil para cambiar el mundo", añade Cartwright, que inicialmente se especializó en la filosofía de la física.

Otra experiencia que le llevó a adoptar esta posición fue que, cuando participó en la década de los 70 como observadora en el desarrollo de la misión Gravity Probe en Stanford, en la que se lanzaron cuatro giroscopios al espacio para poner a prueba la teoría general de la relatividad, "la información resultante no se podía encajar en ninguna de esas leyes existentes, aunque todas ellas desempeñaron un pequeño papel". En 1983, publicó How the Laws of Physics Lie (Cómo mienten las leyes de la Física), un libro, admite la premiada, de título provocador en el que sostiene que las leyes fundamentales de la física, a menudo consideradas como las más profundas descripciones de la realidad, son sin embargo idealizaciones que solo contienen la verdad de modelos altamente controlados y simplificados.

"Por lo general, solo se aplican estas leyes en una determinada fase del proceso de investigación, y luego recurrimos a otra cosa, y después a otro fragmento de conocimiento", argumenta Cartwright, para poder así caracterizar de forma precisa el comportamiento de las cosas en el mundo real.

Esta visión contrastaba con el ideal que consideraba las leyes de la física como universales y absolutas. En su libro The Dappled World: A Study of the Boundaries of Science(El mundo parcheado: un estudio sobre los límites de la ciencia), de 1999, Cartwright propuso una alternativa a la idea de una supuesta Teoría del Todo, única y unificada, que integraría y explicaría todas las fuerzas de la naturaleza. En vez de un universo regido por leyes elegantes y globales de aplicación universal, Cartwright defiende una realidad "parcheada", compuesta por distintos ámbitos o disciplinas, cada uno con sus conjuntos de leyes localmente aplicables y sus estructuras causales. Frente a la postura del reduccionismo físico -la idea de que todo el conocimiento científico es reductible a la física-, esta visión "troceada" de la realidad sugiere que las ciencias como la biología o la economía no son meramente reducibles a la física, sino que poseen principios propios y autónomos.

La filosofía aplicada a la política

Además de producir un trabajo que integra y hace avanzar el pensamiento filosófico sobre la física y las ciencias de la naturaleza, Cartwright ha sido pionera al expandir su visión al ámbito de las ciencias sociales, cuando en 1991 le ofrecieron la cátedra Popper en la London School of Economics. Desde entonces, Cartwright ha centrado su actividad en desarrollar modelos y metodologías que puedan servir de base a la adopción de políticas públicas basadas en evidencia.

Una de sus principales contribuciones a este campo ha sido demostrar que las humanidades pueden producir un conocimiento crucial para abordar problemas prácticos apremiantes junto con el conocimiento empírico producido por los científicos sociales: "Soy una gran defensora de la interdisciplinariedad y he contribuido a impulsar una mayor cooperación interdisciplinaria. Por ejemplo, me encanta la economía y existen maravillosos modelos económicos muy precisos, pero el mundo real es mucho más complejo que lo que pretenden esos modelos. Las lecciones económicas de estos modelos son muy útiles, pero deben combinarse de alguna manera —tal como ocurre con la física— con otros conocimientos".

Este enfoque práctico también se incluye en uno de sus principales proyectos de investigación: Knowledge for Use: Making the Most of the Social Sciences to Build Better Policies, una colaboración interdisciplinaria entre académicos y profesionales financiada por el Consejo Europeo de Investigación entre 2015 y 2021. "Tuve la ocasión de trabajar con un equipo interdisciplinar para observar varias políticas en el área metropolitana de Mánchester: programas de protección infantil, programas educativos, programas de ayuda a la inserción laboral... Creo que hicimos muchas sugerencias útiles sobre cómo implementar la filosofía para usar nuestro conocimiento científico mejor y llegar a un conocimiento más fructífero, integrando el conocimiento local y experimental", comenta la filósofa, que considera este proyecto como uno de los mayores casos de éxito de su carrera.