El profesor de la Universidad Sueca de Defensa sostiene en ‘La guerra en la era del smartphone’ que el móvil ha borrado la frontera entre frente y retaguardia: "Puedes transmitir más datos con tu teléfono que con sistemas militares"

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La distancia entre el frente y la retaguardia se ha reducido a cero. Un teléfono móvil permite hoy en día consumir, pero también alimentar la maquinaria bélica en tiempo real. La guerra irrumpe sin avisar en la misma pantalla en la que transcurre la vida cotidiana, y tú puedes formar parte. Esa es la incómoda tesis del investigador y profesor especializado en seguridad internacional y conflicto contemporáneo en la Universidad Sueca de Defensa Matthew Ford (Londres, 1973), quien en La guerra en la era del smartphone (La Esfera de los Libros) sostiene que los dispositivos que llevamos en el bolsillo no sólo nos muestran los conflictos, sino que nos permiten participar en ellos, desdibujando como nunca antes en la Historia de la humanidad la frontera entre quien mira y quien actúa.
- ¿Y cómo participo yo con mi móvil?
- De la forma más obvia. Por ejemplo, estás en el centro de Madrid, coges el teléfono para mirar tus redes sociales y aparece una imagen de guerra y la compartes. Ahí ya te estás implicando. Estás difundiendo o amplificando imágenes y noticias. Aunque estés muy lejos del frente, estás participando, y puedes hacerlo 24 horas al día.
- Tanto como participando...
- Las imágenes que te llegan por redes sociales están descontextualizadas. A menos que sigas muy de cerca un tema, puedes malinterpretar el curso de los acontecimientos. Puedes tener una cronología en las redes en la que estás viendo la reseña de un restaurante, luego algo de un barrio, luego algo de un equipo de fútbol que te interesa y, de repente, una decapitación. Esto a mí me ha pasado, que de repente tienes una experiencia completamente descontextualizada de lo que está ocurriendo y lo difundes. Y si estás en el frente, da igual si eres civil o militar, porque tienes la oportunidad de participar en la guerra literalmente. Por ejemplo, ves una columna enemiga avanzando por la calle y haces una foto casi sin pensar. Si la publicas, estás proporcionando datos a todo el mundo sobre el movimiento de una unidad, y esa información es útil para identificar enemigos y poder matarlos; o si haces una foto después de un ataque, pueden evaluar los daños. En Ucrania existe una app del Gobierno a través de la que puedes enviar directamente esa información a centros de inteligencia.
- ¿Y estamos más informados o más confundidos?
- Las dos cosas. Tenemos acceso a más información que nunca, pero es casi imposible darle sentido. Hay una sobrecarga. Y la IA está envenenando la conversación, creando más ruido que dificulta distinguir lo verdadero de lo falso, oscureciendo lo que ocurre. Pero, al mismo tiempo, hace accesibles cosas que antes no teníamos. Las redes sociales no son medios de comunicación. No están obligadas a verificar hechos. Su objetivo es generar clics, monetización y engagement.
- ¿No lo tenía peor un ciudadano de la Segunda Guerra Mundial que sólo se podía enterar de lo que ocurría por un periódico, o dos como mucho?
- Como te decía, la información está más disponible, pero eso no significa que la entendamos mejor. Es un entorno profundamente confuso. En redes sociales todo el mundo es experto. ¿Cómo distingues a los expertos reales de quienes solo tienen muchos seguidores? Tener seguidores no te convierte en experto. Tu timeline se llena de analistas militares que moldean tu visión, pero ¿saben de lo que hablan? ¿Pueden distinguir entre distintos tipos de tanques? Puede que sí... o puede que no. La responsabilidad recae en ti: ¿cuánto sabes? ¿Qué nivel de formación tienes para interpretar lo que ves?
- Usted sostiene que los civiles forman parte de la cadena de destrucción. ¿No es demasiado?
- No. Si compartes imágenes o vídeos sin pensar, puedes facilitar que alguien que quiera ejercer la violencia lo haga más fácilmente. Estás compartiendo información. Las retransmisiones en directo de ataques pueden ser útiles para coordinar acciones terroristas. La gente debería pensar más qué comparte. Hubo un oficial naval francés que corría en un portaaviones y compartía su recorrido. Durante ese momento se sabía en tiempo real la ubicación del barco, y podía usarse para atacarlo con un dron. Puede parecer improbable, pero en tierra esto ocurre y ha ocurrido en lugares como Ucrania.
- ¿Y la sociedad es consciente de ese poder?
- No mucho. Ucrania es un entorno altamente conectado y, cuando empezó la guerra, las imágenes llegaron rápidamente a nuestros móviles. Y los metadatos, información sobre ubicación y hora, son muy útiles. Por ejemplo, Google Maps detectó atascos que resultaron ser columnas de tanques. Esa información puede usarse con objetivos militares. Estamos convirtiendo el smartphone en parte de la cadena de destrucción. Es un dispositivo extremadamente sofisticado: cámara, micrófono, GPS... llevas un sensor en el bolsillo. Y esos datos los usan empresas privadas para venderte cosas, pero también se le pueden dar usos militares.
- ¿Y qué hacemos ahora con todo esto?
- No hay una solución fácil. Las plataformas tecnológicas están sujetas a regulación estadounidense, no europea. Para controlar la desinformación habría que convertirlas en responsables, lo que implicaría reformar la Sección 230 de la Ley de Comunicaciones de EEUU, que dice que la plataforma no es responsable de lo que publican los usuarios. Europa no puede cambiar eso. Vivimos en un entorno informativo moldeado por decisiones estadounidenses sobre la libertad de expresión. Es un problema sin salida clara. La alternativa sería traer de vuelta a Europa todo el ecosistema digital, desde el software hasta el hardware, y que esté bajo leyes europeas. Pero eso llevaría 20 años y costaría muchísimo dinero, voluntad política y que los europeos piensen estratégicamente. Yo soy británico, así que puedo decir que no tenemos un gran historial pensando estratégicamente, porque el Reino Unido ha salido de la Unión Europea, lo que en mi humilde opinión fue una estupidez. Pero si consiguiéramos que el público en general pensara de forma estratégica sería fantástico. Y mi libro, espero, intenta convencer a la gente de que empiece ese proceso.
"Si compartes imágenes o vídeos sin pensar, puedes facilitar que alguien que quiera ejercer la violencia lo haga más fácilmente"
- ¿Quién controla ahora la guerra: los Estados o las plataformas?
- La infraestructura militar y las comunicaciones militares no son tan buenas como las civiles. Es así de simple. Puedes transmitir más datos con tu smartphone que con sistemas militares. Ahora bien, los militares están diseñados para ser resistentes, funcionar en condiciones extremas y resistir interferencias electromagnéticas y la guerra electrónica. Pero si los militares quieren comunicarse rápidamente tienen que apoyarse en comunicaciones civiles. Además, su capacidad de procesamiento no es suficiente para gestionar todos los datos que recogen, analizan y representan en mapas o sistemas de mando. Para hacerlo en tiempo real tienen que recurrir a centros de datos de Amazon Web Services, Google y otros. Esas empresas construyen y controlan esa infraestructura. La infraestructura civil ya es de doble uso: civil y militar. Y eso genera otros problemas. ¿Es un centro de datos en Qatar un objetivo legítimo para Irán? Para mí los ingenieros de software y científicos de datos son los obreros de la munición del siglo XXI.
- ¿Hemos dado demasiado poder a tecnológicas como Palantir?
- En 2018 Google decidió retirarse del Proyecto Maven [un plan del Pentágono que implica el aprendizaje automático y el análisis de datos para procesar informaciones e identificar objetivos potenciales]. Sus empleados no querían participar en la militarización de internet. Pero eso no impidió que otras empresas lo hicieran. Palantir es el motor del software que permite a EEUU identificar cientos de objetivos al día, por ejemplo, en Irán. Este software se ha convertido en el sistema nervioso del mando militar estadounidense. Eso significa que el Estado no posee ni el software ni la infraestructura: la alquila. Es como Microsoft Office: no compras el producto, compras una suscripción. Si dejas de pagar, pierdes el acceso. Y ese es el problema, que no eres dueño del sistema y, con el tiempo, incluso pierdes la capacidad de hacer esas cosas por ti mismo. El peligro es que el Estado ya no tiene capacidad real para gestionar sus propias fuerzas armadas. Depende de un proveedor tecnológico. Y aunque probablemente no apaguen el servicio, el software influye en lo que ves y en cómo actúas. Te doy un ejemplo. El gobierno británico compró el soporte de Palantir por 250 millones de libras sin concurso público. Y lo hizo en un momento en que Donald Trump negociaba aranceles sobre coches. Se dice que hubo presión para comprarlo porque ayudaría a negociar una rebaja de los aranceles. Es decir, la dependencia tecnológica crea palancas de influencia política. Una vez dependes de ese software, pueden influir en tus decisiones: votos en la ONU, posicionamientos internacionales... No es que te corten o no el servicio, es que crean una dependencia que puede explotarse políticamente.
- ¿Cree que los líderes están reaccionando más a lo que decimos en las redes sociales que a la lógica estratégica?
- Creo que sí. Las redes sociales están influyendo mucho, especialmente en EEUU. No me sorprendería que el presidente Trump tuviera informes constantes sobre cómo funcionan sus mensajes en redes. Cuando lanza mensajes ambiguos parece que está probando cómo reacciona la gente. Si la reacción es positiva, sigue por ahí. Si no, cambia. No digo que toda la estrategia dependa de las redes sociales, pero sí que influyen. Y probablemente otros gobiernos tienen equipos analizando cada mensaje y tratando de interpretarlo.
- ¿Qué gana Trump convirtiendo la guerra en un espectáculo?
- Es como una serie. Mantiene a todo el mundo atento. Temporada 1: Venezuela. Temporada 2: Groenlandia. Temporada 3: Irán. Temporada 4: Cuba... Es un espectáculo político constante y, como político, es impresionante. Rompe todas las reglas tradicionales. Su política en Irán desafía la historia, la geografía y la teoría militar, pero sigue adelante. Está apostando por la tecnología, la IA y las redes sociales. Pierde aliados y, aun así, sigue. Es algo sorprendente, lo que no quiere decir que sea una buena idea.
- ¿Por qué nos cuesta dejar de mirar la guerra?
- Por un lado, la gente se vuelve insensible y lo ve como un juego. Pero por otro, hay gente que desconecta completamente y evita esas noticias. Las plataformas ajustan algoritmos según el comportamiento del usuario: si quiere menos noticias duras, se le da más contenido ligero. El problema es que empezamos a ver la guerra como algo irreal, y eso crea un entorno muy confuso. Cada persona vive en su propia burbuja informativa, con su propia versión de la realidad. Eso fragmenta la comprensión del mundo y, políticamente, se puede explotar. De hecho los políticos populistas lo hacen constantemente porque ese caos les beneficia.





















