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Ricardo F. Colmenero

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Una sopa química en cada gota de agua: la ciencia confirm...
Ricardo F. Colmenero · 2026-03-17 · via Ricardo F. Colmenero

Actualizado

Imagínese sumergirse en un arrecife remoto, cristalino y aparentemente intacto. De esos que solo salen en los escaparates de las agencias de viaje, o en los sueños. Da igual el lugar del planeta que elija, o su escondite, porque cada gota de agua de ese paraíso natural, ya no tiene nada de eso que llamamos natural, porque contiene químicos fabricados por humanos.

Esta contaminación invisible no se limita a lo que se ve flotando en la superficie: no se trata solo de plásticos ni de basura marina, sino de moléculas sintéticas que forman parte de la materia orgánica disuelta en los océanos y que viajan con las corrientes, entrando en contacto con cada organismo marino, desde microalgas hasta peces y mamíferos.

Un estudio internacional liderado por la Universidad de California Riverside y publicado en Nature Geoscience arroja un panorama desolador: no existe prácticamente ningún entorno costero del mundo libre de la huella química de nuestra civilización. Los investigadores analizaron más de 2.300 muestras de agua de mar procedentes de los océanos Pacífico, Atlántico e Índico, recogidas durante una década, y encontraron que los compuestos industriales y los fármacos ya constituyen una parte muy significativa de la materia orgánica disuelta en los mares del mundo.

En aguas costeras hasta un 20% de la materia orgánica puede ser de origen humano, mientras que en desembocaduras de ríos con aguas residuales sin tratar o mal tratadas, esta proporción supera el 50%. Incluso a más de 20 kilómetros de la costa, los investigadores detectaron aproximadamente un 1% de compuestos antropogénicos en la materia orgánica, lo que representa volúmenes muy significativos de estas sustancias a escala global.

Entre los 248 compuestos identificados predominan los químicos industriales, plásticos, lubricantes, productos de consumo cotidiano, pesticidas y fármacos. "Incluso en los lugares más remotos encontramos claras huellas químicas de la actividad humana. El alcance fue sorprendente", apunta Daniel Petras, profesor de bioquímica en la Universidad de California.

Los hallazgos también revelan que las zonas con mayor densidad poblacional o industrial presentan concentraciones mucho más altas, mientras que regiones oceánicas más aisladas muestran niveles más bajos, aunque siempre detectables. Esta variabilidad refleja cómo la infraestructura humana, desde sistemas de alcantarillado hasta transporte marítimo y turismo costero, actúa como vector de contaminación química, un patrón que coincide con investigaciones previas sobre microplásticos y contaminantes persistentes en mares como el Mediterráneo y el Caribe, donde los impactos a kilómetros de distancia de la costa ya eran evidentes.

El estudio también subraya la relevancia ecológica de los hallazgos. La materia orgánica disuelta regula el ciclo del carbono marino y sostiene el metabolismo de las comunidades microbianas que transforman y reciclan nutrientes esenciales. Jarmo Kalinski, investigador postdoctoral del grupo de Petras, explica: "Estos compuestos químicos contribuyen sustancialmente al conjunto de materia orgánica del océano y podrían estar desempeñando un papel poco reconocido en el ciclo del carbono y en el funcionamiento de los ecosistemas". Estudios previos sobre carbono orgánico disuelto antropogénico (ADOC) sugieren que incluso pequeñas fracciones pueden alterar la estructura y función de las comunidades microbianas, modificando procesos ecológicos críticos, y la capacidad del océano para actuar como sumidero de carbono.

Un hallazgo especialmente preocupante es que estos compuestos interactúan con microplásticos y nanopartículas presentes en el agua, generando mezclas químicas complejas. Estas combinaciones pueden alterar la biodisponibilidad de nutrientes y de contaminantes para organismos marinos y, según investigaciones recientes, pueden incluso transportar químicos a través de la cadena trófica, desde algas hasta peces y aves marinas, con posibles impactos desconocidos en la salud de los ecosistemas y la seguridad alimentaria humana. Petras señala: «Estos compuestos difuminan la línea entre contaminación química y contaminación plástica; su impacto a largo plazo aún está por determinarse».

Ecosistemas marinos remotos, incluidos arrecifes de coral considerados prístinos, presentan señales claras de contaminación química derivada de actividades humanas cercanas, como turismo, agricultura y desarrollo costero. "Prácticamente no hubo ningún lugar donde tomamos muestras que no mostrara influencia química humana", subraya Kalinski. Esta evidencia coincide con estudios anteriores que muestran cómo microplásticos, pesticidas y contaminantes orgánicos persistentes pueden viajar largas distancias, alterando ecosistemas considerados aislados. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), más del 60% de los mares regionales presentan algún tipo de contaminación química derivada de actividades humanas, lo que confirma que la problemática es global y sistémica.

El equipo empleó métodos de espectrometría de masas de alta resolución combinados con análisis computacional, lo que permitió unificar miles de muestras y detectar compuestos humanos específicos. Petras señala: "Gracias a estos avances tecnológicos y a la colaboración internacional, pudimos analizar miles de muestras de estudios independientes como un único conjunto de datos unificado". Esta estrategia demuestra cómo la ciencia abierta permite revelar patrones globales invisibles desde estudios aislados.

La investigación también confirma que las actividades humanas diarias, desde el uso de plásticos hasta productos de limpieza y cuidado personal, dejan una huella química que termina en el océano. Kalinski reflexiona: "Lo que usamos en tierra no desaparece; a menudo termina en el océano, su destino final". Esta huella invisible se suma a otras amenazas que transforman los océanos, como el cambio climático y la contaminación plástica, y confirma que el océano costero ya no es un sistema químicamente natural, sino un ecosistema profundamente influenciado por la civilización. Para los investigadores, esta evidencia subraya la urgencia de ampliar los monitoreos, estudiar los impactos ecológicos y adoptar medidas para reducir contaminantes en los mares del futuro.