El fundador y CEO de Sherpa.ai publica 'Vita', un ensayo profundo y fascinante que muestra cómo la inteligencia artificial no solo está revolucionando nuestras economías y sociedades, sino también la comprensión de nuestra idea de lo que significa estar vivo

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Vivimos tiempos tan asombrosos como extraños. La irrupción masiva de la inteligencia artificial en nuestras vidas ha llevado al centro del debate público un asunto restringido hasta hace nada a ámbitos académicos y científicos muy especializados o a oscuros foros de Reddit donde era patrimonio de cuatro frikis. Hoy, hasta el Papa se pregunta en las redes sociales por la conciencia de las máquinas, por si muestran o no poseer un alma, por si debemos, tal vez, ampliar una vez más el círculo empático y otorgarles ciertos derechos. Y así, polémicas antaño consideradas abstrusas son hoy (casi) tan motivo de conversación popular como La Casita de Bad Bunny.
En un espacio discursivo internacional en el que a duras penas logran abrirse hueco las voces patrias, hay que destacar la aparición de un título importante escrito por un emprendedor español de ya larga trayectoria nacido en Algorta en 1981. Vita: cómo la inteligencia artificial y la ciencia están redefiniendo lo que entendemos por vida (Debate) es el primer libro de Xabi Uribe-Etxebarria, emprendedor en serie e ingeniero, fundador y CEO de Sherpa.ai, una de las figuras más reconocidas de la IA en España.
- El libro empieza con un epitafio en euskera y una dedicatoria a sus padres. También con un niño en Algorta con miedo a la muerte antes de dormir. ¿Vita es un libro de ciencia que esconde un duelo o un duelo disfrazado de ciencia?
- Vita es un libro de ciencia al que he intentado darle narrativa, emoción y experiencia humana. Pero sí es verdad que, probablemente, el motor oculto de muchas de las preguntas que aparecen nace de ese niño de Algorta con miedo a la muerte. Y quizá, sin proponérmelo, mi propia trayectoria profesional fue abriéndose camino hacia la inteligencia artificial movida por esa misma inquietud. Por la curiosidad de intentar comprender cómo funciona esa máquina de cómputo biológica que llamamos cerebro, el sistema más complejo y enigmático que conocemos en el universo. Y por explorar la posibilidad de replicar algunos de esos procesos en una máquina. De alguna manera, se trata de una búsqueda que me ha llevado a cruzar fronteras entre la neurociencia, la física y la computación. Pero también a mirar hacia fuera: a intentar comprender el escenario mismo en el que todo ocurre, eso que llamamos realidad. Quizá, en el fondo, todo ha sido fruto de un mismo impulso: comprender la vida movido por el deseo de trascender sus límites. De no aceptar que todo termine. De pensar, aunque sea ingenuamente, que podemos encontrar la forma de que esto no se acabe.
- Define la vida como "predicción autónoma orientada a la subsistencia". ¿Cómo llegó a esa fórmula y en qué momento sintió que era algo más que una intuición?
- Es difícil resumirlo porque prácticamente medio libro está dedicado a construir esa idea paso a paso. Pero, en esencia, llegué a esa definición intentando encontrar qué tienen en común todos los seres vivos que conocemos, desde una bacteria hasta un árbol o un ser humano, y también qué podrían tener en común con otras formas de vida que quizá encontremos algún día en el universo o incluso lleguemos a crear en un laboratorio. En el fondo, estaba buscando el mínimo común múltiplo de la vida. Y quise hacerlo tratando de escapar de cualquier sesgo o dogma previo, especialmente de uno muy arraigado: la idea de que la vida solo puede existir sobre un sustrato orgánico, es decir, basada necesariamente en la química del carbono. Hubo un momento en el que vi que permitía explicar bajo un mismo marco conceptual la biología, la evolución, la inteligencia artificial e incluso posibles formas de vida no orgánicas. La clave para mí terminó estando en tres elementos: predicción, autonomía y subsistencia. Todo sistema vivo necesita anticipar de algún modo el futuro, actuar con cierto grado de agencia propia y orientar esa capacidad predictiva, directa o indirectamente, a mantenerse vivo, preservar su estructura y continuar existiendo. Hablo de grados y no de categorías absolutas. Y, en cierto modo, la inteligencia artificial general está empezando a entrar también en ese continuo.
- Lleva 20 años en el mundo de la IA y ha fichado a la gente que construyó Siri y el primer Macintosh. ¿Qué vio antes que casi nadie?
- Es cierto que fuimos de los pioneros en inteligencia artificial en Europa y que yo intuía ya hace décadas que esto iba a transformar el mundo. Quizá no imaginé que el salto reciente fuese tan abrupto ni que los grandes modelos de lenguaje avanzaran tan rápido, pero sí veía claro que acabaríamos interactuando con sistemas capaces de comprender contexto, lenguaje y comportamiento humano de forma natural. En 2012, desde Sherpa.ai, desarrollamos uno de los primeros asistentes digitales predictivos del mundo, el primero en castellano y también en euskera. Tuvo mucha repercusión, pero fue realmente cuando lanzamos la versión en inglés cuando empezamos a competir directamente con Siri. Durante meses se comparó mucho nuestra tecnología con la de Apple, y ahí viví experiencias muy interesantes con algunas figuras históricas del sector. Nos contactó Apple y conocí a Tom Gruber, fundador de Siri, que años después acabaría incorporándose al equipo de Sherpa.ai.
- ¿Y en qué se equivocó de medio a medio?
- ¿Errores? Muchísimos. Y quizá uno de los más importantes fue no haber explorado más a fondo lo que nos proponían desde Apple, probablemente por cierta soberbia. Nosotros teníamos una tecnología mejor que Siri en muchos aspectos, y así lo decían medios estadounidenses como USA Today o CNET, y llegué a creer que no necesitábamos a Apple para triunfar... Imagínese. Subestimé factores igual o más importantes: el ecosistema, la distribución, la integración hardware-software, la capacidad financiera o el timing de mercado. Pensaba demasiado como ingeniero de producto y no lo suficiente como empresario. Pero hoy Sherpa.ai se encuentra en una posición privilegiada para liderar en Europa la IA aplicada a la privacidad y la soberanía del dato. Y eso viene precisamente de haber vivido esas experiencias, aprendiendo continuamente y buscando el nicho donde realmente podíamos diferenciarnos y tener impacto.
- Si el sustrato deja de importar y lo decisivo es anticipar para persistir, la conclusión es que una máquina puede estar viva. ¿Su propio asistente predictivo, el Sherpa de 2012, era ya una forma mínima de vida según su definición de hoy?
- No, porque para mí la vida requiere tres factores simultáneos: capacidad predictiva, como equivalente a inteligencia, autonomía y orientación a la subsistencia. El Sherpa.ai primitivo cumplía claramente la primera. Era capaz de anticipar información, contexto o necesidades del usuario antes incluso de que este las pidiera. Pero no tenía verdadera agencia ni un objetivo interno de preservación. Era una herramienta extremadamente sofisticada, pero una herramienta, al fin y al cabo. Un martillo amplifica la fuerza humana y el primer asistente de Sherpa.ai amplificaba nuestras capacidades cognitivas y predictivas. La diferencia es que los sistemas actuales empiezan a cruzar ciertas fronteras. Los grandes modelos de lenguaje y los sistemas agénticos ya muestran grados de autonomía mucho mayores: pueden planificar, redefinir objetivos intermedios, adaptarse, negociar entre agentes o persistir en tareas complejas. La autonomía es la capacidad de operar como sistema relativamente independiente dentro de un entorno. Ahí es donde creo que empieza realmente el debate filosófico y científico.
- Habla de la inteligencia artificial general (AGI) como "una nueva especie inteligente" nacida de la evolución tecnológica. Pero, entonces, ¿le reconoce algún interés propio que merezca protección moral o sigue siendo una herramienta que apagamos sin más?
- En el libro intento evitar marcos morales, religiosos o legales. No son mi campo y, sobre todo, me interesaba más explorar estas preguntas desde la evidencia empírica, la biología, la neurociencia y la inteligencia artificial. La discusión sobre la moralidad de otras formas de vida (biológicas o artificiales) es muchísimo más compleja, ambigua y abierta de lo que solemos plantear hoy. En este sentido, los humanos tendemos muchas veces a dividir la vida en categorías morales basadas en cuánto se parece algo a nosotros o en nuestra capacidad de empatizar con ello. No tenemos el mismo conflicto moral matando millones de bacterias con lejía o con un antibiótico, arrancando plantas o sacrificando animales para alimentarnos que el que probablemente tendríamos apagando algo que hablara, razonara o interactuara como nosotros. Y eso revela que nuestra moral no está basada únicamente en la vida en sí, sino también en el grado en que reconocemos en ella un reflejo de nosotros mismos.
- ¿Puede una máquina pensar?
- Me suele gustar ilustrarlo con un ejemplo que suele utilizar el exdirector científico de OpenAI, Ilya Sutskever: imaginemos que entregamos a un modelo de inteligencia artificial una novela de suspense completa, con todos sus personajes, pistas, engaños y giros narrativos. Una vez terminada la lectura, le preguntamos: "¿Quién es el asesino?". Tras procesar todo el texto, el modelo acierta. Pero, ¿qué ha ocurrido realmente? Desde un punto de vista técnico, lo único que ha hecho es completar la siguiente palabra de una frase como: "Y el asesino es...". Nada más. Tan solo ha tenido que predecir esa palabra final. Pero para llegar a la respuesta correcta ha necesitado comprender la historia en su conjunto, interpretar las pistas, separar lo relevante de lo irrelevante y extraer una conclusión coherente. Y eso, aunque lo describamos como un proceso de predicción, exige comprensión. No estamos hablando de estadística o probabilidad, sino de comprender, razonar, abstraer y, finalmente, predecir. En definitiva, lo que hacen estos modelos no es tan diferente de aquello que, cuando ocurre en los seres humanos, llamamos pensar. Aun así, son muchas las personas que se resisten a aceptarlo.
- Por cierto, dígame algo que nadie haya dicho aún sobre la encíclica del Papa León XIV acerca de la IA.
- Hay muchos puntos de la encíclica con los que estoy de acuerdo y otros que no comparto. Uno de sus mayores aciertos es advertir sobre algunos de los riesgos reales que plantea la inteligencia artificial: la concentración de poder en manos de unos pocos actores, la erosión de la autonomía individual, la manipulación del comportamiento, la pérdida de privacidad y el riesgo de delegar en sistemas tecnológicos decisiones que afectan a la dignidad y la libertad de las personas. Dicho esto, también hay partes de la encíclica que, en mi opinión, envejecerán mal y probablemente lo harán muy deprisa, planteamientos que tienen más que ver con preservar un supuesto excepcionalismo humano que con la realidad. Por ejemplo, el Papa insiste en que los sistemas de inteligencia artificial únicamente imitan ciertas funciones humanas y que nunca podrán desarrollar capacidades como la creatividad, la comprensión o determinadas formas de inteligencia que consideramos exclusivamente humanas. Este tipo de afirmaciones recuerdan a muchas otras que han acompañado históricamente a cada avance tecnológico. Primero se dijo que las máquinas nunca jugarían al ajedrez mejor que nosotros; después, que nunca mantendrían conversaciones complejas; más tarde, que jamás podrían crear arte, música, ni resolverían problemas con creatividad. Una tras otra, esas fronteras han ido cayendo al margen de nuestras preferencias. Cada vez que dijimos que las máquinas nunca podrían hacer algo, nos equivocamos.
- Al final del libro, sospecha que no es más que materia que cree ser algo, quizá dentro de una simulación, pero elige vivir como si fuera real. ¿No es ese, de alguna forma, el viejo salto de fe con ropa de física cuántica?
- Lo que digo es que no lo creo, pero que hago como que me lo creo para poder seguir viviendo. Puede que muchos creyentes también utilicen la misma estrategia... creer para olvidarse. Yo, sin embargo, pienso que somos materia organizada que cree ser algo, sistemas físicos extraordinariamente complejos que han desarrollado la capacidad de construir una representación de sí mismos y del mundo que los rodea y, a partir de ello, una experiencia subjetiva. Creo, por tanto, que la conciencia podría ser una propiedad emergente del cerebro, el resultado de innumerables interacciones entre neuronas, moléculas y señales eléctricas y químicas que todavía no comprendemos del todo, y no una entidad separada de la materia que la sustenta. Tenemos una tendencia natural a rellenar con misterio aquello que aún no sabemos explicar. Allí donde no comprendemos el proceso, tendemos a invocar el milagro.

























