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La historia de superación de Carla, amputada de pies y manos: "Soy la misma en versión mejorada"
Noa de la TorreTexto David GonzálezFotografías TextoFotografías · 2026-05-15 · via Papel

Carla Maronda recuerda perfectamente la sensación de abrir los ojos por primera vez, de tragar saliva por primera vez, de respirar por primera vez y de ponerse en pie por primera vez. Lo recuerda porque tuvo que aprenderlo todo en el tránsito de los 25 a los 26 años.

Carla, que ahora tiene 27, ha decidido cambiar de manos porque las primeras que eligió de color negro le daban calor. Funcionar con batería es lo que tiene.

Carla, que aún le reprocha a su médico que la quisiera matar redactando su parte de defunción, bromea con el día que se cayó de fiesta en una discoteca. No porque fuera muy borracha, sino porque sus piernas, que no tienen tobillos y no se doblan por debajo de la rodilla, no dieron para más. Y nos lo muestra: «¿Ves cómo no puedo hacer sentadillas?».

Por lo demás, todo en su día a día es normal, «aunque esté mal decir la palabra normal», puntualiza. Carla es una joven de Xàtiva (Valencia) que abrirá su propio despacho de abogados en septiembre y cuya siguiente meta vital es conducir, a pesar de que la Dirección General de Tráfico (DGT) no se fía. Ella responde: «Si fuera un peligro no lo haría, porque soy la primera que no quiero volver a morir». Y otra cosa: «Me han dicho que no, y yo llevo muy mal que me digan que no».

Porque Carla no es solo una veinteañera amputada de pies y manos con unas prótesis que cuestan 200.000 euros: «No soy únicamente el cúmulo de las cosas que me han pasado, sino lo que yo he decidido hacer con lo que me ha pasado».

Por ejemplo, publicar un libro como El día que volví a abrir los ojos (editorial Kailas), y que le ha costado bastante escribir. No tanto por tener que teclear cada palabra con sus muñones como por tener que ordenar todo lo vivido desde el «putísimo 23 de marzo» de 2024. Aquí va esa sucesión de acontecimientos a la que se refiere.

Lo que en principio iba a ser aquel día una operación quirúrgica para extirpar un quiste en la ingle acabó con Carla en coma durante 12 días. Nada hacía presagiar lo que pasaría después cuando Carla abandonó el hospital por su propio pie y se fue a un concierto esa misma noche. Al hospital regresó a las pocas horas con lo que entonces parecía una simple gastroenteritis. Resultó ser el inicio de un shock séptico y un fallo multiorgánico provocado por la bacteria Staphylococcus aureus. Se le metió en el cuerpo durante la operación y la dejó al borde de la muerte, con cuatro paradas cardiorrespiratorias. En términos médicos, con las «constantes vitales incompatibles con la vida». Así se lo explicaron al padre de Carla para hacerle entender que tenía que despedirse de su hija.

Cabezota como ella sola, Carla despertó. El momento lo describe en el libro:

«No sé qué ha pasado. No puedo moverme. No tengo musculatura. Intento hablar y tampoco puedo. Estoy conectada a un respirador que respira por mí. Cuando intento hacer el esfuerzo para sacar una palabra, el tubo me ahoga, me entra pánico, así que aprendo rápido, aprendo a tranquilizarme, a respirar con la máquina, a no luchar contra ella, a sobrevivir sin hablar».

Fue el día que volvió a nacer en una cama de hospital. El día que volvió a abrir -literalmente- los ojos. «Pero de alguna forma también los he abierto a una nueva vida, a unas nuevas circunstancias y a nuevos sueños», cuenta. De hecho, hay una idea que repite: «Yo quería vivir y no limitarme a existir, y es lo que estoy demostrando». Porque se puede sobrevivir como hizo Carla, pero para ella no es suficiente.

Y eso que, en medio de todo el dolor, llegó a preguntarse para qué quería estar viva: «¿Para qué coño me han salvado?». El médico acababa de decirle: «Los pies se van fuera». Y cuando ella le preguntó por las manos, la respuesta no pudo ser más cruel: «Tú no tienes manos, tus manos están muertas». La vida acababa de mostrarle a Carla que tenía un precio.

Las nuevas manos de Carla.

Las nuevas manos de Carla.

Por culpa de la necrosis, perdió las cuatro extremidades. Para que lo entendiese, una doctora le puso el ejemplo de un bosque quemado. Tras el fuego devastador, hay partes del bosque que llegan a regenerarse. Hay otras, sin embargo, que nunca vuelven a ser lo que fueron. El cuerpo de Carla era ese bosque arrasado por un incendio.

Sobreponerse a aquello es difícilmente imaginable. Primero fue el dolor: «El dolor físico ha sido horrible. Ha llegado a unos niveles de no poder ni estar con los ojos abiertos, ya que tuvieron que quitarme hueso, piel, nervios, músculo... Cortaron todo». Luego fue el espejo: «Me costó volver a mirarme al espejo. Yo era una persona joven, deportista y con las piernas muy largas y bonitas. Y que el espejo me devolviese una imagen totalmente diferente a la que estaba acostumbrada fue duro y complejo». Y, por último, fue el aprendizaje desde cero: «Tuve que aprenderlo todo otra vez. Todo. A relacionarme con mi cuerpo, a reeducar al cerebro para utilizar mis manos, a encontrar el equilibrio sobre unas prótesis, a subir y bajar escaleras, a no caerme en una rampa...».

Carla, que cuando salió del hospital no podía valerse por sí misma y necesitaba ayuda hasta para ir al baño o comer, es hoy una chica autónoma gracias a sus prótesis. «Creo que me queda aprender a ponerme los zapatos, porque no sé atar cordones todavía. Abrochar un botón también me cuesta muchísimo. Poco más me queda. Y miedo no tengo ninguno».

Casi se diría que Carla habla y habla mientras mueve sus manos multiarticuladas de manera inconsciente. No es cierto. Manejarse con estas prótesis -87.000 euros cuesta cada una- ha sido de las cosas más frustrantes a las que se ha enfrentado en todo este proceso.

Para empezar, Carla se queja de que hay un detalle del que nadie habla: el peso de las prótesis. Si cada mano protésica pesa kilo y medio, cada pierna pesa tres. «Es peso externo, algo que no forma parte de ti, tu sistema nervioso no lo reconoce como propio, tu musculatura no nació para sostenerlo y tus hombros lo sienten, tus caderas compensan, tu espalda lo nota, tu cuerpo, al principio, lo rechaza», escribe.

Así que caminar no es solo caminar, como dice ella. «Es gestionar equilibrio, alineación, fricción, es sudor dentro de encaje, piel que se irrita, pequeñas heridas que aparecen donde antes no existía roce, es quitarte la prótesis al final del día y sentir alivio, aunque también vacío». O más gráficamente, es entender que «una planta del pie está diseñada para sostener el cuerpo y aguantar peso durante todo el día, mientras que un muñón no». «La piel del muñón es piel, en mi caso, del gemelo, que se ha formado para poder apoyar», describe.

Y, cuando parece por fin que una se ha acostumbrado al peso de las prótesis, todavía hay más: saber manejar los electrodos de unas manos robóticas con los propios muñones. De soportar las prótesis hay que pasar a activarlas, lo cual no es nada sencillo. No se trata de «pienso y la mano se mueve». «Hay que contraer unos determinados músculos para que los electrodos capten la señal y la mano haga un movimiento». Cada uno de los cuatro sensores recibe una orden: abrir, cerrar, girar a la derecha, girar a la izquierda. Es lo que Carla llama «reeducar al cerebro».

Ella se pone las prótesis sin ayuda de nadie. «También tengo que cuidarlas limpiándolas todos los días, sobre todo después de usarlas durante mucho tiempo. Puede haber piel muerta o sudor y hay que desinfectarlas para que no causen úlceras ni hagan daño», detalla. «Y poco más».

«Mi día a día al final es normal, aunque lo he tenido que adaptar a mi nueva circunstancia, sabiendo qué cosas puedo hacer con las prótesis y cuáles con los muñones», comenta Carla. ¿Es posible tomarse el café de la mañana y maquillarse con muñones? Ella demuestra que sí en sus redes sociales. ¿Es posible montar a caballo con prótesis en manos y piernas? Nadie confiaba, pero ella volvió a hacerlo con su querido Bolero. «Soy la misma persona que antes, pero en una versión mejorada», ríe.

«He aprendido muchísimas cosas, he madurado con todo este proceso y he podido ver otra perspectiva de la vida». ¿Cuál? «La de disfrutar más de lo que tenemos y no centrarnos tanto en lo que nos falta. Creo que vivimos muy rápido y tenemos tantas cosas que hacer que nos olvidamos de quien tenemos al lado».

Me costó volver a mirarme al espejo. Yo era una persona joven, deportista y con las piernas muy largas y bonitas

Carla quiere añadir algo:«Lo que yo he hecho lo he hecho por mí y por nadie más. Me he superado por mí, por vivir mi vida y no hay nada de épica en eso. Entiendo que contando mi historia puede haber gente a la que ayude, pero no me gusta la sociedad de cristal en la que vivimos. Todos tenemos problemas y situaciones complicadas, pero con ganas, lucha y fuerza se puede salir de donde queramos».

Aun así, Carla no juzga. Respeta, por ejemplo, la decisión de Noelia Castillo, la joven de 25 años que recibió la eutanasia el pasado mes de marzo tras una batalla judicial de más de dos años. «La entiendo. Creo que no somos nadie para juzgar la vida de la gente. Cada uno tenemos nuestras propias circunstancias, tanto físicas como psicológicas. Cada persona sabe lo que está sufriendo en sus propias carnes».

En su caso, nunca quiso tirar la toalla, por mucho que el sufrimiento se hiciera insoportable. Y reitera lo de «nunca». «Pienso que en esos momentos tan difíciles no hay que focalizar más allá, sino que hay que centrarse en pasar el día. Te tienes que decir:'Voy a hacer todo lo posible para superar este día de la mejor manera y que no me duela tanto'. Se trata de salvar obstáculos día tras día, pues de lo contrario te ahogas».

Leticia Pérez, su psicóloga, describe en el libro el mecanismo de supervivencia que sirvió al cerebro de Carla para protegerse y amortiguar el impacto de un trauma así:la disociación. Es decir, «como si una parte de la mente tomara distancia para poder soportar lo que está ocurriendo, como si observara la escena desde fuera».

Carla, en su casa junto a su perro.

Carla, en su casa junto a su perro.

El camino que emprendió Carla desde entonces lo describe su psicóloga como de «crecimiento postraumático»: «No porque el sufrimiento sea bueno ni porque las pérdidas dejen de doler, sino porque algunas personas encuentran, en medio de esa ruptura, una nueva forma de afrontar la vida».

Para ayudar a otras personas amputadas, Carla creó la asociación Tus manos son mis manos. El objetivo inicial era en realidad recaudar fondos para financiar unas prótesis cuyo coste «desproporcionado» no cubre por completo la Seguridad Social. Carla, a quien la Administración tardó año y medio en reconocer la ayuda de un asistente personal, denuncia que lleva invertidos en sus piernas 23.000 euros. En sus manos, unos 95.000 euros. «Si se impide a alguien el acceso al tipo de prótesis que necesita, a esa persona se le impide llevar una vida en las mismas condiciones que cualquier otra», advierte. Aquí es cuando saca su faceta de abogada: «Para mí, es una desigualdad constitucional».

Con 27 años, Carla habla de su «cementerio personal». «Donde enterré manos, pies y personas, también enterré una parte de mí», confiesa en el libro. «Pero lo que murió no fue en vano, fue el precio de convertirme en alguien que, aunque incompleta en el cuerpo, está más completa por dentro».