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Las pinturas más vistas de España: Chamartín recupera el brillo de sus murales gigantes
Luis AlemanyTexto Ángel NavarreteFotografías MadridTextoFotograf · 2026-06-09 · via Papel

El pintor José Lucas era «un hombre muy fuerte, un hombre grande con una anatomía muy potente. No era muy alto, era macizo, pero también era fibroso. No era un hombre gordo en esa época. Era un hombre en forma", cuenta su hijo, el poeta y periodista Antonio Lucas. "Le gustaban los retos físicos al pintar, meterse en obras muy grandes, como si entrara en combate. Lo que le seducía era llevarse a sí mismo hasta el límite. Pintar no solo era una gestualidad, tenía que ser una entrega, tenía que ser una brega agotadora. [Su obra] El retablo de la lujuria es un papel de 14 metros de largo y tres y pico de alto. Y los murales de Chamartín son de 12 o 13 metros cada uno. Él pintaba con los botes de pintura en la mano y pesaban un quintal. El bote en la izquierda y las pinceladas con la mano derecha. Tenía una capacidad física asombrosa. Había sido un niño de pueblo, de los que corren por los montes. Era muy buen nadador, nadaba en el río cuando el río de su pueblo no estaba represado y las corrientes eran muy fuertes. Hacía Madrid entero a pie, podía caminar 20 kilómetros al día. Yo lo he visto cargar con materiales de pintura de la Plaza de San Ildefonso hasta el estudio en Conde de Xiquena. Iba cargado como un sherpa".

Los murales a los que Antonio Lucas se refiere son el conjunto de 22 composiciones y cerca de 8.000 piezas cerámicas que su padre pintó e instaló en las escaleras que subían de las vías y bajaban a los andenes en la vieja Estación de Chamartín de Madrid. Instaló aquellos murales en 1989. "Tenía 44 años. Seis menos que yo ahora", explica Antonio.

En 2023, cuando José Lucas ya tenía 77 años, empezaron las obras para construir una nueva infraestructura sobre el edificio original de Corrales y Molezún. El pintor supervisó el desmontaje de aquel gigante de su obra plástica que habría de ser restaurado. Un mediodía, a la hora de comer, el pintor tropezó y cayó en medio de las obras. Sufrió una compleja rotura de cadera. Cinco días después murió.

"José Lucas fue uno de los mejores exponentes del informalismo pictórico que amplió el cuadro del arte español en los años 70. Lo amplió y, a la vez, investigó en su historia: sus lienzos eran matéricos y expresionistas como los de Tàpies y los artistas de El Paso, pero eran de colores abrasivos, tenían un carácter volcánico y hablaban de un mundo de faunos y amantes, que remitía obviamente a Picasso". Así describía su carrera su obituario en EL MUNDO.

Al cabo de dos años y medio, Chamartín entra en la fase final de su reforma y los murales de Lucas aparecen reparados y brillantes en el gran pasillo central que emplean los viajeros para salir a la calle, para entrar en el Metro o para cambiar de tren. Es el espacio más concurrido de la estación de los 46 millones de pasajeros al año, el más nervioso y crucial, y 15 de las 22 composiciones de Lucas están ya instaladas sobre unos bastidores anclados a sus paredes. Ninguna obra de arte tendrá tanto público en España. Ninguna tiene una historia tan desmesurada.

"Mi padre pintaba de pie sobre los azulejos. Al principio, le hicieron una mesa en la que disponían las piezas cerámicas, pero la mesa no le funcionó bien, no estaba cómodo. Entonces decidieron que lo mejor era trabajar en el suelo. Aquella fábrica cerámica estaba en Villarreal, en Castellón, al lado del pueblo de Manuel Vicent. No sé si sigue activo, pero había un negocio familiar de azulejos y la gente que trabajaba allí le encontró una especie de hangar vacío para que trabajase. Lo despejaron y en el suelo los operarios le fueron colocando las piezas. Lo recuerdo pintando de pie, inclinado sobre la superficie a transformar. Me recuerda las imágenes míticas de Pollock en la revista Life. Cada poco rato subía a un andamio colocado junto al mural y, desde arriba, lo observaba. Después bajaba de nuevo, corregía o continuaba pintando".

Detalle de uno de los murales de José Lucas que ha sido restaurado.

Detalle de uno de los murales de José Lucas que ha sido restaurado.

"La cerámica escogida para esta obra, titulada en conjunto El espejo de un viaje infinito, es muy dura y permitía pisarla con un zapato de suela blanda. Eso le permitía moverse con agilidad y libertad. Tiraba la pintura y empezaba a darle forma con los pinceles como si fuera una esgrima. Yo tenía entonces 11 o 12 años y recuerdo perfectamente cómo se quedaba mirando aquella especie de Moby Dick blanco. Y luego se lanzaba a la caza de la ballena".

¿Era reflexivo o impulsivo José Lucas al pintar? "Era más reflexivo", contesta su hijo. "Están los bocetos catalogados y a mí me generan un enorme asombro. Lo que fijaba en un papel A5 se reproducía en el tamaño inmenso de los murales. Si una mancha no le gustaba, la derivaba o pedía que le quitasen los azulejos y volvía a empezar sobre piezas nuevas. Si quería corregir algo, agarraba una escoba y maleaba aquello que no le convencía".

"Cuando estaba trabajando no era un tipo atormentado. Era en estado de reposo cuando le entraban algunas quiebras", continúa Lucas hijo. "Su entusiasmo era volcánico, una especie de murciano de dinamita, como decía Miguel Hernández en un poema. Cuando estaba con un proyecto fuerte entre manos, su ánimo se expandía y lo contagiaba. Cuando hacía obra muy grande necesitaba gente alrededor y toda esa gente también participaba de su ánimo. Recuerdo a aquellos chicos que trabajaban con él en el montaje de estos murales, gente del horno y la alfarería. Los domingos se hacía paella, porque se trabajaba todos los días. No descansaron durante meses. Y él, que tenía esa condición de niño levantino, convocaba a gente alrededor de su trabajo. No le importunaba que lo mirasen pintando. En los días de trabajo de estos murales tenía alrededor a unas 15 personas. No hablaba mucho cuando pintaba, pero disfrutaba escuchando".

Casi 40 años después de aquellas paellas de domingo en el patio de una fábrica cerámica familiar de Villareal (Castellón), los pasajeros de Chamartín recorren el pasillo de los mosaicos, ignorantes de que, tras una puerta, en medio de los accesos a los andenes 18 y 20, hay una especie de catacumba larga y estrecha, iluminada con unos focos potentes, casi quirúrgicos, que le dan un aire antiguo, como de cuadro tenebrista. En ese espacio, sobre una sucesión de tableros, se ha trabajado hasta hace unos días en la restauración de los últimos murales de Lucas para Chamartín.

El pintor, ejecutando una de sus piezas en la  fábrica  de Villarreal que convirtió en su taller.

El pintor, ejecutando una de sus piezas en la fábrica de Villarreal que convirtió en su taller.

En resumen, la tarea ha consistido en despegar los azulejos de su emplazamiento inicial con muchísimo cuidado, inventariarlos, limpiarlos, recuperar su color original, reparar aquellos que se habían fisurado y sustituirlos por piezas iguales cuando estaban definitivamente quebrados, volver a unirlos sobre unos bastidores ligeros e instalar estos en las paredes del nuevo Chamartín. Adif, la empresa pública que gestiona las infraestructuras ferroviarias, ha asumido la restauración y la instalación del conjunto en el nuevo edificio.

"En esa época, el cliente no era Adif, sino Renfe. Julián García Valverde era el presidente. No sé exactamente cómo llegó el encargo, pero entró un día en casa y dijo que acababa de tener una reunión con el presidente de Renfe. 'Hay un proyecto muy importante para Chamartín y me han animado a presentar ideas''" cuenta Antonio Lucas. "'No sé si va a cuajar', nos dijo. Durante dos o tres meses trabajó una propuesta con maquetas. Pintó unos cartones, pequeños bocetitos, para dar idea de su propuesta. Al final, presentó un proyecto técnico, un proyecto físico que fueron las maquetas y un proyecto conceptual, es decir, un texto en el que explicaba qué se podría hacer. A los tres o cuatro meses dijo en casa: 'Voy a pasar una temporada larga enredado con lo de Chamartín. Me voy a buscar lugares donde poder pintar. Esto me va a llevar un año y pico'".

"Primero estuvo en Alemania", continúa Antonio Lucas, "porque había allí unas empresas con unos hornos enormes. Luego miró en Barcelona, en otra fábrica, y luego viajó a Valencia y a Castellón. En Villarreal apareció esa empresa familiar que le dio todas las garantías de control posible. Tenía unos hornos fiables. Hacían falta cocciones de casi 1.000 grados y convenía precisar muy bien, estudiar las reacciones de las piezas cocidas, del color... Hubo que hacer muchas pruebas para ver cómo quedaban los rojos, los verdes, los negros, para que él tuviera un control del acabado final. Fue un proyecto de mucha prueba y error hasta que dieron con la fórmula exacta".

Hay un libro editado por Renfe en 1990, José Lucas, el espejo de un viaje infinito, con texto del filósofo Francisco Jarauta, que documenta aquella tarea increíble. Lucas aparece en las fotografías caminando sobre los azulejos: vaqueros, mocasines fatigados, camisa remangada, flexionado sobre las piezas cerámicas como si fuera un atleta, el pincel en la mano derecha y el bote de pintura en la izquierda, tal y como lo recuerda su hijo. Las manchas que pinta evocan su raíz de expresionista abstracto y algún eco del dripping de Pollock, pero no todo en el conjunto de Chamartín es tan abstracto. Las salpicaduras de Lucas crearon figuras asombrosas y los colores son nítidos. Los murales están dedicados a distintos poetas: Quevedo, Rubén Darío, Verlaine, Rimbaud, San Juan de la Cruz, Rilke, César Vallejo...

Un operario da los últimos retoques a la colocación de otro de los murales.

Un operario da los últimos retoques a la colocación de otro de los murales.

"Cuando mi padre empezó a trabajar con Adif en el proyecto de recuperación de los mosaicos, le pregunté cómo se planteó el trabajo y cómo lo veía 40 años después. Y después de un rato, dijo: 'Los hombres y mujeres estamos en tránsito en una estación. Nadie va a un lugar así a mirar nada. Y si se atiende a algo es a los paneles de información, nada más. Si yo hago estos murales en los accesos, lo que quiero es acompañar a quien marcha, a quien llega o a quien espera al que llega hasta el último momento. Mi compañía puede gustar o no, pero quien quiera, va a tener un abrazo en el color'. Eso contestó", explica el hijo del pintor. "Pasó muchas horas en las estaciones mirando cómo se comportaban los viajeros, a dónde miraban. Pensó que la mejor manera de acompañarlos era a través del color. La estación de Corrales y Molezún le entusiasmaba como arquitectura, pero era un lugar penumbroso y lo mejor que podía hacer por él aportar algo de luminosidad, un color que en invierno fuera calidez y en verano, un impulso".

¿Y la poesía? "Era un loco de la poesía. Los murales tienen inspiración en versos, en interpretaciones absolutamente libres de poetas que le gustaban. Tenía la poesía como motor de explosión de su trabajo. Su biblioteca de poesía era enorme y caprichosa. Todo lo que hacía en su vida se podía interpretar en clave poética. Sus amigos eran los poetas: Caballero Bonald, Ángel González, Carlos Bousoño, Paco Brines, Blanca Andreu, Ángeles Mora, Ana Rossetti, Luis Antonio de Villena, Jaime Siles... Él casi no frecuentaba artistas. No recuerdo ver en casa a muchos pintores. Sin embargo, me harté de ver poetas. Era su vida, era su pasión, era su entusiasmo. Dos días antes de su accidente nos vimos un rato en su casa y estaba leyendo una edición de Rilke con prólogo de Andreu Jaume. Ese libro quedó allí abierto, en la butaca donde él leía".