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El Mundo
Pedro Sim�n · 2026-05-01 · via Papel

Viajas en la parte trasera de un Kia blanco. Tu padre está al volante, tu madre ocupa el asiento del copiloto, tú vas atrás. Os desplazáis desde Valencia a Ciudad Real para celebrar la Nochebuena. Duermes con el cinturón de seguridad puesto y qué vas a saber tú lo que va a pasar en el instante siguiente. Son exactamente las 17.45 horas del 24 de diciembre de 2025 cuando sucede. No puedes creer dónde te has metido.

Lo puede contar tu padre, David: "El sol daba de cara. Subí aquel repecho. Al llegar a la cima, el coche que iba delante estaba casi parado en ese mismo carril. Debió de deslumbrarse y dar un volantazo. Yo también me deslumbré. Solo me dio tiempo a frenar y a extender el brazo para amortiguar el impacto de mi mujer".

Lo puede contar tu madre, Amparo: "Y, de repente, sonó un ruido muy fuerte. Me acuerdo de que no podía respirar. Del pitido en los oídos. De mi marido diciendo: '¡Hay que salir del coche!'. De que me puse a llorar al escuchar la frase de mi hija: '¡No me puedo mover!'".

O nos lo puedes contar tú, Elia. Veinte años. Una nueva vida desde Navidades. Esa forma irreverente tuya de plantarte ante la tetraplejia incompleta: "Iba dormida y de repente escuché ¡¡puuuuummm!! Había mucho polvo. Mi padre empezó a decir: '¡Salid del coche cagando hostias!'. Y yo: '¡No puedo!'. Y él: '¡No me jodas, Elia!'. No entendía nada. Arrancaron la puerta. Escuchaba voces: 'Vamos a sacarte de aquí, va a salir todo bien'. Recuerdo decirle: '¡Papá, si me quedo así... Mátame!'. Recuerdo querer llorar y no poder'".

Para saber más

Hay dos maneras de desbrozar esta historia. Contar lo que fue. O -mejor- contar lo que está siendo.

Y entonces hablar de la evolución tan positiva que está teniendo Elia Álamo en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo.

Y celebrar las siguientes oraciones: ya mueve el dedo gordo del pie derecho, ya es capaz de lavarse los dientes con un cepillo eléctrico, ya tiene dos sondajes al día en vez de cuatro. Festejar hasta el regreso de la menstruación en Semana Santa con ese humor que gasta: "Siento que me tocas, pero no siento el frío ni el calor... Eso sí, ¡¡la puta regla me tiene que doler!!".

Y bendecir todos y cada uno de los tacos que suelta entre risas en terapia ocupacional. Cuando algo se le cae de las manos y ella vuelve a intentarlo. Una y otra vez, una y otra vez.

(...)

Parece que aquel siniestro ocurrió hace diez años, pero solo han pasado cuatro meses. Debe de ser que el tiempo se empantana en un hospital, se aquieta.

La que no paraba en su sitio era Elia cuando era niña. Lo cuentan sus padres, quienes evocan una infancia desatada, inconfinable.

"Era una niña hecha con rabos de lagartija, no se detenía ni un segundo, siempre estaba haciendo cosas", comenta Amparo. "En vez de medicarla, preferíamos que hiciera deporte. Antes de que se sentara a hacer los deberes, la poníamos a saltar en una cama elástica".

"Era una niña búho, hiperactiva sin diagnosticar", ensancha la fauna David. "Por las noches siempre le costaba dormir".

Así que -después de la semana de sedación en Albacete- verla regresar así al mundo de los vivos fue como afrontar un examen nunca visto.

"¿Cómo una persona como ella iba a entender lo que le pasaba?", se pregunta/nos pregunta David con la mirada ausente. "Al despertar, no podía moverse de hombros hacia abajo y, para colmo, tampoco podía hablar. Solo se comunicaba con los ojos. En ellos, veía lo que sentía: enfado, impotencia... Nos entendíamos con un código a base de besitos: un muac era sí; un muac-muac era no...".

En esos días no podía, pero ahora ya sí que puede Elia.

Lo de comunicar: "No paraba de hacer cosas y, de repente, despiertas y no puedes mover el 95% de tu cuerpo. Eso genera mucha ansiedad".

Lo de sincerarse: "Estoy jodida. Cuatro meses después, todavía tengo mucho que asimilar".

Lo de volver atrás: "Al principio lloraba mucho. Estaba en la UCI con collarín sin moverme, mirando al techo desde la siete de la mañana a las doce de la noche. Bajo un foco. Con morfina, propofol y todo tipo de drogas... Tenía paranoias: veía humo en el techo y le decía a la señora de la limpieza que limpiara ese humo... La pobre señora pasaba la escoba por arriba para que me quedara tranquila".

Lo de regarlo todo con humor: "Al llegar, esto era yo [recoge las extremidades con dificultad y las repliega en el pecho]: un pollito. ¿Me ves? Un pollito que no podía extender los brazos".

Y, desde entonces, las buenas (pero lentas) noticias: una mejora en la movilidad de las extremidades superiores, cierta recuperación en la psicomotricidad de las manos, el breve tremor del dedo gordo del pie... Quién sabe hasta dónde es capaz de llegar un búho con rabo de lagartija.

Lo tienes claro si observas la evolución de las escenas grabadas que te muestra su padre con orgullo animal. "Mírala en este vídeo". "Mírala en este otro". "Con las manos no puede pinzar. Ese movimiento lo hace usando la muñeca. Es lo que ella llama su garra de dinosaurio".

"El primer pensamiento fue qué ha pasado; luego fue de no creer"

Elia Álamo, lesionada medular

Como en aquel juego de los barquitos donde tenías que tratar de mantener tus naves a flote, la joven ahora se mueve en dos coordenadas. Fue un C5. Ahora es la 3B.

C5. La fractura limpia fue en la vértebra cervical número 5. El mismo día del accidente fue intervenida de aquella fractura limpia (con sección medular parcial y no entera) y la C5 fue fijada a la C4 y a la C6.

3B. Elia es ahora la chica de la habitación 3B, donde está ingresada con otras dos jóvenes de edad muy similar. Una de ellas sufre una paraplejia. La otra, una tetraplejia completa. "Menos mal que nos hemos juntado tres gilipollas", dice y sonríe. "Si no estuviese con gente como ellas, creo que me hubiese hundido".

Y qué potente es el humor.

Y cómo -en su caso- ha sido así desde el principio.

"Cuando me fueron a operar en Albacete, me preguntaron por los piercings, porque no me podían operar con ellos puestos... Yo tenía un montón por ahí. En los pezones, en la oreja... Y dos microdermales en la espalda [implantes subdérmicos que se anclan bajo la piel dejando visible una joya]. Ellos: '¡¿Qué tienes qué?!'. Y yo: '¡Dos microdermales en la espaldaaa!'. Y ellos: '¡¿Pero cómo te pones eso, chica?! ¡Te los tenemos que quitar!'. Y yo: '¡Pero que son de titanioooo!'. Y ellos: '¡Lo mismo da, todo fuera!'. Y yo: '¡Noooooooo!'. Y ellos: '¡Síiiiii!'. Y así lo hicieron: a tomar por saco los microdermales".

(...)

El Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo es un suerte de compás de espera. Lo más parecido a un box de la fórmula 1 donde 700 profesionales tratan de arreglar la suprema avería a la necesaria velocidad del caracol. Un luminoso pabellón donde los heridos van llegando con sus destrozos desde los silentes frentes de guerra: el coche, la bañera, la moto, el andamio, una acera.

"Ahora, la primera causa de ingreso por lesión medular en España no son los accidentes de tráfico, sino las caídas casuales. Esto habla del envejecimiento de nuestra población. El tipo de lesiones es un perfecto reflejo de la evolución de nuestra sociedad", nos explica Miguel Ángel Pérez, jefe de Comunicación de la entidad. "Al principio, era el tráfico: porque el cinturón no era obligatorio y las carreteras estaban en muy mal estado. Después, cuando se permitió conducir motos de 125 cc con el carné del coche, hubo un boom de accidente de este tipo. Vino entonces la época de los Quads y, de repente, cada agosto, había siete u ocho lesionados. Llegó el auge de la construcción y subieron los lesionados por accidente laboral. Estalló la burbuja y bajaron estos accidentes. En verano, suelen haber ingresos por zambullidas. Y ahora... estamos viendo un aumento de heridos que, a la mediana edad, se han incorporado al mundo de la bici".

Aquí hay niños que tienen la médula seccionada a esa edad en que se cree en el ratoncito Pérez.

Y un joven que se tiró desde las alturas para tratar de quitarse la vida y no lo logró, que ingresó aquí y volvió a caminar, uno que ya nunca más pensó en morir y que ahora es médico y viene de vez en cuando para dar las gracias.

Y familias enteras descoyuntadas por alguien que las embistió mientras conducía mirando el móvil.

Y cerca de 200 pacientes ingresados con una estancia media de cuatro meses de duración.

Y un centenar de neurocientíficos investigando en 17 laboratorios.

Y, en el medio de todo -como un faro destellante-, la sonrisa cañón de Elia.

"Te sientes culpable. Ibas al volante y piensas que podías haber hecho más"

David, padre de Elia

"Me levanto a las ocho y me meten en una especie de bañera camilla, me asean, me arreglan el pelo un día sí y un día no. Desayuno, me visten, me tomo las pastillas. Y empieza la caña: hoy, martes, primero es la electroestimulación, luego va la bici (me fijan los pies con velcro y hacen que se muevan como si pudiera dar pedales), termino en terapia ocupacional. Luego viene la comida. Y lo más sagrado del mundo es lo que va después... Siesta desde las dos y media hasta las cinco. Meriendo. Y aquí me tienes: nos darán de cenar a las ocho y a las nueve ya estaremos en la cama. Pero, ahora, os tengo que dejar porque me toca ir con mi fisioterapeuta favorita...".

En efecto. Se llama Rebeca Trenado, es madre de una hija, tuvo que atender a Elia en la UCI haciendo con ella fisioterapia cardiorrespiratoria y se encarga de hacerle el mundo un poco más agradable a los pacientes.

"Con Elia hacemos fisioterapia neurológica", cuenta. "El vínculo no es solo profesional. Emocionalmente, Elia está regular, pero se abre mucho y te cuenta. Es muy temperamental, tiene un pronto muy intenso, pero luego es una niña encantadora".

Elia Álamo no es solo Elia La De La 3B. Es la camarera y la monitora de tiempo libre en Pirineos, la socorrista y la que quería trabajar con animales hasta que comprobó que era alérgica a los gatos, la que había empezado a hacer de modelo para una agencia y la que estudiaba para ser técnico de rayos. Todo eso y más.

"Para mis padres ha sido muy duro. Han pasado de verme intubada y en coma a como estoy ahora: ver cómo empiezo a expresarme, verme hablar, verme abrir los ojos por primera vez...".

Pero regresemos un instante con David, el padre de Elia, para quien no pasa un solo día -confiesa delante de otro café- en que no siga rumiando lo que pasó, en que no le siga dando vueltas y más vueltas al siniestro, en que su cabeza no le dé al botón del rewind de un modo obsesivo.

"La saqué extendida en bloque, en posición de defensa, ladeada... Me he formado en esos auxilios... La mujer que había causado el accidente explicaba: 'Nos hemos deslumbrado...'. Mi hija decía: 'Papá, tú no tienes la culpa'. Eso decía y dice Elia... Pero uno se siente culpable, claro. Tu cabeza te recuerda que tú ibas al volante y no sabes si podías haber hecho más".

Aquel padre se hizo nada más que dos brechas a causa de las gafas, se lesionó el tabique y los pómulos por el airbag, sufrió un hematoma óseo en la mando derecha.

Aquella madre acabó con la muñeca izquierda, una costilla y la clavícula derecha rotas.

La culpa, decíamos. Y la consiguiente rueda de hámster de los ysis.

"¿Y si hubiese venido mi hijo en el coche y entonces ella no se hubiese quedado dormida?", nos pregunta/se pregunta.

"¿Y si hubiésemos salido más tarde y entonces no me hubiese deslumbrado?".

"¿Y si hubiese hecho otra cosa al volante en ese segundo?".

"¿Y si...?".

(...)

"El primer pensamiento fue: '¡¿Pero qué ha pasado?!'... Luego todo era como de no creer", recuerda Elia. "La realidad es que tengo una lesión incompleta y puedo llegar a recuperar bastante o nada. Tengo que aprovechar al máximo todo el tiempo que esté aquí dentro, porque una vez que esté fuera todo será pagar y pagar... No me queda otra: tiempo, esfuerzo y paciencia. De esta última no sabía yo que tenía tanta, vaya... Eso es lo que me ha enseñado el accidente: lo paciente que soy, sí; pensaba que lo iba a llevar peor, pero siento que, para la lesión que es, lo estoy llevando bastante bien".

Se llama Pau, es el novio de Elia y uno de los grandes responsables de que haya una hoja de ruta sin arrugar.

Pau, con quien tiene pensado viajar a Noruega y a Japón, nos comenta.

Pau, que -como ella- cuenta con 20 años, estudia un grado universitario de deportes y vive en Xàtiva (Valencia).

Pau, siempre Pau, no puede ser una "persona más bonica" Pau. "Cuando el accidente, quería venir a estar conmigo, pero le dijeron que solo podía estar la familia directa... Entonces él llegó a decir que... se casaba conmigo para poder estar en la habitación".

En el vídeo de Instagram que nos muestra Elia haciendo de modelo (_.eliag._), sale posando con un conjunto negro de chaqueta y pantalón, con unos pendientes de aros dorados, cruzando las piernas con mucha gracia, tumbada en el suelo y desplegando su cabello en hermosísimos bucles. La grabación está fechada apenas tres semanas antes del siniestro.

Y con qué delicadeza posa y qué contenta se la ve entonces. Y qué manera de hacernos reír ahora en la silla con la anécdota en la que le pidió a la enfermera Ana que le cortara la cabeza.

"Los estudios dicen que hacen falta entre dos y tres años para asumir lo ocurrido"

Carmen Fernández, psicóloga de Elia

"Lo más bonito de nuestro trabajo es que, si no es una lesión completa y muy alta, siempre va a haber margen de mejoría; a lo mejor un paciente no puede mover las piernas, pero sí logra hacer muchas otras cosas y una gran recuperación funcional", afirma Ramiro Palazón, jefe de servicio de Rehabilitación. ¿El error? "Cuando a la gente se le dice : 'Uy, vas a salir corriendo de ese hospital'. Generar esas falsas expectativas. Porque aquí hay muchos trastornos adaptativos".

Que se lo digan a Carmen Fernández, psicóloga clínica de la institución, quien habla de su paciente con optimismo. "Elia tiene muchos rasgos protectores: su alegría, se ríe de lo que sea, es extrovertida, tiene un entorno familiar de mucha calidad", sostiene. "Los estudios dicen que hacen falta entre dos y tres años para asumir lo ocurrido".

O acaso bastante menos, quién sabe.

El pasado 24 de marzo, la chica mitad búho mitad lagartija hizo toda una declaración de intenciones en su cuenta de Instagram: "Hoy hace cuatro meses de lo que, en un principio, habría dicho que sería mi mayor pesadilla y que, a día de hoy, pienso que es un aprendizaje más y una etapa que, por desgracia o por suerte, me ha tocado vivir. Tras tres operaciones y una lucha constante, puedo decir que estoy viva".

Y en el carrusel de fotos la vemos dormida con un esbozo dulce en la cara en un descanso; celebrando que ha colocado bien todos los palitos en sus agujeros en terapia ocupacional; recibiendo cinco besos de Pau, unas flores y un libro en la cama del hospital.

Falta un regalo para Elia. Ese regalo es cosa de Kennet, un hombre que a los 20 años también se quedó tetrapléjico. Uno que también ingresó en Toledo para tratar recuperarse. Uno que hoy ejerce de psicólogo en Málaga.

-Aquella mujer vino a la consulta porque estaba preocupada por su celulitis. Al regresar a la segunda cita, le dije que si había hecho los ejercicios mentales que le pedí. Me dijo que no. Le pregunté el motivo. La mujer no pudo ser más sincera. Me soltó: 'Lo he estado pensando... Este hombre [por mí] con el que he estado hablando, ahí, sin poder mover los brazos ni las piernas, y yo preocupada por la tontería de la celulitis... Así que creo que ya estoy mejor'.

-¿Y tú qué le dijiste?

-Pues qué le voy a decir -se ríe-. Le dije: "Estupendo. Son 60 euros".