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La pierna biónica española que enseña al cerebro a volver a caminar después de un ictus
Rocío R. García-Abadillo, Gorka Loinaz · 2026-06-11 · via Papel

A todos nos falla la salud en algún momento de la vida. Si uno es afortunado, ese trance llega tarde, cuando se han vivido algunas décadas. Pero otras personas conviven desde muy pronto con la enfermedad, bien sea de forma crónica o con procesos agudos de los que unos logran reponerse. A otros, en cambio, no les aguarda un buen desenlace. Es lo que le pasa cada año a las más de 23.000 personas que fallecen en España tras sufrir un ictus, según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN). Se trata de la segunda causa de muerte a nivel mundial y la primera de discapacidad en España y Europa. Quienes sobreviven a estos episodios a menudo cargan con secuelas que condicionan para siempre sus vidas.

Una vez que los médicos salvan la vida eliminando el coágulo (en caso de ictus isquémico) o deteniendo y estabilizando el sangrado (si es hemorrágico), el paciente es enviado a su casa, algo que familias y asociaciones definen como desahucio clínico. La persona que vuelve a casa no es la misma que se fue y, a menudo, se siente abandonada en el momento en que más ayuda necesita para afrontar su rehabilitación. Muchas veces, confinada a una silla de ruedas.

Los sexagenarios Pedro y Jesús han esquivado ese arrinconamiento vital. Pero para conocer sus historias primero hay que conocer la de Manuel, que sufrió un ictus severo. Hace una década, los médicos le dijeron que no volvería a caminar. Su familia, no conforme con aquella sentencia, empezó a buscar alternativas y descubrió el mundo de los exoesqueletos. «Efectivamente, con estos dispositivos mi padre podía caminar. El concepto de caminar no es el que tenemos las personas sanas, tiene que ver con ser capaz de desplazarse de alguna forma», explica su hijo, Iván Martínez.

Los exoesqueletos son extremadamente caros –«en torno a los 100.000 euros»– y resultan menos versátiles de lo deseable. Pueden pesar más de 20 kilos y están pensados para rehabilitación en entornos clínicos bajo supervisión médica. «Nosotros queríamos un equipo para el día a día de mi padre, que no iba a volver al hospital y que iba a estar el resto de su vida en una silla de ruedas», explica Martínez. Aunque no se dedicaba a ello, es ingeniero de formación. Así que empezó a investigar y a desarrollar en sus ratos libres, durante varios años, un dispositivo a medida para su padre.

Pedro Asensio, en una sesión con las fisioterapeutas del Hospital de la Esperanza.

Pedro Asensio, en una sesión con las fisioterapeutas del Hospital de la Esperanza.

Manuel falleció por Covid en 2020, pero su hijo no abandonó el proyecto. Al revés. Primero se cruzó con Dionís Guzmán, director de una escuela de negocios especializada en formación digital y coordinador de un programa para directivos al que se apuntó Martínez. Éste le mostró su diseño y tocó la fibra sensible de Guzmán, cuya madre había sufrido un infarto cerebral que le había dejado secuelas idénticas a las de Manuel. «Me parecía que estaba haciendo algo muy bonito por su padre y su memoria, y me sentí muy identificado», confiesa Guzmán. Lo siguiente que hicieron fue moverlo en círculos healthtech (tecnología sanitaria). Así llegaron hasta Marc Serra, con años de experiencia en el sector. Decidieron que, aunque el padre de Martínez ya no podría beneficiarse de la tecnología que estaban desarrollado, hay millones de personas confinadas en su casa tras sufrir un ictus a los que sí podrían ayudar.

Juntos fundaron Robopedics en 2021. Varios años y rondas de financiación después –incluidos los más de 600.000 euros aportados en 2026 por el Ministerio para la Transformación Digital a través de los fondos europeos Next Generation–, están en pleno ensayo clínico del dispositivo bautizado como Awake (Despertar, en inglés). Su reto más inmediato es lograr la certificación europea (el Marcado CE) que les permita comercializarlo. Algo que confían en conseguir a finales de este año.

Awake es un sistema biónico avanzado para la marcha que no tiene equivalente a nivel mundial. Lo más parecido que existe en el mercado sería un exoesqueleto, pero al dispositivo de Robopedics no se le puede llamar así. «De la misma forma que si a un coche le quitas dos ruedas no tienes una moto», aclara gráficamente Guzmán. Un exoesqueleto es un armazón pesado y bilateral –para las dos piernas– diseñado para sustituir la marcha en lesiones medulares como la paraplejia. Al tratarse de dos piernas mecánicas, siempre hay una estructura apoyada en el suelo que soporta el peso y las inercias. Su software sabe dónde están ambas piernas. En cambio, Awake es una pierna robótica o exopierna ligera (pesa entre 6 y 6,5 kilos) que se coloca en el miembro afectado –hay modelos para pierna izquierda y para pierna derecha–, dejando libre la extremidad sana, que es la que llevará un patrón de marcha natural.

La complejidad radica en coordinar esa extremidad sana con la robótica ya que, al caminar, en algunos momentos, el dispositivo se queda en el aire y no toca el suelo. Para lograr que sea cómodo y no se desestabilice, los ingenieros instalaron acelerómetros y giroscopios y desarrollaron algoritmos de control que interpretan las intenciones de movimiento del paciente.

Para comprobar que esa tecnología funciona en la vida real hay que trasladarse a los pasillos del Hospital de la Esperanza, perteneciente al Parc de Salut Mar (Barcelona). Es el centro de referencia en el que se han centralizado las pruebas clínicas de Awake. Ahí podemos ver dos días por semana a Jesús Mendiburu Nadal (62 años). En noviembre del año pasado sufrió un ictus severo mientras dormía. Al despertar, se cayó de la cama sin poder hablar ni moverse. Su reloj inteligente detectó su caída y contactó vía móvil con el 112. Jesús fue trasladado al Clínic, hospital en cuyo equipo de contenciones trabajaba él mismo. Los médicos dijeron que si superaba las 48 horas, tendría opciones de sobrevivir. Cuando meses después de rehabilitación le ofrecieron la posibilidad de probar el dispositivo, no lo dudó. «Había probado un exoesqueleto también, pero esta pierna es más ligera y más fácil de llevar», asegura.

Iván Martínez (al fondo), Marc Serra y Dionís Guzmán, socios de Robopedics.

Iván Martínez (al fondo), Marc Serra y Dionís Guzmán, socios de Robopedics.

Jesús sólo le pone una pega: le gustaría «que se diera más prisa». Él quiere más velocidad. Se machaca en entrenamientos de entre hora y media y dos horas porque tiene un objetivo: volver a subirse a una moto el próximo verano. Se ha comprado una bicicleta estática para ir haciendo deporte en casa y evita la ayuda todo lo posible, aunque reconoce que su pareja, Esther, le ha asistido a todos los niveles. No le tiene miedo al suelo ya que, por el trabajo que realizaba, dice que sabe cómo caer sin hacerse daño. «En rehabilitación me he caído como 30 veces, me decían que era un kamikaze», cuenta entre risas. Las fisioterapeutas tienen que controlar ese ímpetu para que no se haga daño y lo vigilan de cerca en los pasillos del hospital. Un entorno seguro, plano y con barandillas.

Otros pacientes salen fuera de ese espacio seguro y son conducidos frente al hospital, a la placita del Real Santuario de San José de la Montaña. Es un espacio que les ofrecen las religiosas que allí viven. Tranquilo y sin aglomeraciones de gente, se trata de un entorno mucho más real, ya que el suelo presenta desniveles y pequeños baches. Ahí, entre «estímulos verbales» como «Colócate bien» o «Vigila la pierna», las fisioterapeutas Sandra Torrell y Paula González tratan de estimular un cerebro que se ha olvidado de cómo se camina.

«Es un problema neurológico. Mi pierna se pone en modo protección y se queda rígida. El dispositivo me sirve para hacerlo funcionar al revés: me mueve la pierna para que mi cerebro, en cierta manera, recupere esas órdenes a la pierna. Pasas de un movimiento mecánico asistido por una máquina a interiorizarlo en una serie de neuronas que hasta ahora estaban muertas y otras que han dejado de hacer su función», detalla Pedro Asensio Izquierdo (63 años).

Su ictus fue hemorrágico. Lo sufrió el día 30 de diciembre de 2024, mientras descansaba en una casa familiar fuera de Barcelona. «Fue un problema de hipertensión y estrés que desembocó en aquello cuando estaba tranquilo», revela. Tras el accidente cerebrovascular, Pedro no hablaba ni tenía equilibrio. Estuvo dos meses ingresado en rehabilitación para ganar esa estabilidad y algo de la masa muscular que había perdido. El derrame en el hemisferio derecho le anuló el lado izquierdo, provocándole una espasticidad importante que le impide relajar los músculos del pectoral y el hombro.

«Hacer este movimiento ha requerido mucho trabajo y pelearme conmigo mismo», confiesa mientras abre y cierra la mano lentamente. «La gente de tu entorno te intenta ayudar y tú tienes que decirles, educada o no educadamente: ‘No lo hagas. Tengo todo el tiempo del mundo. Para ponerme un zapato tardaré cinco minutos, pero me lo pondré’», recalca.

De alguna manera, Pedro ha hecho el proceso que Dionís Guzmán llama «duelo de tu antiguo yo»: aceptar cómo está ahora, qué puede y qué no puede hacer con sus actuales condiciones. «Aceptar ese déficit es bastante duro», remarca el socio de Robopedics. «Aprendes mucho de ti mismo. Sobre todo, dónde están los no límites o el llegar hasta donde se pueda», concreta Pedro, que recuerda el mensaje que le dan las fisioterapeutas: «Paso a paso».

Y es que tras un ictus, incluso cuando el cerebro y la pierna funcionan, la información entre ambos no circula. El cableado se ha roto. «¿Qué pasa cuando tenemos un estímulo externo, estable, constante, mecánico, que emula de forma muy precisa lo que vendría a ser una marcha normal durante minutos, horas, días de forma continuada? No tenemos ese antecedente que en Medicina marca mucho, no sabemos qué pasará. Quizá no se pueda hablar de recablear, pero puede que haya un reajuste de conexiones. Es neuroplasticidad», incide Guzmán.

Para que se pueda dar esa neuroplasticidad, el paciente tiene que tener una intención activa, es decir, no dejarlo todo en manos de la exopierna, que está preparada para moverse 100% de forma automatizada. ¿Cómo funciona exactamente? Sus materiales (aluminio especial para el sector sanitario, polímeros impresos en 3D y fibra de carbono en el pie) la han ido aligerando. No se ensambla físicamente sobre la piel, sino que se coloca de forma externa por encima de la ropa con cinchas de velcro y otros engranajes.

La pierna llega hasta la mitad de la espalda para dar estabilidad en el apoyo y lanzar el paso, y se completa con dos elementos más: un bastón inteligente cuadrípode –para garantizar la estabilidad– que dispone de pantalla y mando para manejar y ver las cosas básicas del dispositivo, como la batería con la que cuenta y una aplicación móvil en el teléfono que confiere control total. Normalmente queda en manos de los fisioterapeutas cuando se trata de una rehabilitación en el hospital o el cuidador atiende al paciente en casa. Los daños que causa el ictus pueden afectar a los reflejos o causar depresión, de ahí que por seguridad suela ser el cuidador quien decide si cede el control al bastón del paciente –éste acepta la transferencia pulsando un botón en la empuñadura del bastón– o si lo mantiene.

El dispositivo detecta si el peso está correctamente transferido antes de dar un paso; si hay riesgo de caída o existe algún problema como el pie equino –cuando el paciente arrastra la punta del pie, algo peligroso en suelos irregulares– no activa los motores o detiene la marcha. «Hay bastantes capas de seguridad», recalca Martínez, creador de la exopierna. Por ahora tiene tres niveles de marcha. En el primero, el fisioterapeuta/cuidador activa en el móvil el paso, la pierna lo lanza, el paciente se coloca y de nuevo el cuidador lanza el paso (es un modo step by step). El segundo es un caminar continuo: se activa con el botón y es cíclico, con una velocidad aún lenta. Y el tercero está pensado para un paciente más entrenado y que controle la pierna con la posición de su cuerpo. Lo que haríamos en una marcha normal. Es el modo que obliga a esa intención y esfuerzo neurológico que puede reconstruir el cableado.

Por ahora, Awake sólo está pensado para ictus. Para conseguir el certificado europeo, como sucede con los medicamentos, se tiene que solicitar para una indicación concreta. En caso de ampliarse a otra –una hemiplejia por daño cerebral adquirido, por ejemplo– habría que hacer más ensayos clínicos. Robopedics no descarta ampliar las indicaciones en el futuro e incluso diseñar dispositivos pediátricos. Está pensado, eso sí, para que en principio no supere los 20.000 euros y pueda financiarse en cuotas. El precio incluye un servicio de mantenimiento preventivo y sustitución de piezas, apoyado en una red de 300 centros de fisioterapia en toda España. También incluye un entrenamiento que han de hacer paciente y cuidador antes de llevarse la exopierna a casa: 10-15 sesiones de adaptación.

El último filtro de seguridad es en el propio hogar: una vez superado el entrenamiento, dos fisioterapeutas acuden al domicilio para realizar dos sesiones de control y evaluar elementos arquitectónicos. Por ejemplo, la existencia de escalones insalvables dentro de la vivienda o para acceder a ella, si hay o no ascensor, si la rampa del portal es de mármol pulido, que puede ser muy deslizante... En caso de obtener este último visto bueno, el paciente podrá usar en su día a día la exopierna que le cambiará la vida.


*Convocatoria de pruebas piloto: Para aquellas personas que hayan sufrido un ictus y estén interesadas en probar el dispositivo Awake, Robopedics busca voluntarios en toda España para participar en sus pruebas de forma totalmente gratuita y sin compromiso. Las solicitudes se pueden realizar directamente a través de su página web