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El Mundo
Jorge Ben�tez · 2026-05-21 · via Papel

A sus 22 años, Joel es tres veces hijo. Es hijo de sus padres, es hijo de un divorcio pandémico y es hijo de una custodia compartida. En 2020, una vez superado el confinamiento estricto provocado por la crisis del coronavirus y con la llegada de la nueva normalidad, sus progenitores decidieron poner fin a su matrimonio. Tanto su padre como su madre reclamaron la custodia exclusiva de Joel y de su hermana pequeña, pero él les pidió que ésta fuera compartida. Aceptaron.

Los padres de Joel viven en calles diferentes de la ciudad de Palencia, aunque la distancia entre sus casas se recorre en apenas dos minutos de paseo. «A pesar de la cercanía, he ido siempre con la maleta a tope, porque tengo muchísima ropa», dice Joel. «Un circo, vamos». Su experiencia familiar de cama, ducha y despensa de alterne sólo la interrumpió el tiempo en el que se marchó a estudiar la carrera a Madrid.

-¿Qué balance haces de esta convivencia?

-La custodia compartida tiene aspectos positivos y parece muy bonita, pero también tiene su lado malo...

-¿A qué te refieres?

-Hay un momento en el que sientes que no tienes un hogar.

La custodia compartida que representa Joel ha dejado de ser una excepción judicial en nuestro país para reflejar una transformación social sin precedentes de la idea de familia, de la conciliación y de las relaciones económicas de parejas rotas con hijos.

Antes de 2005 sólo se concedía de forma muy excepcional, pero en las últimas dos décadas ha registrado un crecimiento espectacular en relación a la opción sobradamente mayoritaria en la que los hijos se quedaban sólo bajo el cuidado de la madre. Un cambio histórico que se ha acelerado con el impulso de varias comunidades autónomas que han convertido en su legislación este régimen en preferente y deseable, incluso cuando no hay acuerdo entre los padres.

Para detectar el subidón de este reparto de los hijos basta echar un vistazo a los datos del INE. Si en 2010 el porcentaje de custodias compartidas era del 12%, en 2024 se aplicó en el 49,7% de los divorcios con hijos menores, superando por primera vez a la custodia materna (46,6%).

Es innegable que la custodia compartida ha transformado España. Y mucho.

Para hacer balance, EL MUNDO ha contactado con cuatro jóvenes, ya mayores de edad, que han vivido la custodia compartida como hijos durante las dos últimas décadas. Hablamos con ellos justo cuando el Gobierno ha anunciado su intención de poner límites a su aplicación con el argumento de que no podrá establecerse cuando haya «indicios» de que sea perjudicial física y emocionalmente para los menores. Un cambio controvertido que pone el foco en el Poder Judicial y que ha sido incluido en la reforma de la Ley de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia (Lopivi), aprobada la semana pasada en el Consejo de Ministros.

Sandra, de 25 años, es otra hija de la custodia compartida, representante de la generación de la maleta. «Al principio la custodia la tenía mi madre, pero tiempo después acordaron compartirla», cuenta esta joven residente en Torrejón (Madrid) con estudios en Marketing y opositora. «A mí el cambio me sentó fatal, estaba en plena adolescencia y me desubicó por completo. Mi padre vive en Madrid capital y me pasaba un montón de tiempo en el autobús y en el tren».

A los 22, Sandra decidió tomar cierta distancia y marcharse a Irlanda para mejorar su inglés. Encontró trabajo en un Zara y se quedó dos años. A su regreso, pidió a sus padres instalarse de manera fija en casa de su madre.

«Irme al extranjero me permitió ver las cosas con otra perspectiva, me ayudó a comprender mucho mejor la situación, a entenderlos a ellos. Ahora me siento mucho mejor cuando estoy con mi padre», admite Sandra. «Lo que aprendí del divorcio de mis padres es que es necesario que en ocasiones tu prioridad seas tú».

En España la custodia compartida ha propiciado que los padres estén más presentes en la crianza, un reparto más equilibrado de las responsabilidades parentales y que los hijos no pierdan vínculos afectivos con alguno de sus progenitores. La inmensa mayoría de los expertos considera que, bien aplicado, este régimen reduce conflictos futuros y es más equitativo.

Sin embargo, también presenta goteras y hay quienes creen que no debe considerarse una fórmula automática a la hora de decidir el futuro de los menores tras un divorcio, ya que su éxito depende claramente de que la cumplan debidamente todas las partes.

Sandra, en Torrejón, Madrid.

Sandra, en Torrejón, Madrid.

«El problema no es la ley, es su aplicación», denuncia la abogada Paloma Abad Tejerina, presidenta de la Asociación Madrileña de Abogacía de Familia (Amafi). «Faltan tres cosas: especialización real en familia, valoración técnica homogénea y motivación clara en las resoluciones».

Para esta especialista en divorcios, la propia guía del Consejo del Poder Judicial sobre custodia compartida insiste en la necesidad de criterios comunes y de formación. «Por eso cada partido judicial actúa de forma diferente; no hay suficiente uniformidad práctica, aunque el Tribunal Supremo sí que ha fijado doctrina».

Ocho de cada 10 de estos conflictos maritales en España se resuelven de mutuo acuerdo a través de la negociación entre abogados, mientras que el resto son contenciosos. En separaciones y divorcios con menores de por medio hay muchas cosas que decidir. Hablamos de asuntos tan complejos como la guarda y custodia, las controversias para ejercer la potestad parental, las nuevas pautas de convivencia de los cónyuges, el uso de la vivienda familiar o la pensión alimenticia.

En ese sentido, Sara, de 32 años, valora la gestión de sus padres como acertada. «A mí me hizo madurar antes que el resto de las chicas de mi edad», dice esta estudiante de doctorado y empleada de una academia de inglés en Dénia (Alicante). «Aprendes a negociar con adultos. Te vuelves, en definitiva, una pequeña diplomática».

María José Barquilla también aprendió este oficio. Ejerce desde hace 13 años en Alcalá de Henares como mediadora, una profesión en la que tiene que combinar las dotes del embajador en un país en guerra con la capacidad de diálogo de un diputado del Grupo Mixto. Reconoce que esta labor aún no es lo suficientemente conocida. Y eso que la Ley de Eficiencia en la Justicia, en vigor desde el año pasado, estableció la obligación de recurrir a vías alternativas antes de acudir a los saturados juzgados de familia, incluidos los que afectan a menores. Estas tienen el nombre de Medios Adecuados de Solución de Controversias, conocidos como MASC. La mediación es una de ellas.

Acuden a ver a esta abogada las parejas que, aunque tengan acordada una custodia compartida, no están satisfechas y quieren hacer cambios en su régimen. Por ello, solicitan que alguien facilite la negociación. El mediador es un profesional neutral e imparcial cuya misión es facilitar el diálogo para lograr un acuerdo amistoso. Por ejemplo, sobre la custodia de los hijos, el reporte de bienes o las pensiones.

Barquilla intenta cada día desescalar el cabreo que se respira en una convivencia caduca, aliviar tensiones y evitar que la pareja acabe en un juzgado. La mediación, cuando es voluntaria, tiene una tasa de éxito superior al 80%. Si sale bien, reduce tanto los costes financieros del divorcio como el estrés de un litigio que siempre deja muchas heridas emocionales en las partes. Lo que Lope de Vega escribió sobre el amor, bien podría haberlo escrito respecto a una ruptura con hijos de por medio: «Quien lo probó lo sabe».

«La mediación permite a las partes asumir el control y es mucho más rápida», explica Barquilla. «Si funciona, da más satisfacción que una sentencia judicial porque trata muchos más temas, aspectos concretos del día a día. Siempre digo que, si hay cursos matrimoniales, también debería haber cursos para divorciarse. En el momento de negociar la gente está muy tensa y hay que conseguir que entiendan que todo pasa, que hay que estar tranquilo». Y añade: «Los españoles deben aprender a divorciarse».

Joel tampoco tenía mucha experiencia. El año en que sus padres rompieron su vínculo, en España hubo 77.000 divorcios. Sin embargo, para él todo era muy raro. «No tenía amigos en esta situación y, encima, lo de la custodia compartida era algo completamente extraño en mi entorno en Palencia. Estaba expectante porque no tenía ni idea de cómo lo iba a llevar y qué iba a pasar».

Por fortuna, entre sus padres no se elevó el tono cuando se trataron los asuntos patrimoniales y económicos. «Hay progenitores que quieren quedarse con los niños por la estabilidad del domicilio, no porque sea mejor para ellos, y eso supone un gran problema», continúa la mediadora Barquilla.

Joel, joven de Palencia de 22 años.

Joel, joven de Palencia de 22 años.

¿Cómo se negocia algo de tanto valor como una casa, más en una época en la que la compra o el alquiler en una gran ciudad alcanza precios disparatados? Barquilla dice que sólo hay una opción: «Diálogo, diálogo y más diálogo». Para llegar a un acuerdo hay que buscar todo tipo de alternativas: «Se puede quedar uno la casa pagando una renta al otro, hipotecarla para que las partes tengan para una entrada de otro piso, alquilarla y repartir la renta...».

Para Alberto, valenciano de 24 años y monitor deportivo, la gestión de sus padres en el asunto del domicilio familiar no fue traumática. «Vendieron la casa familiar y con ese dinero mi padre decidió comprar y mi madre, alquilar», recuerda. «Ellos terminaron separándose, pero antes superaron otra crisis con terapia de pareja. Su relación siempre ha sido cordial».

El caso de Joel también fue amistoso. En este caso, quien se quedó con la vivienda fue su padre. «Le compró a mi madre su parte de esa casa y la que teníamos en el pueblo. Y ella se compró otra».

Sin duda, como demuestran los casos de Alberto y Joel, la custodia compartida ha facilitado el acuerdo entre progenitores para resolver el tema de la vivienda familiar, ya que habitualmente se trata de un bien común. Pero hay casos donde la negociación se enquista. Lo explica la abogada de familia Marta Casariego, del despacho Dikei de Madrid: «Este régimen también ha trasladado parte del conflicto conyugal al ámbito patrimonial exigiendo soluciones más flexibles, pero también más complejas y, en muchas ocasiones, más costosas. Mantener dos viviendas para los hijos, o incluso tres en el caso de la casa nido -cuando los hijos se quedan siempre en la casa y son los padres los que se van turnando-, supone un esfuerzo económico muy elevado para la mayoría de las familias».

Nadie puede negar el gigantesco impacto económico y laboral de la custodia compartida. Daniel Fernández Kranz, profesor de Economía de IE University, lleva años analizando la economía familiar y las diferentes consecuencias sociales de este modelo en España. Un país que, dada la poca tradición de este régimen, tiene aún escasa literatura académica al respecto.

«La investigación que hicimos en las comunidades autónomas que más apostaron por este tipo de leyes demuestra un cambio en el balance de poderes dentro de la pareja, otorgando más poder de negociación al padre del que tenía antes», explica Fernández Kranz.

La reducción parcial del seguro económico implícito que ofrecía el modelo de custodia exclusivamente materna ha tenido también un importante efecto en el trabajo. Las madres divorciadas han aumentado su presencia en el mercado laboral. No sólo tienen más tiempo para centrarse en sus carreras, ya que ahora comparten los cuidados de los hijos, sino que también necesitan de mayor autonomía económica, porque la ley les da menos garantías de recibir una pensión o de disfrutar del uso de la vivienda familiar.

Sobre ese aspecto, la abogada Marta Casariego incide en que, en este tipo de convivencia, hay que seguir teniendo en cuenta el tema de los ingresos. «No hay que olvidar que la desigualdad económica entre progenitores, en concreto, entre hombres y mujeres, sigue siendo una realidad social, y si bien este modelo de custodia ha contribuido a reducir la litigiosidad en torno a las pensiones alimenticias, lo cierto es que estas prestaciones, así como el reparto proporcional de los gastos familiares son necesarios en custodia compartida para garantizar que las necesidades de los hijos estén adecuadamente cubiertas en ambos hogares».

No hay duda de que el dinero en muchas ocasiones puede contaminar el espíritu de la norma.

Sara está haciendo el doctorado y trabaja en una academia de inglés alicantina.

Sara está haciendo el doctorado y trabaja en una academia de inglés alicantina.

Fernández Kranz ha detectado efectos perniciosos en aquellos casos en los que sólo se solicita la custodia compartida con el único objetivo de lograr una ventaja económica. Su investigación está basada en datos recopilados en Estados Unidos, país en el que cada estado tiene una política particular sobre las pensiones alimenticias. Y describe que cuando los incentivos económicos son la única razón que mueve a los padres a solicitar la custodia compartida, es muy posible que, si la consiguen, deleguen los cuidados de los hijos en otras personas. Un escenario que termina siendo nocivo para los críos: se han detectado más problemas de salud y en el rendimiento escolar que en los casos en los que hay otras motivaciones.

Diferentes papers han detectado numerosas ventajas sociológicas de la custodia compartida. Pero también algunos problemas. En cuanto a lo positivo, Fernández Kranz habla de una mejora en España de la relación de los padres varones con sus hijos, un descenso de las posibilidades de que los críos caigan en conductas de riesgo para la salud, como el consumo de alcohol, drogas y trastornos alimentarios y, por último, menos casos de violencia de género contra las madres por parte de maridos maltratadores durante la negociación del divorcio, que es cuando se registran los picos de agresiones.

En cuanto a los aspectos desfavorables, los menores bajo custodia compartida tienen normas de comportamiento menos claras que quienes viven con un único progenitor y el trasiego entre casas puede incidir negativamente en sus resultados escolares.

«Mi conclusión es que la custodia compartida puede ser favorable no sólo para el padre sino también para los hijos, que son lo más importante. Pero siempre que se pueda demostrar que el padre va a responder a los cuidados necesarios y que esa decisión no se deba exclusivamente a una motivación económica y que no haya demasiadas diferencias entre ambos hogares en cuanto al modelo de educación», apunta Fernández Kranz.

Sara, la hija alicantina de la custodia compartida, reconoce que a pesar de haber llevado muy bien el divorcio y la custodia compartida, siempre queda alguna cicatriz en los hijos. «Cuando empecé a salir con mi novio actual yo pensaba en la profecía autocumplida y le decía todo el rato: 'Bueno, cuando lo dejemos...'», dice ella. «Creo que eso le pasa a muchos hijos de divorciados: piensas que todo tiene una caducidad, que tienes que aprender a ser independiente. Lo tenemos grabado a fuego».

La profecía no se cumplió. Sara lleva ya ocho años y medio con su novio y está encantada.

Este reportaje hay que terminarlo con la española que mejor entiende la confusión infantil o adolescente que vivieron en algún momento de sus vidas Sara, Joel, Sandra o Alberto. Se llama Teresa Puchol, tiene 48 años y es jueza. Su conocimiento no sólo es profesional, sino también personal.

Teresa es hija de padres divorciados, ha redactado cientos de sentencias de divorcio y es madre divorciada con hijos.

«Me sé todo lo que hace daño a los niños», dice. Teresa sufrió el abandono de un padre con muchos problemas y el peaje «tóxico» de una madre que gestionó realmente mal el derrumbe familiar. Tanto, que en su casa el apellido paterno se convirtió en un adjetivo para describir algo a lo que había que insultar o despreciar.

«Cuando yo me divorcié tenía claro que no quería que mis hijos sufrieran ninguna de estas circunstancias», dice la jurista. «Una ruptura matrimonial es traumática para todo el mundo, pero me propuse con mi ex marido esforzarnos para hacerlo lo mejor posible por el bien de nuestros hijos, seguir viéndonos y cenando todos juntos de vez en cuando».

Puchol tuvo la custodia compartida durante cuatro años, pero por motivos laborales que se debieron a un cambio de destino, se acordó otro régimen dada la distancia geográfica entre los progenitores.

Conoce todos los aspectos de esta situación, incluso tuvo una casa nido, opción polémica que siempre desaconseja. «Es una enorme fuente de conflictos» reconoce. «Cuando hay una ruptura, en la que tiene que haber cierta distancia, es muy difícil que de repente tengas que compartir todo de nuevo, incluso el colchón. Imagínate...».

"El ego y el dinero son las principales amenazas de la custodia compartida"

Teresa Puchol, jueza

-¿Cuáles son las grandes amenazas para el éxito de una custodia compartida?

-Junto a los temas económicos, el ego -dice la jueza-. He visto a muchas madres, y también a algunos padres, que tienen un sentimiento de propiedad sobre su hijo. Esto implica una desconfianza en la otra parte, a la que consideran incapaz de ejercer sus responsabilidades. Y eso no puede ser.

La custodia compartida sigue su curso 21 años después de su introducción formal en España. La primera generación de la maleta ya se ha hecho mayor. La sociedad española no está en contra de compartir, de que un hijo tenga a sus dos progenitores presentes, de que haya más equidad. Pero no debe olvidar que cada matrimonio es un mundo. Y cada hijo, también.