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La aventura filosófica del ping-pong: "Es adictivo, hay u...
Juan Diego Madueño · 2026-04-01 · via Papel

Josep Madurell recita de carrerilla su palmarés. Tiene 58 títulos de campeón de España. Dos campeonatos de Europa. Otro del mundo. «A nivel de veteranos he ganado muchos títulos. A nivel de sénior, algo también. Sigo entrenando dos o tres días a la semana y compito uno o dos días», comenta. Tiene 88 años y es adicto al ping-pong desde los ocho, cuando descubrió en la parroquia de Gràcia, su barrio de Barcelona, el pequeño gong que hace sonar la pelotita cuando es golpeada de un lado al otro de la mesa. «No sabía que había una federación entonces. Era un juego. En cuanto nos enteramos, nos inscribimos», recuerda.

Madurell es uno de los campeones más longevos de Europa, un yonqui de este deporte prometedor como un redoble. Hay algo a medio camino entre la mística y la tragaperras en el intercambio del tenis de mesa. «Entra en juego la geometría no euclediana», trata de explicar su magnetismo el escritor Guido Mina Di Sospiro, autor de La metafísica del ping-pong. Es argentino y contradice al filósofo griego Euclides. Para Euclides, el espacio es plano, las líneas paralelas nunca se cortan y es posible conseguir la distancia más corta entre dos puntos. A determinado nivel, Guido Mina dice encontrar un éxtasis. Los jugadores desordenan los planos. Deshacen el cálculo del sabio. «La bolita nunca se comporta de manera normal. Es muy complicado descifrar o entender lo que hará en tu parte de la mesa. Mucha parte del trabajo consiste en entenderlo», comenta al teléfono.

Hace algunos años publicó el ensayo sobre su fascinación por el tenis reducido. Pasó de ser lo que llama jugador de sótano a otra dimensión la tarde en que jugó al ping-pong en la biblioteca Henry Miller Memorial, en San Francisco, en la mesa del escritor estadounidense. Guido perdió contra su hijo de 18 años. Un mes después, se apuntó a un club y puso en marcha el recorrido que le llevó a publicar la cartografía de su hobby. «Una bomba en movimiento con dos velocidades», escribe la radiografía de la secuencia que le enganchó para siempre. «Una circunferencial y otra lineal, por el desplazamiento de su centro. Ese es el matrimonio entre efecto y velocidad». El culpable de su locura.

Marty Supreme, la película protagonizada por Thimoteé Chalamet e inspirada en la historia real del campeón estadounidense de tenis de mesa en 1958 y 1960 Marty Reisman, cuenta la ambición desmedida por alcanzar la cima del ping-pong de un chaval judío cuya existencia depende de devolver más veces que nadie la pelotita. La ambición por ser el mejor de todos los tiempos deforma la realidad y la convierte en un toma y daca contra el mundo. Como el tenis de mesa. La película dirigida por Josh Safdie, y nominada al Oscar, muestra esta religión frivolizada por los intercambios de golpes en el sótano del amigo que hace barbacoas en su jardín los domingos.

«Tengo una conciencia profunda del esoterismo», detalla Guido Mina. «Y encontré muchas cosas esotéricas e iniciáticas en el tenis de mesa. La iniciación es un concepto típico del sentido y del pensamiento tradicional. Hoy en día casi no hay iniciación. En el tenis de mesa lf hay. Es una cuestión de calidad y de nivel. Yo tuve la suerte de encontrar un maestro de República Dominicana capaz de ganarle a los chinos. La relación es clásica. En la cultura moderna se ha perdido. Por eso baja la calidad de todo lo que hacemos», reflexiona.

Josep Madurell lidera, como maestro, a las casi 20.000 personas federadas en España, según los datos del Consejo Superior de Deportes. Hace un año, un grupo de neurológos del Hospital La Princesa analizó la capacidad neuroprotectora del ping-pong. En seis meses, los pacientes «mejoraron mucho su capacidad cognitiva y retrasaron la evolución de los síntomas de enfermedades que mostraban, como el Alzheimer», dijo entonces la doctora Lydia López Manzanares, responsable de la Unidad de Trastornos del Movimiento.

Marty Reisman, campeón estadounidense de tenis de mesa en 1958 y 1960.

Marty Reisman, campeón estadounidense de tenis de mesa en 1958 y 1960.M. GOLD / GETTY

El ping-pong es un ajedrez del día a día. Hubo un tiempo en que los gigantes tecnológicos de Sillicon Valley y sus imitadores reservaban parte de la oficina para jugar. Los trabajadores podían desahogarse a palazos. Si el simulador de la guerra colocada en un tablero que se llama ajedrez convocaba a los reyes, el ping-pong coloca enfrente a la persona que no contesta el mail a tiempo. «El concepto al que recurría primero para explicar el tenis de mesa es la noción de deep play, es decir, juego profundo. La desarrolla [el antropólogo] Clifford Geertz en su famoso estudio sobre las peleas de gallo en Bali», añade Richard Dosis, profesor de Antropología en la Universidad de Connecticut y autor de The Ping Pong Player and the Professor [El jugador de ping-pong y el profesor].

«Es un concepto filosófico que describe el tipo de juego irracional desde un punto de vista utilitario: no tiene sentido económico», explica Dosis. «Apliqué esta idea directamente a mi experiencia con mi hijo Eliel. El entrenamiento juvenil en tenis de mesa es económicamente irracional: la comparación entre las ganancias del tenis y las del tenis de mesa es casi ridícula. Pero no es el punto. El tenis de mesa trata sobre amistades, compromiso y crecimiento, cosas que están más allá del dinero. Refleja las luchas de la vida cotidiana».

Eliel, su hijo, cayó en el encantamiento. Y el profesor le busca una explicación. «El libro es una historia de amor entre un padre introvertido y su hijo introvertido que comparten un vínculo alrededor de la mesa. Su rol como actividad social se explica por los terceros lugares», desarrolla en un correo electrónico. Los terceros lugares son los ecosistemas donde las personas pacen fuera del hogar y del trabajo. «Cafés, bares, cosas así. En nuestro club, un radiólogo, un contable, un entrenador de la selección nacional de Haití, un profesor de Matemáticas jubilado, un doctor en Física y un antropólogo barbudo se encuentran como iguales. Las comunidades deportivas, como el ping- pong, nivelan el estatus social. Curiosamente, los miembros ni siquiera parecen darse cuenta de lo extraordinario que es su logro cooperativo, lo cual quizá sea precisamente la razón por la que funciona».

"La bolita nunca se comporta de manera normal. Es muy complicado entender qué hará en mi lado de la mesa"

Guido Mina di Sospiro, autor de La metafísica del ping-pong

Como casi todos, Dosis también tuvo una aventura con el ping-pong en el sótano de un amigo. «Ocurrió en los 70, en casa de mi mejor amigo Timmy. A nivel físico y mental me gusta», resume. «Ofrece infinitas oportunidades para la creatividad y tiene una enorme diversidad de estilos». Allí, como Madurell, se puso el primer pico. «Sí. Es adictivo. Parece que nuestra estructura mental nos hace vulnerables a cosas que ofrecen retroalimentación positiva constante, como los me gusta de Facebook, y el tenis de mesa podría funcionar de forma similar cuando ganas puntos. También sospecho que hay un consuelo casi meditativo en dar el mismo golpe una y otra vez».

El ping-pong, como otros deportes, contribuye a satisfacer la necesidad humana de jugar. Es un deporte con aspiración de juego de mesa. Una competición en miniatura. «El tenis de mesa comenzó como una diversión pensada para la clase alta de la Inglaterra victoriana, con la intención de imitar el tenis de sobre hierba», puede leerse en el libro de Guido Mina. «Así que sí, necesitamos esos juegos. No porque la competición trate de dominar a los demás, sino porque nos impulsa hacia delante», concluye Dosis. «Como dice el filósofo Michael Novak, el deporte está arraigado en las necesidades y aspiraciones del espíritu humano».

La versión confort y hogar del tenis de mesa ha vivido su era dorada en los últimos tiempos. Las redes portátiles de Decathlon propiciaron un intercambio en cada habitación. De repente, fue como si les pusieran palas de playa al salón. En esa expansión, Algy Batten encontró un nicho. En 2016 fundó Art of Ping Pong, la marca líder, como él mismo la define en su perfil de LinkedIn, «en aportar un toque de diseño contemporáneo al divertido juego del ping pong».

"Nuestra estructura mental nos hace vulnerables. Ganar puntos funcionaría como los 'megusta' de Facebook"

Richard Dosis, profesor de Antropología en la Universidad de Connecticut

Batten es un creativo de Londres que ha hecho el camino al revés. «Todo empezó cuando dejé de jugar al ping-pong. Mi socio y yo cerramos nuestra agencia de diseño y, de repente, me quedé sin un lugar donde jugar. Intenté poner una mesa en el garaje, pero la vida familiar pronto ocupó ese espacio. Me di cuenta de que la mayoría de las mesas son feas y pasan la mayor parte del tiempo escondidas. Así que diseñé una que pudiera vivir en la pared como una obra de arte», comenta.

Su producto más vendido es Face Off ArtBat, una pala con ojos que es coleccionable. Algy Batten lleva su afición de una manera más práctica. «Es adictivo porque es accesible. Es fácil empezar, pero difícil de dominar. Y mantiene ese raro equilibrio entre ser verdaderamente lúdico, y al mismo tiempo, intensamente competitivo», explica.

Art of Ping Pong ofrece colaboraciones a diferentes artistas. «Lo interesante es que la colaboración suele revivir un amor de infancia por el juego. Algunos son jugadores de toda la vida, otros no tienen ninguna relación real y eso nunca es el factor decisivo».

Batten tiene una intuición artística sobre un deporte tan transitado como una autopista. «Me gusta que me dé ciertos límites. No en materiales o dimensiones, sino en el propio marco del juego. Al elegir el juego como lente, reduzco el campo de ideas que me permito explorar. Aporto una mentalidad de diseño a dos pasiones: el ping-pong y los objetos. Es una forma civilizada de competición: rápida, reactiva, impulsada por el ego, pero contenida. Ves la personalidad de inmediato. Revela mucho sobre las personas. Aunque no lo romantizaría en exceso», despeja un poco el incienso acumulado en otros párrafos.

El publicista descubrió, como por accidente, que los objetos funcionales influyen más en nuestros hogares que las pinturas. Que se lo digan a Josep Madurell. Ochenta años después, el vicio sigue escarbando. «Tengo prótesis de cadera. Stents en la pierna derecha y en la izquierda. Sigo practicándolo porque con los años mejora mis movimientos. Me ayuda a mantenerme en forma. A tener despejada la mente. Y aleja el Parkinson», comenta. Madurell, el gran maestro de este rompecabezas en cuatro dimensiones.