Cristina pasó de perder su autonomía a liderar el área administrativa de un hospital. El programa formativo de la Fundación "la Caixa" y la Fundación de Esclerosis Múltiple fue decisivo para lograrlo

Cristina Conesa Meza, hace unos días en Barcelona.
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En apenas una semana, Cristina Conesa Meza dejó de reconocer su propio cuerpo. La parálisis avanzó sin tregua por el lado izquierdo: comenzó en el rostro, se extendió al brazo y terminó por inmovilizar su pierna. Pasó 10 meses atrapada entre diagnósticos inciertos y una silla de ruedas. Los médicos sospechaban de un ictus o incluso de un tumor medular antes de descubrir la respuesta en 2023: esclerosis múltiple.
"De un día para otro, perdí mi autonomía, mi libertad y mis expectativas de futuro. Perdí mi identidad como persona, madre y mujer. Tengo una enfermedad, pero la padece toda mi familia porque nunca sé cómo será mi día. Quienes vivimos con esclerosis enfrentamos cambios de humor asociados al desgaste físico y emocional que conlleva la enfermedad; es un proceso silencioso y, muchas veces, invisible".
La esclerosis múltiple es una enfermedad autoinmune que afecta al cerebro y a la médula espinal. Actualmente, afecta a 2,8 millones de personas en el mundo y a 1,2 millones en Europa. En España, según datos de la Sociedad Española de Neurología (SEN), unos 55.000 personas lidian con esta patología. Las secuelas tras un brote van desde el hormigueo y la fatiga extrema hasta la falta de coordinación para caminar, la alteración de los esfínteres o la disminución de la agudeza visual.
Lo que parecía una pausa obligada se convirtió en una oportunidad para redibujar su carrera. Después de trabajar 25 años como higienista bucodental, y mientras aprendía a convivir con la enfermedad, Cristina decidió formarse en competencias digitales, inteligencia emocional y administración sanitaria, a través de los cursos que ofrecen la Fundación Esclerosis Múltiple y el programa Incorpora de la Fundación "la Caixa". "Tenía 40 años y fue empezar de nuevo; es como volver a tener 17 y buscar tu primer trabajo", recuerda.
Ahora, Cristina es la responsable del área administrativa del Hospital Evangélico de Barcelona. Sin embargo, advierte que las personas con discapacidad aún enfrentan dificultades para conseguir empleo, reflejo de los prejuicios que siguen vigentes en la sociedad. "La inclusión se ha puesto de moda en las redes sociales, pero sigue ausente en los espacios reales. En mi anterior trabajo ni siquiera contemplaron la posibilidad de reubicarme. Ahí empezó mi verdadero duelo: entender que no perdí el trabajo por mi enfermedad, sino porque a la empresa le dio miedo renovar el contrato a alguien como yo".
El despertador de Cristina suena a las 4:45 de la mañana. Abandona la cama despacio y avanza con cautela por la habitación, sabe que los primeros pasos del día son importantes. "Activo mi cuerpo y mente", explica. Solo entonces, cuando cada músculo ha despertado y el rito ha finalizado, está lista para afrontar la jornada que comienza a las 8 en la oficina. "Mi oxígeno es saber que tengo un propósito. Trabajo para sentirme viva".
La esclerosis alteró la rutina de Cristina, pero sus pasiones permanecen intactas. Aunque el ciclismo de montaña quedó atrás, encontró otra manera de conquistar la cumbre: regresó como voluntaria para acercar a personas con discapacidad a la naturaleza a través de recorridos sencillos. "Hay una montaña que tiene un significado muy especial para mí: el Taga. Fue la primera que subí cuando volví a caminar. No es una ruta difícil, pero lloré muchísimo al ver los picos frente a mí. Solo pensaba 'Dios, creía que nunca iba a volver aquí, y aquí estoy'".
Hoy, en el Día Mundial de la Esclerosis Múltiple, Cristina agradece el apoyo incondicional de su esposo, Fernando, y de sus tres hijos. Asimismo, reivindica el papel de quienes acompañan a los pacientes en su día a día. "Los cuidadores también necesitan ser cuidados. Requieren apoyo emocional porque nadie imagina todo lo que sostienen. Muchas veces no piden ayuda porque asumen que deben poder con todo".
Cristina define su relación con la enfermedad en una sola frase: "La esclerosis es mi mejor amiga". Lejos del enfado, abraza la realidad desde la aceptación: "De la enfermedad me llevo más enseñanzas que pérdidas. Me ha enseñado a ser humilde, a pedir ayuda cuando la necesito y a ser vulnerable". Y el futuro, lo asume con entereza: "Soy consciente de que algún día voy a volver a necesitar la silla, pero estoy preparada".


























