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El Mundo
Rebeca Yanke · 2026-06-26 · via Papel

El historiador canadiense y profesor emérito de Princeton fundó hace casi década y media el 'Global History Lab', un espacio docente que conecta a alumnos de Occidente con refugiados e inmigrantes. Ahora lo dirige desde la Universidad de Cambridge

Jeremy Adelman: "La globalización está muerta y la era del liderazgo estadounidense también"

Actualizado

AJeremy Adelman no lo encontrarán en redes sociales, y tampoco es muy dado a las entrevistas. Sin embargo, cuando analiza la realidad, sus reflexiones trascienden las narrativas habituales para recordarnos que, en un mundo interconectado, ninguna nación es una isla. Este canadiense especializado en Historia Global y adscrito a la Universidad de Princeton hasta 2023 tiene también poco de egocéntrico. Cuando nombraron a su mujer vicerrectora de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) no tuvo reparo en trasladar hasta allí su Global History Lab, un espacio docente donde une a alumnos de Occidente con refugiados de distintos países del mundo, que acceden a las clases online.

En 2019 dio una conferencia en la Fundación Rafael del Pino de Madrid y se preguntó a sí mismo «si lo que hemos construido está a punto de desmoronarse».
En verdad, los últimos 10 años hemos vivido un choque constante: el Brexit, la pandemia, el fenómeno de Donald Trump... Esto se puede interpretar de dos maneras. La primera es que todo ha cambiado radicalmente. La segunda es que somos sorprendentemente resilientes: no hemos tenido una Tercera Guerra Mundial y, pese a las grandes catástrofes, el mundo se mantiene. El problema es que existe una brecha enorme entre la experiencia del momento y la historia que nos contamos a través de los medios y las redes sociales. Vivimos en un entorno donde prima la inmediatez y donde los desastres reciben mucha más atención que las mejoras cotidianas. El capitalismo se lucra con las calamidades, éstas alimentan los algoritmos y éstos impiden ver el progreso real.
¿Cuál cree que es la mayor amenaza?
Parte de la niebla del presente consiste en la dificultad para identificarla. Por un lado, hay crisis de combustión lenta, como la climática, a la que nos estamos acostumbrando peligrosamente. A corto plazo me preocupa la amenaza de una guerra nuclear, así como la fragilidad económica en regiones como Medio Oriente, o en países muy endeudados como Pakistán y Argentina. El sistema ha experimentado una euforia especulativa, vinculada a sectores como las criptomonedas y la inteligencia artificial. La corrección financiera llegará, pero no estoy seguro de que los líderes globales estén preparados para gestionarla.
¿Nos afecta psicológicamente vivir bajo esta incertidumbre política constante?
Absolutamente, somatizamos la situación. La imprevisibilidad, no saber cuál será la siguiente crisis, genera ansiedad. La generación más afectada es la de los menores de 30 años, pero sus voces quedan invisibilizadas porque los argumentos más ruidosos en los medios provienen de las generaciones mayores. Hay una brecha generacional seria y preocupante.
Usted ha alertado sobre los peligros del nacionalismo metodológico. ¿Podría explicarlo?
El nacionalismo metodológico es la falsa premisa de que el marco de la nación es la única forma natural de ver el mundo, como si las demás escalas de la vida fueran menos importantes. Es un enfoque que ignora que los seres humanos somos interdependientes. Hoy en día, lo crucial es gestionar nuestra interdependencia entre extraños. Dependemos unos de otros para sobrevivir y vivir seguros de innumerables maneras: desde la tecnología que usamos para comunicarnos a distancia hasta los alimentos que importamos.
Si atendemos al Brexit o a Trump, parece que se busca el camino opuesto: la autonomía total.
Ésa es la falacia del Brexit: creer que se puede ser independiente en lugar de gestionar la interdependencia. Cuando Trump habla de independencia, piensa en un mundo de fantasía que sólo atañe a la autonomía estadounidense. En realidad, todas las declaraciones de independencia son declaraciones de interdependencia; son anuncios de los términos de nuestras relaciones con los extranjeros. Ante la ausencia de una gobernanza global, dependemos del Estado-nación, pero la función real de éste no es aislarse sino negociar y regular cómo necesitamos a los demás países.
¿Cómo se traduce esta interdependencia global en la vida cotidiana de los ciudadanos?
Sus hilos conectan puntos del planeta que parecen no tener relación alguna. Poco después de la invasión rusa de Ucrania, me encontraba en Uganda y presencié un fenómeno impactante. Allí, los encargados de proteger los bosques estatales tuvieron que multiplicar de golpe sus esfuerzos. ¿Por qué? Porque la escasez de combustible provocada por el conflicto en Europa del Este obligó a la población a talar árboles de forma masiva para obtener leña y subsistir. Un shock en el norte de Europa altera el ecosistema en el corazón de África, del mismo modo que reconfigura los precios agrícolas en el Mediterráneo. Las crisis ya no son locales; sus ondas expansivas son inmediatas y globales. El verdadero problema es que nuestro sistema internacional ya no tiene amortiguadores para suavizar estos impactos. Hemos desmantelado el sistema operativo que permitía absorber estos choques, y desconocemos cómo se reconfigurará el mundo tras semejantes conmociones.
¿Puede darnos algún ejemplo reciente?
El sistema de amortiguación ideal durante la pandemia era la Organización Mundial de la Salud, cuya función era recopilar información, convertirla en conocimiento y aplicarla para gestionar la crisis. Ante un brote de virus en una ciudad de China, el protocolo debió ser alertar y preparar al mundo. No funcionó, en parte debido a la desconfianza mutua entre Estados Unidos y China. La consecuencia de este cúmulo de conmociones que arrastramos desde 2008 ha sido la alarmante pérdida de fe de la ciudadanía en las instituciones públicas.
En la ficción apocalíptica suele aparecer un gobierno global unificado para salvar el planeta. En la realidad, ¿es inviable una gobernanza planetaria?
Para lograr algo así se requeriría una amenaza externa percibida unánimemente como tal, como sucede con una invasión extraterrestre en las películas de ciencia ficción. El cambio climático es una amenaza compartida, pero no nos coordinamos bien ante ella; simplemente algunos países la gestionan mejor que otros.
¿Cuáles?
La transición verde se ha acelerado en China y en el Reino Unido, donde recientemente se cerró la última mina de carbón. Es simbólico que el país donde nació la Revolución Industrial basada en el carbón abandone este combustible, pero la transición sigue sin ser lo suficientemente rápida ni global. Además, nos enfrentamos a una paradoja: a medida que el mundo se vuelve más rico y las personas ascienden socialmente, demandan bienes que requieren mayor consumo de energía y dependen más de los combustibles fósiles. Es un dilema que no estamos gestionando bien.
. ¿Qué sentido tiene hablar hoy de la globalización? El término parece haber desaparecido del debate público.
Sucedieron varias cosas, pero primero hay que distinguir entre globalización e interdependencia. La globalización, tal como la conocíamos, está muerta, aunque somos más interdependientes que nunca. La globalización era una narrativa basada en que los mercados libres eran intrínsecamente buenos, que cruzar fronteras siempre era positivo y que sus condiciones operativas no eran peligrosas. Hoy, esas dos condiciones -la dependencia de combustibles fósiles y el acceso a crédito barato- han desaparecido. Sin embargo, no tenemos una palabra para describir lo que significa compartir el planeta bajo este nuevo escenario. Antes, las fuerzas proglobalización y antiglobalización compartían un marco común de discusión. Ahora no hay un sentido común sobre qué promovemos ni qué criticamos.
¿Qué supone la pérdida de esa narrativa?
Las narrativas producen la energía social necesaria para movilizar recursos y generar cambios. Sin una historia común, esa energía se agota. No obstante, la ausencia de una historia dominante también ofrece un lado positivo: nos da la oportunidad de crear una nueva narrativa sobre el futuro. El peligro es quedar eclipsados por la queja constante de que todo se va al traste, lo que nos impide ver que podemos construir algo diferente.
¿Qué consecuencias reales tiene no atender a la interdependencia global que mencionaba?
Al degradar la gestión de la interdependencia, caemos en un nacionalismo depredador. La toma de decisiones queda en manos de las potencias más fuertes, que optan por actuar por su cuenta o, en casos extremos, por apoderarse de territorios ajenos.
A pesar de la incertidumbre, usted suele mostrarse optimista respecto al futuro de la humanidad.
Es una bendición a medias. Hay confusión e incertidumbre, pero también oportunidades. El gran problema es que no sabemos cómo manejar la incertidumbre, y ése es precisamente el músculo que tenemos que fortalecer, porque el mundo seguirá siendo incierto. Durante los últimos 70 años hemos dependido del liderazgo de Estados Unidos, lo que impidió que desarrolláramos esa capacidad de adaptación propia. Como señaló Mark Carney en el Foro de Davos, dábamos por sentado el antiguo sistema y éste se ha terminado. Vivimos una ruptura histórica y es imperativo acostumbrarse a la realidad post estadounidense. Estamos comenzando una nueva era, pero contamos con la ventaja de tener recursos de la etapa anterior que aún podemos utilizar. No es necesario reinventar la rueda.
¿Cómo altera la cooperación la balanza entre los costes y beneficios de estar tan interconectados?
La interdependencia genera un incentivo constante para competir por la distribución de sus recursos. De ella obtenemos ventajas tecnológicas y bienes cotidianos, pero también genera costes. Cuando la cooperación se rompe y da paso a una competencia feroz, la falta de confianza mutua dispara la tentación de acaparar la mayor cantidad de beneficios posible. Es el modelo que encarna Donald Trump: un intento sistemático de quedarse con las ganancias y hacer que el resto pague las consecuencias. Consiste en internalizar los beneficios y externalizar los costes. En esa dinámica de externalizar costes, ¿quiénes se llevan la peor parte?Las personas más vulnerables, aquellas que carecen de derechos de ciudadanía: los inmigrantes recientes y los refugiados sin patria.
Usted los llama 'unwanted': los que nadie quiere.
Al no tener un estatus que los proteja, carecen de instrumentos para defenderse en la negociación global de costes y beneficios. Lo preocupante es que esto ocurre de forma invisible para la mayoría. No es que la sociedad sea inherentemente mala; el problema es que carecemos de un modelo cognitivo para comprender el alcance de nuestras acciones.
¿No lo interiorizamos?
Nos cuesta conectar con el hecho de que nuestra acumulación de beneficios desplaza costes hacia los márgenes, provocando de manera indirecta que un inmigrante no tenga para comer o termine en un hospital con tuberculosis. La geopolítica impacta directamente en el cuerpo. El ejemplo más claro, amplio y reciente de esto fue la pandemia.