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Cultura // elmundo

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William González, el poeta que escapó de las balas: "Yo e...
Jose María RoblesTexto Elena IribasFotografías. MadridTextoFotog · 2025-12-12 · via Cultura // elmundo

William González Guevara es un milagro andante. Tiene 25 años y la lucidez de quien sabe que ha sobrevivido al infierno. Escapó de la violencia en las calles de Managua cuando todavía era un niño. Después consiguió huir de la marginalidad y el desarraigo en Madrid. Hace rato que la suya es una de las voces más originales de la poesía joven en castellano. Mezcla sensibilidad y vértigo con acento propio. En su nueva colección de versos, que acaba de salir a la venta, puede leerse: «Mi ciudad es un continente de sangre». También: «¿A cuántos chavalitos les cerré/los ojos tras caer en la cuneta?». E incluso: «En este barrio de cazuelas negras,/los padres nunca llevan a sus hijos/ a conocer el hielo,/ sí el pelotón de fusilamiento».

Su biografía es el sustrato de Cara de crimen, premio Espasa de Poesía 2025 y una denuncia doliente sobre la situación de Centroamérica entera. «Yo estaba destinado a convertirme en pandillero», admite cara a cara. «Mi familia paterna fundó una de las pandillas más potentes de Nicaragua: los Sumi. Cuando se dieron cuenta de que la violencia no les daba dinero, se pasaron a la venta de droga. Fueron de los primeros en traficar con crack. Yo llegaba al casoplón de mis primos, donde siempre había pizza y chocolate, y jugaba a la Play mientras ellos pesaban gramos y llenaban bolsitas. Allí vi también pistolas y armas hechizas [de fabricación casera]».

William González emigró a nuestro país con 11 años. Vive desde entonces en el barrio de Carabanchel (Madrid) con dos mellizas mayores y con su madre, de la que estuvo separado un lustro. Jenny Guevara había dejado su trabajo como administrativa en una empresa -y su salario en dólares- para venir a España a limpiar casas y fregar escaleras. Lo hizo para sacar a su familia de la kill zone. Amenazas, persecuciones, machetazos, tiroteos. El día a día en San Luis Sur era una página de sucesos.

"Aprendí a disparar en España antes de volver a Nicaragua a entrevistar pandilleros"

«Cuando los pandilleros de Las Torres y La Reynaga se querían matar, lo hacían en mi barrio. Yo había normalizado la violencia. Con siete años vi cómo a un chaval de 14 o 15 años tirado en el suelo le reventaban la cabeza con un adoquín. Me impactó aún más que después de golpearlo lo apuñalasen... por si acaso», recuerda el hispano-nicaragüense, que comparte la vivencia en el poema Niños de la ira.

En otra ocasión presenció una escena como de película de Scorsese. Un pandillero Sumi se escondió en la casa de sus primos después de asesinar a un rival. Tenía las manos ensangrentadas y no se le ocurrió otro pasatiempo que hojear un libro. Varias páginas se quedaron manchadas para siempre, como describe en Gatilleros. «Años después pregunté qué había pasado con ese libro. Me dijeron que la casa se había vendido y lo habían dejado allí, así que imagino que alguien lo tiraría», explica.

Leer y escribir son las terapias que han permitido a William González blindarse tanto emocional como psicológicamente desde pequeño. Su abuela, que no había ido a la escuela, ya le recitaba versos del héroe nacional Rubén Darío aprendidos de memoria. Su madre puso a su alcance añejas antologías del padre del modernismo y de Ernesto Cardenal, el otro santón nica de las letras. «No vengo de una familia de grandes lectores, no era gente que supiera lo que es un heptasílabo o un alejandrino», reconoce. A la misma edad a la que sus ojos se tropezaron con el espanto, nació su necesidad de verbalizarlo. La otitis que derivó en hipoacusia crónica a los 13 años y su condición de recién llegado a otro continente contribuyeron igualmente a su atrincheramiento entre papel. El colegio público Lope de Vega ejerció de padre. Al biológico prácticamente ni lo conoció.

'El sumi que no llegó a serlo', uno de los poemas autobiográficos recogidos en  'Cara de crimen' (Espasa)

'El sumi que no llegó a serlo', uno de los poemas autobiográficos recogidos en 'Cara de crimen' (Espasa)

Cara de crimen es su quinto poemario y el cuarto bendecido con un premio. Antes publicó Los nadies (Hiperión, 2022), Me duele respirar (Valparaíso, 2023), Inmigrantes de segunda (Hiperión, 2023) y Ésta será mi venganza (2024). En ellos habla de narcopisos, de empleadas del hogar, de amigos desaparecidos tras el volantazo autoritario del sandinismo, de nostalgia, de soledad, de amor. Ha sido traducido al inglés, francés, italiano, griego y georgiano. Ahora William González Guevara se ocupa de la violencia para explicarse a sí mismo. Dice que tardará una década en volver a publicar. La revista Forbes lo seleccionó el pasado verano entre los 30 jóvenes de Centroamérica por debajo de la treintena por su trabajo en defensa de la memoria, la inmigración y la inclusión social desde la escritura.

Cuenta que en su último trabajo se ha dejado cinco años, todos sus ahorros y casi el resuello. «Tomé muchos riesgos, por poco me cuesta la vida. Mis amigos de Carabanchel me dicen que soy un psicópata por haber ido a hablar con tipos que me podían haber matado allí mismo», enfatiza a propósito de su título más confesional y valiente. Cara de crimen no es un manojo de versos libres. Su autor quiso «conocer el mundo pandillero de primera mano» e ir más allá de las estadísticas en tinta roja. «La violencia en Centroamérica está bastante estudiada, pero una cosa son los informes y otra entrar en los barrios más chungos de la región», distingue.

"No podría volver a mi barrio en Managua porque en cuanto me viesen estaría muerto. Primero, torturado. Y después, muerto"

Como el régimen de Daniel Ortega había censurado sus libros y vetado su entrada en el país tras las revueltas opositoras de 2018, William González Guevara accedió clandestinamente a Nicaragua por un punto ciego en la frontera con Costa Rica. Cruzó zonas de selva por su cuenta y con un par de grabadoras en la mochila para entrevistarse en la cárcel con fulanos que juraban que le escupirían a la cara a Dios «por hijueputa». O que habían apretado el gatillo a cambio de 45 dólares. Acumuló testimonios como para publicar 20 reportajes. Algunas de las frases de quienes brutalizaron las calles encabezan poemas que entonces no tenían ni editorial donde ser publicados.

«Hay gente que paga sobornos a los pandilleros. Yo no lo hice, y les sorprendió que las conversaciones las fuese a usar para escribir un poemario. Me decían: 'Pero vos, chavalo, ¿qué literatura ves aquí, si esto es la mierda absoluta?'», detalla quien además es periodista cultural y filólogo hispánico. «La verdad es que no sé ni cómo me preparé mentalmente para hacer algo así. Fue un impulso. Una necesidad».

Tan intensa intuyó que podía ser la ronda de entrevistas que aprendió a manejar una pistola en España antes de viajar a la zona cero de su infancia rota. Lo último que quería era presentarse con miedo delante de sicarios y narcos.

«Todo nicaragüense quiere ser Rubén Darío, pero yo no podía dejar de lado mi realidad», reconoce el paisano de Sergio Ramírez y Gioconda Belli. «Este poemario lo puede leer cualquiera, incluso los no interesados en la poesía. En Cara de crimen he querido apuñalar al lector para que piense en lo afortunado que es. También me gustaría que las madres de los chavales que presumen de malotes en Instagram se lo regalasen a sus hijos. ¿Tú quieres saber lo que es un malote de verdad, niño? En Nicaragua la edad a la que suelen matar a un pandillero es 19 años».

Los versos de William González son cáusticos como la lejía que ha borrado las huellas dactilares de su madre por usarla tanto. Aunque en ellos también hay cierta reivindicación de la belleza. O, al menos, de la ternura y la inocencia. Él menciona entre sus referentes al salvadoreño Luis Borja, a quien cita: «Vivo en un país donde la bala sale/ como un beso que te manda la muerte» (El disparo, Ed. Visor, 2014).

«El Salvador, Honduras, Guatemala, Nicaragua... Los centroamericanos somos los marginados del continente. En un verso que acabé descartando escribí: 'Estamos en el centro, pero nadie nos ve'. Los periodistas en España y Sudamérica escriben mucho del CECOT, la prisión de máxima seguridad del presidente Bukele, y de cómo ha servido para acabar con las maras. Es mentira. Algunas han llegado a Honduras. La región entera es un hervidero de violencia», resume. «Y sin embargo, a pesar de que somos países tercermundistas, hay un germen cultural bastante importante. La poesía sigue siendo deporte nacional en Nicaragua».

Algunos de los Sumi viven hoy en Nueva York, donde nadie conoce su herencia. «Conviven con pactos de silencio del pasado/ tienen hijos, mascotas, perros, casa/ y sobre sus consciencias, húmedas almas muertas/ de cuerpos que sollozan», les dedica el primo que no siguió su senda homicida. «Les avisé de que iba a publicar Cara de crimen. El libro les estará llegando ahora», avanza.

¿Cómo es San Luis Sur hoy?
Superdistinto. El barrio de 2011 ya no existe. El otro día me mandaron un tour grabado en vídeo y no sabía por dónde iba, porque hay calles nuevas.
¿Usted podría poner un pie allí, aunque fuera a escondidas?
No, porque vive muchísima gente vinculada con el régimen. En cuanto me viesen estaría muerto. Primero, torturado. Y después, muerto. Me contaron que un librero preparó un club de lectura sobre 1984, de George Orwell. Desapareció a los dos días y no se supo nada más de él.
¿A los jóvenes españoles les interesa la poesía?
Por supuesto. He hablado mucho de ello con profesores de Lengua y Literatura que me invitan a dar charlas a institutos. La mayoría de mis lectores son jóvenes, y eso me hace estar superorgulloso. Una vez fui al Decathlon a comprarme unos pantalones cortos y vi que me empezaron a seguir dos chavales por detrás en un descampado. Pensé que me iban a robar. Lo que sucedió es que su profesor les había leído Los nadies y me reconocieron. Eran de Orcasitas. Uno de ellos me dijo que su madre estaba en un centro de desintoxicación y que el poemario le había ayudado mucho a entenderla y entenderse. Ése es en realidad mi mayor premio.
¿Qué le diría a los chicos y chicas que piensan que con una dictadura se viviría mejor que con una democracia? Según datos de noviembre del CIS, casi el 20% de los españoles de entre 18 y 24 años valoran positivamente esta forma de gobierno autocrática.
Es muy peligroso pensar eso. Me preocupa bastante. En mi país soy un autor censurado. La dictadura de Nicaragua asesinó a amigos míos tras las protestas de abril de 2018. Quien dice algo así es porque no ha vivido en una.