

























Lenore Skenazy está considerada "la peor madre del mundo". La bloguera estadounidense se hizo famosa a su pesar en 2008 por permitir que su hijo de nueve años viajase solo en el metro de Nueva York. Su posicionamiento en favor de una crianza menos sobreprotectora en la sociedad contemporánea de madres/padres helicóptero le valió el descrédito nacional y la lapidación digital. Skenazy, sin embargo, hizo del cadalso una plataforma de despegue.
Un año después de la polémica, publicó el ensayo Free-Range Kids, que alcanzó categoría de best seller y reforzó el movimiento que denuncia cómo el exceso de supervisión adulta está volviéndose en contra de los pequeños. ¿De qué forma? Estrechando su autonomía, amputando sus habilidades sociales, jibarizando su creatividad y multiplicando los cuadros de ansiedad y depresión.
"Ir a la frutería o a la oficina de Correos le enseña a un niño más de la vida que la visita a un museo o una celebración en un parque de bolas", admitía la experta en crianza Michaeleen Doucleff, que se empotró en tres culturas indígenas para confirmar sobre el terreno que una buena madre no tiene por qué saber dónde está y qué hace su hijo a todas horas. Algo que exige valor en territorios en los que los menores pueden encontrarse con un león o un oso polar, no con usuarios estresados del underground en hora punta.
Alexandra Lange se une ahora a Skenazy y Doucleff con El diseño de la infancia (Ed. Capitán Swing). La crítica de arquitectura, profesora y escritora va incluso un paso más allá que ellas y analiza a fondo de qué forma las decisiones tomadas por fabricantes de juguetes, administradores educativos y planificadores urbanos en las últimas décadas han condicionado, casi siempre para mal, la vida de los chavales. O dicho con otras palabras: Cómo el mundo material moldea a los niños independientes, según reza el subtítulo de su trabajo. Insiste, citando al pedagogo Loris Malaguzzi, que el entorno es el tercer maestro.
"Durante demasiado tiempo, los arquitectos y urbanistas concibieron su trabajo teniendo en mente a un varón de mediana edad que va a trabajar a la ciudad y después regresa a su casa, situada en las afueras. Lo cierto es que millones de personas no encajaban en ese ideal", explica, de visita en Madrid, la ganadora del Premio Pulitzer de la Crítica del año pasado. "La segregación de los niños en los espacios públicos es un problema grave. Una ciudad que margine a los niños es un escenario distópico. Reservar el centro de las ciudades a los adultos los convierte poco menos que en cementerios, porque supone renunciar a la vida que ha hecho que sean interesantes a lo largo de miles de años. El principal enemigo del diseño para la infancia es la privatización de la sociedad".
El diseño de la infancia mezcla revisión histórica y experiencias personales. Está dividido en cinco grandes espacios: la tienda de juguetes, la casa, la escuela, el parque infantil y la ciudad. "Diría que el diseño contemporáneo, en términos generales, satisface en un 30% las necesidades de los niños", valora la crítica. Tras su publicación en inglés en 2018, el libro se convirtió en lectura obligatoria en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y en universidades como Harvard y Columbia.
Lange (Cambridge, EEUU, 53 años) utiliza su condición de experta en diseño, madre curiosona -tener un hijo a finales de los 2000 fue precisamente el origen de su ensayo- y esposa de arquitecto para apuntar en dos direcciones. Una remite a la percepción de buena parte de los padres de clase media, interesados en la alimentación, las notas o las relaciones sociales de su prole... y, al mismo tiempo, despreocupados de las características del comedor, las aulas o los barrios en los que interactúa su descendencia. Lejos de ser inocuo, sostiene la autora, el diseño de juguetes, colegios o parques influye en la construcción de la personalidad, la escala de valores e incluso la salud de los niños.
La otra dirección tiene que ver específicamente con el atrezo del pequeño mundo de nuestros hijos. A su juicio, lo que estos pueden aprender manipulando bloques de madera o triscando entre cascotes en un descampado es más valioso que lo que proporcionan un set de piezas de plástico o un parque con el suelo forrado de goma EVA.
"Reconozco que puede ser difícil y aterrador para los padres abrir la puerta y permitir que sus hijos corran riesgos. Pero, si no lo hacen, si no les dejan explorar, les estarán impidiendo dar pasos hacia la independencia y desarrollar la capacidad de tratar de hacer algo, fracasar y volver a intentarlo. Les estarán privando de alcanzar su máximo potencial", añade.
Riesgo es un palabra importante en el discurso de alguien que aboga por tratar a los niños como ciudadanos, no como miniconsumidores. Alguien capaz de viajar a Kawasaki, en el área metropolitana de Tokio, para observar de cerca cómo pequeños de entre cinco y 13 años empuñan martillos y sierras en una antigua fábrica de hormigón que funciona como una especie de laboratorio urbanístico.

"Si construyes un área de juegos que es sólo bonita pero no jugable has fracasado como diseñador. También debe tener un elemento de riesgo. Escalar una pared no consiste en llegar a la cima, sino en sentir la emoción de subir. Fallar y caer puede ser bueno. De eso va crecer", coincide Ole Barslund Nielsen, CEO y director creativo de Monstrum. El fabricante de los parques infantiles más originales del mundo exporta desde Dinamarca. Sus instalaciones parecen la recreación de un cuento en plena calle: una lanzadera espacial en Houston, un pulpo gigante en Hamburgo, unos rascacielos a pequeña escala en Estocolmo... Ha diseñado más de 350 parques para cuatro continentes. Tres de ellos pueden disfrutarse en Mondragón (Guipúzcoa), Sevilla y Barcelona.
"Una buena zona de juego es la que tiene los elementos habituales: columpios, toboganes, areneros... Pero una zona de juegos genial es la que atrae a niños y adultos desde lejos y les anima a interactuar. Cuando un niño ve un tobogán, siente cosquillas en el estómago; cuando ve un submarino, su imaginación se dispara", resume.
En cualquier caso, tanto la antigua fábrica de Kawasaki -por su audacia- como las escenografías de inspiración teatral de Monstrum -por su coste- son casos excepcionales. Consciente de ello, el diagnóstico de la autora es demoledor: "No sólo los parques infantiles hechos con material de desecho resultan extraños en nuestra sociedad aséptica, sino que en general la gente ha perdido la habilidad de usar herramientas que tenían nuestros abuelos. Estamos alejando cada vez más a los niños de ensuciarse las manos".
Lange está en Madrid para participar en un foro internacional sobre vivienda, clima y movilidad. La ganadora del Pulitzer aprovecha un hueco en su agenda para darse una vuelta por Madrid Río. Recorrió la megaobra hace una década y ahora alucina con el resultado. "Tenía muchas ganas de volver. Me ha parecido genial. Sólo he caminado desde Matadero hasta el puente elíptico [de Arganzuela]. En ese tramo tan corto he encontrado una tirolina, una pista de skate, un rocódromo, una playa urbana... Hacía un día precioso y había gente por todos sitios", subraya. "El diseño contemporáneo más orientado a niños lo encarnan parques públicos como los de Madrid Río, que integran espacios infantiles y adultos y crean zonas lúdicas para ambos. Me encantaría ver cómo parte de esa energía se refleja también en los barrios".
"Una revolución urbanística debe comenzar con hacer las calles más lentas y seguras para los niños"
La ribera del Manzanares no el único vínculo de la autora con España. Curiosamente, la escuela primaria en la que pasó sus primeros años había salido de la mesa de dibujo del barcelonés Josep Lluís Sert, representante del racionalismo y discípulo de Le Corbusier. Ella no lo supo hasta poco antes de la demolición del centro, aunque sus vivencias allí le permitieron entender que "los niños son más sensibles a los materiales, la luz y los espacios bien diseñados de lo que solemos pensar".
Almudena de Benito es la fundadora de Chiquitectos, un proyecto educativo que nació en 2011 con el propósito de despertar el interés de niños y jóvenes por la arquitectura a través de talleres y hoy ofrece, además, rutas guiadas por Madrid para pequeños... y para adultos. Sus dos últimos recorridos urbanos -La ciudad de los cuidados y La ciudad productiva- invitan a explorar la capital a través del dibujo y el diálogo. De Benito no sólo es una de las voces más autorizadas para hablar de sensibilización en relación al entorno.
Su tesis doctoral se tituló La infancia en casa. En ella demostraba cómo el valor que se le ha dado a esta etapa vital en cada momento histórico ha tenido reflejo en la estructura de las viviendas. Hoy sabemos que la infancia en la Edad Media terminaba a los siete años -la edad a la que los chiquillos eran enviados como aprendices a los talleres y las chiquillas empezaban a coser- y que la habitación específicamente pensada para los niños fue un invento de la burguesía del siglo XVIII.
La arquitecta sostiene que la casa es el espacio actualmente mejor adecuado a las necesidades de los niños gracias a muebles transformables como la trona evolutiva, la cuna transformable, el adaptador para el baño... Una versatilidad que no ve tanto en el resto de escenarios para la primera edad. "Las ciudades de hoy no están pensadas ni para los niños ni para los ancianos por el peligro que suponen los coches. El psicopedagogo Francesco Tonucci [uno de los críticos más feroces con la sobreprotección infantil] suele decir que una ciudad segura es aquélla en la que hay niños jugando en la calle", defiende. "Te pongo un ejemplo: cruzar la Castellana a pie con un niño o yendo con un bastón es imposible. Las ciudades favorecen siempre al tráfico sobre al peatón".

Frente a este planteamiento, ha cobrado relevancia el urbanismo con perspectiva de género o urbanismo feminista surgido en los años 70. "No es un modelo de ciudad que favorezca a las mujeres", aclara, "sino uno en el que no hay espacios donde se pueda esconder para atracarte o en el que puedas transitar con el carrito de tu bebé".
Alexandra Lange sí pone en valor en El diseño de la infancia las aportaciones de varias precursoras en hacer ver cómo el entorno nos moldea desde que llevamos pañales. Entre otras, Lillian Gilbreth, Caroline Pratt o las educadoras en el enfoque Reggio Emilia. ¿El diseño para la infancia ha sido minusvalorado porque lo hacían mujeres o lo hacían mujeres porque era un territorio infravalorado por los hombres?
"Lo segundo. Incluso cuando los hombres trabajaban en este ámbito, seguía considerándose una labor de menor categoría. Por eso se delegaba en ellas. Es una pena que la diseñadora más influyente en la educación infantil, Caroline Pratt, cuyos bloques de construcción están presentes en casi todas las aulas de preescolar del mundo desarrollando, sea una desconocida para la mayoría de la gente".
Hay un objeto que encarna mejor que ninguno la paradoja a la que ha llegado el diseño para la infancia: la caja de cartón de toda la vida, ésa que contiene el frigorífico o la nevera nuevos y que ha servido a varias generaciones de tótem doméstico para todo tipo de aventuras, hoy se vende en algunos establecimientos como 'slow toy'. Es decir, como entretenimiento analógico en la era de las pantallas.
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