


























Al Capone, Pablo Escobar, John Gotti, Miguel Félix Gallardo, los gemelos Kray, Meyer Lanski... Todos los mafiosos tienen en común que salen en las fotos con carisma. Hay un soplo. Parecen resueltos en la elegancia que tiene a veces el mal y, además, reflejan cierta diligencia. Saben lo que se hacen. Podrían solucionar cualquier problema del vecino con un telefonazo mientras imponen su ley del terror en la ciudad. Llamarlos bajos fondos es una manera de esconder debajo de varias alfombras ese poder tan viejo como el mundo. O al menos tan antiguo como los Estados modernos.
Su percepción como sellos culturales, estrellas rutilantes, personajes usados como fotocol, la aristocracia bruta, a medio camino entre las calles y los despachos, viene después. De hecho ya es un lugar común. Fue Lord Byron el primer Talese. El periodista norteamericano escribió Honrarás a tu padre, un reportaje que cuenta la historia de la familia Bonnano. Y Byron extrajo de sus viajes por los territorios más orientales de Europa el poema Las peregrinaciones de Childe Harold, escrito entre 1812 y 1818. Uno de los personajes que aparece en Las peregrinaciones es Alí Pachá de Yánina, el líder otomano que gobernaba sobre una extensión amplia de los Balcanes. Byron describe a Alí como un hombre de guerras y enemigos. Y en cinco palabras captura la electricidad de lo que todavía no había sido ubicado como mafia. Era la primera romantización de la crueldad. Byron hizo de Alí una efigie. Sus descendientes acabarían alimentando el imaginario colectivo a través de películas y series de televisión porque fascinaban, como Alí, por su vulgaridad brillante.
Alí Pacha de Yánina acabó ejecutado en 1822. Pero impulsó a otro bandido, maleante o protomafioso, como lo fue Mehmet Alí, a que instaurase el carácter hereditario del título de gobernador de Egipto. ¿Qué hay de la Administración si la mafia es la Administración?
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«Lo que nos dice el bandolerismo en épocas mucho más tempranas es que el desarrollo de grupos que cometen delitos que requieren organización representan un desafío al Estado. Y, en muchos sentidos, el desarrollo de los Estados modernos ha estado definido por este desafío», cuenta por videollamada Ryan Gingeras, otro hombre obsesionado por la mafia.
«En parte es personal», reconoce. La familia de Gingeras, profesor del Departamento de Asuntos de Seguridad Nacional y experto en historia moderna de Europa del Este y Oriente Medio, es del Bronx, la meca neoyorquina de los malos. «Todo lo relacionado con la mafia, su cultura, sus historias, forma parte de una parte importante de mi familia. Y del lugar donde hemos vivido durante generaciones».
Bueno. Pues acaba de publicar Mafias. De los yakuza a la Cosa Nostra (Ariel), una inmersión en el fenómeno de esta caballería con valores cambiados. Antes de cartografiar la extensión de la mafia por todos los países a lo largo de los siglos, y trazar sus orígenes, ofrece una pequeña muestra de lo que escuchó siendo un niño. Su tío Charley -reclutado por el FBI como informador- conocía de vista a Moretti, un mafioso de Nueva Jersey, posiblemente el tótem que inspiró a Lucca Brasi en El Padrino, la zona cero, a su vez, de Los Soprano. Moretti pasaba muchas horas dándole a la priva en Ye Olde, un bar del Bronx. Una de esas noches sonó el teléfono. Descolgó Charley. Al otro lado de la línea, alguien identificado como El Napias, pidió hablar con Moretti. Moretti no quiso hablar. Charley dio el recado: «Entrega los cinco mil o Willie se va a dar un buen chapuzón en el Hudson con zapatos de cemento». Suena tan canónico que huele a leyenda.
«A medida que aprendía más sobre Turquía más pensaba en Estados Unidos», liga Gingeras los dos escenarios por los que avanzan sus estudios. «Pensaba en la historia de Nueva York y en la manera en que estos lugares son similares en términos de la historia de las mafias y del crimen y simplemente se me ocurrió que había una historia más grande que contar. Una historia global». Ryan Gingeras lleva en la funda de un violín la pregunta que vertebra el ensayo. «¿Quiénes han moldeado el mundo? Yo diría que las mafias, en distintos momentos, por ser actores importantes en la historia de países muy concretos. Quizá aún más importante. Reflejan ciertos fenómenos y representan problemas más amplios en la historia mundial».
Los mafiosos, con el paso de los años, empezaron a adoptar una jerga propia. En Europa Central, los vagabundos y maleantes empleaban un vocabulario conocido como rotwelsch. Este argot de ladrones arrancó el motor de la camorra cuando en el siglo XIX un proceso de sofisticación renovó las bandas criminales. En esa subcultura germinó un modo de vida. No fueron tan originales. La camorra, por ejemplo, adoptó rituales masónicos y se organizaban como fraternidades secretas. Los nuevos miembros pronunciaban un juramento sobre unas dagas cruzadas y eran obligados a batirse en duelo con un camorrista más veterano. Regían su convivencia con un misterioso código de conducta. Y sellaban la lealtad pinchándose en un dedo y untando su sangre sobre la efigie de un santo por influencia de los carbonarios, una de las primeras logias.
Cuando alguien dice thug life, en referencia a la vida cañón del matón, popularizado por los traperos, evoca a los thuggee, los hindúes que estrangulaban y robaban a viajeros.
Si Al Capone moldeó en los años 20 Estados Unidos -«está relacionado con la manera en que el país emerge como potencia del siglo XX», añade el autor-, Otari Lazishvili engendró un sistema en la URSS, en los 70, para distraer artículos de fabricación estatal declarándolos en mal estado. Lazishvili, que fue chófer y había estudiado Economía, encontró en el contrabandismo la manera más eficaz de influir, a su manera, sobre la economía del país: «Generó unas cantidades obscenas de riqueza en un momento en que la mayoría atravesaba graves dificultades para conseguir artículos de primera necesidad». Gastaba miles de rublos en apuestas deportivas y compró dos casas con piscina. «Su ascenso lo hizo posible su relación con el primer secretario de Georgia».
«Puede que hoy más que nunca identifiquemos a algunos políticos como mafia. Es decir, la Rusia de Putin o Venezuela bajo Maduro, sin duda, han atraído este tipo de atención y comparaciones», analiza Ryan Gingeras. «¿Pero qué tipo de mafias ves? Corea del Norte no solo se ha beneficiado del narcotráfico, sino que también ha ayudado a organizar elementos del narcotráfico en el noreste de Asia. Siria se benefició del narcotráfico en Oriente Medio. Hemos aceptado ahora como parte de la vida real un tema tan recurrente en la ficción. El Padrino reforzó esa idea. Michael Corleone lo dice en la segunda parte: 'Ambos formamos parte de la misma hipocresía'. Su relación con el senador es muy importante».
No solo en la ficción. Un corresponsal del periódico The Guardian, durante el interrogatorio a Joseph Valachi, soldado de la familia genovese de Nueva York, se sorprendió de la familiaridad con que los policías se dirigían al mafioso durante la comisión McClellan. Aportó nombres, describió asesinatos y verificó la existencia de «un sindicato nacional del crimen» en un completo ambiente de camaradería. Los interrogadores llamaban Joe a Joseph.
Al principio de los tiempos, los primeros mafiosos también propiciaron el nacimiento de una conciencia social. «Lo que más ha intrigado a los historiadores sobre el bandolerismo es lo que nos revela sobre el desarrollo de la conciencia social y de clase». Fue muy influyente un estudio de 1959, Rebeldes primitivos: estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX. El autor, Eric Hobsbawm, los llamó «bandidos sociales», o sea, «expresiones primitivas del descontento y la movilización que buscaban cobrarse venganza de los terratenientes, los recaudadores de impuestos y otros elementos que se enriquecían a su costa y ejercían poder sobre ellos».
Puede que la mafia siciliana, el arquetipo de segundo Estado, diera sus primeras bocanadas justo ahí. «Al débil, fuera campesino o minero, le daba al menos alguna garantía de que no se sobrepasaría de forma sistémica el grado habitual de opresión; fue el terror lo que mitigó a las tiranías tradicionales», cita Gingeras en Mafias la tesis de Hobsbawm.
«En el pasado», dice al otro lado de la pantalla, «hubo épocas en las que la gente de Sicilia, en concreto, propiciaron la aparición de la mafia. Era parte de la cultura. ¿Por qué aparecen determinados grupos de la nada? Algunos sociólogos han argumentado que refleja la falta de gobiernos fuertes en Sicilia. También influye la consistencia del bandidaje, una especie de cultura masculina en la isla. Las mafias, no solo como criminales, también como actores políticos, desempeñaron un papel realmente importante». La influencia es global. «Tanto en la Antigua Roma como en imperios chinos o en estados relativamente modernos, es un fenómeno importante».
Antes de la Segunda Guerra Mundial, los yakuza de Japón adquieren protagonismo con el viraje hacia la derecha del imperio. Fue la oportunidad que aprovechó el conseguidor, maleante y ultranacionalista Yoshio Kodama cuando llegó a China en 1937. Allí era aliado de un buen número de proveedores, exportadores y agentes, los hombres que manejaban a la sombra del poder la fontanería del país. Aprovecharon, además, el comercio local de opio para dar un impulso a sus negocios. Aunque todavía no podía considerarse yakuza a sus andanzas, Kodama abría el camino al movimiento posterior. La bomba atómica que arrasó Hiroshima dejó a la vista la simbiosis: «La yakuza operaba como una extensión del sistema imperial japonés».
Pero ya está bien de hablar de la mafia sin recurrir al mito. Tomasso Buscetta sufrió un ataque de nostalgia cuando irrumpieron las drogas en el negocio y el asunto se volvió internacional y todos los mafiosos querían frontear de dinero y coches. Ya no eran sociedades secretas. Aquellos viejos mafiosos no encajaban en los nuevos tiempos. Buscetta echaba de menos la generación de sus padres. Quienes levantaron parte del Estado estableciéndose en él. La revolución de la cocaína, impulsada por Pablo Escobar, dejó en fuera de juego a los clásicos, «personas dignas, caballerosas y bondadosas por naturaleza», como las describía con melancolía el desahuciado Buscetta.
Todos vemos en Tony Soprano algo de dignidad, caballerosidad y bondad por los patos. El museo de la mafia en LasVegas recibe miles de visitantes al año. La mitología mafiosa va también de prejuicios. «Hay algo histórico en la forma en que, con el tiempo, ciertos pueblos se asocian con diferentes tipos de delincuencia», considera el autor. «Ciertos grupos que identificamos con las mafias ya no conservan la connotación negativa de esa reputación. Los inmigrantes chinos, por ejemplo, en Estados Unidos ya no representan la inseguridad».
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