



























Y en medio de un barrio apaleado por las drogas y fumigado por los prejuicios, y en mitad de un paisaje de roída arquitectura y sonrisas que también, y en el corazón mismo de unos pisos anémicos que parecen castigados por fuego de artillería; justo allí -como un misionero que predica mientras espera refuerzos-, un bastión de cristal, cemento y hormigón que se yergue como un barco que te invita a zarpar.
Puede parecer solo un edificio municipal más.
Pero -antes que nada- en su interior alberga el sueño cumplido de un gitano loco.
El sueño de atreverse a soñar acá.
Justo en el barrio más castigado de toda Sevilla: Las 3000 Viviendas.
Justo en su zona más deprimida y no en otra: las 624 casas de la barriada de Las Vegas.
Aquí -donde muchos taxis no paran-, ellos te invitan a entrar, a quedarte, a pisar fuerte con unos tacones, a dar la nota.
Para saber más

Se llama Fundación Alalá y lleva diez años sembrando vocaciones donde es más difícil verdear, tentando con la música a todos esos niños a los que nadie les dejó nunca tocar una guitarra, afinando futuros, poniendo a bailar, sentando a tocar, empujando a volar.
Si en La lista de Schindler se decía que quien salva una vida, salva al mundo entero; entre sus dos sedes (la de Estancia Barrera en Jerez y la de Las 3000 en Sevilla), esta organización sin ánimo de lucro está haciendo lo propio con 400 menores de edad.
Veamos a sus protagonistas por dentro.
Está Miguel Ángel Magüesim -más conocido como Doctor Keli-, un artista y productor que trabajó con Camarón, Manolo Sanlúcar o Chiquitete y que aquí da clases de percusión.
Está el eco de aquellos tres antiguos alumnos -citan con orgullo-: uno que acabó Informática, otra que está estudiando Criminología, otra más que hace Medicina...
Está la historia del chico cuyos padres sufrían síndrome de Diógenes -recuerdan- y tenía que bajarse a estudiar a la escalera de su edificio. Un joven que venía a la fundación a tocar la caja y a aprender cante, que acabó becado por la fundación y terminó la carrera de... Administración y Dirección de Empresas.
Está Jessica, calé, madre de ocho hijos criados en Las Vegas, quien llegó a Las 3000 Viviendas cuando tenía un año y que ahora suma 34. Que tuvo que parir en casa en dos ocasiones y que esta tarde -ya volveremos con ella al final de esta historia- vuelve a dar a luz a dos de sus niñas: trayéndolas a clases de baile.
Están todos los citados dentro de este edificio de la Fundación Alalá que tiene algo de humanísima arca de Noé. De astillero. De búnker. De tren de alta velocidad.
Y también está un gitano que parece don Quijote.

'Caracafé', en Las 3000 Viviendas.
Se llama Emilio Fernández de los Santos, pero aquí todos conocen al fundador de Alalá como Emilio Caracafé.
Le comparamos con don Quijote por su hidalguía flamenca, por sus exiguas carnes, por su barba literaria y por su tendencia a desfacer agravios y socorrer a los menesterosos en Las 3000. Pero también podríamos hablar de Emilio citando El Lazarillo.
Es por lo que el tercero de 11 hermanos empieza contando de su infancia.
Por ejemplo, cuando vivía en una choza de junco y cañas y salía con su padre a vender imágenes del Sagrado Corazón por las casas y aquel le decía: "¡¡Tú di que estudias en ese colegio, en el Sagrado Corazón!!".
Por ejemplo, cuando iba con él de la mano por delante de una tienda donde vendían guitarras y Emilio se tiraba llorando al suelo para ver si ablandaba a su progenitor y papá le compraba una (hasta que el hombre lo hizo, gastándose su sueldo mensual de la construcción: 700 pesetas).
Por ejemplo, cuando fue admitido en el conservatorio para luego ser expulsado del mismo porque... Emilio llegaba tarde a las clases.
"Cuando llegamos a Las 3000, yo tenía nueve años. El barrio era muy bonito, como ahora", dice. "Las cosas empeoraron en los ochenta. Fue porque los jóvenes caían en la droga. Primero fue el hachís, luego fueron la coca y el caballo... Aquello los acribilló prácticamente. Caían ignorantes, sin tener información. También de mi familia... Antes, de cada 100 chavales, caían 50 en la droga. Ahora, de cada 1000, cae uno".
Mientras eso pasaba en la calle, Caracafé se arrimaba a otro fuego.
"Íbamos por ahí juntos Rafael El Eléctrico [bailaor], el Raimundo [Amador], el Rafaelillo, de Pata Negra, yo... Éramos pildorillas, pero nos buscábamos la vida... Íbamos para el centro a pasar el plato y a veces se pasaba a vernos Camarón, que ya era una leyenda... Al poco tiempo, el Rafaelillo cayó".
Nuestro hombre se casa con Adela. Tiene tres hijos. Toca con los mejores. Pasa el tiempo por Las 3000, pero no pasa el progreso: el barrio sale en los periódicos por cosas que le dejan a uno revuelto, triste.
"Es injusto que nos vean así", se dice, y no se resigna.
Entonces, cree que tiene que hacer algo con su única arma.
"Lo hice para que no les faltase lo que yo no pude tener"
Emilio 'Caracafé', fundador de Alalá.
Y lo que hace es lo debido. Coger la guitarra como si fuese una bayoneta, implicar al Doctor Keli con su percusión y a otros, y abrir la peña Caracafé en el barrio igual que si fuera una trinchera, para enseñarles gratis a los chicos.
-¿Por qué?
-Lo hice para que a los niños no les faltase lo que yo no pude tener...
"Caracafé es la bondad pura. Lo conocí porque me había pedido ayuda para ponerse lo dientes, le conseguí los fondos y, raíz de ahí, surgió la amistad", cuenta Blanca Pareja, hoy directora de la fundación, encargada de encontrar recursos privados para la causa. "Hay más bueno que malo en este barrio, lo que pasa es que lo malo suena tanto...".
De tal manera que lo impensable se cristalizó.
"Faltan muchas cosas en el barrio", concede Emilio Caracafé. "Nos faltan piscinas de esas bonitas que tienen todo verde alrededor [abre mucho los brazos]. Nos faltan cines. Nos faltan también grandes centros comerciales... Las fatigas que pasa aquí la gente hacen que cada uno se tenga que buscar la vida a su manera. Pero el que está tres días en el barrio se enamora del trato de las personas, del respeto, de la belleza... Hay quien se piensa que al entrar aquí te cogen del cuello con una navaja, pero no es así: como mucho te piden un euro".

Unas niñas, en la clase de baile de la Fundación Alalá.
El que le pidió bastante más de un euro fue Emilio al empresario José María Pacheco.
"Me preguntó: '¿Qué es lo que quieres hacer?'. Y yo le conté mi idea: 'Que los chicos no dejen de ir a clase en Las 3000, utilizando la herramienta del flamenco, de la música, del baile'... Y él: '¿Y cómo puedo ayudarte?'. Y yo: 'Si va ser solo ayuda para un año, igual que ponerme un caramelo en la boca, mejor no lo hagas... Porque esto es una idea para 20 años. No quiero dejarlos tirados. Quiero ver a estos chicos de mayores...'. Y así empezamos".
Al principio, cuando la Fundación Alalá estaba enclavada en el Centro Cívico El Esqueleto, algún desalmado les robó todas las guitarras, todos los instrumentos de percusión, todos los zapatitos de baile...
"Alguien de fuera", opina Emilio. "Fijo, vaya".
Diez años después de aquel saqueo bautismal, son 22 los profesores y trabajadores de la organización sin ánimo de lucro, son varios grupos de hermanos de una misma familia los que vienen a aprender cante, bailes y otras disciplinas con músicos cuyas clases particulares no podrían pagar, son madres caracafés las que vienen al taller de costura o al teatro.
"Me iba a los colegios del barrio para ver qué chicos de los nuestros no iban a clase, dónde vivían... Antes faltaban a la escuela y ya no. Aquí, los chicos ligerillos de cascos se centran. Se les dan los medios para lograr su sueño. Y yo les pregunto: '¿Tú quieres ser médico, dices? Pues médico vas a ser'. '¿Tú quieres ser astronauta, niña? Pues astronauta serás, ea'... Para eso tenemos becas, para que estudien carreras universitarias donde el hijo del banquero, donde la hija del millonario [se refiere a la prestigiosa y privada Universidad Loyola, de la Compañía de Jesús]".
"Y cómo te lo agradecen luego por la calle", seguimos con el fundador de Alalá. "Recuerdo a un alumno que se llevaron a un centro de menores por culpa de su familia... Me preocupé mucho por ese niño. Iba a verlo. Lo dejaron salir. Vino aquí. Tiene hijos. '¡Titoooooo!', me dijo nada más verme. '¡Esta es mi mujeeeeer! ¡Me he quitado de todas las cosas que hacía!'".
El Doctor Keli toca el cajón delante de sus chavales lo mismo que si lo estuviera haciendo junto al gran Camarón, con quien colaboró en Soy gitano; igual que cuando trabajó para Remedios Amaya; con la misma luz que cuando compuso Sevilla tiene un color especial.
"Hay quien no tiene para un carro de comida, para una lavadora, para unos zapatos... Nosotros vamos, lo comprobamos y, si es así, les ayudamos..."
'Doctor Keli', profesor de percusión.
"Yo he aprendido a enseñar con todos ellos. A enseñar y muchas cosas más, claro", explica. "A estar más pendiente de los demás, por ejemplo. Hay quien no tiene para un carro de comida, para una lavadora, para unas gafas, para unos zapatos... Nosotros vamos, lo comprobamos y, si es así, les ayudamos... Aquí, la mayoría de la gente merece la pena como para que se les eche un cable... La primera vez que hicimos un remate juntos con el cajón [cerrar a la vez], a los chiquillos se les quedó cara de asustados. Como diciendo: lo hemos logrado".
Emilio Fernández de los Santos -alias Caracafé- pasea por Las Vegas para hacerse las fotografías de este reportaje y las caras se iluminan al verlo como si estuvieran en Las Vegas de verdad.
Y entonces -con él sonriendo donde hay quien siente vergüenza al hacerlo- las bocas parecen menos rotas y son algo más bonitas Las 3000 viviendas.
Qué cosas. El guitarrista que ha trabajado con Pata Negra, Manzanita o Niña Pastori, te dice que el día en que más orgullo sintió fue cuando Alejandro Sanz aceptó cantar con sus niños y niñas Corazón partío en un concierto.
Por eso regresamos a Jessica, ya saben, calé, madre de ocho hijos, quien llegó al barrio cuando tenía un año y que ahora suma 34. Que tuvo que parir en casa en dos ocasiones y que esta tarde vuelve a dar a luz a dos de sus niñas: trayéndolas a clases de baile.
"Las niñas quieren quedarse a vivir aquí: duermen con los tacones y las faldas... Parí en casa y los vecinos me limpiaron. A ver dónde ayudan así en otros sitio, eh... Será que los que estamos mal nos ayudamos más".
Con qué sonrisa tan cansada y orgullosa te lo dice.
Y con qué revolucionaria fiereza taconea su hija pequeña. Edad: siete añitos. Nombre: Alegría.
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