

























Actualizado
¿La guillotina? ¿La bomba atómica? ¿La Inquisición? ¿El gas Zyklon B? ¿Un Boeing 767 reconvertido en misil? ¿La música de ascensor? ¿El cine-siesta? ¿Las gafas que hacen fotos? ¿Bluesky? ¿El paraguas para zapatos?
Ni por asomo. Para Samuel Miller McDonald, lo peor que se le ha ocurrido a la Humanidad en los últimos 5.000 años es la idea de progreso. En su nombre -alega- se han cometido genocidios, arrasado espacios naturales, movido (o directamente inventado) fronteras. Su equiparación con prosperidad material, bienestar social y desarrollo tecnológico -contextualiza- se ha usado recurrentemente como zanahoria para hacernos avanzar hacia adelante. Y no siempre con propósitos nobles.
"Ha constituido la base sobre la que se han apoyado quienes han protagonizado descubrimientos científicos de relieve o se han asomado a lo que hay más allá de la atmósfera del planeta, pero también quienes han emprendido guerras mundiales y esclavizado a multitudes", matiza. Ese pero es la viga maestra del ensayo Progreso (Ed. Crítica), que este geógrafo especializado en Ecología Humana e Historia presenta con carácter de enmienda y vocación retadora, como quien se planta a pecho descubierto frente a un buldócer en tercera.
"La fórmula del progreso sigue ocupando un lugar central en sociedades y mentalidades de todo el mundo. No ha dejado de ser el marco subconsciente e implícito con el que entiende la mayoría de nosotros cuál es el lugar que ocupamos en la historia de nuestra especie y cuál ha sido la trayectoria de nuestras sociedades a lo largo del tiempo", contextualiza antes de lanzarse a despotricar contra la narrativa del crecimiento infinito.
Samuel Miller McDonald sostiene que el progreso es una ficción interesada y peligrosa, no una ley natural ni una fórmula matemática. Advierte que la fe casi religiosa en él ha llevado a nuestra civilización al borde del precipicio. Y que, si no quiere acabar despeñándose, más vale que empiece a pensar en una alternativa de forma urgente. Un posicionamiento político del que el autor es consciente al otro lado de la pantalla del ordenador.
Miller McDonald retrocede hasta la ancestral Mesopotamia para explicar cómo la combinación de mitología, habilidad para la extracción de recursos (que él denomina "captura de energía" a lo largo de casi 500 páginas) y legislación dio como resultado el nacimiento del progreso como construcción cultural. Un relato-señuelo que después se propagó por el pensamiento de Persia, el cristianismo primitivo y la geopolítica de Roma, los vikingos y los califatos islámicos.
Con el transcurrir de los siglos, pasó de ser una aspiración filosófica a convertirse en una ideología dominante que justificó la ejecución de proyectos sangrantemente costosos en lo humano y lo medioambiental: la conquista de América, el engrase de la Revolución Industrial, la utopía hitleriana (en Mein Kampf se menciona progreso como impulso de la Historia una docena de veces), el parto gris del comunismo, la adopción del neoliberalismo como credo planetario, la trampa del capitalismo de la vigilancia...
"La obsesión por la expansión y la extracción, esa idea de que podemos llevar la linde un poquito más lejos y sacar partido de la tierra de forma ilimitada, ha adoptado muchas formas a lo largo del tiempo", explica el geógrafo por videollamada. Y pone un par de ejemplos casi antagónicos. El cristianismo fue un vehículo fantástico para su transmisión en los tiempos del emperador Constantino (siglo IV d.C.)... y vuelve a serlo hoy con la reivindicación de conceptos como destino manifiesto o tierra prometida. En paralelo, el Partido Comunista chino promueve sin rubor la acepción expansiva y extractiva de progreso desde que Deng Xiaoping enunció en 1992 su famoso mandamiento: "Enriquecerse es glorioso".
Miller McDonald, que mezcla en su alegato Historia, Filosofía, Antropología, Análisis Económico y Ecología Política, no sólo denuncia que se insista en vender el progreso con el chisporroteo efectista de la curva que no para de subir. También se atreve a llevarle la contraria a pregoneros del Nuevo Optimismo como la web de estadísticas Our World In Data o el psicólogo cognitivo Steven Pinker. ¿La reducción de la pobreza? ¿La ampliación de la esperanza de vida? ¿El ensanchamiento de la justicia social? Para el geógrafo formado en Oxford y Yale, las cifras que arrojan semejantes indicadores de bienestar no son más que espejismos. Incluso a la abolición de la esclavitud le pone pegas.
"Hoy, en números absolutos, hay tres veces más personas esclavizadas que en el apogeo de la trata del Atlántico: en nuestros días viven en la esclavitud 40 millones de personas, o lo que es igual, una de cada 200 personas, sin incluir la esclavitud salarial, que obliga a participar en el mercado laboral por una miseria o por una retribución que acto seguido se les roba, y que está mucho más extendida", rechaza en Progreso. Y para apuntalar su negacionismo, remacha: "En la mayoría de los casos, cuando alguien trata de convencernos de que la Humanidad ha progresado en el marco de un relato grandioso, lo hace en virtud de un plan ideológico. La gráfica constituye la herramienta perfecta para la propaganda ideológica porque elimina toda complejidad y anima a quien la observa a no estudiar con demasiada atención los datos en los que se basa ni en los métodos empleados para obtenerlos o interpretarlos".
Admite Miller McDonald que fue durante su doctorado en Oxford, después de años de compromiso (y desilusión) con la protección de la naturaleza, cuando se cayó del caballo: el progreso era una falacia. "Se me hizo más evidente que la infraestructura narrativa cuya verdad daba por sentada no tenía por qué ser un reflejo de la Historia ni de la realidad", escribe. "¿Y si estos relatos no eran una ilusión, fruto de la tendencia del ser humano a la esperanza y al anhelo de un paraíso, sino formas activas de propaganda? ¿Y si el propio relato era una maniobra retórica desplegada con fines políticos de conquista y dominación?".
El momento exacto en el que la idea de progreso cambió de vía tiene nombre: la Gran Aceleración. El crecimiento vertiginoso de la población, la popularización del consumo y la urbanización a gran escala del hemisferio occidental a partir de los años 50 propiciaron el nacimiento de una clase media dispuesta a arrodillarse ante el storytelling áureo del progreso. El impacto en los ecosistemas, ya tal.
Miller McDonald cuenta que sus padres crecieron en este periodo histórico, donde el acceso masivo a la energía coincidió con la distribución keynesiana de la riqueza. Eso generó confianza en el futuro y la creencia de que la siguiente generación viviría mejor. "Pienso que fue una anomalía surgida en aquel contexto de crecimiento y expansión. No creo que una percepción similar hubiera existido antes del siglo XX", sostiene. "Hoy muchos jóvenes miran a su alrededor y dicen: 'Somos más pobres que nuestros padres con esta edad, tenemos una participación mucho menor en la riqueza nacional'. Hay un estancamiento salarial y un desequilibrio entre trabajo e ingresos que no se puede consentir. Lo más preocupante para mí, y para otros muchos, son las tendencias que sugieren que debemos anticiparnos a rupturas en los aspectos fundamentales de la vida: el acceso al agua potable, al aire limpio, a la biodiversidad y a un sistema climático estable, necesario para la agricultura".
El autor-activista corrobora al final de su ensayo que incluso las agencias de espionaje y el complejo militar estadounidense han adoptado el discurso del progreso para blanquear sus actividades. Uno de los fabricantes de armas con los que Arabia Saudí ha hecho negocios para masacrar Yemen publicó una nota de prensa titulada: Raytheon, considerado el mejor lugar para trabajar por la comunidad LGTB por décimo año consecutivo. La estrategia la aplican igualmente los oligarcas de Silicon Valley. "Despliegan discursos tecnológicos de progreso por el mismo motivo que impulsó a las clases parásitas del pasado", atiza de nuevo.
Progreso llega a las librerías cuando la escora ideológica se está agravando. Por un lado están los partidarios de la Ilustración oscura, la filosofía ultracapitalista que aboga por el abandono de la democracia liberal y por la adopción de formas de gobierno autoritarias. Enfrente figuran los defensores del decrecentismo, la corriente de pensamiento que propone reducir voluntariamente el consumo de materia prima y energía para alcanzar un bienestar sostenible y frenar la crisis ambiental.
Samuel Miller McDonald dice practicar una "austeridad autoimpuesta" y no usar apenas vehículos con motor de combustión. En el último capítulo ofrece algunas ideas para reorientar la idea de progreso hacia lo que denomina "comensalismo calculado".
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。