
Hugo, historia de un corazón
- Redacción: PEDRO SIMÓN Madrid
- Redacción: FOTOGRAFÍAS: ÁNGEL NAVARRETE Y JOSÉ AYMÁ





















Para trasplantar con éxito un corazón hacen falta un hilo azul de monofilamento con el que suturar; una pinza de clampaje; una máquina de circulación extracorporea; coser primero la cava inferior, luego la pulmonar, después la superior y finalmente la aorta; que no transcurran más de cinco horas entre que el órgano es extraído del cadáver y es alojado en el cuerpo del enfermo; entre cuatro y cinco litros de sangre, plasma y plaquetas hacen falta; gasas que son contadas y recontadas para que (en un despiste) no queden alojadas dentro del trasplantado; un anestesista, dos enfermeras, un perfusionista, el equipo de cirujanos que fue a toda pastilla a por el corazón y también el equipo de cirujanos que prepara calmosamente el cuerpo de quien lo va a recibir; un gasto público similar al de un Porsche Cayenne: 100.000 euros largos.
Todo eso hace falta y más.
Pero nada sería posible sin unas manos que no tiemblen y una familia que tampoco.
El que no tiembla se llama Álvaro Fernández. Veamos: su esposo, José Manuel, se desploma una noche por un aneurisma cerebral. A los tres días, muere. En el trance de quedarse a solas con aquella muerte intimísima, Álvaro decide dar vida.
Para saber más

El muerto cuyo corazón fue donado nada más que tenía 45 años.
La misma edad que tenía Víctor Arias cuando recibió el suyo.
Vida.
Y muerte.
Aquí los sentamos a hablar de las dos.
Pongámoslo muy claro: el órgano de aquel hombre que falleció en Oviedo no fue cosido al cuerpo de este otro hombre que vive en Gijón. Pero -viendo cómo mira el trasplantado al viudo que hizo posible la donación, viendo cómo le escucha, viendo cómo se gira para verlo por última vez después de despedirse- cualquiera diría que sí.
Pregunta. ¿Cómo fue la muerte de tu pareja, Álvaro?
Álvaro Fernández. Se llamaba José Manuel. Falleció en 2024. Era asesor del Ayuntamiento de Oviedo. Llevábamos cinco años casados. De novios estuvimos otros cinco. Su muerte fue repentina. Habíamos estado de cena en un restaurante con mi madre, que esa noche se quedó en casa a dormir. Estuvimos de risas en el salón. Ellos dos se quedaron viendo una serie y yo estaba tan cansado que les dejé y me fui a la cama sobre la una. A las cuatro y cuarto de la madrugada, oí un golpe muy fuerte. Estaba José tirado en el suelo. Pensé que había ido al baño y se había tropezado al volver a la cama. Pero vi que no... No me reconocía. No estás preparado para algo así. Yo tenía 35 años y él, 45... No podía con él. Llamé a mi madre. La ambulancia se lo llevó ya en coma inducido. Llegamos al hospital con la esperanza de que fuese un ictus que se pudiera operar. Pero allí nos dijeron que el pronóstico era muy malo: tenía 150 mililitros de sangre en la cabeza. Ahí empezaron los tres peores días de mi vida. Hasta que falleció.
P. Víctor, ¿cómo fue tu dolencia y cómo es que acabas necesitando un trasplante?
Víctor Arias. Mis problemas cardiacos empezaron cuando tenía 18 años. Justo el verano antes de empezar la universidad tuve unas taquicardias muy fuertes y perdí el conocimiento. Si no hubiese tenido un corazón joven y entrenado, me habría quedado allí. Luego me explicaron el motivo: el órgano iba aumentando de tamaño y perdiendo fuerza, con lo que se generó una insuficiencia cardiaca. Se llama displasia arritmogénica. Me condicionaba mucho, todo lo tenía que hacer con mucho cuidado. Al final me implantaron un DAI, un desfibrilador subcutáneo, que es como un marcapasos solo que más grande. Y, poco a poco, mi vida se volvió cada vez más limitada. Tuve que dejar el deporte. El mero hecho de coger una guitarra para tocar, era imposible. Me fatigaba más. Estaba durmiendo y me faltaba el aire. El corazón iba a peor. Los medicamentos ya no hacían nada y, cada vez más, mi cuerpo iba acumulando más y más líquidos. Hasta que tuve un paro cardíaco: iba de la cama al sillón y del sillón a la cama, igual que un muerto de The Walking Dead. Entonces me hablaron del trasplante. Es muy heavy cuando te lo cuentan. Cuando al fin me pusieron el nuevo corazón, tenía 45 años.
"Con esta misma enfermedad, mi familia se habría arruinado e hipotecado en EEUU. Mis aparatos costaban decenas de miles de euros"
Víctor, trasplantado de corazón
P. Los mismos que tu pareja cuando falleció, Álvaro.
A. F. Los mismos. José Manuel murió de un infarto cerebral por subida de tensión. Creen que tenía un aneurismo congénito.
V. A. ¿Habíais hablado de donar órganos alguna vez?
A. F. Sí, Víctor. Fue un día comiendo mientras veíamos las noticias. Ese día hablaban de que España era el país con más trasplantes del mundo. Dijimos: si algún día nos pasa algo a alguno de los dos, que el otro se ocupe de hacerlo. Ese pacto. Y ya.
P. ¿Cómo fue dar el paso en el momento crucial?
A. F. En el hospital fue una locura, porque José era muy conocido. La tarde del segundo día, les dije a mis padres la conversación aquella que tuvimos mi pareja y yo. Se lo dije a su mejor amigo también, para que me ayudara a comunicárselo a sus padres. Así que cuando el médico nos habló de la donación, me fui con mis suegros a un aparte. Hubo que decidir rápido. Me miraron. Callaron. Y lo entendieron. El receptor era un paciente de urgencia cero: o recibía el corazón ya mismo o moría.
V. A. Yo también estaba en urgencia cero... O recibía el órgano en esos días o moría. El desenlace podía ser inminente. Normalmente se espera en casa, pero yo estaba tan inestable que me dejaron en el hospital. Solo tuve que esperar un mes para que me trasplantaran. El primer intento fue fallido. Al día siguiente, vino el bueno. Fue el 15 de julio de 2022.
P. ¿Qué recordáis de después? A ti te acababan de poner un corazón y a ti te lo habían arrancado literalmente.
A. F. Lo único bueno de lo que pasó, fue poder dar vida. Obviamente, no hacía más que pensar en José. Debería de seguir viviendo. Pero el hecho de donar sus órganos tuvo todo el sentido del mundo... Sé que receptores y donantes no nos podemos conocer. Pero necesitaba saber una cosa. Solo una: lo único que le pregunté al equipo de la unidad de trasplantes del HUCA (Hospital Universitario Central de Asturias) es si las personas que recibieron los órganos habían salido adelante. Eso necesitaba saberlo. Me dijeron que sí, que todos estaban estupendamente, que tenían más o menos nuestras edades. En su caso, se aprovecharon el corazón, el hígado y los dos riñones. Cada uno fue a parar a cuatro personas diferentes. Eso me generó mucha satisfacción.
V. A. En mi caso, los días de después fueron los mejores de mi vida. Antes, estaba rodeado de cables y tubos en la UCI, muy mal. Y, de repente, escuchas un corazón con una potencia normal en tu pecho, uno que no te deja dormir del ruido que hace. Era como escuchar los tambores de Jumanji, pum, pum... Ahora no soy consciente, pero entonces venía de tener un corazón tan débil que aquel órgano nuevo fue como un cañón que no paraba de sonar. La primera vez que me levanté a ducharme, pasó algo increíble: llevaba 15 minutos de pie como si nada, algo impensable antes. Fue alucinante. Empecé a caminar por la calle. Algo que pensaba que ya no iba a poder hacer. Hasta que un día, incluso, de repente, tuve que pegar una pequeña carrerita. Fue emocionante. Me giré para mi mujer: "¡Estoy corriendo! ¡Estoy corriendo!".
A. F. ¿Has sentido necesidad de conocer al donante?
V. A. No, no, Álvaro. Porque creo que eso sería un marrón para todos. No me gustaría sentirme con la necesidad de empatizar.
A. F. Yo tampoco quiero conocer a los receptores. Lo que sí quiero, ya lo dije antes, es saber si están bien... Mira, lo que más he escuchado de José una vez muerto (algo que yo sabía, porque era mi marido) es que era muy buena persona. Con saber que ese corazón tan grande ha funcionado en quien lo ha recibido, me doy por satisfecho.
P. ¿Qué habéis descubierto de vosotros mismos en este proceso?
A. F. Yo soy una persona muy nerviosa, y me he descubierto con templanza en las decisiones, con madurez. A los 35 años relativizo la muerte.
V. A. Nunca he pensado en mi muerte y ahora sí lo hago. Ahora sí pienso en ello. Antes estaba más preocupado en no sentir dolor, pero no en la muerte.
A. F. ¿Tantos años con esa patología cardiaca y no eras consciente de que podías morir?
V. A. No.
"Se aprovecharon el corazón, el hígado y los dos riñones. Cada uno fue a parar a cuatro personas diferentes. Eso me generó mucha satisfacción"
Álvaro, viudo de donante de órganos
P. Un trasplante de corazón en España le cuesta al sistema de salud unos 100.000 euros. Ahora mismo hay una avioneta 'Cessna 525' en varios aeropuertos de España (cuyo alquiler ronda los 20.000 euros) lista para despegar a por cualquier órgano... Lo vuestro es una historia de amor también con la sanidad pública.
V. A. Ahora estoy más obligado a seguir cuidándome. Para respetar la donación, a su familia, a los médicos que estuvieron detrás, al sistema de salud... Porque si esto mismo me hubiese pasado en Estados Unidos mi familia estaría arruinada, hipotecada, porque lo mío fue ingreso tras ingreso, y los aparatos que me ponían costaban decenas de miles de euros... Una vez leí una entrevista con Valentín Fuster en la que decía que, en aquel país, conocía a pacientes con mi edad a los que les trasplantaban el corazón y que llegaban a los cinco años con la misma necesidad... Se preguntaban qué había sucedido. La respuesta es que hay gente que no se cuida, que malcome allí, que no sigue unos hábitos saludables... Yo no quiero eso. Me cuido. Es una cuestión de respetar lo que te han dado.
A. F. Yo quiero donarme entero a la ciencia. Como si es en la universidad. Para que me abran en canal y los alumnos estudien... Hay que decir que tenemos unos profesionales muy empáticos: lloraban conmigo con la muerte de José, ver a un viudo de 35 años, a un hombre de 45 que acaba de morir... Hay que cuidarlos, hay que cuidar la sanidad pública porque es la joya de la corona. Yo también soy enfermo crónico: tengo la enfermedad de Crohn y veo cómo las costuras del sistema se están rompiendo. Para una revisión de cirugía llevo tres meses esperando para que me llamen, porque está de baja la doctora...
P. ¿Es raro tener el órgano de otro? ¿Toca hacer ahí un trabajo psicológico?
V. A. Fabulas. Piensas en el otro. Te preguntas: ¿este corazón también me fallará? Cuando salí de la operación, el cirujano le dijo a mi familia que, después de décadas haciendo cirugías cardiacas, nunca se había encontrado un corazón tan medusa, tan débil... Haciendo aquel inmenso trabajo... No había pensando en mi corazón enfermo, en el anterior, digo. Hasta que una amiga me preguntó cómo llevaba el duelo. Yo no entendía la pregunta: ¿qué duelo? Y ella: es una parte importante tuya que ya está muerta, que va a la basura, que se machaca... Aquello me hizo pensar y me entró un bajón.

Víctor, trasplantado de corazón (a la derecha) y Álvaro, viudo de donante de órganos, en Oviedo.
P. Un amigo cirujano me contó una vez una historia significativa: la de un político español relevante, contrario a la inmigración, cuyo familiar había recibido el órgano de un menor subsahariano fallecido. Obviamente, el beneficiario no lo supo jamás.
A. F. Por eso yo no quiero saber quién es el receptor...
P. Imagina que es una persona homófoba.
A. F. Pues si es una persona homófoba y lleva el corazón de un gay y eso le ayuda a cambiar su perspectiva, sería una alegría... Es mejor no saberlo, creo. Porque te puedes llevar una desilusión grande. El corazón es un órgano con alma.
V. A. Yo te quería preguntar una cosa, Álvaro... Si alguna vez te has imaginado que José esté, de alguna manera, en esas cuatro personas a las que él les dio sus órganos...
A. F. Yo soy católico practicante. Y José también lo era. Íbamos los dos a misa los domingos. Creo que ahora soy todavía más creyente, me encuentro en Cristo. Estuve yendo durante meses al psicólogo después del hecho traumático, pero no hay nada que me reconforte tanto como llegar a la misa de ocho de la tarde de los domingos. Me da paz, me tranquiliza, me da fuerza para afrontar la semana. Y creo en que hay vida después de la muerte. Dicho esto, lo que a mí me reconforta es que sus órganos ayuden a otra gente a seguir tirando. No es que crea que José vive en ellos.
P. La sanidad privada está creciendo notablemente en España. Pero en muchos de estos hospitales apenas se les habla a los pacientes del derecho a la donación, de tal manera que solo el 0,8% de las donaciones vienen de la privada.
A. F. A mí no me gustaría ver privatizada la gestión de los órganos ni de los trasplantes. Sí que se donara más, pero no metería la ecuación del negocio en este asunto.
P. ¿Qué piensas cuando ves tu cicatriz?
V. A. La del trasplante mide unos 25 centímetros, pero no es la primera. Tengo seis anteriores. Ya no puedo ser modelo, eso es verdad, pero me da igual... Es cierto que nunca me he vuelto a quitar la camiseta en la playa. Y no solo por estética, sino porque el sol es malo: la segunda causa de muerte de los que hemos recibido inmunoterapia es el melanoma.
P. ¿Qué le diríais a alguien que esté leyendo esto y no tenga claro lo de donar?
A. F. Les diría que se preguntasen por qué piensan negativamente sobre esto. Que se trata de dar vida. Que es lo más cerca que va a estar uno de ser un pequeño Dios.
V. A. Es lo mismo que dar a luz.
A. F. Yo sé de gente que, cuando conoce de dónde era el donante, va a esa ciudad de vacaciones. A modo de homenaje. Me parece hermoso.
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