




















La primera vez que asomaron los demonios, Antonio tenía 13 años. «Estaba como estamos nosotros ahora», cuenta sentado alrededor de una mesa pequeña de madera cubierta con un mantel de hule. Apoyadas en el sofá hay un par de muletas y a ratos aparecen varios gatos haciendo funambulismo entre los cojines. «Aquí estaba mi abuelo y aquí estaba yo haciendo los deberes del colegio», dice mientras va distribuyendo sus recuerdos sobre una mesa camilla imaginaria. «Y de repente noté por primera vez lo que notamos todos con la pubertad... Esa erección imprevista fue mi primer contacto más o menos consciente con lo que me había pasado años atrás. El primer shock, el primer impacto traumático. Dice mi psicóloga que no es una anécdota, que es un mecanismo de la memoria para no dejar de lado el dolor de un niño. Fue todo muy confuso, pero el caso es que ahí se empezó a abrir una caja que llevaba años completamente cerrada».
Cuando los monstruos aparecieron por segunda vez, Antonio circulaba en autobús por el centro de Madrid. Acababa de cumplir los 19. «Fue el segundo gran shock». Hacía unos meses que había viajado desde Villafranca de los Barros, en Extremadura, hasta la capital en busca de trabajo con las ofertas del diario Ya bajo el brazo. «Me llamaron por un puesto de delineante y justo las oficinas estaban en la misma calle en la que estaba la entrada del hospital en el que había ingresado de niño. Cuando el autobús pasó por la puerta sentí una angustia y unas ganas de llorar tremendas. No podía respirar. De nuevo, de golpe, la ira, la impotencia, la rabia, el odio...».
Cuenta hoy Antonio que la toma de conciencia de su pasado en dos asaltos y con un paréntesis de casi seis años le provocó un dolor tan salvaje que ese mismo día se ratificó en una idea que acabó convertida en obsesión y condena: «No hablaría de ello con nadie mientras vivieran mis padres».
El silencio duró más de seis décadas.
Antonio Sánchez tiene hoy 76 años. En 1961, cuando apenas tenía siete, un religioso abusó sexualmente de él mientras estaba ingresado, enfermo de poliomielitis, en un hospital de Madrid.
«Sé que ocurrió varias veces, pero no sé si fueron tres o 14, no lo recuerdo. Cuando pienso en aquello, soy capaz de ver en mis recuerdos al niño que fui caminando de la mano de aquel fraile hacia su habitación, pero no puedo mirar la cara de mi yo niño. Me es imposible, me da muchísimo miedo...». El resto lo recuerda todo en blanco y negro: los tebeos de El Capitán Trueno, la fila de camas, la entrada al cuarto, la mesita escritorio... «Había una ventana con las cortinas corridas, una cama debajo de esa ventana y a la izquierda, sobre el cabecero, un crucifijo».
En la única fotografía que guarda de aquella época, aparece el pequeño Antonio en color sepia, acostado en una vieja cama de hospital, escayolado hasta la cadera. A su lado, posa su madre vestida de negro. «Ella era muy creyente, no era practicante, pero creía mucho, rezaba muchísimo y a mí me hacía ir a misa todos los domingos. Creo que si se lo hubiera contado, o no me habría creído o la habría destrozado para siempre».
Poco antes del verano de 2022, tres años después de la muerte de su madre, Antonio denunció por primera vez su caso en las páginas de El País. Según la base de datos del periódico, el número de víctimas en el seno de la Iglesia española se elevaba entonces a 1.594. Hoy son casi 3.000.
Durante las últimas semanas, el Gobierno y la jerarquía eclesial han negociado un convenio regulador para hacer frente a las indemnizaciones a cada una de ellas bajo la supervisión del Defensor del Pueblo. En enero, la Iglesia aceptó asumir el coste de las reparaciones, pero en paralelo marchan otras vías de restauración que apenas se conocen. Detrás de cada cifra se esconde una historia personal hecha añicos, un trauma que no entiende de transferencias bancarias ni protocolos, pero que desintegra todas las parcelas de la vida de cada afectado como una bomba de racimo.
"Soy capaz de ver en mis recuerdos al niño que fui de la mano de aquel fraile caminando hacia su habitación, pero no puedo mirar la cara de mi yo niño. Me da muchísimo miedo"
Antonio Sánchez
«Muchas veces nos quedamos con la denuncia, con el escándalo en el Vaticano y con lo malos que son los curas, pero... ¿qué pasa con la vida de quienes han sufrido esos abusos siendo sólo unos niños? ¿Qué pasa con el estigma que rodea la vida de las víctimas que lo han sido siendo adultas? ¿Cómo se compensa ese daño? ¿Cuánto dinero vale? ¿Cómo se repara a una persona más allá de la indemnización económica?».
Las preguntas las lanza Teresa Compte, presidenta de la Asociación para la Acogida y el Acompañamiento Betania, una organización que desde 2019 presta acogida, escucha, atención psicológica y orientación jurídica a las víctimas y que facilita procesos de reparación con un enfoque restaurativo que, a menudo, terminan en encuentros con la institución. «Esto es algo que impacta en la vida al completo de cada persona: en su confianza, en su capacidad de comunicación, sus relaciones, su vida espiritual, su fe, su vida sexual y afectiva... Y eso requiere una respuesta integral», explica ella. «Los delitos prescriben, pero cuando el sentido de tu vida se quiebra, el sufrimiento no prescribe nunca».
Desde 2023, Betania ha facilitado alrededor de 40 procesos de reparación, todos con contenido moral, material y económico. Desde la asociación explican que ellos no son «unos conseguidores de dinero», pero las cifras son elocuentes. Los acuerdos económicos que han facilitado en los últimos años ascienden a 1.300.000 euros.

Antonio Sánchez, 76 años.
Antonio es una de las personas que ha participado en estos procesos. A los pocos días de salir en prensa, la institución contactó con él. «En la segunda reunión que mantuvimos, uno de los religiosos sacó un folio y me lo puso delante. Había tres fotos, como en una rueda de reconocimiento. Nada más verla, dije: ‘Fue este’. [Y Antonio señala a la izquierda de un folio imaginario sobre el mantel de hule] No he olvidado su nombre. Me dijeron que en el libro de entradas y salidas del centro sólo constaba que poco después de coincidir con mi estancia había sido trasladado para recibir tratamiento psicológico y psiquiátrico. También que murió en 1981».
"Es imposible separar el abuso de la figura de Dios y la devastación es brutal. Eso los agresores lo saben, son depredadores y saben que cuentan con el silencio de las víctimas"
Teresa Compte, presidenta de Betania
Antonio logró, de la mano de Betania, que la institución le pidiera perdón. Al niño y al adolescente que fue y al adulto que es hoy. También a toda su familia. «Cuando el Hermano Mayor estaba leyendo el documento y llegó a mi nombre, yo empecé a emocionarme y bajé la mirada. Enseguida me di cuenta de que él dejaba de hablar... Levanté la cabeza y estaba llorando. No me preguntes por qué, pero mi mano se fue a la suya. Vi tal honestidad en ese religioso, tal dolor... Para mí la reparación es eso y no el dinero».
Desde que abrió sus puertas hace siete años, Betania ha atendido a 185 personas; 23 de ellas mantienen hoy procesos abiertos con la Iglesia. «El nivel de sufrimiento que nos trasladan es enorme», explica Compte. «A la gente que viene a colaborar con nosotros siempre les digo lo mismo: ‘¿Tú estás dispuesta a mirar el mal de frente? Porque si no estás dispuesta, es mejor que te busques otro sitio'».


Silvia Martínez, 39 años.
El 10 de mayo de 2023, Silvia Martínez abrió una cuenta de Instagram. El perfil se llama RecuerdasaJulio. El primer post es una foto en blanco y negro del patio de un colegio y el texto dice: «Si has leído el nombre de esta cuenta y has tenido una mala sensación o te han venido recuerdos desagradables, ponte en contacto conmigo».
El nombre de la cuenta hace referencia al fraile encargado del comedor y el recreo en aquel centro escolar cuando Silvia era una alumna de siete años. Abusó sexualmente de ella en un recoveco de aquel patio prácticamente todas las semanas hasta que Silvia cumplió los nueve. «Mi padre y mi madre habían estudiado en ese colegio y mi hermano también antes que yo. Todo el mundo le conocía y muchos sabían cómo era. Los profesores, el director, el jefe de estudios... Todos lo sabían, pero miraban para otro lado. Ese señor abusaba de mí por la mañana y luego se pasaba las tardes charlando con mi padre».
Silvia está a punto de cumplir los 40. Desde que era una niña ha sufrido trastornos de la alimentación. «Tenía vómitos y diarrea. El rol en mi familia siempre fue ser la enferma». A los nueve años, se asomó por primera vez al alféizar de su ventana para lanzarse al vacío. No sería a última. «Mi adolescencia fue atroz. Una odisea. Era incapaz de poner límites, estaba disociada y acabé creyendo que era sólo un cuerpo y que no valía para nada más». Hasta los 25 jamás contó lo que le había pasado. «No lo hice sobre todo por vergüenza y por la culpa que iban a sentir mis padres».
"Veo a un señor por la calle que me recuerda a él y me da ansiedad. Tengo pesadillas... Recuerdo hasta su olor. Me cruzaba por la calle con un sacerdote y tenía que cambiar de acera"
Silvia Martínez
Antes de que Silvia cumpliera los 10, el fraile desapareció del colegio. «Sólo recuerdo que ya no le vi más. Sólo en mis pesadillas. Aún tengo muchísimas... Tiempo después supe que había recibido muchas denuncias y que se lo habían llevado a otro centro de niños, porque a él sólo le gustaban las niñas. Creo que ya murió».
La escena de la que habla Silvia ocurre en el luminoso salón de un hotel en el centro de Madrid. Sábado, 10 de enero de 2026. Después de tomar un café y unos dulces, se sientan en círculo 11 personas. Seis son víctimas de abusos sexuales en el seno de la Iglesia española. Está Silvia. También está Antonio. Hay una silla vacía con el nombre de una séptima que finalmente no ha podido acudir. Las otras cinco son representantes de la institución: cuatro sacerdotes y un religioso. Sólo uno de ellos viste alzacuello y está colocado justo enfrente de donde se sienta Silvia. Asisten también cinco miembros de Betania, que se han encargado de organizar el encuentro y transcribir la conversación.
En el relato que deja la reunión, Silvia aparece como «víctima número 2».
«Me robaron mi vida», dice ella en un momento de la charla. «Yo he sobrevivido, pero no he vivido. No quería saber nada de la Iglesia. Hasta hace unos meses ni siquiera podía ver a un cura. Cuando me cruzaba con uno por la calle, mi marido me avisaba. Ahora, por fin, estoy delante de uno y no pasa nada».
Y justo entonces, enfrente de ella, el único cura que viste hábito en aquel salón luminoso de un hotel en el centro de Madrid, se quita el alzacuello.
«Se ha obrado el mal en nombre de Dios», dice uno de los sacerdotes. «Escuchar a las víctimas ha marcado mi vida, me ha quitado el sueño y ha llegado a poner en crisis mi vocación».
El encuentro se prolonga durante alrededor de seis horas. Luego comen todos juntos. Antes de marcharse, otro de los representantes de la Iglesia se dirige por última vez a las víctimas: «Tenéis una dignidad que no ha sido ni siquiera salpicada por las bestias. Después de escuchar a las víctimas he tenido una sensación de profunda suciedad. El cuerpo me pide silencio tras escuchar las salvajadas que ha cometido la institución».
Y aquí es cuando la víctima número 4 le corrige: «No se debe permanecer en silencio cuando se escucha a una víctima. El silencio es donde hemos estado sepultados durante años».
La víctima número 4 se llama Fernando Carrascal. «El mayor daño en mi caso es que he ocultado a mis hijos quién soy», se confiesa delante de los demás. «Y encima tienes que escuchar de tu abusador que pensaba que tú también lo deseabas. Qué horror... Te hacen sentir un monstruo, que el malo eres tú. Nos han destrozado la vida. Yo vivo estigmatizado en el silencio y en la culpa, en el silencio y en la vergüenza, en el silencio y en el dolor, en el silencio y en la pérdida de la fe. Yo ya no creo».
Y la representante de Betania anota entre paréntesis que, justo cuando dice «ya no creo», a la víctima número 4 se le saltan las lágrimas.


Fernando Carrascal, 70 años.
Fernando tiene 70 años, es un tipo grande y aparentemente frágil. Semanas después de aquel encuentro con representantes de la Iglesia, accede a contar su historia y dar la cara por primera vez. «Mi tarea diaria durante toda mi vida ha sido ocultar quién soy», admite. «Me levantaba cada día para seguir engañando. Ya soy un experto en mentir».
Fernando ha sido víctima de abusos sexuales en varias ocasiones. En distintas ciudades. Dentro y fuera de la Iglesia. Dentro y fuera de su familia.
«El mayor factor de riesgo para ser víctima es haberlo sido antes», aclara Teresa Compte durante nuestra charla con él. «Esto es difícil de explicar, pero hay una indefensión aprendida, hay factores de riesgo específicos que favorecen la comisión del abuso en un entorno eclesial. Antes no había control, cero fiscalización y un ambiente cerrado, un entorno familiar de confianza. Además está en juego la dignidad de la persona, pero también el nombre de Dios. Es imposible separar el abuso de la figura de Dios y la devastación es brutal. Eso los agresores lo saben, se sienten muy seguros, son depredadores y saben que cuentan con el silencio de las víctimas».
El silencio de Fernando duró casi medio siglo.
Entre los tres y los siete años sufrió abusos por parte de un vecino en el barrio en el que vivía en la periferia de Valladolid. Siendo aún un crío le mandaron a Salamanca a lo que entonces se llamaba un aspirantado, un seminario menor para ayudar a los alumnos a discernir si Dios les llama o no a la vida consagrada. El centro funcionaba también como internado para menores. «Entonces era la única manera que tenía una familia humilde para dar estudios a su hijo», explica Fernando. «La Iglesia le iba a formar divinamente, iba a convertir a su hijo en un hombre de bien».
Tres años después de ingresar, Fernando se escapó una noche del centro con otro chaval. La Guardia Civil les encontró días después y les devolvió al colegio. Luego repitió curso. Para encauzarle, un tío suyo, sacerdote, decidió trasladar al niño a un colegio religioso en Valencia. Allí sufrió abusos por parte de un profesor seglar con la complicidad de su propio tío. «Me llevó allí como si yo fuera su sobrino predilecto, pero me metió en un nido de víboras».
Cada vez que regresaba a Valladolid de vacaciones, otro hermano de su madre, cura también, abusaba nuevamente de él.
«Yo sólo hacía lo que creía que tenía que hacer entonces: aceptar y callar. Y eso me instaló en un estado de malestar permanente, un tormento», relata. «He vivido con una sensación constante de miedo, desasosiego, incertidumbre, vergüenza, de falta de seguridad, de autoestima... Sólo quería huir, que esto se acabe cuanto antes».
"Soy una persona con un dolor inmenso, con una culpa que me corroe, que ha mentido siempre. Inseguro, miedoso. Soy una víctima y no puedo dejar de ser algo que es perenne"
Fernando Carrascal
El infierno se prolongó hasta que Fernando cumplió los 14. «Es una pregunta que yo también me he hecho toda la vida: ¿Qué he hecho yo para merecerme esto, cojones? ¿Por qué todo el mundo ha estado pendiente de mí para hacerme estas averías?».
Nunca contó nada. «Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca. Con 13 años se lo conté a un sacerdote en confesión y me cambiaron de casa, de colegio y de ciudad. Nunca más dije nada. Mis padres no lo habrían aceptado. Me habrían culpado a mí».
La historia de Fernando habla de una crisis de fe descomunal, de mil y un fracasos amorosos, enfermedades y adicciones, de muchísima soledad, dos matrimonios, cinco hijos de dos mujeres diferentes y una única constante: la angustia. «Me he pasado la vida intentando ser normal pero nunca siéndolo. Meando fuera de tiesto y con los pies fuera de las alforjas. Pero he tenido la suerte de que he sido capaz de desenvolverme sin que nadie pensara en mi entorno que mi problema era el que era».
En 2010, con 55 años, Fernando buscó por primera vez ayuda psicológica a través de Cáritas en Córdoba y reveló su caso. Después se lo contó a su mujer y a sus hijos. «Ya no podía seguir sosteniendo la mentira», asegura. «Necesitaba que se reconociera que yo no era la persona que habían creído que era, que si había sido un mal padre era porque nunca supieron qué padre tenían ni lo que había detrás. Nunca he tenido una sensación de afecto y nadie ha sabido quién soy».
Fernando denuncia que la Iglesia ha pasado «de puntillas» por su caso. Hasta ahora no ha recibido la reparación que persigue desde hace décadas. «A mí que me pidan perdón no me sirve de nada», admite. «Entre otras cosas porque yo no busco dar perdones».
Poco después de contactar con Betania e iniciar su proceso de reparación, Fernando supo a través de la prensa que el profesor que abusó de él en un centro religioso seguía vivo. «Le localicé y le llamé», recuerda. «El tío me aceptó la llamada. Le dije que sólo quería que supiera que le había localizado, que sabía que estaba bien, que quería que supiera que yo también lo estaba y que le iba a denunciar».
Y a Fernando, la víctima número 4, se le vuelven a saltar las lágrimas.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。