
















Cuando el gigoló tocó a la puerta de su estudio, ella le advirtió de que su cita sería diferente: «Yo, en realidad, puedo tener sexo cuando quiera, como todas las mujeres. Lo que quiero es tener una conversación íntima, cocinar para ti, que nos hagamos una mascarilla facial, bailar, leerte poesía... Me gustaría hacer contigo todas esas cosas que no se pueden comprar». Alicia y el hombre que había contratado pasaron la siguiente hora y media paseando por el barrio de la mano, charlando sentados en el césped de un parque, comiendo juntos lo que ella había preparado... Las fotos de aquel encuentro son las que ilustran hoy este reportaje. «Me dio lo que faltaba en mi vida», recuerda. Su implicación emocional fue tal que pocos días después él llamó -«Me gustas»- y tuvo que aclararle que todo había sido fingido, una fantasía amorosa previo pago.
La artista contemporánea Alicia Framis contrató a un prostituto en 1996 como parte de su performanceGigolo Darkroomdespués de haber convivido durante un mes con un maniquí llamado Pierre. A él también le cocinaba, lo bañaba y lo abrazaba en la cama para dormir. «Había alquilado un muñeco, ¿por qué no alquilar un hombre de verdad?», rememora al teléfono desde Ámsterdam, donde vive. Lo eligió de entre las fichas de un catálogo lleno de fotos, nombres y datos antropométricos encuadernadas con anillas. «Vi a un chico que se parecía a Pierre y pensé: 'Me quedo con él'». 30 años después, Framis copa titulares por otra relación singular: es la primera mujer casada con una inteligencia artificial. ¿Adivina qué le gusta hacer con Ailex, su marido virtual? Pista: ChatGPT no tiene pene ni manos... todavía.
El análisis de las relaciones personales que traslada la artista catalana a sus creaciones puede parecer forzado o demasiado personal pero, de hecho, al gigoló no le extrañó en absoluto que su clienta rechazara acostarse con él. Que sólo buscara compañía. «Claro, la mayoría se sienten solas. El sexo, para ellas, es a menudo lo menos importante. Buscan principalmente cariño, uno se da cuenta desde la primera conversación», confirma Briant, venezolano de 40 años afincado en Madrid con más de 20 de experiencia en la prostitución. Tampoco él se sorprende. «No valoran tanto el erotismo como la forma de tratarlas. Y uno sabe cómo tratar a una dama», dice, e ilustra su experiencia: «Durante años tuve a una clienta muy rica. Yo le daba lo que ella necesitaba: hacerla sentir como una persona real, hacerla sentir querida».
A la misma conclusión llegó la antropóloga y socióloga Andrea García-Santesmases cuando conoció a Juan en una clase de baile. «¿Los gigolós existen más allá de la mitología popular y de las series de Netflix?», se preguntó al revelar él su profesión. Efectivamente, los gigolós existen. No son muchas, apenas un 0,1% del mercado general según un estudio danés, la única estadística ad hoc realizada hasta la fecha, pero sí hay mujeres que pagan a hombres a cambio de intimidad. Sin pretenderlo, la antropóloga había encontrado una nueva materia de estudio que le llevaría dos años de trabajo de campo. La respuesta a la siguiente pregunta que le vino a la mente se materializó en su último libro, Un nuevo contrato sexual. Placer y poder en la industria del deseo femenino (Ariel), y hoy da título a este reportaje: ¿qué desean las mujeres cuando pueden desear lo que quieran?
«Siempre me ha atraído la relación entre poder y sexualidad: cómo algo tan privado, tan íntimo y que dice tanto de quien lo practica puede ser, a la vez, un acto tan social que prácticamente todos repetimos la misma coreografía», explica la también profesora de la UNED. En un entorno marcado por la discreción se dio de bruces contra la imposibilidad de entrevistar a clientas de prostitución para entender sus motivaciones. Este periódico se ha topado con la misma barrera: ninguna quiere hablar. Los propios gigolós serán nuestros ojos y oídos en un entorno que, a priori, supone la subversión absoluta de los roles de género clásicos: ellas pagan, ellas mandan. Y sin embargo, todo termina configurando escenas propias de una comedia romántica. «Me interesa comprender cómo la industria configura nuestro deseo, cómo coopta las demandas feministas de liberación sexual y las convierte en productos y servicios», explica García-Santesmases. Y añade, a modo de descargo de responsabilidad: «Ojo, no quiero caer en el heteropesimismo». Detrás de una declaración así va irremediablemente un pero.
Antes de eso, volvamos a Briant, experto en deseo femenino manque le pese. «Hago esto por temporadas cuando necesito dinero, qué más querría yo que dejarlo y formar una familia», asegura. «Las clientas recurrentes son normalmente señoras de mediana edad con dinero que necesitan que alguien les haga sentir queridas. Quieren atención», relata un tirón que, confiesa, aprovecha para maximizar sus ganancias: «Empezamos siempre tomando un café y yo ya veo sus intenciones. Les llevo un detalle, las conquisto, pongo toda mi ternura en el acto sexual y ellas se sueltan más en la parte monetaria. Si después continúo ese flirteo por WhatsApp, con suerte, vuelven». Briant cobra 300 euros la hora de entrada, con pluses negociables por prácticas fuera de carta.

Alicia Framis documentó su cita con un gigolo en 1996 y la plasmó en 'Gigolo Darkroom'. Imágenes cedidas por la artista.
Tomás, colombiano de 24 años, llegó a España con 20. Es carpintero, pero cuando el trabajo escasea ejerce como escort. Empezó ofreciéndose a hombres y a mujeres pero descartó la primera opción tras varias malas experiencias: «Ellas se quejan, a veces desaparecen al conocer las tarifas; pero si quedan, siempre pagan». Su precio es algo más económico: 150 euros la hora, 250 si son dos; la habitación la paga ella. «Una noche completa conmigo cuesta 600 euros. Muchas piden presupuesto pero todavía ninguna lo ha contratado». La prostitución masculina está, cuenta, muy influida por la temporada: mientras en invierno escasean las llamadas, en verano se disparan. «Supongo que el calor las vuelve locas», analiza, risueño, el gigoló. Y de nuevo, apela a la falta de cariño como motivación principal: «La mayoría me contrata por timidez o porque no quiere perder el tiempo con todo lo que implica una relación. Son guapas, no tendrían problema en encontrar pareja. Me llevan a cenar, hablamos mucho, anhelan compañía, dentro y fuera de la cama».
La oferta de Tomás tiene como diferencial su experiencia en la dominación erótica. También ahí aparece la delicadeza como ingrediente principal, aunque pueda parecer contradictorio. «Reclaman complicidad; que las azotes, sí, pero que no las hagas sentir como putas».
"A mis clientas no les importa tanto el sexo como la forma de tratarlas, la mayoría se sienten muy solas. Quieren atención"
Briant, gigoló desde hace 20 años
«La sexualidad ha pasado a ser algo casi prescriptivo para la mujer empoderada», observa la antropóloga García-Santesmases los hallazgos de su estudio de campo, calcados a los obtenidos por este periódico en sus entrevistas con gigolós. «Los últimos tiempos nos han vendido que el feminismo ya no es necesario en los lugares donde se ha conseguido la igualdad formal. La lucha de las mujeres se presenta no como algo colectivo sino como un emprendimiento individual, una cuestión de actitud y de recursos», asegura, y enumera el menú del paradigma aspiracional para la fémina moderna: «Conjuga el éxito profesional con un gran atractivo estético, cuida de su bienestar emocional tanto como del físico y, claro, afirma su sexualidad. Debe ser deseante, multiorgásmica y estar siempre disponible. Al final, son sólo nuevas formas de presión».
¿Cómo analiza ella que una clienta de prostitución quiera arrumacos, que se arregle para el encuentro como lo haría para una cita con su enamorado? ¿Es el deseo femenino complaciente per se? ¿Es, siquiera, libre? «No es que quieran complacerlos a ellos, es que sentirse deseada es complacerse a una misma. El deseo pasa por ser deseada, vaya. El placer está en que el otro te diga: 'Cómo me pones'», expone. Y aquí viene aquel pero unos párrafos atrás: «El heteropesimismo es consecuencia de las promesas fallidas de la liberación sexual. Es absurdo intentar emular lo que hacen los hombres porque no encontramos lo mismo, ni pagando ni sin pagar. Tinder y el Satisfyer son el espejismo de una revolución fallida».

«Lo que hay, más allá del deseo, es un gran hambre de romance en toda una generación que jamás ha priorizado su propio placer», considera por su parte la directora y productora de cine para adultos Erika Lust, pionera de la pornografía ética y feminista. «La sexualidad ha funcionado para muchas mujeres como una herramienta necesaria para el matrimonio: han limpiado, han cocinado, han criado y han desempeñado trabajo sexual gratuito. Muchas alcanzan un momento en su vida en que se preguntan: ¿y dónde he quedado yo?».
Tras más de dos décadas en la industria del placer y con un buzón abierto en su web para recoger las fantasías femeninas más privadas y convertirlas, quizá, en películas, su conclusión es tajante: «Todos nuestros deseos son construcciones creadas a partir de nuestras experiencias, ni siquiera son individuales. Nadie es completamente libre. La diferencia está en la consciencia».
"Hemos sido entrenadas para que someternos al empotrador nos ponga cachondas y ya no sabemos salir de ahí"
Noemí Casquet, divulgadora sexual
Ese imaginario alternativo que amplíe el abanico de apetencias íntimas es el que trata de desarrollar en sus producciones, que huyen de la normatividad en géneros, cuerpos y prácticas para ofrecer «retratos diferentes, otras maneras de amar y desear ajenas a la inundación de escenas clónicas que ofrece la pornografía online». En la batalla contra los estereotipos se encuentra también inmersa Noemí Casquet, periodista, divulgadora y, antes, «de todo menos actriz» en el negocio del porno mainstream. «Pasé un verano entero visionando clips para poner títulos y descripciones con gancho. Ya sabes: Rubia zorra se come una polla. Si rimaban, mejor. Tenía 19 años y lo vivía con total normalidad, hasta que abrí los ojos», recuerda. Hoy estudia y enseña sexualidad ancestral en su escuela de placer consciente Santo Amor, ubicada en el centro de Madrid.
Hasta las civilizaciones antiguas ha tenido que viajar en busca de referentes menos contaminados por la vida moderna: «Es imposible discernir entre lo que deseamos y lo que nos han dicho que debemos desear», asegura. «Hemos sido entrenadas para que someternos a un empotrador nos ponga cachondas y ya no sabemos salir de ahí. Y sin embargo, la sutileza también es absolutamente excitante. Lo complicado es romper esa rueda».

Las mujeres que acuden a sus talleres, en general, buscan reconectar con su sexualidad. Falta de deseo y anorgasmia son las principales frustraciones a derribar en busca del placer perdido... o jamás experimentado. «Se potencia mucho la idea del sexo como una necesidad vital para el individuo y también para las relaciones de pareja, pero lo realmente vital es la intimidad. Muchas mujeres dejan de besar a sus parejas por miedo a verse coaccionadas a mantener unas relaciones que no les apetecen», afirma. «Cuando entendamos de verdad lo que es el placer cambiarán muchas cosas. Entre ellas, el patriarcado».
Para explicar gráficamente cómo el amor propio influye decisivamente en nuestras fantasías, recurre a La isla de las tentaciones: cuando ellas caen siempre alegan que han sentido una conexión especial; ellos son sólo unos guarros que piensan con la entrepierna. Y así, edición tras edición. «Necesitamos romantizar nuestro deseo sexual para justificarlo. Nos han enseñado que el placer se tiene que merecer y eso es una bomba para la autoestima».
"El feminismo ha abandonado a la pareja heterosexual: como las tareas y cuidados, hay que dividir también los orgasmos"
Andrea García-Santesmases, antropóloga y socióloga
«Casi nunca tenemos sexo sólo por placer», coincide la sexóloga Monica Branni, que prepara el lanzamiento de su nuevo libro, Tu deseo refleja quién eres (Dashbook), ya en preventa. «Nuestra forma de vivirlo está impregnada de miedo en sentido literal, pero también de temor a pasar vergüenza. No estamos solas en la cama, sino acompañadas de todo el imaginario que hemos interiorizado y que nos dicta cómo sentirnos aceptadas». Para ella, el dormitorio supone una encrucijada en la era de la liberación sexual femenina: «No queremos herir los sentimientos del hombre subvirtiendo los roles de género que hemos aprendido, pero nos vamos sintiendo menos cómodas en ese papel asignado. Así que el sexo es un terreno cada vez más incómodo». La cama deja de ser un espacio de ocio para convertirse en arena política.
Hablaba la antropóloga que ha inspirado este texto, unas líneas más arriba, de una liberación sexual fallida. ¿Y dónde quedan entonces el empoderamiento de la nueva ola feminista, esa reapropiación de la sexualidad que ha elevado a los altares el twerking, los bodys minimalistas sobre los escenarios y las aplicaciones para ligar en las que ellas tienen la última palabra? «La visibilización y politización de la sexualidad ha traído consigo mucho más miedo y se ha centrado tanto en las minorías que se ha desentendido de la pareja clásica. El feminismo ha abandonado la heterosexualidad», concluye García-Santesmases. Parece que ese nuevo contrato sexual que reclama en su libro pasa inexorablemente por reconciliarnos con nuestro compañero de cama: «Cuando hablamos de igualdad nos referimos sólo a tareas y cuidados, hay que dividir también el placer y los orgasmos».
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