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El 'detective' del ADN que cambió la justicia en España: "La cal viva de los GAL no ocultó la infamia; ayudó a preservar los cadáveres de Lasa y Zabala"
Cristina G. LucioTexto Antonio HerediaFotografías. MadridTextoFo · 2026-04-10 · via Historias

Cada uno de nosotros va dejando un rastro. No lo verá a simple vista, pero el suyo está en su cepillo de dientes, en las pelusas bajo su cama, en el volante de su coche y hasta en la taza que acaba de posar sobre la mesa. Depositamos nuestro ADN en los sitios a los que vamos y en las cosas que tocamos. Y, por eso, la genética se ha convertido en una potente herramienta para la ciencia forense.

En apenas unas décadas, los perfiles genéticos han transformado la investigación criminal de múltiples delitos o la identificación de personas desaparecidas, una verdadera revolución que ha vivido en primera persona Antonio Alonso (Zamora, 1959), doctor en Bioquímica y Biología Molecular y director del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses (INTCF) entre 2019 y 2024.

De la mano de su fascinante trayectoria profesional se puede entender cómo el ADN ha cambiado la historia de la justicia en España. Porque él ha protagonizado algunos de sus principales hitos: desde la identificación de Lasa y Zabala, asesinados por los GAL, a la investigación del 11M, pasando por la resolución del crimen de Inmaculada Arteaga o la correcta identificación de las víctimas del Yak-42.

Cuando empezó su carrera, en 1984, el ADN todavía no se había empleado nunca en el ámbito forense. Hoy, sin embargo, el análisis genético es rutinario en muchos laboratorios e interviene como un testigo de excepción en todo tipo de juicios.

«Nuestro primer caso fue en 1991. Por primera vez se emitió un informe pericial en el que una prueba de ADN descartaba la autoría de una agresión sexual por un ciudadano nigeriano que había sido falsamente imputado. A partir de ahí, las solicitudes por parte de los tribunales ya fueron constantes», recuerda Alonso, que acaba de publicar La huella invisible (Crítica), una obra en la que repasa ocho casos emblemáticos para el desarrollo de la genética forense en España.

Todos ellos le han marcado de una u otra forma.

«La primera vez en mi carrera que me sentí quebrantado por unos restos fue en el caso de Lasa y Zabala», recuerda Alonso, que aún se conmueve al echar la vista atrás. «Tuve que salir un momento a tomar el aire al encontrarme por primera vez esos cadáveres que habían envejecido en una morgue durante 10 años y que, aunque estaban ya casi desnudos de carne, conservaban las mordazas, las vendas y los apósitos que permitían adivinar las torturas que habían sufrido», rememora.

Tras unos minutos, volvió al laboratorio, con la determinación de afrontar de la forma más profesional y objetiva «el reto científico» que se le presentaba.

«En aquel momento, no teníamos ninguna seguridad de poder obtener suficiente cantidad y calidad de ADN de los restos inhumados para poder llevar a cabo la identificación», apunta. Pero lo consiguieron. Era la primera vez que un laboratorio de genética forense en España realizaba una prueba de ADN para la identificación de unos restos óseos antiguos. «Eso que entonces fue pionero hoy es una rutina. No hay ningún resto que aparezca al que no se le haga una prueba de ADN», subraya Alonso.

"La primera vez que me sentí quebrantado por unos restos fue en el caso de Lasa y Zabala. Tuve que salir del laboratorio"

La cal viva, que los autores del crimen emplearon con la intención de hacer desaparecer los cuerpos, en realidad contribuyó a preservar los restos, explica Alonso. «Entonces no se sabía, pero posteriormente varios estudios han demostrado que, en contra de la creencia popular, lo que hace es ralentizar la descomposición», aclara. Pretendían «ocultar aquella infamia en cal viva» pero, en realidad, contribuyeron a su manera a preservar el crimen, reflexiona.

El de Lasa y Zabala es, sin duda, uno de los casos grabados a fuego en su memoria, pero si se le pregunta por la actuación que más le ha marcado de toda su trayectoria, Antonio Alonso no duda en mencionar la investigación tras los atentados del 11M.

«Yo soy genetista. Trabajo en el laboratorio y normalmente me enfrento a muestras aisladas de una autopsia: un trocito de músculo, un tubo de sangre, unos restos óseos... Todo eso está en cierta medida alejado de la muerte. En el 11M fue la primera vez que los biólogos forenses salimos de nuestros laboratorios para asistir a los médicos forenses en la morgue instalada en IFEMA, donde la muerte estaba ahí, en directo».

Fue consciente del verdadero impacto emocional que le había provocado la investigación unas semanas después de haber finalizado los análisis, cuando sentado en la terraza de un bar, volvió a percibir «de forma tan nítida como inexplicable ese hedor nauseabundo que produce la descomposición de los cuerpos tras la muerte», relata en el libro.

Aquella fue la primera vez que las técnicas de ADN se emplearon en la identificación de las víctimas de una gran catástrofe en España.

La experiencia -y también los errores cometidos, subraya Alonso- instaron a la creación de un protocolo para la identificación de los cadáveres en sucesos de múltiples víctimas -regulado por el Real Decreto 32/2009- que se ha puesto en práctica recientemente en catástrofes como las inundaciones por la dana en 2024 o el accidente de Adamuz.

"El Yak-42 es la historia de una indignidad. En un féretro encontramos pies de distinto tamaño, en botas del 43 y el 45"

2004 fue un año de intensa actividad para la genética forense, demuestra Alonso en el libro.

Porque, tras el 11M, los especialistas tuvieron que volcarse en la identificación de las víctimas del accidente del Yak-42, una vez que se demostró que hasta 30 de los cadáveres de los militares fallecidos en el accidente en Turquía habían sido introducidos en los féretros sin ningún tipo de identificación, puramente al azar.

Alonso recuerda vívidamente aquellos días y el horror que todo el equipó sintió durante las exhumaciones, cuando al abrir uno de los ataúdes se descubrió que en su interior había dos pies de distinto tamaño, uno dentro de una bota del número 43 y otro en una del 45. «En el laboratorio comprobamos que en ese féretro había partes de hasta tres personas fallecidas y que ninguna de ellas se correspondía con el nombre que había en la tumba», relata.

«Esa es la historia de una indignidad», subraya el científico, quien recuerda que nueve de los 30 cadáveres atribuidos de forma errónea no se pudieron exhumar porque habían sido incinerados por las familias. «En algunos casos ni siquiera se pudieron intercambiar las cenizas porque estas se habían esparcido».

También fue en 2004 cuando el laboratorio de Alonso concluyó una exhaustiva investigación genética que permitió identificar a varias víctimas de la masacre de Suva Reka, la ciudad del sur de Kosovo en la que al menos 45 civiles murieron en marzo de 1999 en un crimen de lesa humanidad. Él mismo acudió unos años después a La Haya a testificar al Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia que condenó a los culpables.

«La mayor satisfacción que da este trabajo es poder ayudar a las familias de personas desaparecidas o sin identificar», asegura el científico. «Esa identificación es un verdadero momento eureka, porque sabes que has encontrado algo importante, algo que tiene valor. Es ahí donde ves el sentido de tu trabajo», subraya.

"El ADN es un testigo que nunca miente pero por sí solo no resuelve delitos. El contexto es clave"

También se siente una sensación similar, asegura, cuando tu trabajo ayuda a resolver un crimen que llevaba años sin respuesta, como ocurrió en el caso de Inmaculada Arteaga, una niña asesinada en 2001 en Campo de Criptana.

El caso llevaba tres años en el dique seco hasta que en 2004, el ingenio de los genetistas forenses del INTCF permitió dar con el culpable.

Hasta 65 varones de la zona habían dado voluntariamente muestras de su ADN y, aunque ninguno coincidía exactamente con el perfil del agresor hallado en la ropa de la víctima, un caso sí presentaba bastantes coincidencias en el cromosoma Y. «Eso nos llevó a prensar en una estrategia de investigación que nunca se había planteado en una investigación criminal en España», explica Alonso. «Investigar a sus posibles parientes».

Tras una concienzuda búsqueda a través del padrón de todos los varones que vivieran en las inmediaciones y cuyo primer apellido coincidiera con el del hombre con un cromosoma Y semejante al del supuesto homicida, se tomó una muestra de saliva a 55 posibles candidatos. Y entre ellos estaba el culpable, que acabó confesando el crimen.

Muchas de las historias que ha vivido dan para el guion de una serie, aunque, en la vida real, la genética forense no tiene mucho que ver con lo que presentan ficciones como CSI, advierte Alonso. Al contrario de lo que pasa en la tele, en los laboratorios las cosas no suelen ser tan fáciles y aún no se puede elaborar un retrato robot del posible culpable. Por supuesto, los datos del análisis tampoco aparecen en la pantalla del ordenador a los pocos segundos de procesar una muestra.

Pero la tecnología avanza rápido y cada vez se afina mejor la determinación de algunas características. A través del ADN ya se pueden conocer datos como el color de los ojos y del pelo o la ancestralidad del individuo, lo que permite acotar la búsqueda.

"La mayor satisfacción que da este trabajo es poder ayudar a familias de personas desaparecidas"

Hasta principios del siglo XXI, los genetistas forenses no eran capaces de generar un perfil de ADN si la muestra de material biológico era demasiado pequeña. Hoy en día, sin embargo, la sensibilidad es tan grande que se puede generar un perfil con 50 o 60 picogramos de ADN, la cantidad que contienen alrededor de ocho células humanas, es decir, «una muestra muy, muy pequeña».

En el futuro próximo, Alonso vislumbra una revolución en ciernes con la introducción de la epigenética, que al analizar distintos relojes biológicos permitirá determinar la edad a partir de una mancha de sangre o de saliva o con el estudio del microbioma, que ayudará a delimitar con más precisión el intervalo post mortem, por citar solo algunos ejemplos.

El ADN será una herramienta cada vez más esencial para esclarecer delitos, asegura, porque «es un testigo que no miente». Sin embargo, advierte varias veces, eso no significa que «el ADN por sí solo pueda resolver delitos».

«Todo hay que interpretarlo dentro de un contexto». Porque encontrar una muestra de ADN en la escena de un crimen no tiene por qué significar que esa persona sea la culpable. Ni siquiera prueba que estuviera ahí en el momento del delito. Dependiendo del tipo de muestra, es posible que estuviera allí antes o que hubiera llegado al escenario a través de una transferencia o una contaminación, señala. «Si esta tarde cometen un crimen en esta cafetería donde estamos charlando ahora, seguramente se podría hallar nuestro ADN. Y obviamente no seremos nosotros los culpables. El ADN puede ser un testigo importante pero no lo es todo ni siempre aporta respuestas», desliza. «Hay que interpretarlo siempre dentro de un contexto determinado y con otro tipo de pruebas».

300.000 bebés robados: "una conjetura convertida en bulo"

Otro de los asuntos que Alonso aborda en el libro es "la conjetura convertida en bulo" de los 300.000 bebés robados. Esa cifra, desgrana el genetista en el libro, fue lanzada en 2010 por el abogado Enrique Vila y se repitió hasta la saciedad sin ninguna comprobación. Sin embargo, esos datos no solo no corresponden con las denuncias reales de sustracción de recién nacidos sino que tampoco se ven avalados por las investigaciones que se han llevado a cabo.

Entre 2011 y 2017, el Instituto Nacional de Toxicología y Ciencia Forense realizó análisis antropológicos y forenses en 128 procedimientos de investigación en los que existían indicios de la sustracción de un recién nacido. En el 90% de los casos se comprobó el fallecimiento de los bebés supuestamente sustraídos, por lo que las diligencias se archivaron. En nueve casos en los que no se logró comprobar la compatibilidad genética, existían serias dudas sobre la localización del enterramiento o si había habido algún problema con las muestras.

"Los resultados que obtuvimos venían a descartar el robo de bebés en la mayoría de los casos", señala Alonso, quien subraya que la investigación no descarta ni mucho menos -"la existencia de adopciones irregulares, como demuestra el caso de Inés Madrigal que recordamos en el libro", pero sí viene a excluir ese modus operandi de un robo generalizado de bebés".