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Lucas de la Cal · 2026-06-23 · via Historias

Actualizado

Sentada en un taburete de plástico bajo la sombra de un caqui, en un pequeño pueblo agrícola de la provincia oriental de Shandong, la señora Li suspira antes de empezar a hablar de su marido. «No me deja dormir porque se pasa horas viendo ruidosos vídeos en el móvil», protesta. «Nos acostamos a las 10 de la noche horas, pero hasta la una o las dos de la madrugada sigue viendo vídeos». La luz de la habitación se apaga, pero entonces empieza el desfile de Douyin, el hermano chino de TikTok: campesinos cocinando, monólogos... «Pone el sonido a todo volumen porque cada vez está más sordo. Yo le digo que pare, pero no me hace caso».

Su marido, Zhang, tiene 82 años, los mismos que ella. El hombre se pasó la vida doblando la espalda en el campo, cultivando trigo y maíz, y trabajando en una fábrica de níquel. Ahora apenas sale de casa. El teléfono móvil se ha convertido en su principal ventana al mundo. Y también en una obsesión preocupante.

Zhang no sólo consume un flujo infinito de vídeos cortos. Desde que aprendió a usar Taobao, la mayor plataforma de comercio electrónico de China, se ha vuelto también adicto a las compras. Paquetes de herramientas que no necesita, comida y ropa barata. Cada pocos días aparece un repartidor en la puerta de su casa. «Compra cualquier cosa. A veces ni recuerda lo que ha pedido», se lamenta su esposa.

En el mismo pueblo de Shandong, otra vecina, la septuagenaria Shi, reconoce que ella tampoco puede despegarse del móvil. «Yo me paso el día viendo los weiduanju», suelta en referencia a los populares microdramas (o minitelenovelas), el último fenómeno cultural de las redes sociales. Se trata de episodios verticales de apenas uno o dos minutos, con temporadas en torno a 100 capítulos, y que sólo se transmiten a través de estas plataformas.

La señora Shi ahora está enganchada a un culebrón sobre venganzas familiares. Cada capítulo termina con un golpe de efecto que obliga al espectador a pulsar el siguiente vídeo. Y el siguiente. Y el siguiente.

Para saber más

Una niña utiliza un teléfono móvil a bordo de un autobús en Pekín.

En este rincón de la China profunda, donde hasta hace pocos años la mayoría de los ancianos no tenían móvil, la revolución digital ha sido vertiginosa. Durante las comidas familiares resulta frecuente ver a los más mayores inclinados sobre la pantalla, deslizando el dedo mecánicamente. Algunos llevan años sin tocar dinero en efectivo. Todo se paga con aplicaciones de móvil como WeChat o Alipay: desde las verduras del mercado hasta la consulta médica. «Que utilicen el monedero digital es mucho más práctico. Pero a mí me preocupa que mi abuelo no salga de casa. Está todo el día pegado a vídeos de agricultores influencers», cuenta la joven Yuan, nieta de Zhang.

En un país que ha apuntado sus restricciones tecnológicas hacia los adolescentes, ahora también se empieza a mirar con preocupación a los jubilados. El gigante asiático cuenta con alrededor de 300 millones de personas mayores de 60 años. De ellas, unos 161 millones son usuarios de internet, con una tasa de penetración superior al 50%. Un informe de la firma de análisis de datos QuestMobile revela que los mayores pasan una media de 129 horas al mes conectados, más de cuatro horas diarias. Además, más del 30% sigue activo pasada la medianoche. Los vídeos cortos absorben el 35,1% de todo ese tiempo.

Las cifras han desmontado el viejo estereotipo del abuelo desconectado de la tecnología. Según una encuesta del Comité Nacional sobre el Envejecimiento, cerca del 60% de los mayores chinos presenta tendencias asociadas a la adicción a internet. Y los vídeos cortos dominan casi por completo sus hábitos de consumo.

Las historias familiares empiezan a parecerse unas a otras. Un hombre apellidado Gao, citado recientemente por medios chinos, decidió analizar el comportamiento digital de su madre después de notar cambios preocupantes. Descubrió que cada mañana abría varias aplicaciones para registrarse, ver anuncios y acumular puntos canjeables. Después pasaba horas viendo vídeos recomendados por los algoritmos y microdramas de ritmo frenético. Por la noche se sumergía en retransmisiones en directo donde los presentadores vendían productos milagrosos mientras miles de comentarios repetían consignas como «¡Lo quiero!» o «¡Cómpralo ya!».

Cuando finalmente la llevó al hospital, los médicos le diagnosticaron problemas en la columna vertebral relacionados con el uso prolongado del móvil. Los especialistas alertan de un aumento de enfermedades como el síndrome del ojo seco (una enfermedad ocular que aparece cuando los ojos no producen suficientes lágrimas), el glaucoma o las lesiones cervicales entre personas mayores que pasan horas con la cabeza inclinada sobre la pantalla.

Los expertos ven detrás de este fenómeno algo más profundo. «La soledad es uno de los principales motores de esta adicción», explica Xu Ying, investigadora especializada en envejecimiento digital, quien ha realizado encuestas a personas de avanzada edad para entender por qué algunas desarrollan comportamientos adictivos hacia el móvil. «Muchos jubilados experimentan un vacío después de retirarse y encuentran en internet una forma inmediata de entretenimiento y compañía, añade.

«Los algoritmos ya no sólo recomiendan contenido: moldean el comportamiento. Entre los mayores, las recompensas emocionales y la sensación de compañía son algunos de los mecanismos más eficaces para generar dependencia», señala Li Zheng, investigador de la Universidad de Medicina China de Nankín y autor de un reciente estudio sobre adicción digital en la tercera edad.

La transformación social de China ayuda a entender el fondo. Durante décadas, millones de jóvenes y adultos abandonaron las zonas rurales para trabajar en las grandes ciudades. Los abuelos se quedaron atrás. Hoy muchos viven solos. Los hijos y nietos aparecen durante las festividades. El resto del tiempo, el teléfono ocupa el espacio que antes llenaba la familia.