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La huella filosófica de los dinosaurios: "Su extinción si...
Keystone/FPG/Archive Photos/Getty Images · 2026-05-29 · via Historias

Una mañana como otra cualquiera, Pliny Moody, un granjero de 12 años de la localidad de South Hadley (Massachusetts), se disponía a arar los campos de su padre. Sin embargo, nada más comenzar, desenterró algo que llamó su atención. Al bajarse del caballo y apartar un poco de barro, descubrió 12 huellas del tamaño de platos, cada una de ellas con las marcas de tres dedos. ¿De qué eran esas huellas? En la actualidad, hasta un niño conoce la respuesta. Pero en 1802 nadie tenía la más remota idea. Y mucho menos que Pliny Moody pudiera estar ante uno de los grandes descubrimientos de la historia de la Humanidad.

En el siglo XIX los dinosaurios no solo cambiaron la ciencia para siempre, sino también nuestra forma de ver el mundo. Aquello dinamitaba la estructura filosófica y religiosa que llevaba siglos sosteniendo Occidente. La idea de que el mundo había sido creado de una vez, perfecto, estable y con el ser humano como centro, saltaba por los aires, literalmente, pieza a pieza. «Ahí estaba la prueba tangible, en forma de huesos colosales y dientes afilados como cuchillas, de que el mundo contenía sorpresas que ni los pensadores más profundos habían soñado», sostiene el periodista estadounidense Edward Dolnick, quien acaba de publicar en España Dinosaurios en la cena (Península).

Es cierto que las huellas solidificadas en barro que encontró Pliny Moody no fueron las primeras. Simplemente, durante siglos, se interpretaron mal. Un hueso gigante descubierto en 1677 fue considerado primero de elefante, y luego de gigante humano. La ciencia no tenía herramientas conceptuales para entender esos restos. Aquellas cosas, simplemente, no podían ser. El problema no era aceptar la evidencia. Una mandíbula salpicada de dientes afilados de 15 centímetros cada uno no era fácil de ignorar. El problema era encontrar sentido a todo aquello. ¿Por qué Dios habría permitido esas locuras? En un mundo construido para la Humanidad, ¿cómo encajaban los dinosaurios? ¿Para qué eran? «En este punto, la religión jugaba un papel importante, pero también la psicología cotidiana», aclara Dolnick.

La primera bomba filosófica fue la extinción, demostrada científicamente por Georges Cuvier. Hoy nos parece normal, pero en el siglo XIX la idea de que una especie pudiera desaparecer completamente era casi una blasfemia. ¿Por qué? Porque implicaba varias cosas muy incómodas de aceptar. «O Dios se había equivocado, o había creado seres destinados a fracasar, o el mundo no era perfecto ni estable», explica Dolnick.

También introduce otra idea devastadora. Que la naturaleza no garantiza la supervivencia de nadie. Si desaparecieron los dinosaurios, por qué no podría desaparecer el ser humano. En ese momento, eso era filosóficamente brutal. «El indicio de la extinción en el pasado geológico era como ese aire frío que sale de una bodega oscura», escribió el paleontólogo y ensayista Loren Eiseley. «Helaba el alma de los hombres. [...] Levantaba sospechas sobre la naturaleza del más cómodo y mejor de todos los mundos posibles, creado específicamente para los hombres».

Lo que los filósofos habían considerado imposible, lo que los creyentes habían definido como herejía, era verdad. ¿Cómo era posible que hubieran existido y desaparecido eras enteras antes de que los seres humanos hicieran acto de presencia? Y que durante aquellos largos periodos hubiera habido criaturas que se devorasen las unas a las otras, o se agazaparan cobardemente en las sombras, y que todos esos dramas se hubieran desarrollado sin ojos humanos que los contemplasen. Nada de todo aquello tenía el menor sentido. ¿Quién representaría una obra en un teatro vacío?

"Los seres humanos llevamos aquí menos del 1% de lo que estuvieron los dinosaurios, sería una sorpresa hacerlo tan bien como ellos"

Antes de los dinosaurios, mucha gente creía literalmente que la Tierra tenía unos pocos miles de años. Los fósiles gigantes obligaban a imaginar mundos desaparecidos, millones de años, y vidas enteras antes del ser humano. El hombre deja de ser el centro temporal, y nuestra historia pasa a ocupar un instante microscópico. «La Humanidad deja de ser protagonista y se convierte en accidente tardío, lo que suponía una humillación intelectual», resume Dolnick.

«La extinción resultaba aterradora por las mismas razones que la muerte lo es, pero multiplicadas, porque significaba el final de toda la Humanidad, no solo el de un individuo», cuenta Dolnick. «Y eso no solo daba miedo, también desconcertaba, porque la creencia común era que los seres humanos éramos las mascotas favoritas de Dios. ¿Por qué iba Dios a deshacerse de sus preferidos? Hoy incluso los niños saben que los pandas están en peligro de extinción, y sigue siendo más fácil pensar que otras especies podrían desaparecer, ¡pero no nosotros!».

Todavía faltaba otra bomba intelectual, porque los dinosaurios prepararon el terreno mental para Charles Darwin. «Darwin comparó revelar su teoría con confesar un asesinato porque sabía que sería atacado por derribar creencias profundamente arraigadas», explica el autor de Dinosaurios en la cena. Una vez aceptas la extinción y mundos anteriores, ya puedes aceptar algo aún más radical: que las especies cambian. La evolución destruyó ideas clásicas como que las especies son eternas.

Y aparece un pensamiento nuevo muy difícil de aceptar incluso hoy en día: que la vida no tiene un plan previo. Que no hay diseño consciente sino azar, adaptación, supervivencia, selección natural. Quizá la vida no era sagrada, como se pensaba. Ni siquiera demasiado importante. «Somos como alguien que no asciende por mérito, sino porque todos los demás desaparecieron», resume Dolnick.

-¿Cree que el hombre ha aceptado que podría extinguirse?

-En el lenguaje cotidiano usamos la palabra dinosaurio para burlarnos de quienes están desfasados y parecen condenados a desaparecer. Pero los dinosaurios dominaron la Tierra durante más de 100 millones de años. Los seres humanos llevamos aquí muchísimo menos de un 1% de ese tiempo. Sería una feliz sorpresa que lográramos hacerlo tan bien como ellos.

"La idea de la extinción resultaba aterradora por las mismas razones que la muerte lo es, significaba el final de toda la humanidad"

Una famosa cena de científicos dentro de la escultura de un dinosaurio, celebrada en el Crystal Palace de Londres en 1853, introduce la idea de la ciencia como espectáculo de masas. Los dinosaurios pasan de enigmas a iconos culturales. Y el fenómeno dispara la imaginación por encima de la precisión científica: posturas incorrectas, anatomías mal interpretadas, supuestas recreaciones de su forma de vida, de su inteligencia o de su estupidez que se extienden hasta hoy en día.

«Durante mucho tiempo imaginamos a los dinosaurios como reptiles gigantes y torpes condenados a desaparecer por pura ineficacia evolutiva, pero la paleontología moderna empieza a describir animales complejos, sociales y probablemente más inteligentes de lo que nos gustaría admitir», describe también el paleontólogo David Hone en La vida secreta de los dinosaurios, que acaba de publicar Arpa. Un resumen de décadas de descubrimientos para demostrar que los dinosaurios no fueron monstruos prehistóricos, sino criaturas que migraban, cortejaban, cuidaban crías, luchaban entre sí y quizá hasta tenían algo parecido a personalidades.

Porque muchas de las preguntas que inquietaron al mundo en el XIX siguen en el aire, y las respuestas aparecen en lugares más insospechados que la granja de Pliny Moody. Un arañazo en la roca puede ser el resto de un ritual de apareamiento. Un hueso con mordeduras cicatrizadas revela peleas entre machos. Un conjunto de huellas paralelas sugiere desplazamientos colectivos parecidos a las migraciones actuales. Incluso existen fósiles de dinosaurios muertos sobre sus propios nidos, igual que aves incubando huevos. La gran revolución de la paleontología consiste en que los científicos han dejado de mirar sólo esqueletos: ahora leen excrementos fosilizados, caminos, fracturas, dientes rotos y restos de piel como quien reconstruye la escena de un crimen cometido hace 70 millones de años.

Algunos yacimientos contienen decenas o cientos de individuos muertos juntos. Durante años aquello se interpretó como prueba automática de vida en manada, pero hoy los investigadores son más cautos: un grupo puede morir unido porque convivía... o porque todos acudieron desesperados a la última charca durante una sequía. Esa prudencia atraviesa toda la nueva paleontología. Cada fósil es una pista y una trampa. Un río pudo mover huesos durante kilómetros, mezclar especies y deformar cadáveres hasta fabricar historias totalmente falsas. «Una de las mayores equivocaciones es la idea de que animales como el Velociraptor y sus parientes cazaban en grupo. La evidencia de esto es increíblemente débil y poco convincente y, sin embargo, se ha convertido en un hecho totalmente asumido», apunta Hone.

-¿Jurassic Park ha ayudado o ha distorsionado nuestra visión de los dinosaurios?

-Al principio fue una ayuda enorme. Impulsó la idea de que los dinosaurios podían ser inteligentes y activos, y no criaturas lentas y estúpidas que arrastraban la cola, como se representaban en décadas anteriores. Pero las películas nuevas conservan ideas muy desactualizadas de los 90 que no representan la ciencia moderna ni nuestra comprensión actual de la biología de los dinosaurios.

Gracias a escáneres tridimensionales de cráneos, los paleontólogos reconstruyen cerebros y sentidos con una precisión impensable hace 20 años. Así sabemos que algunos terópodos tenían visión extraordinaria, olfato sofisticado y capacidad auditiva adaptada a la caza nocturna. Hay investigadores que incluso llegaron a comparar la inteligencia del Tyrannosaurus rex con la de ciertos primates.

Otro cambio profundo en los últimos años afecta a su aspecto. Los dinosaurios ya no son vistos como bestias grises y uniformes. Hoy sabemos que algunos tenían plumas, colores complejos y estructuras pensadas para exhibirse ante otros individuos. Cuernos, crestas y colas que probablemente funcionaban como señales sexuales, herramientas de intimidación o símbolos de jerarquía social. En otras palabras, buena parte de la evolución dinosauriana pudo estar impulsada por la necesidad de impresionar a otros dinosaurios. La prehistoria empieza a parecerse menos a un documental de monstruos y más a una mezcla salvaje de sabana africana, patio de colegio y desfile de aves del paraíso.

Aunque quizá lo más desconcertante de este siglo sea la sensación de cercanía. Cuanto más se estudia a los dinosaurios, menos alienígenas nos parecen. Enfermaron, sufrieron infecciones, arrastraron heridas durante años y compitieron ferozmente por alimento y pareja. Algunos crecían a velocidades descomunales; otros cuidaban huevos durante meses. Había individuos que probablemente migraban miles de kilómetros y depredadores que alternaban caza y carroñeo según la ocasión. El resultado es que cuanto más aprendemos sobre ellos, más evidente resulta que los dinosaurios no fueron un ensayo fallido de la naturaleza. Durante 180 millones de años dominaron la Tierra con bastante más éxito del que, seguramente, jamás tendrá nuestra especie.